miércoles, 23 de mayo de 2018

El conflicto de Eurovisión (2)

La carta abierta de Serrat la he transcrito del ejemplar de La Vanguardia de 26 de marzo de 1968, obtenido en PDF de la Hemeroteca en Internet de este periódico barcelonés. Desconozco si se publicó en otros medios. En la misma página 27, justo debajo del comunicado del cantante, se transcribe la nota oficial de TVE en respuesta a aquél y, más abajo aún, una tituladas “Concreciones de Televisión Española” que dicen ser declaraciones a un redactor de la agencia Cifra. Transcribo a continuación la nota oficial, salpicándola de mis propios comentarios. Las “Concreciones” las pongo como imagen (ya me había cansado de teclear).

Nota de Televisión Española (25/03/1968)

Televisión Española ha tenido noticia, con sorpresa, de una carta que ha hecho pública el cantante Juan Manuel Serrat y de la convocatoria de una conferencia de prensa para manifestar su intención de no interpretar en el concurso de Eurovisión la canción en castellano que había sido seleccionada, que dicho cantante había aceptado y que ya había interpretado en diversas emisoras y en la propia TVE.

Si TVE se enteró sorpresivamente a través de la carta abierta de las intenciones del cantautor, éste estaría mintiendo cuando escribe que “me he permitido enviar una carta al Director de Radio y TVE” (o quizá la carta se traspapeló). En todo caso, lo que sorprende es que, si es verdad lo que dicen los directivos de la entonces única televisión de España, se publique en la misma página la carta abierta y la contestación a la misma. Hay, claro, una explicación probable: que en virtud de los mecanismos de la censura de esas épocas (por mucha apertura de Fraga), La Vanguardia, al recibir el comunicado de Serrat, lo enviara a las autoridades gubernativas para que éstas autorizaran su publicación acompañada de la respuesta del Ente público. Aún así, llama la atención lo poco que se esforzaban aquellos señores en dar verosimilitud a lo que ellos mismos decían.

De otra parte, que Juan Manuel (el Joan Manuel sólo aparecía en medios catalanes; algo es algo) había aceptado cantar la canción en castellano y la había promocionado e interpretado bastantes veces, es verdad, como el propio cantante reconoce. Este es, a mi modo de ver, el argumento fuerte de TVE: Serrat rompe unilateralmente un compromiso que había adquirido. Ciertamente, en su carta viene a justificar este renuncio con su bisoñez y el exceso de trabajo; pero cuando se dio cuenta de lo que había hecho, decidió, por motivos de fidelidad a sí mismo y a la gente que le era fiel, desdecirse. ¿Incurría en algún tipo de infidelidad si cantaba en español? De hecho, para esas fechas creo que ya había publicado su primer single en castellano (Manuel / Poco antes de que den la diez) y, además, había ya compuesto El Titiritero que se barajó como alternativa al La la la). Por tanto no, no era un problema de fidelidad a la nova cançò, de sentirse obligado a seguir siendo, por encima de todo, un cantante catalán que solo se expresa en esa lengua.

Al parecer, el señor Serrat exige que la letra de la canción que ha de interpretar sea cantada en catalán, pretensión que jamás había formulado con anterioridad.

Hombre, en su carta Serrat no llega a “exigir”; más bien, muy educadamente pide que se le deje cantar en su lengua (parece que la intención era negociar con los de la Tele y conseguir que al menos se admitieran unos versos en catalán). Bien es verdad que se puede entender que hace un poco de chantaje, pero a mi modo de ver, TVE presenta la postura del cantante más radical y antipática de lo que resulta de su escrito. Obviamente era lo que les convenía.



El señor Serrat, como los demás cantantes que intervienen en TVE, ha interpretado canciones tanto en castellano como en catalán. Así, por ejemplo, su primera actuación en TVE, el 6 de mayo de 1967, estuvo integrada únicamente por tres canciones en catalán y tres en castellano. Hay que subrayar que no se ejerce en este punto discriminación alguna y que se actúa con el mayor respeto hacia una lengua que forma parte del patrimonio cultural de nuestra patria. Con el deseo de cultivar y enriquecer este patrimonio, TVE transmite un programa quincenal en catalán, en el que se interpretan obras de teatro catalán, poesías, canciones, etcétera.

Del mismo modo que no me resulta muy creíble que la verdadera motivación de Serrat fuera esa presunta fidelidad, tampoco cuela que en esos años la tele española tratara el catalán con el mayor respeto. O –me corrijo– puede que sí: con el respeto con que se tratan las piezas arqueológicas, bien encerradas y enseñándolas solo de vez en cuando (en este caso, cada quince días), como muestras de un patrimonio simpático, folklórico. En todo caso, sería interesante saber cuántos intérpretes habían cantado en catalán por esas fechas, en audiencia nacional, además del señor Serrat.

Televisión Española considera que esta decisión del cantante señor Serrat es incorrecta e inadmisible y pretende dar un sentido político a la participación de TVE en el Festival de Eurovisión. Por ello, ha tomado la decisión de retirar su nombre como intérprete de la canción española en dicho festival, reservándose todos sus derechos en cuanto a las acciones legales que correspondan por los perjuicios causados por el incumplimiento de su compromiso por parte del Señor Serrat.



Pues estoy de acuerdo con la conclusión de TVE: por supuesto que lo que pretendía Serrat era dar un sentido político a su participación en Eurovisión. Él mismo lo explica abiertamente en una entrevista que le hace Joaquín Soler Serrano en su programa A Fondo en 1977 (por cierto, magníficos programas aquellos que hoy serían inconcebibles en cualquier cadena): cuando el entrevistador le dice que la explicación era que como catalán creía que tenía que cantar en su lengua, Serrat dice que no, que él creía que en aquel momento la cultura catalana estaba en una situación de inferioridad tan grande, con una represión tan fuerte encima, que la única oportunidad que tenía para que España supiera lo que estaba pasando, dado que las comunicaciones entre todo el país estaban perfectamente seccionadas, era que mi actitud. O sea, que reconoció abiertamente que pretendía dar un sentido político a su participación en Eurovisión. Por tanto, que TVE considerara inadmisible su pretensión parece bastante lo lógico en el contexto de aquellos años.

Cuestión distinta es que los dirigentes de televisión (o quienes estaban por encima de ellos) acertaran. Como afirma el propio Joan Manuel en esta entrevista, si hubieran hecho alguna concesión mínima, sin apenas coste, el Régimen se habría apuntado un buen tanto político, dentro y fuera de España. Pero a los que estaban donde estaban por haber ganado una guerra y desde la fuerza tampoco se les podía pedir demasiada perspicacia. Ahora bien, piénsese que cuando se hacen públicas la carta de Serrat y el comunicado de TVE, ambas partes llevaban varios días discutiendo. Al cantautor le interesaba que en su participación hubiera un mínimo de catalán no sólo por motivos políticos altruistas, sino también para contentar al sector radical del catalanismo que entendía como una traición catar en castellano. Pero, al final –ya lo sabemos– no hubo acuerdo. En su propia web cuenta Serrat que Juan José Rosón (quien luego sería uno de los hombres clave de la Transición con UCD y era entonces el que estaba a cargo de la operación) zanjó el asunto preguntándole: «Serrat, ¿usted qué quiere ser, un artista internacional o un artista provinciano?» Luego vendrían las consecuencias, pero ya lo repaso en otro momento.

martes, 22 de mayo de 2018

El conflicto de Eurovisión (1)

Al hilo de la candente "cuestión catalana", recordemos un incidente que ya ha cumplido el medio siglo. Me refiero a cuándo TVE eligió a un joven Serrat para que la representara en Eurovisión cantando La, la, la y el cantautor, después de aceptar la designación y la canción, después de pasar unas semanas promoviéndola, pidió interpretarla en catalán. Se trataba, obviamente, de una reivindicación y una protesta por el maltrato del Régimen hacia la lengua y la cultura catalanas. Ha llovido mucho desde entonces, pero no está de mal comparar las dos épocas.

Carta abierta a la opinión pública española

En el pasado mes de enero fui designado por TVE para representarla en el Festival de Eurovisión, a celebrar en Londres el próximo mes de abril.

Esto fue para mí un orgullo y, al mismo tiempo, una responsabilidad, porque sabía que en mí iban a estar fijos los ojos y parte de las pequeñas ilusiones de millones de españoles.

Fue seleccionada, posteriormente, la canción «La, la, la», de Manuel de la Calva y Ramón Arcusa (El Dúo Dinámico), que, a pesar de todas las opiniones, en su mayoría poco fundamentadas, considero muy adecuada para el tipo de festival al que se la destina.

Empezó a partir de ese día una verdadera promoción de la canción y mía, naturalmente, por toda Europa, lo que me alejó del país para llevarme de ciudad en ciudad y de plató en plató.

Este alejamiento físico, unido a mi bisoñez y al exceso de trabajo, me impedía juzgar las cosas con claridad. Me faltaba también el contacto diario con la gente, con el hombre de la calle que nos mira de lejos y nos sigue muy de cerca.

Siempre me atormentaba una preocupación, una inquietud que seguramente romperé de golpe con esta carta.

Yo soy, y sigo siendo, por encima de todo, un cantante catalán, y en esta lengua me he expresado para cantar durante cuatro años.

Cuando se me designó para representar a TVE en Londres, se me conocía solamente por mis canciones en catalán. ¿Por qué, entonces, no cantar en Londres en catalán, cuando ya estaba preparada la versión catalana de «La, la, la»?

El argumento de la «lengua oficial» no me parece lo suficientemente válido como para anular la pregunta.

Un día, no hace demasiado, volví al país. Llegué a mi casa y hablé con la gente de mi calle, y me di cuenta de que esta gente, sencilla y sin retorcimientos de ningún tipo, se preguntaba lo mismo que yo.

¿Por qué no …?

Un hombre ha de ser fiel a sí mismo y a la gente que le es fiel.

Por estas dos razones es por las que me he permitido enviar una carta al director general de Radio y TVE rogándole comprenda mis argumentos y me autorice a cantar en Londres en catalán o que en caso de que esto no fuese posible, acepte mi renuncia irrevocable.

Quisiera que en esta carta abierta se reflejase toda la buena voluntad que me guía al tomar esta decisión y que toda la gente de habla castellana –estoy seguro de ello– comprenderá mis motivos como pública y reiteradamente ya lo he expresado a través de la Prensa.

Al mismo tiempo quiero darles las gracias a todos los que, desde antes del día en que pro primera vez salí a un escenario hasta hoy, me han alentado, me han dado la mano e incluso a aquellos que me han criticado, porque todos, al fin y al cabo, me han ayudado.

Muchas gracias.
Joan Manuel SERRAT
25 de marzo de 1968


Algunas notas para contextualizar el llamado “Conflicto de Eurovisión”

Cuando firmó esta carta, Serrat tenía veinticuatro años y sólo había publicado un LP –Ara que tinc vint anys– y unos EPs previos; todas las canciones en catalán.

Durante los años sesenta, en Cataluña, se había ido arraigando la llamada Nova Cançó que, ciertamente, no era sólo un movimiento cultural sino, también, de reivindicación política catalanista. Había pues un fuerte sentimiento de “militancia en una causa común” de aquellos chavales, poco más que aficionados, que con dificultades se empeñaban en cantar en una lengua nada agradable al Régimen.

(Entre paréntesis: Serrat, en la carta, usa dos veces la palabra "país". Obviamente, en esas fechas, el único país era España. Tal vez sea sólo impresión mía, pero ¿no les parece que en ese contexto el término "país" hace referencia a Cataluña?) 

No obstante, en 1968 las cosas se habían suavizado un tanto. A principios de los sesenta el franquismo se debatía entre dos corrientes, las llamadas entonces inmovilistas y reformistas. De esta última, el principal representante fue Manuel Fraga, con sus “concesiones aperturistas” hacia los medios de comunicación.

En 1964, Fraga nombra Director General de Radio y Televisión a Jesús Aparicio-Bernal quien, dentro de los límites implícitos de la Dictadura, empezó a abrir la televisión a ámbitos hasta entonces vetados, apoyado por gente joven proveniente del SEU (el Sindicato de Estudiantes de filiación falangista), como el que ocupó la jefatura de programación y que luego le sucedería como Director General, Adolfo Suárez.

Así que la carta dirigida a Aparicio-Bernal (que sigue vivo con casi noventa años) probablemente se la daría a leer a Suárez. Supongo que estos dos hombres y alguno más discutirían qué hacer, conscientes de que negando la petición del chaval hacían el juego a no pocos pero, por otro lado, sabiendo que los inmovilistas que ya habían manifestado su descontento ante los tímidos conatos de difusión de canciones en catalán no iban a admitir que ese idioma suplantara a la “legua del Imperio” ante toda Europa.

En el siguiente post, la respuesta de RTVE (¿el 155?)


sábado, 19 de mayo de 2018

La lengua y las bestias

Quim Torra, nuevo presidente de la Generalidad de Cataluña, un licenciado en Derecho, con vocación literaria y editorialista y, desde luego, independentista hasta el tuétano, hasta el punto de que la “libertad” de Cataluña es su máxima prioridad. Por eso no es de extrañar que acceda al cargo declarando explícitamente su intención de avanzar en la consolidación de la República catalana (no sabemos si nata o non nata) ni que no haya jurado o prometido la Constitución española ni hecho ninguna referencia al Estatuto de Autonomía. Como ya he comentado en el anterior post, que este hombre sea el nuevo President da a la “cuestión catalana” una melancólica, pero sobre todo aburrida, apariencia de bucle. O, si se prefiere, no es más que otra vuelta de tuerca. Pero, quizá para eludir la tendencia al hastío, hay una novedad y es que este señor es demasiado vehemente en sus escritos y suele construir su argumentario independentista no tanto sobre el elogio de Cataluña (que también) sino sobre todo en el insulto o desprecio a España y los españoles. Naturalmente, Inés Arrimadas, paladina* en el Parlament de la españolidad catalana centró su discurso en reprocharle ese odio visceral que le descalifica para el cargo (y no se puede negar que no parece el perfil más ideal el de una persona que ofende a una gran parte de la población a la que ha de gobernar). De otra parte, desde la aparición pública de este tipo –al que casi nadie fuera de Cataluña conocíamos de antes y puede que dentro tampoco muchos– casi todos los medios se han dedicado a calificarle de xenófobo, racista, supremacista, esencialista y más adjetivos que, en los tiempos que corren, son todos muy “políticamente incorrectos”. Ciertamente, los artículos de Torra ofrecen abundante material para que muchos se sientan ofendidos. De entre ellos, el más citado es “La llengua i les bèsties”, publicado en el diario digital el Món el 19 de diciembre de 2012. Me gustaría hacer una relectura de ese breve texto para luego valorar las opiniones que sobre el mismo se han vertido.

Comienza Torra el artículo citando dos libros de su casa familiar, leídos en la infancia. Uno es La Rosa y el Anillo de Thackeray y me sorprendo porque yo también lo leí de niño, de hecho fue de mis primeras lecturas y de los pocos cuentos de hadas de los que guardo, aunque muy vago, un recuerdo cariñoso (tanto así, tras encontrarlo en internet, he pasado un ratito pasando al azar sus páginas e intentando rememorar mis sensaciones de hace medio siglo). Supongo que al leerlo esa primera y única vez (volveré a hacerlo estos días) no siquiera sabría el nombre del autor. Años más tarde, en la adolescencia, como secuela de mi entusiasmo dickensiano, devoré La Feria de las Vanidades y ya sí supe quién era Thackeray. Poco después, tras deslumbrarme con el Barry Lindon cinematográfico de Kubrick (y en particular con una bellísima Marisa Berenson), leí la novela, y así, antes de la ´mayoría de edad, había leído las tres únicas obras del gran escritor victoriano del que, opacado por Dickens, ya pocos se acuerdan. Y fíjate que yo, que tampoco he debido hacerlo en las últimas cuatro décadas, me topo con él por obra y gracia de un tipo de cuya manera de pensar disiento radicalmente y que además, he de confesarlo, no se me hace nada simpático. Y sin embargo, pese a tantas cosas que nos separan, resulta que de niños (probablemente yo algunos años antes que él) compartimos lecturas.



El otro autor que cita Torra es Manuel Folch i Torres, un poeta vinculado al modernismo de principios del siglo XX y además militante de la Liga Regionalista de Cambó. El libro que cita se titulaba De quan les bèsties parlaven publicado en 1907. De Folch no he leído nada (tampoco de su hermano Josep Maria); de hecho ni siquiera sabía de su existencia. De modo que este autor, también él de cuentos infantiles, no lo hemos compartido Torra y yo de niños. Lo cierto es que mis carencias en literatura catalana (infantil y adulta) fueron grandes y, pese a mis intentos de corregirlas, siguen siéndolo. No creo que el mío sea un caso extraño entre quienes nos hemos educado fuera de Cataluña: hemos leído literatura original en castellano (tanto española como hispanoamericana) y traducidas inglesa, francesa, italiana, alemana … Pero apenas se han difundido títulos de autores en catalán, eusquera o gallego. Seguro que mucha culpa tiene el franquismo pero el rechazo o, al menos, el escaso interés por la literatura peninsular no castellana (y con la catalana es más llamativo por ser la más fecunda) viene de antes. Por ejemplo, a principios del XIX, la eclosión literaria en catalán pareciera que incomodaba a los castellanoparlantes. Fueran cuales fueran las razones, creo que justo es reconocer que hemos crecido ajenos a la cultura catalana, que conocemos más la de otros países que la de esa tierra que se supone que forma parte de nuestra patria común (¿o no?).

En los cuentos del libro de Folch, según nos dice Torra, lechuzas, osos, elefantes, cervatillos y abejorros hablaban. Eran bestias parlantes, pero bestias “deliciosas”, no como las que ahora van hablando por Cataluña, a las que Torra califica de carroñeros, víboras, hienas. Esas bestias son, para Torra, quienes desprenden un odio perturbado, nauseabundo, como de dentadura postiza con moho, contra todo lo que representa la lengua, quienes sienten una fobia enfermiza ante cualquier expresión de catalanidad. Esas bestias, sigue diciendo Torra, tienen un pequeño bache en su cadena de ADN, viven en un país del que lo desconocen todo: su cultura, sus tradiciones, su historia, se pasean impermeables a cualquier evento que represente el hecho catalán, les crea urticaria, les rebota todo lo que no sea español y en castellano. Son palabras duras, ofensivas incluso, pero ¿contra quién van dirigidas? En los últimos días he escuchado a no pocos que aseguran que este artículo va contra los españoles que viven en Cataluña o contra los catalanes que se expresan en español (véase, por ejemplo, el video de Pedro Jota Ramírez). Pero no es así. Torra insulta a quienes siente odio o repugnancia por el catalán; llama bestias a quienes disgusta la cultura catalana. De hecho, gente que responde al perfil que describe (como el pasajero de Swiss Air del artículo) existe. Y ante el comportamiento de personas así me parece explicable que los que aman por encima de todo su lengua, su cultura, su nación (de todo hay en la viña del Señor) se ofendan y se disparen llamándoles bestias carroñeras.



En otros artículos así como en varios tuits, Torra ataca e insulta a España; hay abundantes muestras de que este señor tiene claro que ha de mostrar su rechazo y desprecio hacia los españoles, sea éste real o táctico. Tampoco es nada nuevo: ha sido habitual entre los independentistas insultar al Estado del que quieren separarse. Por otro lado, Torra debe conocer bien la susceptibilidad hispana (anda también él sobrado de ella) y lo fácil que los españoles se precipitan hacia el desencuentro a poco que se les ofenda. Incluso, añado, cuando no somos claramente los destinatarios de los insultos nos apresuramos a darnos por aludidos, como ocurre con el artículo al que dedico este post y que tanto juego viene dando. Quien se sienta insultado, tildado de bestia carroñera o tarado genético, está al mismo tiempo reconociendo que le repugna la cultura catalana, que le produce urticaria oír hablar en catalán. No es mi caso.

miércoles, 16 de mayo de 2018

A vueltas con la independencia catalana (1)

El bucle melancólico se ha instalado en Cataluña, o eso parece. Tenemos ahora a Torra de quien yo, ajeno a las interioridades catalanas, nada sabía, pero el nombre me evoca el americanismo atorrante, que viene del lunfardo y no es precisamente término elogioso. Quizá el nou president vaya a pasar su presidencia atorrando de un lado a otro, la verdad ni lo sé ni, a estas alturas, me importa demasiado. Y es que ya aburren …

Tenía el recuerdo de un libro pero, por más que llevaba meses buscándolo, no conseguí encontrarlo. Y ayer se digno aparecer, bien colocadito en el estante de asuntos políticos, junto a otros de su misma temática. O sea, que estaba en su sitio, donde le correspondería, lo que no deja de ser un milagro en una biblioteca, la mía, que reclama una ordenación urgente. Entonces, me dirán, ¿cómo es que no lo encontraste? Y aquí yo, por lo general bastante racional, he de contestar con la única respuesta que tengo y de cuya veracidad –lo prometo– estoy absolutamente convencido: porque los objetos desaparecen y aparecen a su voluntad. Algún día desarrollaré en extenso esta verdad incómoda que, como tantas otras, se calla.

Pero volvamos al libro. Se trata de uno publicado en 2004 por Ariel a cargo de Enric Argullol i Murgadas, uno de los juristas de mayor prestigio de Cataluña (catedrático de derecho administrativo, rector de la Pompeu Fabra y miembro durante muchos años de la Comisión Jurídica Asesora de la Generalitat). El volumen se titula “Federalismo y autonomía” y lo que hace a lo largo de casi quinientas páginas es exponer cómo se tratan diversos asuntos políticos en los marcos constitucionales de catorce países federales o con descentralización política. La lista es: Estados Unidos de América, Canadá, Australia, México, Brasil, Argentina, Reino Unido, Alemania, Austria, Confederación Suiza, Bélgica, Italia y España. En la presentación dice Argullol: “No hay nada más útil que conocer las experiencias de otros países para organizar territorialmente el poder público”. Si a este incuestionable argumento sumamos que la obra está muy bien sistematizada y es de agradable lectura, no cabe sino recomendarla, sin que los añitos que ya acumula deban desanimar su consulta.

Lo que yo quería verificar, al hilo de la cuestión catalana, es si en alguno de esos países (o de cualesquiera otros) se admite el derecho a la autodeterminación. En el capítulo III se trata exactamente este asunto: ¿permitiría el ejercicio del derecho a la autodeterminación o la secesión de los Estados o de otros territorios? La respuesta es clara: ninguno de estos países reconoce explícitamente (en sus textos legales) ninguna de las dos posibilidades y la mayoría las prohíben expresamente (cuestión distinta es que se permita modificar la distribución estatal previa y, por ejemplo, que una parte de un “estado” se segregue, pero siempre dentro de la Federación; eso está contemplado en Alemania y en Suiza, por ejemplo).

Es interesante traer aquí la doctrina establecida por la Corte Suprema de los Estados Unidos en el caso Texas contra White de 1869. El Tribunal, refiriéndose al periodo de la Guerra Civil durante el cual Texas formó parte de la Confederación de estados sudistas dijo que “…los Decretos de Secesión, adoptados por una convención y ratificados por una mayoría de los ciudadanos de Texas, así como todos los actos legislativos diseñados para hacer efectivos estos Decretos, son nulos de pleno derecho. Están completamente fuera de la ley. Las obligaciones del Estado, como miembro de la Unión, así como los de cada ciudadano del Estado, como ciudadano de los Estados Unidos, permanecen completos e inalterados. Se sigue que un Estado no deja de ser Estado, ni sus ciudadanos dejan de ser ciudadanos de la Unión. Si así hubiera sido, el Estado se habría convertido en extranjero, y sus ciudadanos en extranjeros. La guerra habría dejado de ser una guerra contra la rebelión, para pasar a ser una guerra de conquista”. Siglo y medio después estas frases no suenan para nada anacrónicas.

¿Y Canadá? Sí, todos sabemos que en Quebec se celebraron en 1980 y 1995 sendos referendos aunque –ha de aclararse– no eran estrictamente de secesión (el primero planteaba la posibilidad de convertirse en “estado asociado” y el segundo preguntaba si se autorizaba al gobierno regional negociar la soberanía con Canadá). Ambas consultas las perdieron los independentistas pero la segunda por los pelos, lo que obligó a que el Tribunal Supremo a interpretar la Constitución. Así, a través de un fallo judicial, se aceptó, por primera vez que yo sepa (¿y única?), que un Estado democrático no debe retener contra su voluntad a una determinada población concentrada en una parte de su territorio. A partir de esta premisa, y mediante la Ley de Claridad se reguló el procedimiento mediante el cual Quebec (o una parte de Quebec) podría independizarse, siempre mediante un proceso negociado con el gobierno federal.

Lo que es relevante para nuestro caso es que en Canadá (y supongo que lo mismo en el Reino Unido que carece de Constitución escrita), se abrió la posibilidad teórica de la secesión porque la misma no estaba explícitamente prohibida en la Carta Magna. No parece concebible que con un artículo 2 que proclama “la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles” el Tribunal Constitucional pudiera llegar a ninguna conclusión parecida a la del Supremo canadiense. Voy a decirlo de otra manera: imaginemos que todos los magistrados del Constitucional pensaran que, en efecto, un Estado democrático no debe retener contra su voluntad a una parte de su territorio que quieren mayoritariamente independizarse. Pues aún así, habrían de concluir que, con la actual Constitución, no cabe tal posibilidad.

Por la misma razón, aunque una mayoría del Parlamento español compartiera la conclusión del Tribunal canadiense, tampoco podrían votar la independencia de Cataluña, porque estarían incumpliendo flagrantemente la Constitución. Por eso, cuando los políticos independentistas catalanes, dándoselas de demócratas, se quejan de que los españoles no quieren diálogo, no quieren negociar, están haciendo trampa, engañando a sus seguidores. Porque lo que deberían decirles es que están pidiendo a los gobernantes de Madrid algo que éstos no pueden dar. Por cierto, la misma trampa (y con menos perdón) hacen los de Podemos cuando dicen que hay que negociar. Y conste que no estoy diciendo que me parezca que el gobierno del PP ha actuado bien en este conflicto.

Por tanto, como saben de sobra los independentistas (los líderes), mantener el pulso sólo conduce al enfrentamiento y a la represión (legítima por tener por objeto el mantenimiento de la legalidad). Saben que, el camino que se empeñan en proclamar como el que han de seguir no desemboca bajo ningún concepto en la independencia. Bueno, sí hay una posibilidad, que es la norma en los procesos de secesión: que se alcance la independencia derrotando con la violencia al Estado; no parece creíble, pero quizá con el apoyo de alguna potencia … Pero eso no ocurrirá, claro, porque som gent de pau (otro día repaso la historia de la violencia política en Cataluña, que da para mucho). Entonces, ¿no hay salida? Sí hombre, cambiemos la Constitución … Ya seguiré con ese tema en otro momento.

lunes, 7 de mayo de 2018

¿Braden contra Perón?

Hacia principios del mes pasado andaba yo intentando comprender las razones del enconado rencor de Borges hacia Perón, desde antes de que éste accediera a su primer mandato. Ya sabía, ciertamente, que para los que no somos argentinos entender el peronismo y las emociones que desató (y creo que aún no completamente extinguidas) es algo imposible, más o menos como lo era para San Agustín el misterio de la Santísima Trinidad, aunque a mí no se me ha aparecido un angelote con deje porteño que estuviera intentando drenar el estuario del Río de la Plata con un pequeño balde de playa. El caso es que, partiendo de Borges, leí varios textos sobre esos meses gestantes y decisivos, en especial los del año 1945 que culminarían con la gran movilización del 17 de octubre, el que fue llamado Día de la Lealtad. Así conocí, en primer lugar, al que se considera el principal organizador del antiperonismo e impulsor de la Unión Democrática, el embajador norteamericano Spruille Braden. Braden estuvo apenas cuatro meses en la Argentina, porque en septiembre del 45 lo nombraron Subsecretario de Estado para Asuntos del Hemisferio Occidental y regresó a Estados Unidos. Desde su nuevo cargo, como prometió a los antiperonistas antes de dejar Buenos Aires, siguió empeñado en impedir el acceso del coronel a la presidencia de la República, y su actuación más relevante a tal respecto fue la publicación del que se conoció popularmente como El Libro Azul (por el color de sus tapas; el nombre oficial era "Consulta entre las repúblicas americanas sobre la situación argentina"), un documento en el que se apelotonaban acusaciones a Perón de colaboración con los nazis recientemente derrotados (téngase en cuenta que el gobierno militar argentino declaró la guerra a Alemania sólo a muy última hora (27 de marzo de 1945), y bajo las presiones de Estados Unidos, que había planeado que Brasil, con su apoyo militar, atacara el país).

El Libro Azul se difundió por medios diplomáticos, aunque el vespertino bonaerense Crítica filtró el contenido del mismo; en todo caso, no fueron muchos los argentinos que lo leyeron. El caso es que, lejos de desacreditar a Perón, la aparición de ese documento se convirtió en un jugoso activo electoral para él. Perón, inmediatamente, contestó siguiendo su intuición política, sin duda acertada: señaló esa publicación como una clara intromisión de los yanquis en el proceso electoral argentino y, sin molestarse en entrar en detalles para desmontar las acusaciones (por otra parte poco sólidas en su mayoría), planteó directamente que la votación no era entre Tamborini (el candidato de la Unión Democrática) y él, sino entre él y el anterior embajador norteamericano. Así, concluyó su discurso de proclamación de su candidatura diciendo: “Sepan quienes votan el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico-comunista, que en este acto entregan el voto al señor Braden. La disyuntiva de esta hora trascendental es ésta: ¡Braden o Peron!”. Días después, conocida su victoria, declaraba que agradecía a Braden los votos que le había cedido.

Que los Estados Unidos tienen desde casi siempre la costumbre de hacer y deshacer en los países iberoamericanos no es ninguna noticia, pues sabido es que para ellos, cruzado el Río Grande, comienza su particular back yard; a estos efectos conviene aclarar que el tan repetido slogan de la doctrina Monroe usa las palabras América y americanos con dos sentidos muy distintos: la primera es el continente entero pero la segunda debe leerse como “los estadounidenses”. O sea, que nada de defender a las “repúblicas hermanas” frente al imperialismo europeo, sino sencillamente, oponerse a éste para ser ellos los que las controlen a sus anchas. Pero no va por ahí el cuento sino para llamar la atención de que, en no pocas ocasiones, ese desvergonzado intervencionismo con olímpico desprecio de la soberanía del correspondiente país iberoamericano, ha resultado tener efectos contrarios a los pretendidos, como en el caso que aquí refiero, toda vez que la denuncia por Perón de la injerencia de Braden no sólo no sirvió para impedir que resultara electo sino que, por el contrario, es más que probable que contribuyera a meterlo en la Casa Rosada. ¿Cómo es posible –se pregunta uno– que los gringos sean tan torpes? Y más en concreto, ¿cómo es posible que Braden no supiera que la victoria de la Unión Democrática, una coalición con comunistas, socialistas, radicales y liberales de derechas, no convenía en absoluto a los intereses de los Estados Unidos? Y aún más, ¿cómo no iba a saber Spruille Braden, a esas alturas ya con amplia experiencia latinoamericana, que lo peor que podía ocurrirle a la Unión Democrática es que se la asociara con él, como inmediatamente aprovechó Perón? Cuesta creer que lo que sucedió sea una muestra tan flagrante de torpeza. Por eso, aunque no me atrevo a descartar que lo fuera (cuántas veces las estupideces son causas de acontecimientos), quiero ahora plantear otra hipótesis que, adelanto, no es mía: la he leído en una novela llamada El soldado de porcelana, escrita por Horacio Vázquez Rial y publicada en 1997. Extracto a continuación algunos fragmentos del capítulo 41 (entre las páginas 755 y 775) relativos al tema de este post.

Braden y Perón también tienen escrita esta pieza desde hace rato. No te la voy a contar toda, porque la vas a ir viendo con tus propios ojos. Pero te voy a contar el final. Braden es, en primer lugar, el encargado de defender los intereses de su país, oficial y extraoficialmente. Y el único que le puede dar garantías de que esos intereses van a salir bien parados es Perón. Por lo tanto, se van a poner de acuerdo, y Perón va a ganar unas elecciones y va a dejar de ser fascista a criterio del Departamento de Estado. La Unión Democrática, si su candidato llegara a ser presidente, no le podría garantizar nada a nadie. Además, las medidas populares que toma Perón, que la izquierda debería aplaudir sin perder una posición crítica propia, son condenadas sin apelación porque vienen de un fascista. … ¿Qué quiere decir eso de fascista? ¿Perón va a poner cámaras de gas en la calle Corrientes? ¿Perón le va a declarar la guerra a Brasil por espacio vital? ¿Perón quiere conquistar Abisinia? Perón, simplemente, no es comunista. Es un hombre del capital, del gran capital. Perón quiere buenos inversores, en un país ordenado, sin riesgos de levantamientos populares; quiere poner orden en el capitalismo para que funcione. … Perón es un oportunista y no tiene ideología, ni siquiera la fascista. Le va a ser fácil ponerse de acuerdo con Braden, por mucho ruido que hagan los dos.

El 5 de julio de 1945, (Braden) volvió a entrevistarse con Perón en el salón Blanco de la Casa de Gobierno. –Hay un tema crucial, coronel –dijo Braden–, para todas nuestras probables tratativas futuras. –Usted habla de tratativas –le espetó Perón– pero anda jodiendo por ahí todo lo que puede. Pero, como es embajador, lo voy a escuchar. Uste dirá. –Su gobierno está ya, como país vencedor en la guerra mundial, en el proceso de incautación de bienes del Eje en su territorio. Pues bien, nosotros creemos, como potencia central y dado lo que hemos puesto en la guerra, una guerra en la que su país no puso más que una declaración, que nos corresponde un cierto derecho de administración sobre esos bienes. –¿Qué más? –pidió Perón–. Porque debe de haber un segundo punto, ¿no? –Lo hay. Hemos sabido que tienen ustedes la intención de establecer líneas aéreas en la Argentina. Y pensamos que no es imposible que ese proyecto se confíe a empresas nuestras. –No es imposible –aceptó Perón– ¿Qué más? –Voy a serle sincero, coronel. Yo manejo la oposición. Si los Estados Unidos obtienen la administración de los bienes del Eje en su país, la concesión de las líneas aéreas y un par de cositas más, yo me aparto y dejo que la Unión Democrática se vaya al carajo. Sé que el Departamento de Estado aceptaría que usted fuese presidente. … (Perón) llamó a un secretario de su confianza. –Quiero que los de propaganda llenen la ciudad de volantes contra Braden, acusándolo de comunista y protestando contra su injerencia en nuestros asuntos internos. … Aquella misma noche, (Braden) habló por un teléfono privado a Cordell Hull. –A estas alturas, aunque yo siga con esta payasada –le dijo– nuestro hombre en Buenos Aires tiene que ser el coronel Perón. Si no es él, no será nadie. –Actúe con toda libertad. Siga dirigiendo la oposición. Yo le haré abandonar el cargo a tiempo, antes de las elecciones. Y negocie. Ya.

Por el mismo teléfono, (Braden) llamó a Perón. Abandonó la embajada por una puerta lateral, con dos guardaespaldas. Anduvieron un par de manzanas antes de encontrar un taxi. El coronel los esperaba en su piso de la calle Austria, en compañía de Evita. –¿Qué pasa, embajador? –Que puedo seguir hasta el final, pero estoy cansado. –Está empezando a portarse como un político. No se asuste, che, que no le voy a dar mucho trabajo. Lo tengo todo pensado. –Suelte. –No van a tener mejor aliado que yo, amigo Braden. Pero ni usted ni yo nos vamos a bajar los pantalones en público. Tenemos que seguir siendo enemigos irreconciliables hasta el final. No su país y el mío, sino usted y yo. Por lo tanto, de los bienes del Eje, nada. Ya lo hablaré yo con su sucesor y estoy seguro de que llegaremos a un buen acuerdo. De las líneas aéreas, téngalo por hecho: serán suyas. ¿Qué más? –Petróleo. –Eso ni lo sueñe. Mi programa es de nacionalizaciones de los bienes básicos. Pero podemos llegar a tratos preferenciales con sus industrias y, si me apura mucho, a mantener el petróleo sin explotar, o a media máquina, durante años. Voy a empezar por los trenes. Nacionalización de los ferrocarriles. Los ingleses me adoran: les saco de encima un muerto que les está costando millones. Cosas así podemos hacer con los Estados Unidos cuando convenga. Estamos abiertos a buenas propuestas, necesitamos capital. ¿Para qué nos vamos a pelear? –Es razonable. –No lo dude. Hay muchos norteamericanos que firmarían con sangre todo esto ahora mismo. Y usted lo va a hacer. –No me puedo ir mañana. –Ni yo quiero que se vaya. Vamos a tener elecciones en febrero. Le doy hasta octubre. Hasta ahí le voy a dejar ganar. Necesito que gane, que los concentre, que los maneje. La Unión Democrática no tiene más jefe que usted que, en cualquier caso, no va a ser presidente. Y en octubre, a principios, digamos, usted se planta y los deja en pelotas. No se planta como un cobarde. Se va bien, con buenas razones, su gobierno lo llama, por ejemplo, para ascenderlo. Y me dejan en paz. … _Muy bien. Entonces, está todo dicho. Creo en su palabra. ¿Cree usted en la mía, coronel? –Usted no tiene más remedio que hacer lo que yo le digo. Mejor tratar conmigo que con una mezcla de comunachos y oligarcas que mañana van a borrar con el codo lo que hoy firmen con la mano. Y yo no tengo más remedio que creerle, porque su país me interesa, como el mío le interesa a usted. –Sea feliz, coronel –dijo Braden al despedirse. –Usted también –le contestó Perón, antes de darle el abrazo de rigor.

lunes, 30 de abril de 2018

Final de la Copa del Rey (y 2)

El resto del partido transcurrió bajo una ensordecedora pitada. Pese a su manifiesta inferioridad numérica, el Barça, sobre todo en los primeros minutos, siguió atacando hasta que, poco a poco, empezó a acusar el tremendo esfuerzo. Curiosamente, como si se sintieran culpables, los sevillistas parecían no desear la victoria; en tres ocasiones, tras robar la pelota a unos rivales defensivamente desarbolados, armaron unos contraataques que ni adrede habrían sido más torpes. En el 88’:50”, Jesús Navas, el único que aparentaba tomarse el partido en serio, corrió la banda derecha con balón y, casi llegando a la línea de fondo, centró bombeado hacia la portería; en el segundo palo cabeceó Sarabia y, superado el guardameta, Piqué despejó en la línea de gol ante la presencia de Muriel, el delantero sevillista. No había pasado nada (la jugada fue exactamente la misma que la del 74’:30” en nuestro universo) y, sin embargo, Gil Manzano pitó penalti por mano del defensa culé. Nuevo escándalo: avalancha de hinchas intentando saltar al campo y la policía convertida en muralla de escudos y porras frente a ellos; esta vez fueron Piqué y Suárez quienes se tiraron a por el árbitro y, como antes Iniesta y Messi, fueron también expulsados. En un ambiente tremendamente tenso, Benegas chutó la falta máxima y marcó el 1-0. Los siete jugadores del Barça que quedaban sobre la cancha caminaron lentamente hacia el centro del campo. Hacía ya un rato que había pasado el minuto 90 pero obviamente el partido –si a esas alturas cabía llamarlo así– debería prolongarse más de veinte. Sin embargo, no pasaron más que unos segundos después de haberse reiniciado el juego cuando Gil Manzano dio los tres pitidos finales, se apropió del balón y salió corriendo del campo, perdiéndose por el túnel de vestuarios. Tras él, también a toda velocidad, se refugiaron jugadores y técnicos, asustados al ver que muchísimos aficionados habían saltado al césped y se enzarzaban en batalla abierta contra los policías.

El zafarrancho que se montó en el campo se desbocó. Fue más de media hora de riña tumultuosa que acabó con casi cincuenta heridos –cuatro de ellos en estado muy grave– y un muerto, un chaval de diecisiete años residente en San Cugat. Pero la desgracia, con ser ya terrible, no acabó en el estadio. Esa noche, una turba rabiosa se desbordó por las calles de Canillejas destrozando todo lo que iban encontrando a su paso –contenedores, escaparates, coches aparcados– y tirando piedras y botellas (también algún improvisado cóctel molotov) a las ventanas de las viviendas, tras las cuales se escondían los aterrorizados vecinos. Un primer destacamento de policías nacionales a la altura de la calle Circe, junto al parque fue arrasado. Finalmente esa fiera multitudinaria fue detenida al llegar a la calle Alcalá, donde se había parapetado un fuerte contingente de antidisturbios, mientras de las calles laterales (Dédalo y Diana) salían muchos más agentes para acogotar en un círculo cerrado a los indignados. Los policías se abalanzaron sobre éstos aporreándolos indiscriminadamente. En medio de la espantosa algazara sonaron, secos y terribles, dos disparos (luego se dijo que provenían de alguno de los barcelonistas que se había apropiado antes de la pistola de un policía caído); por un instante pareció detenerse el tiempo, pero enseguida, con más furia aún, se reanudó la golpiza. Al cabo de un rato se hizo el silencio, cesó la lucha; en el suelo yacían numerosas personas (esta vez, más de un centenar de heridos y tres muertos: una mujer de cuarenta y pico y dos hombres de mediana edad), muchas otras eran empujadas por los guardias contra las fachadas de los edificios y no pocas, aprovechando el desorden, corrían Alcalá abajo hacia la boca del metro (Torre Arias). Enseguida, la noche volvió a poblarse de actividad y sonidos, sobre todo los de las sirenas de muchos vehículos: policía, ambulancias, bomberos …

Eso que ocurría en Madrid no era nada con la que se montaba en Barcelona y en muchas otras ciudades catalanas. Una inmensa multitud, ondeando esteladas y enarbolando distintos tipos de garrotes, se reunió en Plaza de Cataluña y obedeciendo a consignas espontaneas subió por Paseo de Gracia gritando enfurecida y destrozando también coches, vidrieras y mobiliario urbano. Al llegar a la calle Mallorca giraron a la derecha con la intención de asaltar el edificio de la Delegación del Gobierno de España. La muchedumbre era tan inmensa que los responsables del orden público prefirieron, en primera instancia, evitar enfrentarles con la policía. Así que, hacia medianoche, una masa enfurecida se agolpó ante el palacio Montaner y, tras rendir a los policías de guardia, derribó la puerta y entró como un tsunami al edificio, rompiendo muebles, desparramando papeles, arrancando cuadros y decorados … Habría pasado algo más de un cuarto de hora cuando se empezaron a oír sirenas. La multitud que estaba en la calle corrió hacia los ruidos dispuesta a enfrentarse con las fuerzas del orden, mientras que de la Delegación del Gobierno, completamente arrasada, salían a toda prisa los bárbaros, a la vez que estallaban las ventanas del tercer piso y se dejaban ver grandes llamas que, en poco tiempo, envolvieron enteramente el edificio. Poco después, el primer grupo de agentes que había sido enviado (eran mossos) fue encerrado por todos sus flancos y fulminado sin piedad (tres muertos entre ellos). Poco a poco, multitud de incendios surgían en distintos puntos del Ensanche, hasta que aparecieron las tanquetas por la Diagonal. Infinidad de enfrentamientos entre grupos enfurecidos y agentes que duraron hasta bien avanzada la madrugada. Hubo no pocos disparos y el balance fue trágico sin paliativos: treinta muertos (seis de ellos policías) y casi mil heridos, algunos en estado muy grave (tres más murieron en los hospitales en los siguientes días). Al amanecer del domingo 22, Barcelona mostraba el paisaje después de la batalla: un silencio que sonaba a muerte.

La situación era, desde luego, gravísima. El gobierno de la Nación se reunió a primera hora del domingo en Consejo de Ministros urgente, mientras los rumores hablaban de que se iba a decretar el estado de sitio en Cataluña y se enviarían allí urgentemente fuerzas militares. Pero antes de que hubiera ningún comunicado oficial, una cadena privada anunció que había recibido un mensaje de un autodenominado Guerrilleros por la Unidad de España, en el que aseguraban que el nefasto arbitraje de la Final había sido obra suya para impedir que un equipo separatista se erigiera con la Copa y, al mismo tiempo, castigar el orgullo de sus seguidores. Acababa indicando una dirección del barrio madrileño de Ventas; en un trastero de ese inmueble decían que estaba encerrado Jesús Gil Manzano. La policía fue de inmediato y liberó al árbitro que efectivamente allí estaba; según su declaración, había sido secuestrado y narcotizado el día anterior, despertó horas después en esa habitación sin saber nada. Así que quien había pitado la final había sido un impostor, alguien a quien habían caracterizado con suma perfección para tener una imagen idéntica a la del colegiado extremeño. Como es natural, la sorpresa y el desconcierto fueron desmesurados. El presidente del Parlament convocó una reunión urgente de la Mesa y, acabada la reunión, hizo una declaración institucional denunciando una descarada agresión al pueblo de Cataluña e insinuando que ese neonato grupo anticatalán podría provenir de las cloacas del Estado. La respuesta del portavoz del Gobierno no se hizo esperar: no sólo ridiculizó esa hipótesis sino que aportó la suya propia: más razonable sería pensar que la operación hubiera sido organizada por separatistas con la intención de provocar tumultos que ahondaran la brecha entre los catalanes y el resto de españoles. Pero el Gobierno no caería en la trampa y se mantendría fiel a sus obligaciones: investigar y detener a los ejecutores del vergonzoso tongo del Estadio Metropolitano y, al mismo tiempo, garantizar el mantenimiento del orden público.

Ahora bien, una semana después, en ese universo paralelo, el misterio sigue sin aclararse y la situación social y política se ha convertido en un polvorín. Seguiremos informando.

lunes, 23 de abril de 2018

Final de Copa del Rey (1)

Anteayer, 21 de abril de 2018, fue la final de la Copa del Rey de fútbol, partido que se jugó en el Estadio Metropolitano de Madrid y que acabó con una victoria contundente por cinco goles a cero del Barcelona contra el Sevilla. Ahora bien, en otro universo paralelo, la final de ayer se desarrolló de otra forma y tuvo un resultado distinto. Se me objetará que poco interés tiene eso pues, ya puestos, en los infinitos universos paralelos se habrán dado todos los resultados posibles, amén de todas las combinaciones congruentes de eventos. Lo sé, pero no he tenido acceso más que a este universo paralelo concreto y si lo cuento es porque lo que en él ocurrió ayer sí me ha parecido interesante.

Diré de entrada que en las gradas ocupadas por los seguidores barcelonistas predominaba un intenso amarillo porque en las entradas del estadio la policía no había requisado las camisetas de ese color a quienes las llevaban, al margen de que tuvieran una evidente intencionalidad de reivindicación política. Cuando sonó el himno español se oyeron más o menos los mismos silbidos y los mismos tarareos. Luego empezó el partido, y al igual que en este universo, enseguida se vio que el Barcelona se comía al Sevilla. Es más, hasta el minuto 13 todas las acciones que sucedieron fueron exactamente las mismas. Así, ante la presión del Sevilla, la pelota le llegó a Sergi Roberto en la frontal de su propia área y éste cedió a Cillesen. El portero holandés controló con los pies, miró a lo lejos y golpeó en largo hacia la posición de Coutinho que, corriendo hacia delante, ya le había ganado la espalda a su defensor. El brasileño entró con el balón en el área pequeña y, ante la salida desesperada de David Soria, picó el balón hacia el centro y atrás y allí Luis Suárez –que lo había acompañado pero en carrera más central– estirando hacia atrás la pierna derecha, lo cazó para meterlo dentro de la portería. La celebración del uruguayo y sus compañeros, el alborozo entre el público barcelonista, el grito de gol con la vocal interminable del locutor de la tele, los gestos de cabreo de los sevillistas … Todo eso fue igual por unos instantes, los pocos que pasaron hasta que Jesús Gil Manzano, el árbitro, se acercó a la portería de los blancos haciendo ostensibles señas de que el gol estaba anulado. Según este joven referí extremeño, Coutinho estaba en fuera de juego cuando pateó Cillesen (no era verdad: al salir el balón, el brasileño estaba aún en el campo del Barça). 


Como es lógico, durante unos minutos los sucesos de ese universo fueron diferentes a los del nuestro, pero enseguida volvieron a superponerse en perfecta coincidencia como si, más que paralelas, fueran dos líneas espacio-temporales que divergían y convergían. De hecho, en el 14’:30” –es decir, apenas minuto y medio después del gol/no gol– en ambos universos se le pitó un fuera de juego a Suárez cuando recibió un pase de Messi y se iba directo hacia el portero sevillista. Así se llegó al 30’:30”, cuando Messi sale del círculo central y pasa el balón a Iniesta; éste avanza frontalmente unos pasos y abre hacia la banda izquierda a Jordi Alba; Alba hace la pared con Iniesta que desde el ángulo del área se la devuelve; Alba se acerca hasta la línea de fondo encimado por Navas y desde allí, sin ver, golpea la pelota de tacón hacia atrás para que aparezca Messi y de un izquierdazo envíe el balón hasta la red. De nuevo entusiasmo barcelonista en el campo y en las gradas pero también de nuevo, por increíble que parezca, el árbitro anula el gol, esta vez por una supuesta falta de Luis Suárez al defensa sevillista justo antes de que el genio argentino chutara. Como era de esperar, Suárez se puso hecho una furia y se lanzó a comerse al de Don Benito quien inmediatamente le sacó una tarjeta amarilla. La indignación entre la hinchada culé era manifiesta (y con razón porque si en la jugada del no gol anterior se podía entender que se equivocara con el offside, en ésta la legalidad del gol era indiscutible), tanto que la policía nacional empezó a desplegarse en previsión de movidas peligrosas.


Volvieron enseguida a coincidir ambos universos y, como en la ocasión anterior, la unión se produjo en otra jugada de fuera de juego, ésta pitada a Messi en el minuto 32 (esta vez sólo un minuto después). A estas alturas del cuento, seguro que el lector se está imaginando que también los tres siguientes goles del Barcelona fueron anulados por el audaz Gil Manzano. No del todo, pero casi. En el minuto treinta y nueve y medio Messi le metió una pelota magnífica a un Suárez en carrera que entró en el área y batió a un indefenso Soria; el árbitro alegó fuera de juego en ese pase mágico, un fuera de juego descaradamente inexistente que los gritos de tongo atronaron el estadio. Desde ese momento hasta el descanso, si bien las jugadas que acontecían sobre el campo eran las mismas en ambos universos, había manifiestas diferencias entre el público: en nuestro universo los sevillistas mostraban caras apenadas cuando no llorosas y los culés entusiasmo a raudales; en ese otro universo paralelo, los del Guadalquivir estaban silenciosos con caras de asombro mientras los barcelonistas exhibían todos los gestos del cabreo y la rabia, con aullidos incesantes de indignación. De nuevo tornan a confluir ambos universos en lo que ocurre sobre el césped (no así en las gradas) hasta que Messi en el 51’:30” le devuelve magistralmente una pared a Iniesta quien dribla la desesperada salida del arquero, se va casi hasta la línea de fondo y mete un golazo maravilloso. Era el cuatro a cero en nuestro universo pero en ese otro iba a ser por fin el primero, un gol imposible de anular, un gol que había levantado de sus asientos hasta a los sevillistas.


Pero lo imposible sucedió. El extremeño sentenció otro fuera de juego y se armó el apocalipsis. Iniesta y Messi que estaban abrazándose se volvieron incrédulos y corrieron como flechas contra el árbitro. Todo sucedió muy rápido; como si fuera un pistolero del Far West, Gil Manzano sacó a velocidad inaudita dos tarjetas rojas, una en cada mano, y se las plantó a cada futbolista en plena cara. En ese momento, la tangana se disparató: varios jugadores del Barça se lanzaron hacia el árbitro y éste, asustado ante el odio asesino que vio en algunos de esos rostros, echó a correr hacia un corner. Entonces reaccionaron los del Sevilla para protegerlo, se interpusieron entre él y sus rivales e intentaron calmarlos. Al mismo tiempo, en la zona del público barcelonista, una avalancha se precipitó hacia el campo, obligando a la policía a agruparse frente a la valla, esgrimiendo escudos y porras. La cancha se llenó en un momento de multitud de objetos disparados desde las gradas, los gritos y abucheos eran atronadores, las luces del estadio parpadearon varias veces amenazando con sumirlo en la oscuridad. El pánico se adueñó del recinto. Árbitros, jugadores y técnicos se retiraron asustados al túnel de vestuarios. Durante un rato los allí presentes sintieron que estaban balanceándose en equilibrio inestable: en un momento podía desencadenarse una tragedia dantesca o no, o quizá recuperar la calma. Fueron unos minutos largos y angustiosos pero, al fin, los enardecidos hinchas regresaron a sus asientos aún con la más intensa de las rabias, una rabia que la sentían por todo el cuerpo, en especial en las tripas. De pronto, como algo mágico, se hizo el silencio casi absoluto, un silencio cargado de incertidumbre, el silencio en que cualquiera ha de quedarse cuando le arrebatan todas sus certezas, cuando lo arrojan sin explicaciones al vacío del absurdo. Duró poco: lo rompió el anuncio por megafonía de que el partido se iba a reanudar y casi inmediatamente salieron todos los protagonistas al campo. El reloj marcaba el 75’:12”; la interrupción había durado veintitrés minutos.

viernes, 20 de abril de 2018

Calificación de los delitos

En el enjuiciamiento penal los presuntos hechos delictivos han de ser calificados; tal calificación en lo que consiste es en asociarlos a alguno de los delitos recogidos en el código penal. De hecho, para imputar a alguien deben argumentarse necesariamente dos cuestiones. La primera, los fundamentos doctrinales y legales en base a los que se califican esos hechos como constitutivos de uno o varios delitos concretos. En segundo lugar, la participación de los acusados en dichos hechos (y, en su caso, las circunstancias atenuantes, agravantes, etc). La defensa del imputado puede consecuentemente intentar contrariar cualquiera de las dos argumentaciones (o ambas). Es decir, puede intentar demostrar que los hechos cuya autor es el acusado no se corresponden con el delito imputado sino con otro (de penas menores) o ninguno, o bien puede tratar de aminorar o incluso negar la participación del acusado en los hechos. Esta segunda línea es la que prevalece en las novelas policíacas y en las películas (americanas) de juicios penales. Es verdad que tiene bastante más interés para un lector o espectador saber quién es el asesino que la calificación penal específica del acto cometido ; sin embargo, tengo la intuición de que en la mayoría de los casos hay mucha más chicha de discusión en la calificación penal. Si eso es así, a mí que no soy jurista me parece preocupante y quizá síntoma de que los delitos del Código Penal no están todo lo bien definidos que sería deseable. Porque, digo yo, si hay consenso en los hechos debería saberse ante qué delito estamos. También se me ocurre que podría ser que las tipificaciones penales o estén tan mal redactadas pero que se esté forzando la interpretación más allá del sentido común.

Valga esta introducción porque en los últimos tiempos pareciera que hay una tendencia entre fiscales y jueces instructores (y también, pero menos, en algunas sentencias) a calificar hechos y comportamientos como delitos bastante graves, con argumentaciones justificativas que distan mucho de ser sólidas y unánimes (o casi) sino, por el contrario, generan enconadas polémicas y disensos entre personas con buenas cabezas jurídicas y lógicas. Así, a bote pronto, me vienen a la cabeza la rebelión que se le imputa a los políticos catalanes encarcelados, el terrorismo a los chicos de Alsasua que apalizaron terriblemente a un guardias civiles y, en noticia local de ayer mismo, parece que por injurias a la Corona (el sumario es secreto), a un chaval de La Laguna que publicó en su Facebook insultos en protesta contra la visita a Tenerife de Felipe VI.

El delito de rebelión se tipifica en el artículo 472 del Código Penal y exige el alzamiento público y violento de los encausados. Como es más que sabido, la discusión se centra en si quienes están imputados se alzaron violentamente. Las argumentaciones del auto de Llarena vienen a decir que Puigdemont & Co “asumieron” y “provocaron” la violencia que otros cometieron, lo cual no es exactamente los mismo, aparte de que también está en cuestión la gravedad y vinculación al delito de los actos violentos que efectivamente ocurrieron. En fin, sin entrar en un debate sobre el que ya se ha hablado y escrito muchísimo, me parece bastante claro que hay indicios de sobra para pensar razonablemente que el juez más que buscar el tipo delicitivo más adecuado a los hechos, ha optado por otro que tenga penas mayores, acordes con la gravedad del comportamiento (a su juicio, claro). Muchos han dicho, por ejemplo, que los hechos encajan mejor en el delito de sedición del artículo 544, aunque a mi modo de ver los encausados no se alzaron tumultuariamente para impedir la aplicación de Leyes. Tal vez se ajustara mejor la provocación, conspiración o proposición para la sedición del artículo 548. Pero, a mi modo de ver, los desórdenes públicos y en cierto grado violentos que consecuencia de las decisiones “tendenciosamente” independentistas (porque otra cuestión nada obvia es si declararon o no la independencia) están tipificados con bastante exactitud en el artículo 557.2: “con las mismas penas (de seis meses a tres años de prisión) se castigará a quienes actuaren sobre el grupo o sus individuos incitándoles a realizar las acciones descritas en el apartado anterior (alterar la paz pública ejecutando actos de violencia sobre las personas o sobre las cosas)”, siempre que se probare que estos políticos animaron a los tumultuosos en sus comportamientos. De otra parte, al margen de los desórdenes públicos más o menos violentos que han salpicado el procés, lo que me parece casi indudable es que los imputados cometieron repetidamente los delitos de desobediencia previstos en el artículo 556.

Es decir, creo que los políticos catalanes incurrieron con bastante probabilidad en más de una acción tipificada en nuestro Código Penal. Pero daría la impresión de que los delitos que mejor encajan  con los hechos han sido considerados por fiscal y juez poco “contundentes” ante la gravedad de los hechos y, por eso habrían preferido irse a otro con castigos mucho más severos, más acordes a lo que ellos creen, supongo, que merecen tales acciones. De algún modo, pareciera que el instructor haya pensado que, si los hechos no se ajustan al delito de rebelión, deberían ajustarse, dedicando todos sus esfuerzos a ampliar más allá de la letra de Ley el ámbito del delito. Este ejercicio es peligroso para el Estado de Derecho que, entre otras cosas, se basa en la “previsibilidad” de las consecuencias penales. De hecho, como el propio Artur Mas reconoció, los políticos independentistas sabían que estaban cometiendo actos punibles, pero no de rebelión. Y lo malo de intentar encajar con calzador delitos que no se tipificaron para hechos como los que hemos vivido es que se le dan argumentos a los independentistas sobre la parcialidad del sistema judicial español.


En cuanto a los brutales actos cometidos por los jóvenes del bar de Alsasua, que puedan considerarse como terroristas obedece a la amplia (y en mi opinión, poco ponderada) modificación del Código Penal que convierte en delito de terrorismo casi cualquiera con suficiente gravedad siempre que su finalidad sea subvertir el orden social o económico, alterar la paz pública, desestabilizar el sistema político o provocar un estado de terror. Pese a que casi todo puede ser hoy terrorismo, es muy difícil sostener que las bestias que apalizaron a los guardias lo hicieran con alguna de las finalidades que señala el artículo 573. Pero las víctimas eran guardias civiles y el entorno geográfico era el que era, dos circunstancias que no aparecen en la regulación del delitos pero que no cabe duda de que fueron determinantes para establecer esa calificación –¿acaso les habrían imputado terrorismo si la agresión hubiese ocurrido en Sevilla y las víctimas fueran ciudadanos corrientes?– Surge de nuevo la duda razonable de si la calificación del delito, en vez de obedecer a una aplicación objetiva del código, no estará buscando incrementar el castigo. Por cierto, vista la amplitud de los delitos de terrorismo y teniendo en cuenta las finalidades de los impulsores del procés, llama la atención que no se los hayan imputado. Quizá sea que en el caso del Puchi y colegas sonaría más estrambótico que en el de los del bar de Alsasua.

El último ejemplo que he citado puede que sea el menos pertinente al objeto de este post. Porque he de admitir que decir “los Borbones a los tiburones”, “me cago en la monarquía, en el Rey y en todos sus cuerpos represivos” o “Nazi-onales para proteger al hijo de putero del rey FeliPP. Santa Cruz de Tenerife colapsado por la visita de éste cabrón” pueden considerarse dentro de los supuestos delictivos de los artículos 490.3 y 491. Ahora bien, cuesta entender que exista este delito. En mi opinión, si ha de existir, debería regularse para que sólo cupiese aplicarlo con criterios muy restrictivos en los que no entrarían comentarios que, aún revelando el evidente mal gusto y escasa educación del que los profiere, no expresan más que un sentimiento antimonárquico que no debería penarse. (Por cierto, según denuncian los amigos de ese chico, entraron en su casa 20 policías con la cara tapada, rompiendo la puerta a patadas, deteniéndole e incautando ordenador y teléfono; un operativo un tanto exagerado, diríase). En fin, que el comportamiento reciente del Poder Judicial da motivos de preocupación..

martes, 17 de abril de 2018

Diccionario de gestos

Andrea de Jorio nació en 1769 en Procida, una pequeña isla de apenas cuatro kilómetros cuadrados enfrente del extremo Norte de la bahía napolitana, entre la costa y la más famosa de Ischia. Conviene recordar que por aquellas fechas el reino de Nápoles era gobernado por los Borbones; de hecho, durante la mayor parte de su vida, Andrea fue súbdito y servidor de Fernando, tercer hijo varón de nuestro Carlos III (que fue rey de Nápoles y luego de las Dos Sicilias entre 1767 y 1825, salvo el lapso de la República Napolitana impuesta por Bonaparte). Pero volvamos a de Jorio: estudió en el seminario arzobispal de Nápoles (lo que me hace pensar que provenía de familia de posibles) y se ordenó sacerdote. Enseguida mostraría sus dotes, porque en 1805, en la mitad de su treintena, en los momentos álgidos de las guerras de los monarcas absolutistas europeos contra los ejércitos imperiales y revolucionarios de Napoleón, fue nombrado canónigo de la Catedral de la capital de Campania. En 1810 le nombran inspector general de instrucción pública del reino y al año siguiente pasó a ser conservador de la sala de los vasos etruscos del Real Museo Borbónico. Ahí le nació el interés por las antigüedades, y empezó a patearse excavaciones, a investigar y descubrir, y finalmente a publicar y convertirse en una de las autoridades más reconocidas en la arqueología de la región, prestigio que mantuvo hasta finales del XIX.

Pero el bueno de Andrea no debe su fama a la arqueología sino a su afición por la aspaventosa gestualidad de sus paisanos de la que, a través de la comparación con representaciones pictóricas de sus antigüedades, trazó la genealogía hasta emparentarla con la de los colonos griegos que fundaron la ciudad setecientos años antes de Cristo. En 1832 publicó La mímica degli antichi que, según no pocos estudiosos, convierte a De Jorio en el precursor o fundador de este campo de la etnografía. Sin embargo, gracias a un artículo de Benedetto Croce (Il Linguaggio dei gesti, en el número de enero de 1931 de la revista La Critica), descubro que, doscientos y pico años antes que el napolitano, un tal Giovanni Bonifacio (1547-1635), jurisconsulto y súbdito de la República de Venecia, escribió un grueso volumen titulado “El arte de los signos, con la cual, formándose un discurso visible, se trata de la muda oratoria, que no es otra cosa que un elocuente discurso”. Tan expresiva cabecera nos permite deducir la intención política del autor en unos tiempos en que a menudo no convenía ser demasiado explícito con las palabras (hemos avanzado, pero aún no hemos llegado). En todo caso, Bonifacio, pese a haber recopilado y descrito más de seiscientos gestos, casi ha quedado olvidado, si no fuera por el reconocimiento de eruditos como Croce.

La wikipedia italiana registra una anécdota paradójica del canónigo catedralicio: pese a haber descrito detalladamente el gesto delle corna que entre los italianos se usa como conjuro para evitar la mala suerte, lo cierto es que el hombre tenía fama en Nápoles de ser uno de los mayores gafes de la ciudad. Así, por ejemplo, y según cuenta Dumas en su libro de viajes El Corricolo, estuvo larguísimo tiempo solicitando audiencia ante el Rey para presentarle una publicación y cuando por fin se la conceden es en la fecha de la muerte del monarca. Pero, prescindiendo de chismorreos banales, dejemos constancia de que el libro se lo dedicó al entonces príncipe heredero de Prusia, el futuro Federico Guillermo IV (1795-1861), que tiene 380 páginas de texto y 19 de ilustraciones y que entre las primeras y las segundas aparece un escrito de Giuseppangiolo del Forno (del cual solo he averiguado que escribió en 1837 una carta sobre el contagio del cólera) en el cual se dice lo siguiente: “Ahora nuestro célebre señor canónigo Andrea de Jorio, más conocido entre los extranjeros, pese a estar junto a nosotros por su literatura y por su exacto conocimiento de todos los monumentos de la siempre venerada Antigüedad, motivos por los cuales será eternamente famoso y estimado en el Reino de Nápoles, ha sabido con inmenso trabajo interpretar y dilucidar los gestos de los antiguos de los vasos, las pinturas, los bajorrelieves, las obras clásicas … Y además se ha esforzado en demostrar, con razones muy convincentes, que la mímica que ellos usaban mantiene una estrecha relación con la gestualidad del pueblo napolitano, colonia en un tiempo de la gloriosa Atenas.” Tantas loas fueron confirmadas años después nada menos que por Wilhelm Wundt, el fundador de la psicología experimental (aunque Croce en el artículo citado desdeña las aseveraciones del alemán). Todo ello nos lleva a pensar que la publicación del canónigo debió ser, en efecto, la que marcó los inicios del interés por este lenguaje no verbal, por sistematizar y comparar los distintos gestos que existen en todas las culturas.

Que yo conozca a Andrea de Jorio y su obra no es mérito de mi enciclopédica cultura sino consecuencia de que una amiga y compañera de trabajo me trajo ayer un librito titulado Supplemento al dizionario italiano, publicado en 1963. El libro, desde el punto de vista de su composición, es una preciosidad, lo cual no debe sorprender pues su autor es nada menos que Bruno Munari (1907-1998), sin duda uno de los grandísimos del diseño del siglo pasado. Pero evitaré divagar a propósito de Munari (quizá en otra ocasión), para referirme a esta obra concreta. El esquema compositivo es sencillo: las páginas a la izquierda (pares) contienen en cuatro idiomas (italiano, inglés, francés y alemán; niente spagnolo) los textos que explican las imágenes que aparecen en las correspondientes páginas a la derecha (impares, aunque éstas sin numeración). Las primeras páginas recogen antiguos gestos napolitanos, algunos de los del canónigo y estampas de comportamientos de la vida social napolitana, todos ellos ilustrados con dibujos. Luego, a partir de la página 20, desfila un catálogo de gestos, uno por hoja, con su descripción textual y una fotografía en blanco y negro. He de señalar que en la introducción se habla de De Jorio añadiendo que “con el pasar del tiempo y el difundirse de los napolitanos, muchos de estos antiguos gestos han devenido de uso nacional y algunos incluso son comprendidos en muchas partes del mundo”. Concluye el prologo asegurando que lo que se pretende con la documentación aportada es facilitar la comprensión a los extranjeros que visitan Italia (de ahí lo de suplemento al diccionario).

Dos breves notas para concluir. Primera, que después de disfrutar con la contemplación de tan atractiva colección de gestos, se me hace difícil admitir que la mayoría de ellos sean de origen napolitano, siquiera italiano. Porque, salvo unos pocos de inconfundible sabor latino (los ya mencionados cuernos, el de rotar la mano con el pulgar e índice extendido que significa “nada”, o el de las manos con los dos índices juntos señalando hacia abajo que alude a un acuerdo secreto), casi todos son de universal entendimiento (al menos en mi entorno). Me resisto a admitir que provengan de Nápoles, pero quién sabe. La segunda consideración es que con una rápida búsqueda he podido comprobar que en Internet hay unos cuantos diccionarios de gestos (por ejemplo, esta web de gestos españoles que no está nada mal). O sea, que probablemente este librito haya quedado obsoleto. Sin embargo, estoy seguro de que a principios de los sesenta llamó poderosamente la atención (si no, Munari no se habría lanzado a la empresa) y, en todo caso, pese a ese aire trasnochado –o precisamente por ello– guarda un encanto que difícilmente puede sustituir Internet.

viernes, 13 de abril de 2018

Franco y Cifuentes

Se ha levantado la veda, la cacería de políticos con títulos falsos será por un tiempito el deporte de moda entre periodistas profesionales y aficionados. Las piezas a cobrar están en muchas instituciones aunque de momento el campo más batido va siendo el Parlamento madrileño. Los espacios de búsqueda, claro está, son las universidades; por ahora, qué duda cabe, la Rey Juan Carlos es la más fértil en trofeos (me pregunto si algo tendrá que ver el nombre que le pusieron, el de un rey que no cabe vincular precisamente con el esfuerzo honesto). Ayer, los de OKdiario anuncian como gran exclusiva que José Manuel Franco Pardo, un lucense de 60 años que es actualmente el secretario general del PSOE de Madrid y parlamentario de la Asamblea de dicha Comunidad, falsificó su currículum oficial y se inventó una licenciatura en Matemáticas. Como es obvio, enseguida no pocos han puesto el grito en el cielo, acusando a los socialistas de doble moral. Valgan como muestra las declaraciones del más desaforado de los vates peperos, el ínclito Rafael Hernando. En los pasillos del Congreso ha manifestado con su desparpajo habitual que está absolutamente perplejo ante la cara dura de un tipo que va a pedir la dimisión de Cifuentes cuando él ha falsificado. Añade Rafa que lo de Franco es mucho más grave que lo de Cristi porque el primero ha falsificado toda una carrera mientras que la segunda ha sido simplemente víctima de una mala praxis de la universidad.

La Asamblea de Madrid, cada legislatura, elabora un fichero con los datos básico de cada diputado: foto, nombre, fecha y lugar de nacimiento, estudios, cargos profesionales. En las fichas de Franco correspondientes a la IV (1995-1999) y V (1999-2003) Legislaturas consta “Licenciado en C.C. Matemáticas”. Esas fueron las dos primeras legislaturas en las que fue parlamentario (Cifuentes empezó en la anterior, en 1991); a partir de la siguiente (de la VI a la X actual) no aparece ya esa falsa licenciatura. Preguntado por los periodistas, Franco ha reconocido que es cierta la noticia, añadiendo que no fue él quien dijo que era licenciado en Matemáticas y que, al darse cuenta, en 2003, ordenó que se corrigiera. Hay aquí ya una primera diferencia entre los dos casos: uno reconoce la veracidad de la información, la otra la niega. Como Cristina niega que haya falsificado su máster, Hernando (y el partido en su conjunto de momento) puede decir que no lo ha falsificado (es una víctima de una universidad chapuza), mientras que como Franco no lo niega, puede acusarle de falsificador. Es decir, el cinismo del portavoz del PP llega al extremo de convertir una virtud –decir la verdad– en agravante, a costa de cerrar filas en torno a la que incuestionablemente es una mentirosa. Es posible –probable dirán algunos– que Franco también haya mentido. Pero de momento ha dado una explicación (que él sólo había contado que había sido profesor de matemáticas y alguien le añadió lo de licenciado) que no resulta imposible de creer (quizá alguno de su partido que quiso darle más categoría). Y, ante la ausencia de más argumentos hemos de partir de que dice la verdad. Nada que ver con lo que ha ocurrido con Cristina Cifuentes que no es capaz de hacer ningún relato de inocencia (ni siquiera pido pruebas) que sea congruente, ante la cantidad de datos que apuntan a la conclusión contraria.

De otra parte, hay otras varias y obvias diferencias entre los casos Franco y Cifuentes. El del PSOE puede haberse arrogado una titulación que no tenía, pero eso no alcanza ni de lejos a conseguir fraudulentamente un título con la complicidad de la Universidad aprovechándose de su cargo. El del PSOE pudo haber mentido pero enmendó la falsedad hace ya quince años, mientras que la presidenta madrileña se mantiene en sus trece. Este comportamiento de la Cifuentes es el que me parece más grave, porque trasluce su convencimiento –compartido por muchos dirigentes políticos– de que da igual lo que se haga porque en poco tiempo lo olvidaremos. Así demuestran una vergonzosa arrogancia que les lleva a sentirse impunes, a insinuar subliminalmente que su cargo electo (a mí me han votado los madrileños) les otorga una singular carta de impunidad. Y lo malo es que, hasta determinados límites, aciertan en esa manera de pensar, lo que desde luego dice bien poco de nosotros, sus votantes. No obstante, digo que “hasta determinados límites” porque en el caso de Cristina ésos han sido sobrepasados; no creo que a estas alturas le quede ninguna opción de supervivencia.

Esa arrogancia a la que me refería también lleva a muchos políticos a suponer que los españoles somos tontos (y de nuevo, en gran proporción, aciertan) tratando de vincular argumentativamente los dos casos. Es la aburridísima por repetida técnica del “y tú más”. Pero la machaconería pareciera que funciona; dicho de otra forma: pareciera que gran parte de la población admite que si se imputa una culpa a A, la posterior imputación de una culpa similar a B, exime a A. Se trata de extender la mierda lo más posible de modo que el enmerdado inicial ya no destaque. Sí, A es un corrupto, pero si todos lo son no lo es nadie, ni siquiera A. A este método sofista recurrió ayer Hernando (la propia noticia de OKdiario responde a las mismas intenciones). Por eso, por honestidad intelectual, porque se debe denunciar a quienes buscan la idiotización de la ciudadanía (cuanto más idiotas más manipulables seremos), debe dejarse claro que en nada, en absolutamente nada, influye la supuesta mentira de Franco en “el caso Cifuentes”. Todo aquél que ahora, justo ahora, se cebe en este nuevo asunto es sin ninguna duda un deshonesto intelectual. Como lamentablemente van a insistir en ese camino, lo que habría de hacer José Manuel Franco es dimitir de su escaño. No porque haya mentido (que sería irrelevante si no hubiera estallado el caso Cifuentes) sino para desmontar el recurso al sofisma y dejar más desnuda aún a la presidenta madrileña. No ocurrirá, me temo; como tampoco que se siga intentando esparcir mierda y rebajar a niveles ínfimos el debate político. Esto expresa la calidad de nuestra democracia.