domingo, 24 de septiembre de 2017

Mosén Rubí de Bracamonte (2)

Robín inició su carrera militar a los 19 años, cuando en octubre de 1374 fue recibido en el ejército del rey Carlos V, el tercer Valois. Para esa fecha, el monarca tenía 36 años y llevaba ya diez de reinado, pero en realidad su protagonismo en el gobierno de Francia había empezado mucho antes, desde que tras la captura de su padre por los ingleses en la batalla de Poitiers (1356), hubo de asumir la regencia. Carlos, llamado el Sabido, subió al trono durante la paz que interrumpió la Guerra de los Cien Años tras el Tratado de Brétigny (1360), pero el estado de Francia era desastroso. Grandes partes del Occidente y Norte del país había pasado a los ingleses y otras ya eran propiedad del Plantagenet o aliadas de éste (el ducado de Bretaña). Por otro lado, los soldados mercenarios que habían participado en la Guerra al servicio de los monarcas y grandes señores, al llegar la paz se habían organizado en compañías de bandoleros y asesinos que se daban al robo y al pillaje, de modo que en casi todos lados se vivía un clima de terror. Con el doble objetivo de acabar con tantos peligrosos criminales y, de paso, constituir por primera vez un ejército estable, que no dependiera de mercenarios, Carlos recurrió al más famoso de todos aquellos aventureros violentos, tan abundantes en la Francia bajomedieval, un bretón de fealdad y fuerza legendarias (“soy muy feo para ganarme el afecto de las mujeres, pero en cambio sé hacerme temer de mis enemigos”) que para entonces ya tenía en su currículum hazañas destacadísimas: Bertrand du Guesclin o, en España, Beltrán Duguesclín. Du Guesclin comenzó sus servicios al rey sabio en la guerra por la sucesión de Borgoña y consolidó su fama como gran general en la victoriosa batalla de Cocherel de 1364 contra las fuerzas anglo-navarras (sí, la misma en que murió Jean III Bethencourt).

Por aquellos tiempos Castilla sufría las peleas por la corona entre Pedro I el Cruel, el hijo legítimo de Alfonso XI con María de Portugal, y Enrique, conde de Trastámara, y también hijo de Alfonso pero con su favorita, la bella Leonor de Guzmán. Pese a ser el heredero de derecho y llevar una década en el trono, la extrema crueldad de Pedro lo había hecho odioso a casi todos; en el plano internacional, era enemigo de Francia y, consiguientemente, los ingleses se pusieron a su favor. En 1360, Enrique, viendo que sus partidarios crecían, decidió invadir Castilla y ocupó Nájera; sin embargo, en la batalla ante esta ciudad riojana, el Trastámara fue derrotado y hubo de exiliarse en la corte de Carlos V. Unos años después, el rey francés decidió prestarle ayuda militar para el definitivo asalto al trono castellano y, de paso, librarse de los últimos tard-venus (los bandoleros que asolaban Francia), integrándolos en el ejército francés que, al mando del aguerrido Bertrand du Guesclin, envió a la Península. En la batalla de Montiel (marzo de 1369), los dos hermanos se enfrentaron cuerpo a cuerpo y, gracias a la ayuda de Duguesclín, Enrique apuñaló a Pedro. De este modo se ciñó el bastardo Trastámara la corona de Castilla e inició una casa dinástica que en el siglo XV llegaría a gobernar en Castilla, en Aragón y en Navarra. Naturalmente, durante su reinado, Enrique II mantuvo la alianza con Francia, creando unas condiciones de amistad y colaboración que explican la posterior presencia e imbricación de nuestro protagonista en Castilla.

Pero antes de ir a Castilla, Robin deBraquemont, según cuenta la tradición, sirvió en la escuadra del almirante Jean de Vienne. De Vienne fue uno de los principales impulsores del reforzamiento de la armada francesa, comprendiendo cabalmente que en la Guerra de los Cien Años era fundamental conseguir la supremacía naval y atacar las costas inglesas. Pudo poner en práctica sus ideas en 1374, gracias al apoyo de Castilla que envió veinte galeras al mando del almirante Fernando Sánchez de Tovar. La unión de las fuerzas navales francesas y castellanas permitió llevar a cabo varias acciones de castigo sistemáticas contra las ciudades del litoral meridional de Inglaterra. En alguna de esas expediciones pudo haber embarcado el joven Robin de Braquemont, zarpando probablemente de algún puerto normando, muy cercano a su pueblo de origen. En junio de ese mismo 1377, Robin forma parte de una compañía armada sita en Honfleur, en el estuario del Sena. Esta preciosa villa (que siglos después sería una de las preferidas de los pintores impresionistas), había sido recuperada recientemente del dominio inglés y por entonces se estaba fortificando a fin de convertir su puerto en la puerta defensiva que impidiera entrar a los ingleses por el río. Por esas fechas, raptó a la joven Isabeau de Murdac, hija del señor de Sainte-Marguerite, pues se conoce un documento de 1378 que le condena a entregarla al caballero Henry de S. Denis. Supongo yo que el señorío de Sainte-Marguerite correspondería al actual pueblito de Sainte-Marguerite-sur-Mer, en la costa de la Alta Normandía a unos quince kilómetros de Bracquemont. Así que por qué no imaginar una romántica historia de amor: dos adolescentes de pueblos cercanos que se enamoran, él inicia su carrera militar empeñado en alcanzar fama y prestigio, ella promete esperarlo. Sin embargo, el padre la promete con un extraño, un tal Henry de Saint Denis; ella, desesperada logra enviar aviso a su amado, acuartelado en la no muy lejana Honfleur. Ambos se fugan de Sainte-Marguerite y viven escondidos algunos días, dispuestos a casarse contra los deseos de la familia. Pero pronto algunos camaradas le hacen saber a Robin que se una boda proscrita trae consigo perder su prometedora carrera; el padre de Isabel lo ha denunciado y un juez del rey ordena la devolución de la doncella. El cálculo se impone al amor y nuestro joven héroe entrega a la Murdac, quizá no del todo inmaculada, pero parece que no hubo más problemas. Al fin y al cabo, pensaría Robin, por un enamoramiento juvenil no voy a estropearme el futuro.

La verdad es que desconocemos las causas y consecuencias de esta aventura mujeril. Quizás no saliera del todo bien librado pues nada se sabe del joven hasta 1384, fecha en la cual ya estaría acabando su veintena. En ese año –según la Histoire Genealogique et Chronologique de la Maison Royale de France, escrita por P. Anselme en 1733– está al servicio de Luis de Anjou. Luis, duque de Anjou, era el hermano de Carlos V y, al morir éste en1380, hubo de ocuparse junto con sus otros dos hermanos –Juan, duque de Berry, y Felipe, duque de Borgoña– de la regencia pues el heredero, Carlos VI a quien apodarían el Loco, tenía solo 11 años. Pues resulta que unos años antes, Juana I, la reina de Nápoles, que no tenía hijos varones vivos, había nombrado como su heredero a Luis de Anjou. La cuestión sucesoria de Nápoles hay que enmarcarla en el Cisma de Occidente, surgido a la muerte de Gregorio XI en 1378. Como es sobradamente sabido, la designación de Urbano VI en Roma fue rechazada por varios cardenales quienes en Fondi eligieron a Clemente VII, quien fijaría su sede en Avignon. Pues bien, Juana se decantó por Clemente (al igual que Francia, Castilla, Aragón y Escocia, entre otros reinos) y, consecuentemente, en 1380, Urbano la declaró herética y cismática, lo que autorizaba a cualquiera a deponerla del trono. Quien ansiaba hacerlo era Carlos de Durazzo, miembro de una de las ramas de la dinastía napolitana de los Anjou y fuertemente apoyado por el rey de Hungría, enemigo mortal de Juana (si ahora me pusiera a contar el embrollo de la historia napolitana durante el reinado de Juana, sus enfrentamientos con Hungría y sus complejas ramificaciones internacionales, no acabaría nunca). El caso es que Juana, viendo peligrar tanto su trono como su vida, decidió que la opción más segura que le quedaba era involucrar a la familia reinante de Francia.


Sin embargo, Luis no partió inmediatamente hacia Italia debido a sus obligaciones como regente (o a falta de previsión política). Carlos de Durazzo, en cambio, con la bendición del Papa romano y el apoyo militar de Hungría, tomó la capital en abril de 1381 y mandó asesinar a Juana, refugiada en el Castel dell’Ovo (desde donde se ve un magnífico panorama de la bahía napolitana, como saben todos los que han visitado la ciudad). Solo una vez que el de Durazzo ocupa el trono napolitano, el de Anjou se da cuenta de que corre el riesgo de perder la magnífica ocasión de ser rey y comienza a organizar un ejército para la reconquista de Nápoles. En 1382 Luis está en Avignon, donde se hace coronar rey de Nápoles por Clemente VII y, de paso, conde de la Provenza, que por entonces estaba unida temporalmente a la casa reinante en Nápoles. Allí, en Provenza, se dedica a reunir fuerzas (como primera acción envía doce galeras a la bahía napolitana, sin mayores consecuencias). Luis al frente de un enorme ejército cruzaría los Alpes hacia el otoño de ese año y pasaría largos meses atacando sin éxito a las fuerzas de Carlos de Durazzo. Hay que suponer, por tanto, que Robin de Braquemont acudiría enrolado en algún contingente de refuerzo, cuando ya la campaña estaba en marcha. Lo que está claro es que no debió guerrear mucho tiempo, porque el Anjou murió en su base de Bari ese mismo año de 1384 (hay incluso quienes dicen que fue en septiembre del 83). Ahora bien, por poco que durara su permanencia en Italia, hubo de darle tiempo para destacar porque, el 1 de noviembre de 1388, Carlos VI le otorgó, en recompensa por sus servicios a la familia, la considerable cantidad de dos mil francos de oro. En los inicios de su treintena, Robert de Braquemont era ya un distinguido caballero del reino de Francia.

viernes, 22 de septiembre de 2017

Mosén Rubí de Bracamonte (1)

Los Bracquemont eran una familia proveniente de la aldea del mismo nombre, casi pegada a la costa normanda, a solo 5 kilómetros al noreste de Dieppe. Hace quince años, cuando recorrí Bretaña y Normandía, tuve que pasar al lado del pueblo, pues después de dormir en Dieppe seguimos por la D925; quizá hasta nos detuviéramos, pero no lo recuerdo. Ese territorio es una inmensa planicie agraria, por lo que sorprende que el topónimo se forme con el sufijo mont. En una obra del XIX leo que la primera parte del nombre –bracque– sería una derivación de una palabra nórdica que significa paso o puente, y que la explicación sería que a través del pueblo se descenderían los acantilados para alcanzar las playas de la Mancha (se me antoja bastante cogido por los pelos). Más me convence la hipótesis de François de Beaurepaire (en la wikipedia) de que pueda provenir del nombre franco Bracho. En todo caso, se desconoce su origen preciso, y las primeras referencias seguras son ya de la Baja Edad Media. Bien es verdad que un tal Renaud de Braquemont aparece en una relación de cruzados de finales del siglo XI, pero según los entendidos no se trata de un dato fiable. Así, siguiendo a Cioranescu (la segunda edición de su biografía de Juan de Bethencourt, de 1982), el primer miembro conocido de la familia que ostentaba el dominio feudal de esa villa (por lo visto hubo un castillo construido en el siglo XII) fue otro Renaud, de quien sólo se sabe que sirvió en el ejército del rey entre 1340 y 1353. (¿De qué rey? Uno diría, de entrada, que del francés, Felipe VI, el primer Valois. Normandía era francesa desde 1214, pero estamos en los inicios de la Guerra de los Cien Años y muy pronto la región fue ocupada por los ingleses). En todo caso, lo que importa resaltar que este primer Renaud era hombre de armas, y tal será el oficio y vocación de sus descendientes; estamos ante una familia que labrarían sus fortunas vendiendo sus servicios militares.

Renaud I tuvo tres hijos –Renaud II, Richard y Mathieu– y dos hijas (Marie se llamaba una, la que casaría con Jean III de Bethencourt, el padre del primer conquistador de Canarias). Los tres varones alcanzarían cierta celebridad a causa de sus estrechas relaciones con Carlos el Malo, rey de Navarra (1332-1337). Aunque es de sobra conocido, me permito recordar que la Guerra de los Cien Años tiene su origen en la extinción de la dinastía de los Capeto y la reclamación del trono francés por Eduardo III, rey de Inglaterra y nieto, por vía femenina, de Felipe IV el Hermoso. La ley sálica hizo que la corona recayera en Felipe de Valois, llamado “el rey encontrado”. Pues bien, Carlos también descendía por vía materna de un rey Capeto y, al igual que el inglés, también consideraba que tenía más derecho que el Valois a ceñirse la corona gala. Durante el reinado de Felipe VI la guerra se decantaba claramente a favor de los intereses ingleses, lo que generaba la impopularidad de la nueva dinastía. A la muerte de Felipe en 1350, el rey navarro dedicó todo su empeño a hacerle la vida imposible a Juan II, su sucesor. Téngase en cuenta que Carlos era el jefe de la poderosa familia Evreux con enormes propiedades en el Valle del Sena y en Normandía, de modo que, gracias a sus maquinaciones, supo levantar contra Juan II a numerosos cabecillas normandos, incluyendo a los poderosos Harcourt. A estos conspiradores se sumaron con entusiasmo los tres hermanos Bracquemont. Según cuenta un documento de la época, se dedicaron a “hacer varias violencias, pillajes, robos; han preso y matado a varias personas, y a los demás los han puesto en rescate; y han exigido rescate de varias ciudades … han robado y violentado mujeres … y han robado iglesias y otros lugares”. Buenos pájaros estaban hechos los muchachos. No obstante, cuando finalmente se logro restablecer (más o menos) el orden en Normandía, los tres recibieron cartas de perdón.

Acabadas las correrías juveniles los hermanos sientan la cabeza. Mathieu se casa en 1358 nada menos que con Ysabeau de Saint-Martin, que acababa de enviudar de Jean II Bethencourt, abuelo del que vendría a Canarias. Esta Ysabeu descendía de la muy ilustre familia normanda de los Martel (reténgase el nombre porque aparecerá más adelante) y se crió en el castillo de Saint-Martin-le-Gaillard. Este pueblo del cantón de Eu (hoy con poco más de trescientos habitantes) está muy cerca de Bracquemont, así que quiero suponer que Mathieu conocía desde niño a Ysabeau; quizá hasta mantuvieron un romance adolescente que interrumpió la boda de ella con Bethencourt. Lo cierto es que al muy poco de enviudar Ysabeau, casándose con ésta, Mathieu se mudó al castillo de Grainville convirtiéndose, al menos durante la minoría de Juan III Bethencourt, en el señor feudal del lugar. De todos modos, el chico no era tan niño, porque para esas fechas había ya cumplido los veinte (la mayoría de edad se alcanzaba a los veinticinco). De hecho, en 1358, el mismo año en que su madre se casa con Mathieu, Jean III se une a Marie de Bracquemont, la hermana pequeña de su padrastro (de modo que pasan a ser también cuñados). En esos cuatro o cinco años en que el gobierno de Grainville recae en Mathieu hubo algunos enfrentamientos con el partido del rey. Así, por aquel tiempo debió ser cuando Mathieu asesinó a Pierre d’Auxy, uno de los leales a Juan II, sin que esté del todo claro si fue para expulsarle del castillo de Saint-Martin, que había confiscado el rey, o como venganza ya que este Auxy había secuestrado a Ysabeau (es decir, la habría probablemente forzado). Lo que parece es que las relaciones entre Mathieu y Jean III debían ser muy buenas, ya que el heredero del feudo deja hacer al padrastro, imagino que prefiriendo de momento disfrutar de los placeres de la vida sin tener que cargar con las responsabilidades del jefe del clan familiar. Eso ocurriría, más o menos, hacia 1362, cuando Jean III hace su entrada en la vida pública francesa, poniendo sus armas claramente al servicio de la monarquía francesa, separándose claramente de las preferencias partidistas de los Bracquemont. De hecho, su primera gran batalla –y última– fue la de Cocherel, en las tropas del famoso Bertrand du Guesclin (volveremos a hablar de él), en la que el recién coronado Carlos V derrotó definitivamente a Carlos el Malo. Pero Jean III de Bethencourt murió allí, dejando dos niños muy pequeños, nuestro Jean IV y su hermano Regnault IV.

Volvamos ahora al mayor de los hermanos Bracquemont, Renaud. Tuvo una vida larga (aún vivía en 1399) y dedicada casi siempre a la carrera militar, al servicio de distintos nobles y jefes. No he descubierto con quién casó pero sí sé que tuvo al menos cuatro hijos varones –Guillaume, Jean, Lyonnel y Robert–, y cada uno de ellos alcanzó fama destacada. No obstante, obviaré referirme a los tres primeros porque el que nos interesa es Robert, más conocido por su apodo Robin de Bracquemont o, entre nosotros, como Mosén Rubí de Bracamonte. Debió nacer hacia 1355, algunos años mayor por tanto que su primo Jean IV Bethencourt, y sería fundamental en la vida de éste y, en particular, en la empresa de la conquista de las Canarias. Pero, independientemente de su papel en ese asunto, la biografía de Robin es apasionante, la de un aventurero que jugó un papel protagonista en no pocos episodios de la historia política de los reinos de Francia y España, aparte de fundar una familia castellana (los Bracamonte) de noble y larga estirpe. Merece pues la pena repasar la vida de este hombre que murió con sesenta y pico años en su tierra de Mocejón, Toledo, el 4 de abril de 1419.

martes, 19 de septiembre de 2017

Antecedentes: la conquista señorial

La primera etapa de la conquista de Canarias, entre 1402 y 1418, fue protagonizada por el normando Jean de Bethencourt, en calidad de vasallo del rey Enrique III de Castilla. Se dice (no está del todo confirmado) que en octubre de 1405, regresando a Canarias desde Harfleur (en su feudo normando), un recio temporal forzó a Bethencourt a atracar junto al cabo de Bojador. Una vez allí, para aprovechar el desvío obligado se internó unas diez leguas y pasó ocho días razziando los aduares moros y consiguiendo un fabuloso botín: muchos hombres, mujeres y niños, y más de 3.000 camellos, de los cuales sacrificaron los que no pudieron embarcar. Si este incidente fue real se convertiría en la primera cabalgada desde Canarias en Berbería. La etapa betancuriana supuso la conquista de Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera (aunque en esta última no llegó a consolidarse la ocupación europea). En 1406, dejando a su pariente Maciot de Bethencourt a cargo del gobierno, el normando deja el archipiélago. Este Maciot, según nos cuenta Berthelot, “siguiendo primeramente los consejos que su tío le dio al partir, se afana por la prosperidad del país, y hace amar su gobierno; cuida de la construcción de las iglesias de San Marcial de Rubicón y de Santa María de Betancuria, y se hace armar caballero para dar mayor lustre al carácter de que está revestido”. Sin embargo, parece que tras la muerte del primer obispo de San Marcial de Rubicón, Alberto de las Casas y “privado de los consejos de este sabio prelado”, Maciot se torna despótico y, entre otros abusos, se dedica a enviar razzias a las islas de Gran Canaria y Tenerife para apresar y esclavizar a sus naturales que luego vendía en la Península.

Hay que aclarar a quienes no estén familiarizados con la historia de Canarias que la conquista de Canarias, en su inicio, se acometió bajo el régimen señorial; es decir, era una empresa de privados que se sometían como vasallos a un monarca cristiano (al rey de Castilla, en este caso), quien les concedía los derechos de conquista y diversos beneficios. Lanzarote, Fuerteventura, El Hierro y La Gomera fueron conquistadas así y el régimen señorial se mantuvo hasta la extinción del Antiguo Régimen; Gran Canarias, la Palma y Tenerife, en cambio, fueron islas realengas, en las que la conquista fue acometida por la propia corona. Pero, ¿por qué para conquistar Canarias había que pedir permiso a un rey? En el contexto jurídico medieval existía el concepto de “tierra nueva”, que vendría a ser un territorio habitado por paganos o infieles que se pretendía incorporar a la Cristiandad. En la Baja Edad Media, las grandes monarquías occidentales, pese a la pervivencia del feudalismo, se habían asentado jurídicamente como las organizaciones políticas estables en que se dividía la cristiandad: el rey lo era por designio divino, de ahí la importancia del Papa en los equilibrios de poder entre naciones. De modo que se asumía que cualquier nuevo territorio que se conquistase habría de incorporarse a alguna nación cristiana (para esas fechas, podríamos decir también católica). En principio, bastaría con que un Estado reclamase (argumentando cualesquiera derechos históricos, más o menos sólidos) una tierra nueva para que, ocupándola, pasara a estar bajo su soberanía. Naturalmente, dicha reivindicación de soberanía podía ser discutida por otro monarca (situación recurrente entre Portugal y Castilla hasta muy avanzado el XV), y entonces había que pedir al Pontífice que arbitrara (pero tampoco su laudo era necesariamente respetado). De hecho, tanto el reino de Portugal como el de Castilla (y el de Aragón) habían ido consolidando las respectivas monarquías en paralelo con el desarrollo del background jurídico relativo a la incorporación de tierras nuevas a los crecientes Estados. La dilatada conquista de Canarias para Castilla (casi un siglo) fue una consecuencia casi epigonal del marco jurídico-político de las Reconquistas.

Como ya he contado en otro post, Canarias se “redescubrió” a principios del XIV (Lancelotto Malocello) y durante todo ese siglo fue objeto de múltiples viajes hasta el punto de que nada menos que Petrarca y en fecha tan temprana como 1337, refiriéndose a Las Afortunadas escribiera «de las que tanto por experiencia como por lo que los viajeros cuentan, no tenemos menos información que de Italia y Francia». Ahora bien, hasta mediados de esa centuria, estos viajes eran efímeros (de comercio o saqueo) sin que plantearan las islas como tierra nueva que habría de incorporarse a la Cristiandad. La primera iniciativa en ese sentido –también lo he contado en el post citado– corrió a cargo de Luis de la Cerda, bisnieto de Alfonso X de Castilla aunque súbdito del rey francés. Y este de la Cerda, que estaba de embajador de Francia en Aviñón, consigue que Clemente VI lo nombre en 1344 príncipe soberano de esas Islas Afortunadas. No parece que hasta entonces a nadie le importara el estatus político del archipiélago pero al enterarse de esta bula papal tanto Castilla como Portugal protestaron: desde luego, era contrario a los usos crear una nueva nación cristiana de la nada; además, las dos monarquías reivindicaron que las Canarias caen dentro de sus respectivas áreas de conquista (se ve que no consideraban que ésta se limitaba a la Península). A partir de ahí y hasta el Tratado de Alcaçovas de 1479 que resolvería definitivamente el conflicto, Portugal y Castilla (recordemos que, pese a haber sido navegantes mallorquines y catalanes los precursores en las expediciones a Canarias, para el siglo XIV la corona aragonesa había renunciado a cualquier aventura atlántica) no cesaron de pelear –eso sí, sin que la sangre llegara al río– por la soberanía del archipiélago, tanto mediante acciones diplomáticas frente al Papado como con acciones concretas (varias tentativas de Enrique el Navegante para ocupar Gran Canaria).

Viera y Clavijo (Historia de Canarias) nos dice que “es de creer que Juan de Bethencourt emprendió la reducción de las Islas Canarias sin otro derecho que el de primer ocupante y el que le daba su genio osado sobre un país que los monarcas españoles, ocupados a la sazón en otros negocios, miraban con indiferencia”. No parece acertada esta suposición del más ilustre de los ilustrados canarios. De entrada, es sabido que la empresa de Bethencourt y La Salle contaba con el visto bueno del rey francés, del cual ambos caballeros eran feudatarios; no parece verosímil que al monarca galo, sólido aliado del de Castilla al que necesitaba como apoyo contra los ingleses (Guerra de los Cien Años) se le hubiera ocurrido arrogarse el dominio sobre las Canarias para concederle derechos de conquista al normando sino que es mucho más probable que le dijera que fuera a solicitárselos a Enrique III. De otra parte, uno de los que más apoyó a Bethencourt fue su primo Robin de Braquemont, quien, como embajador de Francia y además cuñado del almirante de Castilla Diego Hurtado de Mendoza, fue uno de los muñidores de la alianza naval franco-castellana. Braquemont fue sin duda clave en sumar apoyos financieros castellanos a la aventura del normando, entre ellos los del comendador de Calatrava, del arcediano de la Reina y de Juan de Las Casas (y reténgase este nombre porque pertenece a uno de los dos linajes –el otro es el de los Peraza– que finalmente obtendrá el señorío sobre la Islas). Por último, parece que el padre de Bethencourt había prestado ayuda militar a Juan I de Castilla (anterior rey) en sus guerras contra Portugal y el duque de Lancaster. En resumen, que si en su primer viaje de ida (salida en mayo de 1402 de La Rochelle y escalas previas en La Coruña y Cádiz hasta llegar a principios de julio a Lanzarote) Bethencourt no se acerca a rendir homenaje al rey castellano, tuvo que tener presente que había muchos motivos para hacerlo lo antes posible.

Lo cierto es que no ha pasado medio año en Canarias cuando Bethencourt se embarca hacia la Península. Con su compañero Gadifer de La Salle acuerda que viaja para conseguir apoyo económico, batimentos y hombres, necesarios para resolver los problemas con que se enfrentan (la belicosidad de los nativos de Fuerteventura y el amotinamientos de sus propios hombres). Pero está claro que el normando, además (o sin perjuicio de ello), pretende obtener el favor del rey castellano y constituir, a su nombre, el feudo de Canarias. Consigue en efecto audiencia ante Enrique III y, siempre según Viera, le exhorta como sigue: Señor, yo vengo a implorar el socorro de V. A. y suplicarle rendidamente me haga merced de la conquista de unas islas llamadas de Canaria, a cuya empresa he dado principio y en cuyos países me esperan por instantes los compañeros de mi nación a quienes he dejado allanando el terreno, señaladamente mi amigo Gadifer de la Salle, que ha querido correr mi misma fortuna. Yo conozco, dilectísimo señor, que V. A. es rey y dueño de todas las tierras comarcanas y el príncipe cristiano que está más próximo a aquellas islas infieles, por cuya razón he acudido a solicitar esta gracia, esperando que V. A. llevará a bien le rinda homenaje por ellas». El normando le cae en gracia al rey, quien le contesta: «Vuestro reconocimiento a los derechos de mi corona es igual a la buena disposición de vuestro ánimo, y debo estimar mucho que no os hayáis olvidado de ocurrir a rendirme el homenaje por unas islas que, a lo que yo creo, están más de 200 leguas lejos de aquí y de las cuales apenas he oído hablar a mis vasallos».

Hay historiadores que opinan que al exponer al Monarca que la conquista ya había sido iniciada, lo que hábilmente hizo Bethencourt fue enfeudarse a la corona ofreciéndole un territorio que no es aún de ésta. Esta modalidad jurídica se distingue de la otra en la que el dominio previo es del Rey quien lo dona en feudo, y que habría sido probablemente la de aplicación si el normando se hubiese presentado ante Enrique III antes de haber tomado posesión “con el derecho de primer ocupante”, como dice Viera. Como es lógico, la preferencia por este tipo de enfeudamiento obedece a que era mucho más ventajosa para el futuro Señor. Tras las buenas palabras de ambos y la ceremonia solemne de fidelidad y vasallaje, el rey mandó publicar una pragmática para que nadie se atreviese a merodear por las Islas sin el consentimiento del conquistador, le otorgó importantes privilegios (por ejemplo, el derecho a tomar el quinto de todas las mercaderías que pasasen por los puertos) y le soltó una buena pasta (20.000 maravedíes de principios del XV que habían de valer bastante más que lo que estimé para siglo y medio después en este post). Obtenidas estas mercedes para él solo, no poco contento hubo de regresar Jean de Bethencourt a Lanzarote, causando grave disgusto y cabreo a su socio Gadifer de La Salle quien, con toda la razón del mundo, se sintió burlado. No era nada tonto el normando (tampoco muy leal).

sábado, 16 de septiembre de 2017

Berbería de Poniente, el escenario

El territorio de la Berbería de Poniente que sería el teatro de operaciones de las incursiones desde Canarias –el comprendido entre los cabos de Aguer y de Bojador– pertenecía al reino de Fez, al Marruecos de la dinastía wattasida (de origen bereber), si bien por los años en que suceden las aventuras de Thomas Nichols, los wattasíes acababan de ser derrocados por Mohámmed ash-Sheikh, quien daría inicio a los sultanes saadíes. Ahora bien, pese a esa adscripción política, la zona estaba habitada por diversas tribus de la gran familia bereber –masmudas, agezulas y azenegues– con relativa autonomía respecto de Fez (incluso se la denominaba bilad al Siba, es decir, tierra insumisa). El tramo más septentrional de esta área se definiría entre las estribaciones de la gran cordillera del Atlas (su encuentro con el océano se produce justamente en el cabo de Aguer, unos cuarenta kilómetros al norte de la actual Agadir) y la desembocadura del río Massa; allí, en los fértiles valles del Massa y del Sus sus habitantes se dedicaban mayoritariamente a la agricultura y a la ganadería. Algo más al Sur, desde el Massa hasta Saguia el-Hamra (la acequia roja), el torrente que pasa junto a la actual El Aaiún, era una comarca de transición entre la estepa y el desierto, con agricultores sedentarios en los pequeños valles y oasis y pastores trashumantes en los pastizales y montañas. La última zona, desde la Saguía hasta el Cabo de Bojador (o incluso hasta el Río de Oro, aunque nos salgamos de los límites del territorio) era ya el desierto sahariano, recorrida por tribus nómadas y parsimoniosas caravanas de camellos.



Había, desde luego, ciudades, sobre todo hacia el interior. La más notable, Tarudant, junto al Sus a unos 85 kilómetros de la costa, que en los primeros años del XVI vivió su edad dorada (cuando se construyeron las murallas y su gran mezquita). También ha de contarse Massa, a orillas del río del mismo nombre, mucho más cerca del litoral. El último núcleo urbano de importancia sería Tagaos (cercana a la actual Asrir), capital de Bu-Tata el reino bereber que se creó con la desaparición de los Benimarines para pasar a finales del XV bajo la órbita castellana. Los tres eran centros mercantiles, escalas de las caravanas que cruzaban el desierto enlazando la cuenca mediterránea con el África subsahariana y llevando el oro en polvo de la curva del Níger, esclavos sudaneses, malagueta, marfil, plumas de avestruz, cera, cueros, miel, índigo … Artículos todos que se adquirían a cambio de tejidos burdos, plata , granos; es decir, con poco coste y el consiguiente alto beneficio. No es de extrañar que a los europeos interesara participar de este lucrativo beneficio, por las buenas, si podía ser, pero, si no, por las malas. A partir de la conquista de las Canarias (desde el inicio de la empresa pero, sobre todo, a partir del dominio de Gran Canaria), fue Castilla la que consolidó el monopolio occidental sobre este territorio, frente al mucho mayor empuje de los portugueses que finalmente (mediante el Tratado de Alcáçovas (1479) renunció a ese tramo de costa (así como a las propias Islas).

Pero, al margen de las ciudades, gran parte de los pobladores de este territorio residían en aduares. Aduar, palabra que proviene del árabe beduino duwwār, significa campamento de beduinos formado por tiendas y chozas. En cada aduar vivía un clan de reducida población (sus miembros, obviamente, estrechamente emparentados), dispuestos a desmontar el campamento por las exigencias del pastoreo para mudarse a otros lugares. Tanto los musulmanes urbanos como los turcos despreciaban esa forma de vida, y esa actitud fue adoptada por muchos de los españoles del XV y el XVI aunque, de otro lado, también es cierto que los beduinos de Berbería eran considerados más nobles y ricos, con mayor nivel de vida y cultura y, sobre todo, mejores y más peligrosos guerreros. Fue por tanto con los habitantes de los aduares de esta franja africana entre Aguer y Bojador con quienes se relacionaron, pacífica o violentamente, los canarios (los castellanos que se habían ido asentando en Canarias durante la segunda mitad del XV). Y conocer los aduares amigos y los enemigos (entre ellos había frecuentes conflictos), sus ubicaciones, fortalezas y debilidades, pasó a ser una de las condiciones fundamentales para que se desarrollaran estas interacciones. Por eso adquirió gran importancia la figura del adalid, los guías de las expediciones a África, generalmente moriscos cristianizados que habían arribado libremente a las islas, pero también antiguos cautivos.

Ha de tenerse en cuenta de que era aquélla una costa de hierro, escarpada y batida por el mar, sin apenas abrigos donde guarecerse las embarcaciones. Nos cuenta Rumeu de Armas que no era “en absoluto impenetrable, pero sí que hacían falta muchos años de experiencia, a lo largo de renovados intentos y múltiples fracasos, para tener acceso a los únicos e inseguros surgideros, las bocas de los ríos, cerradas por barras difícilmente franqueables, y los pequeños puertos de arrecifes, de entrada aún más angosta si cabe. Esta experiencia náutica sólo la adquirieron los castellanos, desde la base frontera de las Canarias, a lo largo del siglo XV”. Así, el territorio descrito –y sus gentes– pasó a considerarse como un verdadero hinterland de las Islas, campo natural (y de derecho) para la expansión de los habitantes isleños en todos los aspectos: conquistas, cabalgadas, comercio, pesca … Y la parte del océano que quedaría comprendida por un imaginario polígono entre Lanzarote y Fuerteventura con el litoral continental pasó a llamarse desde finales del XV la "Mar Pequeña" (además se bautizó Río de la Mar pequeña a un torrente que desembocaba, formando un abrigo natural, a unos 45 kilómetros al NE de cabo Juby).

jueves, 14 de septiembre de 2017

Tomás Nicolás interruptus

Toca hablar ya de las hermanas Moreno, María y Catalina, las dos últimas declarantes y sin duda las que más encono mostraron hacia nuestro petimetre inglés. Muy poco he logrado averiguar sobre ellas, omitiendo por el momento lo que de estas mujeres cuenta el propio Thomas, obviamente denigrándolas. Por Cioranescu me entero de que María era viuda de García de Puerta Carriazo, arcabucero que se había enrolado en la desgraciada expedición de rescate a Berbería que organizó en 1555 Francisco del Hoyo Solórzano, y allí falleció. En cuanto a Catalina, su marido era un tal Arquileo Pavón que también estuvo en Berbería, pero no muerto sino prisionero de los moros, de quienes lo rescataría el Licenciado Melchor Mansilla. Pues bien, llegados a este punto del relato me entran ganas de tomarme dos licencias que graciosa y magnánimamente me concedo. La primera echarle con descaro imaginación al relato a fin de completar las demasiadas lagunas de las noticias documentadas. Por ejemplo, si apenas nada se sabe de las dos hermanas Moreno (que a mí, además, me parecen muy sugerentes), procederé a inventármelas, con el único límite de que mis ficciones no contradigan los hechos ciertos de la historia. Lo mismo vale para los maridos, en especial para el que quedó vivo y que volvió a Tenerife, aunque –ya lo veremos más adelante– no queda del todo claro si ya había sido rescatado en los días de los sucesos que se van narrando o si, habiendo regresado, estaba en el domicilio conyugal con Catalina. Ahora bien, advertida de antemano mi intención, digo también que el lector no tendrá dificultad en distinguir lo que es ficción de lo que es historia, y quien tenga alguna duda pues que pregunte.

Y la segunda licencia no es otra que volver a caer en mi vicio más pertinaz que quienes suelen pasar por aquí de sobra conocen e incluso algunos (V_ _ _ _ _ _h) suelen afearme –con toda justicia y no sin discreción– de cuando en cuando. Me refiero, claro, a interrumpir el relato para irme por una de las múltiples ramas que se me abren cada vez que ando leyendo sobre un tema, con el desesperante resultado para el lector de que la rama principal queda interrumpida sin que encuentre ocasión para volver a ella (yo mismo suelo olvidarme de que deje otra trama en suspenso y alguna vez ocurre que han de recordármelo, como recientemente ha hecho Capolanda a propósito de la historia que titule “Funerales”). La cosa es que debo admitir que eso de “irse por las ramas” me es actividad tentadora y, en el fondo, me parece metáfora ajustada del mismo devenir vital de cualquiera de nosotros, salvo quizá de esas personas que se imponen con espartana disciplina planes de vida y no se desvían de sus objetivos (en los tiempos que corren no creo que haya muchos de esa especie; desde luego, no es mi caso). Quiero decir que vamos viviendo acontecimientos que rara vez muestran una continuidad duradera, que suelen quebrarse y divergir hacia rumbos inesperados, aunque sigamos siempre en el marco de la cotidianeidad –no hacen falta aventuras extraordinarias–, pero cotidianeidades cambiantes y aparentemente aleatorias. De otra parte, eso de interrumpir relatos para enlazarlos con otros que divergen del primero, tiene no pocos antecedentes literarios. Cito nada más la excelente Si una noche de invierno, un viajero de Italo Calvino.

¿Y cuál es la rama por la que voy a transitar interrumpiendo las desventuras de nuestro amigo inglés? Pues la de las correrías canarias hacia la vecina costa africana durante esas primeras décadas de la colonización. Viene a cuento, desde luego, porque los dos cónyuges de las pérfidas Moreno sisters participaron en ellas. Pero la verdadera justificación no es esa, sino que es un asunto del que sabía muy poco y sobre el cual, gracias a la historia de Nichols, me he puesto a leer recientemente (y, por cierto, topándome con otro texto muy pertinente de Cioranescu). Y como ya es sabido que empleo este blog para escribir en él las cosas que en cada momento me van interesando, pues forzoso era que dedicara alguna –más bien algunas– entradas al que por aquellos tiempos era el “deporte de aventura” más de moda en Canarias, que además de disparar los niveles de adrenalina, podía generar pingües beneficios a los participantes (aunque también perjuicios muy graves, pero ¿dónde estaría la emoción si no hubiese riesgos?)

Estas incursiones violentas de los colonos canarios en las vecinas costas africanas (y viceversa, no se vaya a ignorar) fue práctica importada de la península, donde se había ejercido durante siglos en el marco de la llamada Reconquista. En el fondo, no es más que una de las constantes siempre presentes en sociedades enfrentadas y fronterizas, a ambos lados de un línea, nunca infranqueable (por mucho que Trump se empeñe). De hecho, en la España bajomedieval se había venido conformando todo un mundo vinculado a esas actividades de entradas y salidas rápidas en los dominios enemigos, en el que encontramos personajes casi legendarios cuyos nombres hace mucho que los hemos perdido: helches o tornadizos, alfaqueques, frontaleros, homicianos, almogávares o adalides, lenguas o trujamanes, enanciados … En los tiempos del reino nazarí, toda esta fauna pululaba a ambos lados de la frontera castellano-granadina, “puesto que su fin principal era combatir, aunque también fueron útiles para acciones caballerescas y otras lides políticas y diplomáticas, sin olvidarnos de la más frecuente, las cabalgadas o algaras que eran entradas de jinetes e infantes –entonces llamados peones– en territorio enemigo para saquear, destrozar cosechas y apresar hombres y ganado” (La Cuestión de las cabalgadas canarias a Berbería, Jesús F. Salafranca Ortega). Pero la diversión se acabó en 1492: desapareció la frontera en la Península Ibérica y con ella esos modos de vida que a no pocos varones atraía sobremanera. Ahora bien, se habían conquistados unas islas en el Atlántico, lo suficientemente cerca de tierra de moros para renovar –con las necesarias variantes– el viejo deporte, de forma que los caballeros cristianos (andaluces, sobre todo) pudieran saciar sus ansias de aventura y gloria y, de paso, dar curso a una actividad económica muy lucrativa.

Antes de ofrecer una breve crónica de estas incursiones, describamos y acotemos el ámbito geográfico de las mismas. Para ello, recordemos que, al menos desde principios del siglo XIV, la monarquía castellana sostenía una vaga política africanista orientada a incorporar al reino –una vez completada la reconquista peninsular, obviamente– las tierras que forman la esquina noroccidental de África, poco más o menos el territorio del actual Marruecos (sin el Sahara). Los reyes castellanos hacían valer sus derechos jurídicos porque la que había sido la provincia romana de la Mauritania Tingitana pasó a formar parte en las etapas finales de Roma de la Bética. De hecho, bajo esta inconsistente argumentación histórica (como lo son casi todas que pretenden extraer del pasado presuntos derechos), a medida que se iba cristianizando Andalucía, los pescadores –sobre todo los del litoral atlántico– comenzaron a faenar por esta aguas considerándolas como propias, como “españolas”. A mediados del siglo XV –ya conquistada parte del archipiélago canario–, Juan II concede al duque de Medina-Sidonia (de cuyas tierras, como ya he comentado, provendrá un importante contingente de los primeros pobladores de las islas) el dominio del tramo de costa que va “desde el Cabo de Aguer hasta la tierra y el Cabo de Bojador, con dos ríos en su término, el uno llaman la Mar Pequeña, donde hay muchas pesquerías e se puede conquistar la tierra adentro”. Si nos fijamos en la ubicación de este espacio geográfico, que habría de ser el ámbito preferente de las incursiones de los aventureros canarios, comprobaremos que queda al Sur de la antigua provincia romana. O sea, que la argumentación histórica no es válida, pero ¿a quién le importan esas nimiedades?

martes, 12 de septiembre de 2017

Tomás Nicolás (7)

El 21 de enero de 1560, Don Luis de Padilla, Inquisidor de Canarias, ordena al Comisario del Santo Oficio en Tenerife, el beneficiado de La Orotava, Francisco Martín, que “examine a ciertos yngleses y flamencos por palabras y proposiciones heréticas”. Desconozco quienes eran los otros “investigados” (si es que había), pero lo cierto es que, mientras Tomás Nicolás cerraba sus asuntos en Tenerife y se preparaba a dejar unas islas de cuya peligrosidad ya se había convencido, sin él saberlo la maquinaria inquisitorial ya lo había enfocado en su mira. ¿Por qué? Sería ingenuo pensar que se trataba de una iniciativa de oficio, que el inquisidor Padilla, motivado por el ambiente político contra flamencos e ingleses, hubiera decidido informarse sobre esos nacionales residentes en el Archipiélago. No; no hay datos de que se imputaran cargos contra ningún otro “hereje” y, teniendo en cuenta el escaso rigor de las pruebas (como veremos), nada habría costado que Nichols fuera en compañía de otros. El propio Kingsmill, su colega de Las Palmas y de mayor posición en la compañía no es molestado por el Santo Oficio; pero tampoco lo son varios comerciantes ingleses y flamencos que residían en Tenerife. O sea, que parece más que verosímil que la investigación iba directa y exclusivamente contra nuestro amigo. Y, si era así, hay que pensar que, con toda probabilidad, la actuación del Inquisidor obedecía a una denuncia y, seguramente, de persona de peso, cuya palabra no podía despreciarse sin más. Unos años después, Anthony Hickman y Edward Castellan, los patronos de Thomas, redactaron un escrito de quejas a la cancillería inglesa relatando los perjuicios que había sufrido su factor en Tenerife, y en él apuntan como instigador del proceso al licenciado Morteo. Como es lógico, estos señores no hacían sino repetir lo que les habría dicho el propio Nichols (y quizá corroborado Kingsmill) pero, aunque no sea ninguna prueba definitiva, uno tiende a pensar que Polo Morteo, el de oscura fama, estuvo en efecto detrás de esta nueva y mucho mayor desgracia que se precipitó sobre el inglés. Cioranescu dice no comprender tan encarnizada persecución, porque poco beneficio iba a poder sacar de las nuevas desdichas del inglés. A mí, la verdad, no me sorprende tanto; siendo frecuente que quienes causan perjuicio a otros lo hagan por intereses lucrativos, tales acciones no pocas veces pueden obedecer simplemente al odio y emociones emparentadas. Quizá –elucubro– Morteo se sentía burlado por el inglesito y se la tenía guardada; su posición (que le daba fácil acceso al Inquisidor) y el clima político antibritánico, le dieron la oportunidad de descargar el golpe.

Así que, el 26 de enero, Francisco Martín, comisario, asistido por Francisco de Coronado, notario del Santo de Oficio, empieza sus investigaciones que no consisten más que en tomar declaración a cuatro testigos. Sabiendo que los testimonios se reciben en Las Palmas el 1 de febrero de ese 1560, hemos de concluir que no juzgaron necesario dedicar demasiado tiempo a la instrucción de esta causa. No se sabe cómo los inquisidores eligieron a los testigos pero, dado su corto número y el cariz incriminatorio de sus declaraciones, parece lógico suponer que, como el propio Nichols protestaría posteriormente, estaban señalados de antemano, tal vez por el mismo Morteo. No se trataba de descubrir la verdad (si el inglés era o no hereje) sino de construir una acusación que lo llevara al presidio. En todo caso, tal era la práctica habitual en los procesos de la Inquisición y diría yo que la misma ha enraizado profundamente en nuestro ánimos, a pesar de los siglos pasados y los notorios avances en cuanto a garantías jurídicas y presunciones de inocencias. Yo mismo he conocido (y hasta intervenido) en más de un pleito en el que el interés de los actores parecía condenar a los imputados –a modo de Dios vengador del Antiguo Testamento– sin interesarles apenas esclarecer los hechos. Será que todos llevamos nuestro inquisidor incrustado.

El primer testigo con el que hablaron los instructores fue un tal Pedro Soler, bachiller y vecino de Thomas (“frontero” dice, o sea, habitaría en la casa adyacente). Hay en el siglo XVI tinerfeño un Pedro Soler de relevancia; un mercader catalán que se asentó en La Laguna en los primeros años veinte del XVI. Se casó con Juana Padilla, lo que le permitió acceder a la importante hacienda que el padre de ésta había formado en el Sur de la Isla –más de mil hectáreas de monte a costa en Chasna, entre los actuales municipios de Arona y Vilaflor) gracias a la adquisición de datas otorgadas por el propio Adelantado. Por la fecha en la que estamos, el Pedro Soler interrogado pudo ser el catalán, que ya tendría avanzada edad, o el tercero de sus seis hijos, que andaría por la treintena y disfrutaba del cargo de beneficiado de la parroquia de Los Remedios (la que pasaría a ser la actual Catedral). Incluso pudieran haber intervenido ambos en el proceso porque Cioranescu nos cuenta que en una segunda información hecha en febrero de 1561 en La Laguna, declara el licenciado (no bachiller) Pedro Soler, hijo del primero. En fin, lo que queda claro es que la familia Soler era gente de calidad e instruida (vendría luego un tercer Pedro Soler, nieto del catalán originario quien, junto con su mujer María Cabrera, instituyó mayorazgo de sus propiedades sureñas a principios del XVII) que, además, se dedicaban al comercio y mantenían fluidas relaciones con mercaderes extranjeros (Pedro Soler hijo tuvo estrechos tratos con los negocios de portugueses). El primer testimonio de Soler (supongamos que fue el viejo) deja claro que el vecino se había dado sobrada cuenta del extraño comportamiento del joven inglés; dice que “así mesmo tiene sospecha que se anda por yr de la tierra encubiertamente, porque lo bee andar recatado e escondiendo de una casa en otra su ropa e hazienda, e asy estuvo en casa de otro ynglés que se llama Calafetón (se trata de Richard Grafeton, que ya ha salido en esta historia) e después la a sacado e metido en casa de Luys Leal, boticario francés”. O sea, que fue el propio Thomas el que con sus idas y venidas erráticas se hizo sospechoso ante sus vecinos pero también, como el propio Soler añade, “por ser ynglés”. Y la declaración la remata con que “no le bee yr domingos ny fiestas ny otros días a missa”. No obstante, un año después, el hijo dirá lo contrario. Da la impresión de que este primer testigo lo es de buena fe (de hecho, en un escrito posterior de Nichols en el que relaciona un buen número de personas que lo odian, no recusa a los Soler). Un señor mayor que constata un comportamiento sospechoso, temeroso, en un extranjero de país protestante. Son indicios para convencerse de no sea trigo limpio y, por tanto, no podía ser buen católico. No cuadra del todo, en cambio, que Thomas no fuera a misa; primero porque estaba organizando un matrimonio por la Iglesia y, segundo, porque para nada le convenía hacerse notar en ese sentido. Parecen pues más creíbles las declaraciones que en febrero del 61 harían más testigos (entre ellos Soler hijo) confirmando que cumplía con las obligaciones católicas.

El segundo testigo es un tal bachiller Pedro González de los Ramos, que oficiaba de preceptor de gramática en La Laguna y era cura al servicio de la Iglesia de la Concepción. No se termina de entender por qué se convoca a este señor en la instrucción ya que de sus parcas declaraciones pareciera que ni siquiera conocía a Thomas. Solo alcanza a decir que Nichols no iba a misa y que le habían dicho unas mujeres que tenía por buenas las doctrinas de Lutero. Esas mujeres eran las hermanas Moreno –María y Catalina– que serán las siguientes en testificar (Cioranescu presume, con bastante probabilidad, que estarían haciendo antesala mientras González declaraba ante el comisario y el escribano). En alguna fuente he leído que ejercía de “protector” de alguna de las hermanas Moreno y el término entrecomillado alude inequívocamente a una relación ilícita. Más adelante nos detendremos en estas dos hermanas a las que parece que no se podía calificar como modelos de virtudes; valga decir de momento que nada extraña el conchabamiento de este hombre –que para la época calculo yo que andaría mediada la treintena– con las hermanas y que fuera precisamente esta circunstancia la que explica su citación en el examen inquisitorial. Sea dicho más claro: que si estaba testificando era para que dijera lo que se le había dicho que tenía que decir y, así, estrechar más la soga en torno al cuello del inglés. Estaríamos pues ante un testigo preparado, no como el anterior, pero sí como, mucho más descaradamente, lo eran las dos siguientes, las hermanas Moreno. La malintencionada selección de estos tres testigos no me parece, en todo caso, que pueda atribuirse al licenciado Morteo. La veo más como una tarea menuda, impropia y hasta inconveniente para un cargo público. Se me antoja más verosímil que, suponiendo que Morteo fuera el último y más alto instigador de las desgracias de Thomas, hubiera recurrido a otra persona para la ejecución de los actos concretos necesarios para meter al inglés en la boca del lobo.

Si damos crédito a Nichols hay motivos para sospechar que quien amañó la instrucción fue Francisco de Coronado. En efecto, en su escrito de febrero del año 1561 en el que suplicaba su inocencia, recusaba al escribano del Santo Oficio, a quien tenía por su “mortalíssimo enemigo”. Para explicar el encono que según él le tenía Coronado, contó al Tribunal que había tenido problemas en la compra de azúcares blancos del ingenio de Daute, en lo que aquél había actuado de intermediario. Pero la disputa mayor ocurrió en agosto de 1559 (cinco meses antes de la instrucción), cuando Coronado fue a la tienda de Nichols y se encaprichó de una pieza de tela para calzas importada de Flandes y quiso que se la vendiera por once doblas cuando le había costado dieciséis y media. Como el inglés se negó, el otro le armó una bronca, ofendiéndole con “palabras sucias y disonestas, que no son para escribir; y aunque sea cristiano nuevo, plega a Dios que se enmendé” (nótese la insidiosa acusación de Nichols hacia el escribano para desmerecer su actuación al ser descendiente de conversos; desde luego, ya había aprendido no poco de los usos y costumbres del reino en el que residía). De este Francisco Coronado he encontrado algunas menciones en documentos de mediados del XVI, datados en la ciudad de La Laguna. Habría que pensar, en principio, que si era escribano, y más de la Inquisición, debía ser de moralidad sin tacha, pero me temo que si eso hiciéramos estaríamos de nuevo pecando de ingenuos. Creamos o no las imputaciones que le haría luego Nichols, lo cierto es que juzgando por cómo se llevó la instrucción, en la medida en que él era uno de los dos que la impulsaba, no queda en un papel muy lucido, al menos en lo que a objetividad se refiere. Desde luego, como veremos en la siguiente entrada, llamar como testigos de cargo a las dos hermanas Moreno atufa de mala manera el proceso. Pero así fueron las cosas.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Tomás Nicolás (6)

El escrito para su matrimonio por poderes lo firmó Tomás el 13 de enero de 1560. Ya he dicho que en vísperas de las Navidades del 59 estaba en La Palma, así que es más que probable que las fiestas las pasara con la que pretendía que fuera su futura familia política. Concertarían la boda para su próximo viaje. Sin embargo, de vuelta en Tenerife, nuestro hombre comprende que se cierne un complot contra él. Hay que suponer que algún amigo se lo advertiría, incluso es posible que apuntaran al licenciado Morteo como el instigador en la sombra. Lo cierto es que, según nos cuenta Cioranescu, durante esos pocos y últimos días de libertad “vivió, más que en su casa, en casa de amigos, casi ocultándose, y tratando de liquidar los bienes y las mercancías que le quedaban en La Laguna, quizá con la intención de pasar a Londres después de casado”. En estos quehaceres se le fue el mes de enero, y se comprende que de tan atareado (y puede que también asustado) decidiera que más le convenía el casamiento por poderes. Nada sabemos sobre las gestiones de su criado Andrés ni tampoco, si éste llegó a La Palma y presento los poderes, de la reacción de los Camacho. Bueno, algo sí sabemos: que el matrimonio nunca llegó a producirse porque cuando a Tomás lo apresa la Inquisición declara ser soltero. Imagino que la llegada del criado con los poderes –si es que llegó– fue una sorpresa para los Camacho, que seguramente no era eso lo que habían acordado un par de semanas antes. Don Alonso se mosquearía, digo yo, y suspendería el contrato nupcial hasta averiguar qué pasaba con su aspirante a yerno. Supongo que, dado que estaba bien relacionado en el aparato de gobierno de las islas, no tardaría mucho en enterarse de que el inglés estaba en problemas nada menos que con la Inquisición. En esas circunstancias, a lo que menos estaría dispuesto es a emparentarlo con su familia. Y así acabaron para siempre las relaciones entre los Camacho palmeros y el joven Nichols.

Antes de seguir con el cuento, esbocemos algunos trazos sobre la Inquisición en Canarias, a modo de conveniente encuadre para los sucesos que están por acontecer. De sobra es conocido que la Inquisición moderna la introdujo la reina Isabel en 1478 con el inicial objetivo de perseguir las prácticas judaizantes de los conversos y a este cometido se dedicó muy mayoritariamente el Santo Oficio durante su primer periodo –que suele extenderse hasta 1530–. En Canarias la institución tardó en instalarse, probablemente porque era territorio de frontera con mucha menor rigidez social que en Castilla, lo que convenía para su mejor poblamiento y desarrollo. A ello añádase que no pocos conversos, mucho de la jurisdicción de Niebla, donde el duque de Medina Sidonia los protegía, habían participado en la conquista de las Islas. Incluso el todopoderoso Adelantado de Tenerife estaba emparentado con conversos. No obstante, era inevitable que, aunque tarde, llegara la Inquisición también al archipiélago. Primero entre 1493 y 1505 con el nombramiento de un comisario especial, Pedro Valdés, dependiente de la sede sevillana y por fin, en ese último año, con la creación mediante real cédula de un Tribunal propio para las islas (con sede en Las Palmas) y la designación del primer inquisidor Bartolomé López de Tribaldos, que ya era canónigo de la catedral. Durante el ejercicio del cargo –hasta su muerte en 1520–, Tribaldos empezó las acusaciones contra judíos y conversos judaizantes, y además contra moriscos, pero lo cierto es que sin demostrar excesivo celo en su labor inquisitorial. La cosa cambió con su sucesor, Martín Ximénez, que era fiscal de Sevilla y que llevaba vinculado al Santo Oficio al menos desde 1502. Este hombre llegó a Gran Canaria en 1524 e inmediatamente demostró que quería ir a saco contra los herejes; parece que fue un tipo inmoral (gustaba, por ejemplo, de apropiarse de esclavas ajenas para sus apetitos lujuriosos) y de extrema crueldad. A lo largo de sus apenas 26 meses que ocupó el cargo sentenció a 114 personas, ganándose el aborrecimiento de la mayoría de los residentes en el archipiélago (lo llamaban “la segunda pestilencia”, en alusión a la epidemia de peste bubónica que durante aquellos años asolaba las islas). Al final, ante la intensidad de la bronca que se había generado en Las Palmas (Ximénez se enfrentó con el gobernador Diego de Herrera), el emperador Carlos optó por cesarle, sustituyéndolo en 1527 por el que se ocuparía de nuestro amigo inglés, el tercer inquisidor de Canarias, Luis de Padilla, quien se mantendría en el cargo hasta su muerte en 1562, nada menos que tres décadas y media.

El proceso de la Inquisición contra Thomas Nicholls inaugura, en la opinión de los historiadores, las persecuciones sistemáticas contra el protestantismo en Canarias. Hay, no obstante, algunos antecedentes anteriores, aunque no pasen de ser casos aislados. Así, conocemos el del flamenco Hans Parfat, comerciante, quien alrededor del año 1524, en conversaciones en los salones de la buena sociedad (la testigo fue nada menos que Inés de Herrera, esposa del segundo Adelantado), afirmaba que Lutero era buen cristiano y que cuanto decía era verdad que provenía de los propios Evangelios: que no había purgatorio, que las bulas carecían de valor, que el Papa no tenía ninguna autoridad ... Por la misma época o quizá antes, tenemos nada menos que a Jácome de Groenenberg, el primero de la importante familia palmera de los Monteverde (castellanización del apellido alemán). Este Jácome, nacido en 1472 en Colonia, se había instalado en Amberes y allí, en 1500, se casó con la flamenca Margarita Pruss; poco después, en los primeros años del nuevo siglo, el matrimonio se desplazaría a La Palma, donde cuentan que se instaló a lo grande, alardeando de fortuna y raíces nobiliarias. Asociado con la poderosa compañía alemana de los Welser, hacia 1513, autorizado por cédula de la reina Juana, adquirió las fincas e ingenios azucareros de Argual y Tazacorte. Esas fértiles tierras dedicadas al cultivo de la caña dulce con aguas provenientes de la Caldera de Taburiente, habían sido adjudicadas por Alonso Fernández de Lugo a su sobrino Juan, en virtud de su facultad de repartir la recién conquistada isla, y allí se había erigido la iglesia de San Miguel. De modo que hacia mediados de los veinte, ya cincuentón, Jácome de Monteverde y su familia (tenía cinco hijos) son objeto de envidia y vigilancia. Entre 1524 y 1525 fue denunciado por varias personas en las visitas que los inquisidores hicieron a La Palma; decían que elogiaba a Lutero como un hombre grande y sabio.

Piénsese que por esas fechas todavía no había llegado la definitiva ruptura del Emperador con los protestantes (lo que ocurriría en la Dieta de Augsburgo de 1531),aunque ya Lutero había sido excomulgado. De hecho, las causas contra Parfat y Monteverde son casi inéditas en el contexto del conjunto del Reino y puede que se expliquen por el intenso y cruel celo del inquisidor Ximénez. Éste ordenó arrestar a Hans Parfat en 1526 y lo encerró durante algún tiempo en Las Palmas acusado de protestantismo. Mientras estuvo en prisión, Parfat intentó sin éxito averiguar quién lo había denunciado (tal era la práctica habitual: denuncias anónimas que impulsaban la actuación de los inquisidores), pero de lo que sí se enteró fue de que el Santo Oficio andaba tras su amigo Monteverde, y consiguió enviarle aviso. Por lo visto, el potentado palmero trató de deshacerse de libros que pudieran incriminarle. Pero en marzo de 1527 es detenido en su propia Hacienda (parece que opuso feroz resistencia), sin que le valiera de nada que hubiera gastado una fortuna en obras sacras para las ermitas de su finca y de otras iglesias palmeras. Le forzaron a abjurar de sus supuestas herejías, le arrebataron la décima parte de sus bienes y, al igual que a su amigo Parfat, lo enviaron a Sevilla, sede de la cual dependía la Inquisición canaria. A Jácome de Monteverde lo internaron en el convento sevillano de San Francisco el Grande y allí murió y fue enterrado en julio de 1531. De la suerte que corrió Hans Parfat nada he averiguado.

Hubo algunos incidentes más, ya durante el tiempo en que Luis de Padilla era el inquisidor general de Canarias. Un ejemplo es la entretenida historia –relatada por Cioranescu– de los primeros libros luteranos que llegaron a las Islas en un barco de alemanes que naufragó en las costas de Berbería en 1528. Otro más, sucedido poco antes del tiempo de nuestro cuento, en 1557, es el del también flamenco Jan Cornelis Van Dijck, que escapó de las garras de Tribunal y fue quemado en efigie por proposiciones e irreverencias). Pero lo cierto es que, como ya se ha dicho, se trataba de casos puntuales que en absoluto eran la principal preocupación de los inquisidores de la época. Además, la herejía luterana no era aún objeto de aversión popular, y menos en Canarias, donde los extranjeros que podían ser sospechosos de la misma contaban con no pocos apoyos. Que el caso de Tomás Nicolás marque, al menos en Canarias, un cambio en la línea de actuación de la Inquisición que se centraría desde entonces en perseguir las diversas herejías protestantes, mucho tiene que ver con el empeoramiento de las relaciones exteriores de Felipe II; con Inglaterra, cobre todo, pero también con los irredentos flamencos. Los ingleses empiezan a pasar de ser amigables aliados a potenciales enemigos y ese cambio en el ambiente sociopolítico es caldo de cultivo idóneo para fomentar las denuncias malintencionadas contra ciudadanos de ese país que residían en el archipiélago. Así, las animadversiones que podía haber generado Thomas (y de las que hablaremos en la siguiente entrada), tal vez incentivadas por el encono de Polo Morteo o Luis Melián de Betancor, encontraron las condiciones perfectas para alcanzar los más dañinos efectos y traer la desgracia a nuestro protagonista.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Tomás Nicolás (5)

He ya dado cuenta de los dos breves encarcelamientos de nuestro amigo Tomás Nicolás y acabé la entrada anterior con su liberación, justo cuando empezaba la primavera del año 1559. Menos de un año le duraría al inglés la libertad y durante esos meses, poco a poco, empezó a intuir la que podía venírsele encima, pero no fue lo suficientemente hábil para escaquearse. Por lo pronto, lo primero que hace nada más ser excarcelado, es vender a Simón Grafeton los cañones que ya mencioné anteriormente. Si, como sospecho, tales mercancías provenían de aquel buque inglés que había atracado en Santa Cruz el año 58, está claro que Thomas estaría urgido a deshacerse de las mismas. Se sentiría vigilado, sin duda, y sus enemigos eran gentes de peso, peligrosos. Si una vez vendidas las armas, no hizo lo que le hubiera convenido –largarse en el menor tiempo posible– puede que se debiera a que nuestro impetuoso joven se había enamorado. Quien le había encandilado era una palmera de nombre Francisca, hija del escribano de esa Isla, Alonso Camacho, y de Beatriz de Almonte.

De este Alonso Camacho poca cosa he descubierto. En lo que al oficio se refiere, era de no poca importancia ya que sus servicios fedatarios eran imprescindibles en todos los negocios, tanto públicos como privados (equivale a los actuales notarios). El cargo estaba vinculado a la superación de un examen, ya que para ejercerlo se requería formación específica. Desde principios del siglo XVI había en la demarcación de Santa Cruz de la Palma tres escribanos, aunque una Real Cédula de Carlos I aumenta hasta seis las plazas en la villa y sus tierras. El escribano mayor era el del Concejo, y no parece que ese puesto fuera el que ocupaba Camacho; sería, pienso yo, alguno de los otros tres o cuatro que ejercían el oficio, cobrando sus buenos honorarios, en la coqueta capital palmera. Además, parece que el que hubiera sido suegro de nuestro amigo era también el mayordomo de la Iglesia matriz de San Salvador. El mayordomo –por si alguien lo ignora– era el encargado de los asuntos económicos de la parroquia. Así, por ejemplo, se conserva un documento en el que consta que el mayordomo Camacho encarga a los canteros Francisco Hernández y Pedro de Acevedo traer desde La Gomera quinientos cantos de vitola para la obra de la torre de la iglesia. En resumen, que don Alonso había de ser persona de calidad.

Según los escasos datos que he encontrado, Alonso sería hijo de Diego Camacho, nacido en Trigueros y descendiente de portugueses asentados en esas tierras desde la derrota de la antigua taifa de Niebla. Muy joven se habría apuntado a la conquista de La Palma y allí pasaría el resto de sus días (al menos, allí testó). Se habría casado con Juana Fernández, quien traería al mundo –¿en La Palma?– a Alonso hacia 1510, el cual hubo de recibir buena formación y asentarse entre lo más granado de la sociedad palmera. Casó Alonso con Beatriz de Almonte, algo más joven que él, quien en escasos cinco años le dio cuatro hijas: Leonor, Águeda, Luisa y Francisca, la que enamoraría a nuestro inglés. Me barrunto que el nacimiento de la última sería fatal para Beatriz, que habría muerto en la mitad de su veintena. Alonso volvió a casarse, esta vez con María González, la que le ampliaría su descendencia con un varón y dos niñas más. Así que, cuando Tomás conoció a la familia Camacho (pongamos que en 1558), el escribano era un venerable padre de familia numerosa que se acercaba a los cincuenta y Francisca andaría por los dieciocho añitos, en edad de sobra casadera.

Con toda seguridad, Tomás habría conocido a los Camacho por motivos profesionales. Parte de sus obligaciones era hacer viajes frecuentes a La Palma, para adquirir vino y azúcar. Nada tiene de extraño que, para la formalización de sus acuerdos comerciales en aquella isla, recurriese al notario de Santa Cruz. Supondré que el inglés le cayó en gracia al palmero, que lo admitió en las interioridades familiares, posibilitando así que conociera y tratara a su hija. La verdad, no termina de cuadrarme que, en unos tiempos en los que los matrimonios eran sobre todo negocios, Alonso Camacho viera en Nichols un buen partido. Extranjero de país protestante y sin dotes de nobleza o fortuna: no alcanzo a imaginar por qué habría el notario palmero de dar su consentimiento. Quizás la niña Francisca tuviera algún defecto que le impedía una buena boda. O quizás, y además, nuestro protagonista se hubiese adornado a sí mismo con virtudes y poderes de los que carecía. Porque lo que sí parece más verosímil es el interés de Tomás en la boda: emparentar con una buena familia del archipiélago era vía eficaz para el arribismo social y, en su amenazadora situación, también una muy conveniente medida de protección. Me barrunto por eso que, aunque pudiera conocer desde antes a Francisca Camacho, la decisión de casarse con ella la tomaría después de sufrir los dos encarcelamientos que he contado. De modo que, para que el cuento sea más creíble, niego ahora la hipótesis del enamoramiento trocándola por fría estrategia. Tomás Nicolás se habría propuesto conseguir la mano (y la dote) de la hija del notario palmero a modo de seguro frente a los riesgos que lo acechaban.

De modo que en los meses de 1559 aprovecharía los viajes a La Palma para asediar a la Paquita, a quien ahora me imagino feucha y hasta contrahecha. La chica, que ya se vería destinada a vestir santos, florecería ilusionada ante las galanuras que le prodigaba tan buen mozo, de gracioso acento extranjero. Pero, al mismo tiempo que se ocupaba de enamorarla (y, en paralelo, convencer a los padres de su idoneidad como yerno), Tomás iba resolviendo asuntos que apuntan a que presentía la tormenta que se le avecinaba. Conocemos dos de sus últimos viajes a La Palma –en octubre y en diciembre– y en ambos firma, en la escribanía de Camacho, poderes para tratar los asuntos pendientes. Son indicios de que no las tenía todas consigo. Deduzco también que, hacia las vísperas de las navidades de ese 1559, habría alcanzado ya el acuerdo con los Camacho para desposar a Francisca. Probablemente, urgidos por el inglés, habrían concertado la ceremonia para principios del año entrante. Sin embargo, como veremos en una siguiente entrada, Nichols no se atrevió a viajar a La Palma. Lo que sí hizo fue otorgar poderes a su criado Andrés Báez para que lo hiciera en su nombre: “«Sepan quantos esta carta vieren como yo Thomas Nicolás, ynglés, estante en esta ysla de Tenerife, digo que por cuanto a servicio de Dios Nuestro Señor e de su bendita e gloriosa Madre, mediantesu gracia e bendición, está sentado y conertado que yo aya de casar e case legitimamente, segund horden de la Santa Madre Yglesia, con Francisca Camacho, hija de Alonso Camacho, escribano público de la ysla de La Palma, y de Beatriz de Almonte, su muger, y porque al presente yo no puedo yr personalmente a me desposar con la dicha Francisca Camacho, por tanto por esta presente carta otorgo e conozco que doy e otorgo todo mi poder complido, libre e llenero e bastante, segund que lo yo he y tengo e segund que mejor e más cumplidamente lo puedo e devo dar e otorgar e de derecho más puede e deve valer, a· Andrés Váez, estante en esta ysla de Tenerife, presente, especialmente para que por mi y en mi nombre e como yo mismo podays desposaros por palabras de presente hazientes legitimo matrimonio, con la dicha Francisca Camacho, recibiendo a ella por mi esposa e muger y otorgándome a mí por su esposo e marido, como la Santa Madre Yglesia para el caso requiere e manda». Pero, ni siquiera por poderes, hubo boda.

lunes, 31 de julio de 2017

Tomás Nicolás (4)

En la entrada anterior dejé sin resolver qué era lo que había echado en falta Luis Melián de Betancor en alguno de los navíos ingleses arribados a Santa Cruz, ese hulk del cual no he encontrado traducción que me satisfaga. Apunté que tal vez se trataba de alguna pieza de artillería, lo cual se me antojó congruente, primero porque en efecto es algo cuya ausencia podía advertir el teniente gobernador, y segundo porque parece también razonable que su entrada en la Isla estuviera sujeta a normas estrictas. Pero pensé en ello, sobre todo, porque el propio Cioranescu nos cuenta que el 9 de marzo de 1559 (o sea, unos meses después de la llegada de los barcos británicos), Thomas Nichols, mediante escritura ante Juan del Castillo, vende a Simón Grafeton “dos piezas de artillería, que son un pasamuro e un falcón de hierro colado”. Hoy, los pasamuros son mecanismos para el sellado de cables y tuberías, pero en el XVI con ese término se designaba a un tipo de cañones, normalmente lombardas gruesas de bronce, con las que se equipaban los barcos superiores a 200 toneladas (la etimología del nombre es bastante obvia). Los falcones (he encontrado más referencias a falconete) eran también cañones, pero de menor calibre y más ligeros. Este Simon Grafton (grafía original) era otro comerciante inglés también residente en Tenerife. De quien se tienen más noticias es de otro Grafton –probablemente pariente cercano– de nombre Richard, que era amigo y vecino de nuestro Tomás (pocos años después, en 1563, el pirata Edgard Cook, de Southampton, atacó y robó en el puerto de La Palma un barco cargado de azúcar y otras mercaderías fletado por Richard Grafton, pero ésa es otra historia). Volviendo a Simon Grafton, resulta que estaba preparando una nave armada para sumarse a una expedición a las vecinas costas de Berbería, evidentemente para capturar esclavos. Así que le pide a su compatriota que le consiga las piezas artilleras y le promete pagárselas a su regreso con un porcentaje de lo que gane en la aventura; sin embargo, Nichols se quedó sin cobrar pues Grafton murió en junio de ese año 1559 frente a la costa de Guinea.

Esta operación comercial, que desde luego nada tenía que ver con la misión de nuestro joven amigo como representante de sus patrones, me parece un tanto desconcertante, a la vez que refuerza la idea que me voy haciendo de un tipo muy “echao palante”, quizá demasiado, quizá sin medir adecuadamente los riesgos y sin tener tampoco muchos escrúpulos morales. Uno se pregunta qué hacía el titular de una tienda lagunera de paños ingleses y exportador de azúcar y vinos canarios, consiguiendo cañones para barcos. La naturaleza de la mercancía hace pensar en gestiones en el mercado negro, quizá a través de los piratas británicos que ya merodeaban por las costas del archipiélago, tan pronto amigos como enemigos. He de reconocer que, pese a que Cioranescu nos diga que se probó que lo que faltaba en las naves inglesas (ahora más que antes quiero pensar que eran piezas de artillería) había sido perdido en las costas bretonas, cada vez me resulta más sugerente y creíble que nuestro hombre las desembarcara de extranjis para esconderlas con vistas a futuros lucrativos negocios. A ver si las sospechas de Luis Melián iban a estar bien fundadas. Imaginemos que la inocencia del factor derivara de una declaración del capitán de la nave “con carencias”, que es lo que me parece más lógico pues no creo que el teniente gobernador enviase correos hasta Bretaña para confirmar que allí había desaparecido lo que fuese. Los muchos juramentos que se le exigirían al marino habrían bastado para retirar los cargos contra Nichols, pero probablemente no para que Melián de Betancor se convenciese. Más bien al contrario, me imagino que creería que el culpable se le escurría entre las manos y eso lo enrabietaría en grado sumo. Esta hipótesis explicaría que, a pesar de tener que dejarlo en libertad, el teniente no cejara en hostigarlo. Lo que hizo fue acusar al inglés de haber recibido en esos barcos mercancías prohibidas y, en consecuencia, ordenó que confiscaran la parte de la carga que venía para Nichols. Se abrió un proceso judicial, claro, pero tres años después, con nuestro amigo ya preso, seguía sin resolverse. Así que seguramente Nichols tenía razón en quejarse de los atropellos de las autoridades tinerfeñas, pero también es probable que no dijera toda la verdad.

El siguiente encontronazo con el poder tuvo como protagonista al licenciado Polo Morteo, del cual Cioranescu nos dice que era el gobernador de Gran Canaria y natural de Andalucía, “hombre de mala condición, como parece públicamente por el proceso seguido contra él en Cádiz, en el que fue castigado por cohecho y públicamente desterrado”. Morteo fue el apellido de unos mercaderes genoveses, que desde los primeros años del siglo XVI se distribuyeron entre Andalucía y Canarias. Así, consta un tal Juan residente en Sanlúcar de Barrameda en 1510 y dedicado al comercio de la orchilla con las islas. Pero también hay otro, Paolo (castellanizado como Polo), vecino por esas fechas de Las Palmas, y que en 1520 está casado con Isabel Ortiz. Por lo que cuenta Cioranescu, se pensaría que el Morteo que chocó con Thomas sería hijo de aquel Juan que se instaló en el litoral gaditano, y que vendría a Canarias donde habitaban primos, los descendientes del Paolo que, también comerciante, optó por asentarse en Gran Canaria (y que, por cierto, entre sus múltiples intereses también se dedicó a la trata esclavista). Sin embargo, en una nota, el propio Cioranescu refiere que en 1558 fue teniente de Francisco Mexia, gobernador de Gran Canaria (no gobernador, por tanto), Pedro Juan Morteo, nacido en Las Palmas en 1521 de Isabel Ortiz, mujer de Polo Morteo. Este Pedro Juan, con estudios universitarios en la península, había sido ya alcalde mayor de Cádiz, lo que pudo inducir a que, al regresar a su isla natal, se le tildara de andaluz. Lo que no he conseguido averiguar es si la condena por cohecho del tribunal gaditano, fue durante su estancia como alcalde en esa ciudad o posterior. El sentido común aconseja desechar la primera opción porque, entonces, no sería lógico (o decente) que fuera a ocupar un nuevo cargo público, esta vez en Gran Canaria; pero en este país, ya desde hace muchos siglos, no es el sentido común lo que suele guiar los acontecimientos. Aún así, tiendo a suponer que las corruptelas por las que fue procesado son posteriores a sus servicios en Canarias, aunque no parece que entre las imputaciones se incluyera ninguna de sus actuaciones contra los factores ingleses (porque incordió tanto a Nichols como a Kingsmill).

Pero yendo a nuestro asunto, el 10 de febrero de 1559 Morteo mandó hacer inventario de los bienes de ambos factores. Supongo que, en términos actualizados, ese “hacer inventario” viene a equivaler a una orden de registro: Morteo ordenaría a los alguaciles que se personaran en las tiendas de Las Palmas y de La Laguna a ponerlas patas arriba a ver si encontraban alguna prueba delictiva. El pretexto de esta actuación fue que la reina de Inglaterra era enemiga de la religión y de los españoles y, por tanto, esos dos ingleses podrían ser agentes suyos, conspirando contra los intereses católicos y/o hispánicos. En efecto, no puede sino calificarse de pretexto porque, en aquellas fechas, Isabel acababa de ser coronada (15 de enero de 1559) y se cuidaba todavía mucho de mostrar la más mínima animadversión contra España o el catolicismo. Parece sensato asumir que en el hostigamiento de Morteo a los dos comerciantes había otras motivaciones que poco tenían que ver con los intereses públicos. A esa misma conclusión apuntan incidentes posteriores (del año 1560, cuando ya Nichols estaba detenido por la Inquisición) que provocó el mismo personaje contra Kingsmill. No he hallado, sin embargo, ninguna pista sobre las verdaderas razones del encono de Morteo. Quizá pretendiera perjudicar a comerciantes que compitieran contra su familia, si es que todavía los Morteo seguían vinculados a los negocios. Pero más probable me parece –por protestas que más tarde hizo Nichols y por lo que pasó con Kingsmill– que tratara de extorsionar a los mercaderes británicos para sacar provecho propio. En todo caso, fueran cuales fuesen las causas de este segundo conflicto con las autoridades, hace aflorar por primera vez el argumento decisivo en las futuras desgracias de nuestro protagonista: ser sospechoso de herejía, de atacar la religión. En esos tiempos, que te acusaran de hereje significaba que, como primera medida, caías en los brazos de la Santa Inquisición y a partir de ahí ya se vería. Con un sistema así, es de cajón que una de las más eficaces medidas contra cualquier enemigo era denunciarlo de no observar los preceptos del catolicismo, lo que además tenía la ventaja –como ya veremos– que no requería apenas pruebas.

El caso es que del “inventario” ordenado por Morteo debió descubrirse algo delictivo porque el teniente gobernador de Gran Canaria decidió secuestrar bastantes mercancías e incluso metió en la cárcel a Thomas. No nos aclara Cioranescu por qué el teniente gobernador de Gran Canaria actuaba en Tenerife; supongo yo que, habiendo empezado por Kingsmill quiso empapelar también al factor tinerfeño, al ser ambos representantes de la misma compañía inglesa. Téngase en cuenta que por entonces Nichols aún tenía retenida parte de la carga desembarcada de los buques de los que hablé en el post anterior, de modo que llovía sobre mojado. En todo caso, imagino que para ordenar el registro de la tienda lagunera de Nichols Morteo tendría que ponerlo en conocimiento de las autoridades tinerfeñas; no cuesta nada imaginarnos al descendiente de normandos pasando el relevo de la persecución al inglés al de antepasados genoveses, celebrando el acuerdo entre risotadas mientras se tomaban unos vinos. Quiero advertir que, si bien del desarrollo de los acontecimientos se deducen indicios bastantes para pensar que, tanto Melián primero como Morteo después, estaban influidos en su actuar por intereses espurios, no de ello hemos de pensar que los comerciantes ingleses, y Thomas Nichols en particular, fueran ningunos angelitos. En otras palabras, parece razonable pensar que algo delictivo se encontraría en la tienda de La Laguna –y no en la de Las Palmas– para que se pudiera encarcelar al joven y no al factor de más edad (y probablemente más avisado para eludir trampas de las autoridades). De nuevo ignoramos los detalles, imprescindibles para poder juzgar con una mínima seguridad. El caso es que Kingsmill se movió en auxilio de su colega (y también de los intereses económicos de sus representados) y consiguió que el 8 de marzo de 1559 Nichols fuera liberado y sus bienes desembargados; o sea, pasó dos mesecitos a la sombra. Bien es verdad, que unas cuantas mercancías desaparecieron en este trance y, además, hubo que gastar más de cien ducados (unos quince mil euros actuales) para evitar males peores. En fin, nuestro amigo, en solo dos años residiendo en Tenerife, ya había recibido dos avisos serios. Sin embargo, el chico era animoso y ni se le ocurrió mandarse mudar.

jueves, 27 de julio de 2017

Tomás Nicolás (3)

Me imagino yo a aquel inglés bisoño de carácter algo jactancioso, rayando quizá en la chulería al verse al frente de un negocio tan boyante que, por su magnitud, tal vez le viniese grande. Intuyo también que era bastante lanzado, sin que probablemente la prudencia fuera una de sus virtudes. Verdad es que quien no arriesga no gana, y saber cuándo apostar fuerte y hacerlo sin que a uno le tiemble el pulso son cualidades propias de los grandes inversores. Pero no es menos cierto que no merece tales elogios quien dispara con pólvora ajena, como era el caso de nuestro amigo. Lo cierto es que desde los primeros meses debió cogerle gusto a lo de la venta a crédito, puede que en mayor proporción de lo que era habitual en aquellos tiempos (que lo era y mucho) o puede que sin acertar en los clientes a quienes fiaba. Como fuera, enseguida empieza a acumular pasivo, y varios de estos créditos se revelan de muy difícil, cuando no imposible, cobranza. Así que no tarda en emprender acciones judiciales contra sus deudores. Se conservan documentos de los primeros meses de 1559 que recogen este tipo de actos. Como es natural, por más que el inglés tuviera todo el derecho a exigir que le pagaran las deudas, actuando así no contribuía a hacerse simpático sino, por el contrario, a granjearse enemigos.

Nichols se quejó repetidamente del mal trato recibido por parte de las autoridades gubernamentales de Tenerife. Conviene aclarar a este punto que en la época, se había implantado un régimen municipal único en cada una de las siete islas, manifestado en el Concejo o Cabildo, con sede cada uno en la correspondiente capital insular (en Tenerife, en La Laguna, claro). El Cabildo tinerfeño lo integraban el Gobernador, Tenientes, Alcalde mayor, Alguacil mayor, regidores, fieles ejecutores y personero. El Gobernador era el representante directo del Rey y nombrado por éste (en Tenerife, a partir de 1535, pues los dos primeros Adelantados ejercieron el cargo de forma vitalicia). Las acusaciones del inglés es probable que no fueran infundadas, aunque han de tomarse con reservas debido al evidente interés de nuestro hombre de presentarse como víctima inocente de personajes maliciosos y corruptos. En todo caso, en los días de nuestro amigo los regidores del Cabildo tinerfeño no eran ya los incultos hombres de armas de los primeros tiempos de la conquista, sino que predominaban los licenciados de letras. Además, conviene recordar que, por más que fueran muy imperfectos y corruptibles, existían mecanismos de control gubernamental que no permitirían los abusos de poder con absoluta impunidad, como pareciera insinuar Nichols. Pese a todo, a la vista de sus desgracias, me inclino a creerle, a aceptar que las autoridades no fueron con él tan justas como era su obligación (pero seguramente tampoco tan injustas como declara). Cabe imputar parte de los motivos a esos carácter y comportamiento suyos a los que ya me he referido y que, sin duda, le hicieron antipático. Pero también supongo yo que alguna importancia tendría su nacionalidad, sobre todo a partir de la muerte de María Tudor (casada, recuérdese, con Felipe II) y la subida al trono de la pelirroja Isabel. Bien es verdad que el enfrentamiento entre Inglaterra y España sería posterior a los primeros problemas de Thomas e incluso también a su encarcelamiento; sin embargo, incluso antes de la enemistad declarada entre los Estados parece que existía un cierto rencor popular hacia los ingleses que también jugó en contra de nuestro amigo.

Nos cuenta Cioranescu que el primer encontronazo que consta de Nichols con las autoridades fue con el “gobernador, que lo era por aquel entonces el bien conocido Licenciado Luis Melián de Béthencourt”. Bien conocido, sí, porque tuvo una intensa actividad política y además dejó escrito “El origen de las islas de Canarias”, una crónica valiosa sobre la primitiva historia del archipiélago, en palabras del catedrático y académico de la Historia Antonio Rumeu de Armas (1912-2006), a quien recurro para saber de este hombre (en Anuario de Estudios Atlánticos nº 24, 1978). De entrada, hay que corregir a Cioranescu porque Melián de Betancor (ésta es la grafía con la que firmaba no fue gobernador de Tenerife, sino teniente del gobernador Hernando de Cañizares durante su breve mandato (1558-1559). Este Don Luis nació en Las Palmas en 1517 (luego era ya cuarentón cuando el incidente con Nichols), hijo ilegítimo de Francisco de Betancor, arcediano de la catedral de Las Palmas, y de Teresa de Prado. Esta Teresa era a su vez hija de uno de los conquistadores de Gran Canaria, el gallego Hernando de Prado Vivero, y de una aborigen de La Gomera. Es probable que la muchacha indígena la hubiera comprado Hernando como esclava a finales de la década de 1480, aunque luego fuera puesta en libertad por el obispo de Canaria por ser de La Gomera (Aznar Vallejo, Documentos canarios Registro General del Sello, Sta. Cruz de Tenerife, 1981). El caso es que Teresa, mestiza de gallego y gomera, sacó un carácter violento e irascible ya que, alrededor de 1514, “apaleó brutalmente en la cabeza a una huidiza esclava negra, ocasionándole tan graves heridas, que, de resultas de ellas, sucumbió”. Por muy esclava que fuera, darle muerte era delito y Teresa fue procesada por la Justicia. Barrunto que por entonces su padre habría ya muerto, porque de lo contrario no se entiende el actuar de la mujer, que asustada ante el juicio, se escondió antes de que la apresaran; si el padre hubiese vivido, más teniendo en cuenta su fama y que había incluso sido regidor del Cabildo, la habría protegido e impedido que huyera. La cosa es que durante su ocultación (que puede que fuera en dependencias de la Catedral) quedó embarazada del Betancor, por muy hombre de iglesia que éste fuera. En enero 1516, supongo que a instancias de familiares o amigos, Fernando el Católico se apiadó de Teresa y expidió una carta de perdón desde Trujillo, apenas un par de semanas antes de su muerte. Así que esa mujer de carácter pudo salir a la luz para dar a luz a quien bautizaría Luis, con los apellidos del padre (o sea, que hijo reconocido).

No se sabe nada de la infancia de Luis Melián que imagino que transcurriría en Las Palmas, a cargo de su madre, quien ya no provocó nuevos escándalos. Pero ya crecido lo enviaron a estudiar a la Península, porque conocemos que el 13 de enero de 1541 se graduó de bachiller en cánones en la Universidad de Salamanca, y continuó luego en Sigüenza para obtener, en octubre de 1545, la licenciatura en esa misma disciplina. La carrera de Cánones sería la que hoy llamamos Derecho Canónico, aunque por aquellos tiempos se confundía con el Derecho en general (en algunas universidades había carrera de Leyes diferenciada, pero no en todas). A principios de la Edad Moderna, los privilegios de las universidades –en concreto los de concesión de títulos– provenían de bulas eclesiásticas; conseguido el reconocimiento papal, cada universidad gozaba de bastante autonomía en su organización académica. Aún así, lo habitual es que casi todas las carreras facilitaran a los cuatro años de estudios el grado de bachiller (que se sigue manteniendo como título universitario en países hispanoamericanos) y dos años después el de licenciado. Melián obtuvo el primero en Salamanca pero para el segundo se desplazó a Sigüenza que, por aquellos años, tras la reforma y patrocinio del Cardenal Mendoza, era uno de los centros superiores de mayor prestigio en España (en el tiempo de estancia de Melián Betancor había tres cátedras –Teología, Artes y Cánones– pero poco después se ampliaría la oferta docente con Medicina, Derecho Civil, Física y Lógica). En cuanto obtuvo su licenciatura, Don Luis Melián de Betancor hubo de desplazarse sin pausas a Gran Canaria porque, según Romeu, en ese mismo octubre del 45, con veintiocho años, se casó con Beatriz Dumpiérrez, a quien le unía algún parentesco, y que, como él, también descendía de la hornada de los conquistadores normandos del XV (Dumpiérrez es la castellanización –bien fea, por cierto– del apellido de Robert D’Umpierre, compañero del primer Bethencourt). A propósito, el apellido Melián, también muy corriente en Canarias, proviene asimismo de los conquistadores normandos (de Jean Meilland, otro de aquéllos); de modo que este hombre, pese a su nacimiento ilegítimo (que se había encubierto adecuadamente) pertenecía al núcleo central y más antiguo de la nobleza isleña: “uno de los nuestros”, como dirían siglos después los sicilianos. Con sólida formación y bien casado (y procreando enseguida varios hijos), Melián muy pronto empieza a ocupar cargos públicos en los que demuestra buenas capacidades como abogado peleón, sin arredrarse ante los poderosos (lo que le lleva a la cárcel por enfrentarse al gobernador canarión en defensa de los precios de subsistencia). De modo que cuando es nombrado como segundo del gobierno de Tenerife ya tiene acumulada una larga trayectoria en cargos directivos de la administración canaria de entonces, además de una probada experiencia en el ejercicio profesional como letrado. Después de Tenerife siguió ocupando cargos, incluso ante la Corte de Felipe II, y finalmente, hacia 1589, fue nombrado teniente de gobernador de Santiago de Cuba, ciudad donde murió en 1592.

En fin, que el teniente gobernador de Tenerife que se cruzó en la vida de Thomas Nichols no era para nada un garrulo, sino muy al contrario persona con la mejor formación posible y bien integrada en los niveles de mayor “calidad” de la sociedad del archipiélago. Y voy ya a contar lo que pasó, que seguro que más de uno se ha desesperado con tan largas digresiones (aunque en ellas esté, a mi parecer, la gracia del cuento). Pues fue que atracaron en el puerto de Santa Cruz en 1558 tres naves inglesas, acompañadas por una pinaza. Por lo visto iban en camino hacia Guinea pero permanecieron en la rada chicharrera quince días para descargar mercancías y otros negocios. Dice Cioranescu que a Melián de Betancor le hicieron saber que faltaba un casco de la nave (a hulk) y sospechó (¿por sí mismo o inducido por otros?) que el culpable era nuestro amigo Thomas, de modo que lo hizo prender. Parece que mientras lo mantenían preso se averiguó que la pieza había desaparecido en las costas de Bretaña, de modo que se probó la inocencia del inglés. La verdad es que no termino de entender el incidente. En primer lugar, ¿cómo que faltaba el casco de una nave?¿de qué está hablando? No he encontrado ninguna fuente que me aclare estas dudas. Si la palabra inglesa original es hulk tampoco se me ocurre otra traducción alternativa que tenga sentido. ¿Qué es de lo que hablan, porque no puede ser que desmantelaran el casco de un barco en el puerto? Lógicamente, si el teniente gobernador sospechó de Nichols sería que lo que faltaba de un barco –del cuerpo de un barco– era algo que estaba prohibido desembarcar (¿piezas de artillería, quizá?) y que, a la vez, era objeto deseado. Al ver que faltaba, y dado que se trataba de un barco inglés, es explicable que sospechara del factor británico y más si, como me temo, más de uno se lo hubiera señalado maliciosamente. O sea, que no podamos saber con seguridad qué fue lo que generó la imputación a Nichols, pero sí podemos suponer que, fuera lo que fuera, desembarcarlo en la isla era un delito. El caso es que el descubrimiento de la inocencia de nuestro hombre no puso fin a sus problemas con Don Luis Melián de Betancor. Pero lo sigo contando en la próxima entrada.