jueves, 27 de julio de 2017

Tomás Nicolás (3)

Me imagino yo a aquel inglés bisoño de carácter algo jactancioso, rayando quizá en la chulería al verse al frente de un negocio tan boyante que, por su magnitud, tal vez le viniese grande. Intuyo también que era bastante lanzado, sin que probablemente la prudencia fuera una de sus virtudes. Verdad es que quien no arriesga no gana, y saber cuándo apostar fuerte y hacerlo sin que a uno le tiemble el pulso son cualidades propias de los grandes inversores. Pero no es menos cierto que no merece tales elogios quien dispara con pólvora ajena, como era el caso de nuestro amigo. Lo cierto es que desde los primeros meses debió cogerle gusto a lo de la venta a crédito, puede que en mayor proporción de lo que era habitual en aquellos tiempos (que lo era y mucho) o puede que sin acertar en los clientes a quienes fiaba. Como fuera, enseguida empieza a acumular pasivo, y varios de estos créditos se revelan de muy difícil, cuando no imposible, cobranza. Así que no tarda en emprender acciones judiciales contra sus deudores. Se conservan documentos de los primeros meses de 1559 que recogen este tipo de actos. Como es natural, por más que el inglés tuviera todo el derecho a exigir que le pagaran las deudas, actuando así no contribuía a hacerse simpático sino, por el contrario, a granjearse enemigos.

Nichols se quejó repetidamente del mal trato recibido por parte de las autoridades gubernamentales de Tenerife. Conviene aclarar a este punto que en la época, se había implantado un régimen municipal único en cada una de las siete islas, manifestado en el Concejo o Cabildo, con sede cada uno en la correspondiente capital insular (en Tenerife, en La Laguna, claro). El Cabildo tinerfeño lo integraban el Gobernador, Tenientes, Alcalde mayor, Alguacil mayor, regidores, fieles ejecutores y personero. El Gobernador era el representante directo del Rey y nombrado por éste (en Tenerife, a partir de 1535, pues los dos primeros Adelantados ejercieron el cargo de forma vitalicia). Las acusaciones del inglés es probable que no fueran infundadas, aunque han de tomarse con reservas debido al evidente interés de nuestro hombre de presentarse como víctima inocente de personajes maliciosos y corruptos. En todo caso, en los días de nuestro amigo los regidores del Cabildo tinerfeño no eran ya los incultos hombres de armas de los primeros tiempos de la conquista, sino que predominaban los licenciados de letras. Además, conviene recordar que, por más que fueran muy imperfectos y corruptibles, existían mecanismos de control gubernamental que no permitirían los abusos de poder con absoluta impunidad, como pareciera insinuar Nichols. Pese a todo, a la vista de sus desgracias, me inclino a creerle, a aceptar que las autoridades no fueron con él tan justas como era su obligación (pero seguramente tampoco tan injustas como declara). Cabe imputar parte de los motivos a esos carácter y comportamiento suyos a los que ya me he referido y que, sin duda, le hicieron antipático. Pero también supongo yo que alguna importancia tendría su nacionalidad, sobre todo a partir de la muerte de María Tudor (casada, recuérdese, con Felipe II) y la subida al trono de la pelirroja Isabel. Bien es verdad que el enfrentamiento entre Inglaterra y España sería posterior a los primeros problemas de Thomas e incluso también a su encarcelamiento; sin embargo, incluso antes de la enemistad declarada entre los Estados parece que existía un cierto rencor popular hacia los ingleses que también jugó en contra de nuestro amigo.

Nos cuenta Cioranescu que el primer encontronazo que consta de Nichols con las autoridades fue con el “gobernador, que lo era por aquel entonces el bien conocido Licenciado Luis Melián de Béthencourt”. Bien conocido, sí, porque tuvo una intensa actividad política y además dejó escrito “El origen de las islas de Canarias”, una crónica valiosa sobre la primitiva historia del archipiélago, en palabras del catedrático y académico de la Historia Antonio Rumeu de Armas (1912-2006), a quien recurro para saber de este hombre (en Anuario de Estudios Atlánticos nº 24, 1978). De entrada, hay que corregir a Cioranescu porque Melián de Betancor (ésta es la grafía con la que firmaba no fue gobernador de Tenerife, sino teniente del gobernador Hernando de Cañizares durante su breve mandato (1558-1559). Este Don Luis nació en Las Palmas en 1517 (luego era ya cuarentón cuando el incidente con Nichols), hijo ilegítimo de Francisco de Betancor, arcediano de la catedral de Las Palmas, y de Teresa de Prado. Esta Teresa era a su vez hija de uno de los conquistadores de Gran Canaria, el gallego Hernando de Prado Vivero, y de una aborigen de La Gomera. Es probable que la muchacha indígena la hubiera comprado Hernando como esclava a finales de la década de 1480, aunque luego fuera puesta en libertad por el obispo de Canaria por ser de La Gomera (Aznar Vallejo, Documentos canarios Registro General del Sello, Sta. Cruz de Tenerife, 1981). El caso es que Teresa, mestiza de gallego y gomera, sacó un carácter violento e irascible ya que, alrededor de 1514, “apaleó brutalmente en la cabeza a una huidiza esclava negra, ocasionándole tan graves heridas, que, de resultas de ellas, sucumbió”. Por muy esclava que fuera, darle muerte era delito y Teresa fue procesada por la Justicia. Barrunto que por entonces su padre habría ya muerto, porque de lo contrario no se entiende el actuar de la mujer, que asustada ante el juicio, se escondió antes de que la apresaran; si el padre hubiese vivido, más teniendo en cuenta su fama y que había incluso sido regidor del Cabildo, la habría protegido e impedido que huyera. La cosa es que durante su ocultación (que puede que fuera en dependencias de la Catedral) quedó embarazada del Betancor, por muy hombre de iglesia que éste fuera. En enero 1516, supongo que a instancias de familiares o amigos, Fernando el Católico se apiadó de Teresa y expidió una carta de perdón desde Trujillo, apenas un par de semanas antes de su muerte. Así que esa mujer de carácter pudo salir a la luz para dar a luz a quien bautizaría Luis, con los apellidos del padre (o sea, que hijo reconocido).

No se sabe nada de la infancia de Luis Melián que imagino que transcurriría en Las Palmas, a cargo de su madre, quien ya no provocó nuevos escándalos. Pero ya crecido lo enviaron a estudiar a la Península, porque conocemos que el 13 de enero de 1541 se graduó de bachiller en cánones en la Universidad de Salamanca, y continuó luego en Sigüenza para obtener, en octubre de 1545, la licenciatura en esa misma disciplina. La carrera de Cánones sería la que hoy llamamos Derecho Canónico, aunque por aquellos tiempos se confundía con el Derecho en general (en algunas universidades había carrera de Leyes diferenciada, pero no en todas). A principios de la Edad Moderna, los privilegios de las universidades –en concreto los de concesión de títulos– provenían de bulas eclesiásticas; conseguido el reconocimiento papal, cada universidad gozaba de bastante autonomía en su organización académica. Aún así, lo habitual es que casi todas las carreras facilitaran a los cuatro años de estudios el grado de bachiller (que se sigue manteniendo como título universitario en países hispanoamericanos) y dos años después el de licenciado. Melián obtuvo el primero en Salamanca pero para el segundo se desplazó a Sigüenza que, por aquellos años, tras la reforma y patrocinio del Cardenal Mendoza, era uno de los centros superiores de mayor prestigio en España (en el tiempo de estancia de Melián Betancor había tres cátedras –Teología, Artes y Cánones– pero poco después se ampliaría la oferta docente con Medicina, Derecho Civil, Física y Lógica). En cuanto obtuvo su licenciatura, Don Luis Melián de Betancor hubo de desplazarse sin pausas a Gran Canaria porque, según Romeu, en ese mismo octubre del 45, con veintiocho años, se casó con Beatriz Dumpiérrez, a quien le unía algún parentesco, y que, como él, también descendía de la hornada de los conquistadores normandos del XV (Dumpiérrez es la castellanización –bien fea, por cierto– del apellido de Robert D’Umpierre, compañero del primer Bethencourt). A propósito, el apellido Melián, también muy corriente en Canarias, proviene asimismo de los conquistadores normandos (de Jean Meilland, otro de aquéllos); de modo que este hombre, pese a su nacimiento ilegítimo (que se había encubierto adecuadamente) pertenecía al núcleo central y más antiguo de la nobleza isleña: “uno de los nuestros”, como dirían siglos después los sicilianos. Con sólida formación y bien casado (y procreando enseguida varios hijos), Melián muy pronto empieza a ocupar cargos públicos en los que demuestra buenas capacidades como abogado peleón, sin arredrarse ante los poderosos (lo que le lleva a la cárcel por enfrentarse al gobernador canarión en defensa de los precios de subsistencia). De modo que cuando es nombrado como segundo del gobierno de Tenerife ya tiene acumulada una larga trayectoria en cargos directivos de la administración canaria de entonces, además de una probada experiencia en el ejercicio profesional como letrado. Después de Tenerife siguió ocupando cargos, incluso ante la Corte de Felipe II, y finalmente, hacia 1589, fue nombrado teniente de gobernador de Santiago de Cuba, ciudad donde murió en 1592.

En fin, que el teniente gobernador de Tenerife que se cruzó en la vida de Thomas Nichols no era para nada un garrulo, sino muy al contrario persona con la mejor formación posible y bien integrada en los niveles de mayor “calidad” de la sociedad del archipiélago. Y voy ya a contar lo que pasó, que seguro que más de uno se ha desesperado con tan largas digresiones (aunque en ellas esté, a mi parecer, la gracia del cuento). Pues fue que atracaron en el puerto de Santa Cruz en 1558 tres naves inglesas, acompañadas por una pinaza. Por lo visto iban en camino hacia Guinea pero permanecieron en la rada chicharrera quince días para descargar mercancías y otros negocios. Dice Cioranescu que a Melián de Betancor le hicieron saber que faltaba un casco de la nave (a hulk) y sospechó (¿por sí mismo o inducido por otros?) que el culpable era nuestro amigo Thomas, de modo que lo hizo prender. Parece que mientras lo mantenían preso se averiguó que la pieza había desaparecido en las costas de Bretaña, de modo que se probó la inocencia del inglés. La verdad es que no termino de entender el incidente. En primer lugar, ¿cómo que faltaba el casco de una nave?¿de qué está hablando? No he encontrado ninguna fuente que me aclare estas dudas. Si la palabra inglesa original es hulk tampoco se me ocurre otra traducción alternativa que tenga sentido. ¿Qué es de lo que hablan, porque no puede ser que desmantelaran el casco de un barco en el puerto? Lógicamente, si el teniente gobernador sospechó de Nichols sería que lo que faltaba de un barco –del cuerpo de un barco– era algo que estaba prohibido desembarcar (¿piezas de artillería, quizá?) y que, a la vez, era objeto deseado. Al ver que faltaba, y dado que se trataba de un barco inglés, es explicable que sospechara del factor británico y más si, como me temo, más de uno se lo hubiera señalado maliciosamente. O sea, que no podamos saber con seguridad qué fue lo que generó la imputación a Nichols, pero sí podemos suponer que, fuera lo que fuera, desembarcarlo en la isla era un delito. El caso es que el descubrimiento de la inocencia de nuestro hombre no puso fin a sus problemas con Don Luis Melián de Betancor. Pero lo sigo contando en la próxima entrada.

martes, 25 de julio de 2017

Tomás Nicolás (2)

Nos cuenta Cioranescu que, de regreso en Tenerife al años siguiente (1557), Thomas Nichols “puso tienda en La Laguna, en donde vendía los paños y las telas que recibía de Inglaterra”. Si, como barrunto, Nichols vino para reemplazar a William Edge al frente de los negocios de Hickman y Castlyn (y también a representar a Lok), habría que pensar que se haría cargo del establecimiento preexistente, al menos a su llegada, aunque poco después, por los motivos que fuera, buscara y abriera un nuevo local. Pero, en cualquier caso, parece que se desconoce dónde estaba esa tienda. Para la fecha de la llegada de nuestro hombre la ciudad de La Laguna debería estar ya bastante definida en su trama urbana (me baso en el plano del ingeniero lombardo Leonardo Torriani, trazado veinte años después), aunque dicha trama distaba aún mucho de estar completamente ocupada por las edificaciones. Se ve fácilmente que, sobre todo en las manzanas de mayor tamaño al exterior del trapecio central –el delimitado por las actuales calles Bencomo y Herradores, entre la Concepción y la plaza del Adelantado– hay bastantes vacíos. Imaginaré que el local de Nichols se ubicaba en la calle Herradores, el eje con mayor actividad comercial en el siglo XVI. La calle Herradores, además, ya desde su primer trazado, giraba en su extremo hacia el Sur para convertirse en el camino hacia la costa, el que llegaba hasta Santa Cruz incluso cuando aún el lugar se llamaba Añazo. Nos cuenta Viera y Clavijo que en esta calle, a la salida de la ciudad, se situaba la mancebía, que se arrendaba por el Cabildo a cambio del pertinente arbitrio (la prostitución era una importante fuente de los ingresos públicos). Bien es verdad que hacia mediados del siglo, probablemente antes de que llegara Thomas, se había suprimido este arrendamiento, pero obviamente no habrían desaparecido los burdeles. Digo esto porque me da por imaginar que en la actual plaza de San Cristóbal, hasta quizá en su continuación (calle de Calvo Sotelo), pero no más allá de la Cruz de Piedra, zona de arrabal poco poblada, debían haber casas licenciosas; y quiero pensar que hasta ellas caminaría no pocas tardes nuestro amigo con ganas de saciar sus apetitos juveniles –tenía veinticinco añitos al instalarse en la Isla–.


Si nos queremos hacer una idea de cómo era entonces la ciudad de San Cristóbal de La Laguna hemos en primer lugar de leer lo que dejo escrito años después el propio Thomas Nichols en su “Descripción de las Islas Afortunadas”: “Hay en esta isla una hermosa ciudad, situada a tres leguas del mar, cerca de un lago llamado La Laguna. Hay en ella dos hermosas iglesias parroquiales; allí reside el gobernador, que administra con justicia toda esta isla. Hay también regidores para el público bienestar, cuyos oficios compran al Rey. La mayor parte de los habitantes de esta ciudad son hidalgos, mercaderes y labradores”. Más noticias nos da Torriani (“Descripción de las Islas Canarias”): “Esta ciudad, edificada después de la conquista, es la mayor y la más habitada de todas las demás de estas islas. Además de las mil casas que contiene, cada una de ellas tiene a su lado gran espacio de huerta, llena con naranjeros y otros árboles hermosísimos. Está situada en una amplia y espaciosa meseta encima de las montañas, las cuales, al prolongarse en dirección de la punta de Naga por espacio de dos millas y media, le forma alrededor un hermosísimo y agradable anfiteatro. Por hallarse en lo alto, en dirección norte, tiene mucha niebla, con lluvias y grandísimas intemperies, por los vientos septentrionales que la azotan y la enfrían continuamente; y por esta razón las fachadas de las casas que miran hacia norte son muy húmedas, y la mitad de las calles que están descubiertas en aquella dirección, llenas de yerbas, por la humedad que las hace brotar durante todo el año. Las casas son bajas y tétricas; pero desde lejos, mirando desde la altura de alguna montaña vecina, toda la ciudad tiene buen aspecto, por ser las calles rectas, las casas llenas de árboles, y agradable la laguna. Aquí residen la justicia y el concejo, los hidalgos ricos y mercaderes de España, de Francia, de Flandes, de Inglaterra y de Portugal; entre éstos y los isleños, hay gente muy rica”.

Desde muy pronto el chico demostró que tenía empuje, desarrollando una incansable actividad a favor de los intereses de sus representados. Intuyo que tanto ir y venir en los afanes de negocios hubo de llamar la atención en un entorno en el que predominaría la indolencia y que, además, estaba grandemente jerarquizado; más de uno, supongo yo, se sentiría irritado con las frenéticas correrías de ese jovencillo inglés, probablemente no lo respetuoso que debiera. Sabemos que se movía por todo Tenerife y también viajaba con frecuencia a La Palma, para comprar vino y azúcar, o a Gran Canaria, a tratar con su colega Kingsmill, quien más veterano actuaría a modo de principal en Canarias de las firmas inglesas. Parece que Nichols vendía como mayorista, o sea, no a particulares sino a comerciantes minoristas que se ocuparían de recortar los rollos de paño inglés para servir a los consumidores. Cioranescu llega a tal conclusión tras comprobar que las cantidades que le debían varios de sus clientes eran bastante respetables. Por ejemplo, en febrero de 1559, según consta en una escritura de poder, sumaba algo más de 350.000 maravedíes, una verdadera fortuna. Como quedó de manifiesto durante su proceso, nuestro hombre movía mucho dinero, aunque anduviera muy escaso de efectivo. Es de suponer que el papel (los consiguientes documentos firmados ante escribano) correría abundantemente. Los reconocimientos de deuda, avalados por banqueros (genoveses, probablemente) valdrían para adquirir cargamentos de azúcar o vino, sin necesidad de que en las transacciones tintinearan monedas de oro. El negocio, qué duda cabe, era boyante. Valga como muestra que el valor de la mercancía que fletó Kingsmill en un solo viaje giraba en torno a los 30.000 ducados. Para hacerse una idea, sépase que el Rey obtenía de Canarias una renta anual de apenas el doble.

Interrumpo momentáneamente el relato para indagar sobre los valores de las monedas de la época. En las operaciones comerciales de envergadura (estas de export-import y de ventas al por mayor) se hablaba en ducados; sin embargo, desde la introducción del escudo (1536) –también moneda de oro de algo menor peso y ley– dejó de acuñarse aunque se mantuviera como unidad de cuenta. En aquellos tiempos el valor de la moneda era el del metal que contenía; como el ducado pesaba 3,6 gramos de oro de excelente ley (23,75 quilates) y la cotización actual del oro ronda los 35 €/gramo, una primera aproximación sería que el valor del ducado equivale a unos 125 euros. Buscando las referencias en los sueldos, consulto la imprescindible “El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II”, de Fernand Braudel, y encuentro algunas pistas. Nos dice, por ejemplo, que los muchachos encargados de la vigilancia en la Zecca de Venecia recibían la miserable remuneración de 20 ducados al año; que un contable gana unos 180 ducados anuales, lo que empieza ya a ser decente; por último, el ingeniero al servicio del Dux ganaba el sueldazo de 20 ducados mensuales (y quería que se lo subieran a 25). Si asumimos el valor del ducado calculado con el precio del oro, los ingresos mensuales actualizados de estos tres ejemplos serían, respectivamente, de 208, 1.875 y 2.500 euros (este último pediría 3.750). En mi opinión, salen cifras algo bajas; para hablar de un sueldo decente hay que estar por encima de los dos mil euros, y un sueldazo exige llegar como mínimo a los tres mil. Por tanto, aplico un incremento del 20% (que tampoco me parece una corrección excesiva) y redondeo el valor actual del ducado de la segunda mitad del XVI en la cantidad de 150 €.

Si el ducado –sustituido luego por el escudo– era la moneda de oro de la época, el maravedí era la moneda de vellón (aleación de plata y cobre) de uso mucho más corriente, y la unidad de cuenta en las transacciones minoristas. Durante el XVI el maravedí se fue devaluando (pasando de vellón rico, o sea, con más plata que cobre, a vellón pobre) de modo que el escudo pasó de cotizarse en 350 maravedíes en 1535 a 400 en 1566. Teniendo en cuenta que el escudo representaba un 93% del valor del ducado, en los años en que Thomas estaba en Tenerife éste podría valer unos 430 maravedíes y, por tanto, un maravedí equivaldría a unos 35 céntimos actuales. De modo que, si mis cálculos no están demasiado errados, la cantidad citada arriba que le adeudaban en febrero de 1559 podría corresponder en nuestros días a unos ciento veintipico mil euracos, y el flete referido de Kingsmill a Inglaterra nada menos que cuatro millones y medio de euros. Como ya hemos dicho, el bisoño inglés manejaba mucha guita, más que de sobra para despertar envidias y enconos, sobre todo si, como me barrunto, no era lo prudente y modesto que debiera. Como veremos en siguientes entradas, entre las causas declaradas de sus tribulaciones no aparecerán los asuntos económicos, pero para mí tengo que éstos subyacían en los verdaderos móviles de sus enemigos

jueves, 20 de julio de 2017

Tomás Nicolás (1)

Alejandro Cioranescu (1911-1999) fue uno de esos sabios enciclopédicos y humanistas que dignifican nuestra especie. Rumano de nacimiento, filólogo e historiador, en 1948 vino desde Francia (donde fue destituido por el gobierno comunista de su cargo de consejero cultural de la Embajada) a Tenerife y aquí permaneció hasta su muerte, con 88 años recién cumplidos. Más o menos una década antes, por una carambola inesperada que no viene a cuento narrar aquí, tuve la impagable oportunidad de disfrutar –con otras dos personas– de una maravillosa velada en su casa de Santa Cruz, de la que salí completamente arrobado. A pesar de que ha escrito sobre muy variados asuntos, lo que yo he leído de él han sido, sobre todo, obras de temática histórica canaria; en particular, su magnífica Historia de Santa Cruz. Estos días, repasando un poco desordenadamente –que es como me gusta– bibliografía sobre los primeros tiempos de las Islas tras la conquista (a cuento de las plantaciones de caña y los esclavos), me he topado con una publicación de 1963 que es una deliciosa biografía de Thomas Nichols, “mercader de azúcar, hispanista y hereje”. Nichols, inglés que estuvo en Canarias a principios de la segunda mitad del XVI, escribió años después, ya de regreso en Inglaterra, una de las primeras descripciones del archipiélago, si no la primera. En algunos de mis picoteos azarosos en artículos sobre historia canaria me había topado con alguna referencia a dicha obra, pero lo cierto es que hasta ahora no la había leído. Lo he hecho en la traducción que Cioranescu acompaña en la publicación a que me refiero, después de contarnos la vida de ese desafortunado británico que vivió hace más de cuatrocientos años. Pero ahora, más que hablar de cómo era Canarias a mediados del siglo XVI, lo que me apetece es referirme a la biografía singular de Tomás Nicolás, que así lo llamaban en español, porque el relato de Cioranescu me ha encandilado (y no es el primero de los suyo que lo hace). Como no tengo ninguna pretensión de historiador, basándome exclusivamente en lo que escribió Don Alejandro, narraré a mi modo la historia de este personaje, permitiéndome ligeros escarceos imaginativos. Seguro que a más de uno este cuento le resulta interesante.

Thomas Nichols nació en Gloucester, en el Suroeste de Inglaterra, muy cerca de la frontera galesa, en 1532. Debió de pertenecer a una familia modesta, probablemente vinculada a oficios urbanos; a la vista de sus posterior destino, cabe suponer que muy joven se desplazaría a Londres, o quizá a Bristol, la otra capital del comercio marítimo de la época, para entrar de aprendiz en alguna de las firmas comerciales que en esas dos ciudades operaban. Para situarnos cronológicamente, hemos de recordar que la infancia y primera juventud de nuestro protagonista se corresponde con el agitado periodo de la ruptura religiosa con Roma y el inicio de la reforma anglicana. Tenía Thomas un añito cuando el arzobispo de Canterbury anuló el matrimonio del rey con Catalina de Aragón para posibilitar la boda con Ana Bolena. En 1556, cuando viaja por primera vez a Canarias, reinaba María Tudor, casada con Felipe II de España, que intentaría, sin lograrlo, recuperar el catolicismo. No está claro si Nichols era católico, anglicano o –como se le imputaría– luterano; lo que es seguro es que creció en una época y en un lugar de apasionados (y peligrosos) debates y vaivenes religiosos. No me extrañaría que ni siquiera él tuviera claro qué fe profesaba, y tampoco, en tanto pragmático comerciante británico, que eso le quitara el sueño. No obstante, hago esta temprana mención al asunto porque sus creencias religiosas (o las que le acusarían de tener) iban a ser el principal motivo de sus desgracias en Canarias.

Como ya he dicho, sobre los años formativos del joven Thomas no se puede sino elucubrar ante la ausencia de datos ciertos. Sí sabemos, en cambio, que cuando viajó a Tenerife lo hacía en representación de los intereses de los asociados Anthony Hickman y Edward Castlyn, y parece que también de Thomas Locke o Lok. De los dos primeros poco o nada se conoce, pero sí del último, una de las más importantes dinastías de comerciantes ingleses metida en los negocios internacionales desde finales del siglo anterior y que tuvo varios miembros que combinaron éstos con aficiones literarias; y sí, en efecto, el ilustre filósofo del XVII, el llamado “padre del liberalismo”, John Locke, pertenecía también a esta familia. En todo caso, hacia mediados del XVI estas firmas comerciales comerciaban asiduamente con Canarias. A este respecto hay que recordar que las buenas relaciones comerciales entre España (o, mejor, las coronas de Castilla y Aragón) e Inglaterra databan del Tratado de Medina del Campo de 1489, conocido por ser en el que se comprometió a Catalina, la menor de las hijas de los Reyes Católicos y entonces de cuatro años de edad, con Arturo, el príncipe de Gales. Ese matrimonio pretendía fortalecer la alianza hispano-inglesa contra Francia, la cual se completaba, en la esfera comercial, con generosas facilidades a los comerciantes de las Islas para operar en los dominios castellanos. No obstante, en las primeras décadas desde el Tratado apenas hubo tráfico desde las Británicas a las Islas Canarias, supongo que porque la economía de éstas no era aún suficientemente atractiva. Pero a partir de la segunda década del XVI, después de los acuerdos de Canterbury entre Carlos V y Enrique VIII, los comerciantes ingleses comienzan a organizar frecuentes expediciones a Canarias, autorizados por la Corona siempre que dirigieran el comercio a través de la sevillana Casa de Contratación y respetando sus regulaciones (a lo mismo estaban obligados los súbditos de la monarquía hispana). De Canarias a los ingleses les interesaba adquirir, especialmente, azúcar y vino (las malvasías tinerfeñas tenían fama de ser el mejor vino del mundo) y, a cambio, vendía productos manufacturados, ropas variadas, bramantes, jabones … Este tráfico comercial enseguida empezó a ser tan boyante que exigió que las firmas británicas mantuvieran representantes estables en el archipiélago, que se llamaban factores.

Hickman y Castlyn –los que habrían de enviar a Nichols– tenían representantes en las islas desde 1553, en las personas de Edward Kingsmill en Gran Canaria (la de mayor importancia entonces) y William Edge en Tenerife. Para mediados de los cincuenta (cuando nuestro hombre viaja por primera vez a Canarias), en las islas residirían muy pocos ingleses fijos (desde luego, bastantes menos que italianos, flamencos o portugueses). No obstante, la cuantía del tráfico de mercancías con Inglaterra era ya bastante considerable, había mucho dinero en juego. O sea, que como el negocio iba muy bien, los patronos de Londres decidieron que había que reforzar su presencia en las islas y pensarían que el joven Thomas daba el perfil adecuado para gestionar allí sus intereses con eficacia y lealtad. Por eso, en 1556 lo envían tres meses a Tenerife, para conocer el lugar y, sobre todo, aprender la lengua, lo que consiguió aceptablemente a la vista del curioso español con el que luego se desenvolvía. El factor de las firmas inglesas era –ya lo he dicho– William Edge y a él le encomendaron el tutelaje del veinteañero. De este Edge nada he averiguado; puede que, según he leído en algún artículo, quisiera regresar a Inglaterra y Nichols fuera a ocupar su lugar. Parece congruente porque en las posteriores aventuras de nuestro protagonista lo vemos actuar con total autonomía y sin que Edge, su presunto antecesor sea nombrado (pero sí Kingsmill, su colega residente en Las Palmas). El caso es que durante esos breves tres meses de toma de contacto con las islas, residió en la ciudad de La Laguna, alojado en casa de un tal Antonio Durantes.

He estado buscando alguna seña de este hombre pero no he logrado identificarlo con seguridad, a pesar de que hacia ese año la población de la ciudad del Adelantado era abarcable (no llegaba a los seis mil vecinos en el recuento de 1559). Sí he encontrado un tal Antón Dorantes que, con su mujer, aparece entre los últimos de una nómina de 1523 para repartir una recaudación de fondos destinados a la construcción del hospital de Dolores en La Laguna; pese a la similitud de nombre y apellido la fecha es muy anterior a la de la primera estadía de Nichols. Por otro lado, en el estudio de Juan Manuel Bello León sobre los extranjeros en la sociedad canaria de los siglos XV y XVI (Revista de Historia Canaria nº 179, año 1997), se acompaña una lista de personajes foráneos de aquellos siglos de los que el investigador ha encontrado huella documental, y en el grupo de los italianos aparece un Antonio Dorantes, residente en Tenerife (lamentablemente, en el artículo citado no hay más que esta escueta mención). Si ese Dorantes es el que acogió en su casa a Thomas, es bastante probable que fuera un comerciante genovés, asentado en Tenerife como representante de las muchas casas mercantiles de esa república que negociaban con el archipiélago. Puestos a elucubrar, parece razonable pensar que, como colegas del mismo oficio, William Edge lo conociera y arreglara con él el alojamiento del chaval. En todo caso, en esos pocos meses el inglés trabó no pocas relaciones en Tenerife (cita ante el Tribunal como testigos de esa primera visita hasta seis vecinos laguneros) y debió cogerle el gusto a la Isla, porque con muchos ánimos volvió al año siguiente (1557) ya como factor hecho y derecho de “sus mayores”, que es como designa a sus patronos de Inglaterra.

martes, 18 de julio de 2017

Caña de azúcar y esclavitud (orígenes)

La producción de azúcar en el mundo durante lo que llevamos de década se mueve en el orden de los 170 a 175 millones de toneladas. Esto equivale a unos 24 kilos anuales por habitante (algo más de 65 gramos diarios). Ya sé que se trata de un dato estadístico irrelevante, pero de alguna manera he de empezar este post; por sacarle una utilidad y dado que hoy en día todos sabemos lo malo malísimo que es el consumo de azúcar, que cada uno vea si está por encima o debajo de la media mundial (que más o menos equivaldría a tres cucharitas).  La práctica totalidad del azúcar proviene de dos cultivos: el de caña (de azúcar) y el de remolacha (azucarera); el primero es abrumadoramente mayoritario (en torno al 80%). Lo que quizá no tsea tan conocido es que, entre nosotros, el azúcar es relativamente reciente, de finales de la Edad Media; además, hasta el siglo XVIII e incluso XIX, era un producto de lujo y el edulcorante casi exclusivo era la miel. El azúcar de la remolacha, por otra parte, es aún mucho más reciente; su cultivo orientado a la producción industrial fue impulsado por Napoleón a principios del XIX. Pero la historia que me interesa es la de la caña de azúcar, fundamentalmente por que está muy ligada a los orígenes de la esclavitud atlántica sobre la que ando curioseando.

Parece haber consenso en que el origen del cultivo de la caña es el norte de Bengala, en la India. Nearco, un almirante de Alejandro Magno, conoció la caña de azúcar en 324 aC en la expedición macedonia a la India; el historiador griego Flavio Arriano (86-175), en su Anabasis de Alejandro Magno nos cuenta que descubrieron que “existe una clase de caña que produce miel sin la intervención de las abejas”. Los romanos conocían esta planta y hablan de sus propiedades edulcorantes (Plinio, Terencio, Galeno) pero en la Antigüedad latina no llegaron a cultivarla. Durante el siglo VII, en el marco de la explosiva expansión del Islam, los árabes empezaron a plantar la caña en las riberas del Nilo y, a partir de ahí, a difundirla hacia el Oeste por el Norte de África. A inicios del siglo VIII ya se cultivaba en todo el Magreb y, lógicamente, al saltar el estrecho, Tarik y los suyos la introdujeron en el sur andaluz.

Ciertamente, durante los largos siglos de coexistencia entre moros y cristianos en la península, los segundos tuvieron que conocer el al-sukkar pero, por lo visto, no les interesó demasiado ya que, incluso después de conquistar territorios árabes donde se cultivaba la caña, no continuaron con los mismos (al menos no con la intensidad con que lo hacían los árabes). Sin embargo, lo cierto es que el azúcar proveniente del Oriente era uno de los productos estrella de los intensos tráficos comerciales medievales, protagonizados mayoritariamente por mercaderes italianos. Quizá fueron éstos quienes presionaron para evitar que el azúcar se cultivara y pasara a convertirse en un producto común, privándoles de los fuertes beneficios de su importación. Pero con la caída de Constantinopla (1453) en poder de los turcos se cerró la ruta oriental y al poco se empieza a plantar caña de forma intensiva en Sicilia y en áreas concretas de España (el litoral valenciano y el tramo granadino-malagueño). Estamos ya en la segunda mitad del siglo XV.

Llegado a este punto hay que dar un salto a Madeira. Ya he contado (muy de pasada) que este archipiélago fue incorporado a la corona portuguesa y se inició su colonización hacia 1425 por iniciativa del ya conocido Enrique el Navegante. Los primeros colonos plantan trigo, primero para su subsistencia pero en poco tiempo consiguen excedentes que permiten exportar a la metrópoli. Sin embargo, el cultivo del cereal entra en crisis y, para superarla, el infante Enrique impulsa la introducción en las islas de la caña de azúcar; no he logrado verificar la fecha, pero, por datos colaterales, tengo casi por seguro que en la década de los cincuenta ya tenían que haberse asentado los cañaverales. Tampoco he encontrado ninguna explicación de por qué se le ocurrió a este hombre singular ensayar con el azúcar; fuera por lo que fuera, lo cierto es que esa decisión influyó sobremanera en la futura historia tanto de América como del tráfico atlántico de esclavos. Lo que sí sé es que para que ayudaran y asesoraran en la implantación del nuevo cultivo recurrió a sicilianos. Que no pidiera ayuda a los andaluces, mucho más cercanos, se entiende dado que éstos pertenecían aún al reino nazarí; pero, ¿por qué no a valenciano que ya eran desde hace tiempo cristianos? No lo sé; pensé de entrada que las relaciones con Aragón no serían buenas (como no solían serlas con Castilla) pero por esa época el rey era Alfonso V, el Magnánimo, que ocupaba también el trono de Sicilia. Tal vez se debiera a la influencia de los mercaderes italianos –sobre todo genoveses–, muy presentes desde hacía tiempo en la corte lisboeta (también en Sagres, junto a Enrique) y que se ocuparían de comercializar la producción. Ahora bien, según Hugh Thomas, la caña se trajo de Valencia.

En fin, el caso es que en pocos años la isla de Madeira ya exportaba azúcar a Flandes e Inglaterra y en poco tiempo se convirtió en el espacio de mayor producción azucarera de la cristiandad, generando rentas millonarias (hacia finales del siglo había más de ochenta molinos y la producción anual rondaba 1,2 millones de kilos). Nótese que los orígenes y desarrollo del cultivo en Madeira son prácticamente coincidentes con los de la trata portuguesa a partir de la primera expedición de la Companhia de Lagos. Y, en efecto, casi desde el inicio del cultivo azucarero en estas islas se recurrió a la mano de obra esclava, primero sarracenos (entre los cuales se escogían a quienes tenían experiencia en los cultivos y posterior fabricación del azúcar) y enseguida canarios y, sobre todo, negros de la costa africana. ¿Por qué esa vinculación indisoluble entre azúcar y esclavitud ya desde sus orígenes? Las motivos que a uno se le ocurren son los más evidentes: que era un trabajo que requería mucha mano de obra (y en Madeira y posteriormente mucho más en las Antillas escaseaban trabajadores) y que era un trabajo duro, que los europeos no estaban muy dispuestos a hacer. Esta suposición me la confirma Gilles Perrault en su Libro negro del capitalismo cuando dice que “la producción de caña de azúcar fue una verdadera agroindustria: plantación y corte de la caña, triturado en los molinos azucareros, clarificación y concentración del azúcar en las calderas, cristalización, refinado posterior … Ello no puede acomodarse con una producción artesanal: exige grandes efectivos y una estricta disciplina de trabajo que sólo la esclavitud podía proporcionar en esa época”. En fin, que la dulzura del azúcar no se corresponde con el sabor de su historia. Y, por cierto, la experiencia de Madeira fue tan atractiva que los primeros colonos de Canarias no dudaron en introducir el cultivo en las islas (salvo en Lanzarote y Fuerteventura, demasiado áridas); y también aquí se importaron esclavos negros. Pero de eso no toca hablar ahora.

domingo, 16 de julio de 2017

Los portugueses inician la trata a gran escala

Los primeros grandes traficantes de esclavos negros fueron los árabes. Tras el espectacular triunfo y expansión del Islam (véase en el mapa supra la enormidad de los dominios musulmanes apenas cien años después de la muerte de Mahoma), se adentraron en el África negra iniciando un intenso comercio de esclavos que ha durado hasta tiempos recientes. Los mercaderes árabes a veces capturaban a los negros pero preferentemente los compraban a los propios jefes africanos. Durante la Edad Media, los comerciantes islámicos habían consolidado varias rutas que se internaban en el África Negra y conectaban con sus principales mercados de esclavos, alguno tan al Sur como Zanzíbar. El destino de estos esclavos era, claro, los países musulmanes, en los que los negros no eran los únicos pues también abundaban los cristianos apresados en las escaramuzas mediterráneas y, durante mucho tiempo, compartieron con los italianos los graneros de la Europa Oriental (eslavos, balcánicos y de la zona del Mar Negro). Pero como los que nos interesan son los africanos subsaharianos (recuérdese que tras esta nueva digresión pretendo regresar al conflicto de la esclavitud en los USA en los tiempos de Hamlin, aprovechando que estoy en una habitación a él dedicada), dejemos sentado que los primeros que practicaron el tráfico a gran escala fueron los árabes. Luego, teniendo a aquéllos como maestros, vendrían los portugueses, iniciando la exportación de negros al otro lado del charco. Se calcula que entre once y veinte millones de negros fueron llevados como esclavos a América y en ese negocio poca parte tuvieron los musulmanes; menos conocido es que las cifras del comercio islámico de esclavos negros implica cifras similares, en torno a los 18 millones.

Desde mediados del siglo XIII se tienen noticias de ventas de esclavos negros por mercaderes musulmanes en plazas portuguesas y andaluzas; y la distribución de subsaharianos se incrementó, cruzando incluso los Pirineos, durante el siglo XIV. De modo, que introducidos primero por los árabes y luego por traficantes cristianos (italianos, catalano-mallorquines, vascos y andaluces, como ya comenté en un post anterior) que organizaban rápidas incursiones en las costas africanas (razzias), ya en los albores del XV los esclavos negros eran suficientemente conocidos en la Península, en Italia y en el Mediodía francés. En todo caso, para cuando los portugueses inician la trata a gran escala, el África Occidental contaba ya con una consolidada tradición de comercio esclavista entre los reyes locales y los mullahs, los mercaderes islámicos. En la autorizada opinión de Hugh Thomas (“La trata de esclavos”, 1997), el comercio europeo en África empezó con una expedición en 1444 de seis carabelas y unos treinta hombres capitaneada por Lanzarote de Freitas, joven oficial y antiguo recaudador de impuestos en la aduana de Lagos, al servicio del príncipe Enrique el Navegante. Esa flota la financió un grupo de comerciantes de Lagos que se habían asociado en la Companhia de Lagos, el primer consorcio comercial europeo cuyo principal objeto de negocio era la trata. Ahora bien, la figura clave en los inicios del esclavismo luso fue Enrique el Navegante, el quinto de los hijos de Juan I y Felipa de Lancaster, de la familia real inglesa. Recuérdese que Portugal había terminado su Reconquista a mediados del XIII; llevaba ya más de un siglo con sus fronteras asentadas (conflictos dinásticos aparte) y emprendiendo, más o menos desordenadamente, expediciones marítimas hacia el Sur.

Enrique ansiaba expandir su nación, y en 1414 convence a su padre para conquistar Ceuta. La ciudad norafricana, tras la caída de los almohades, había pasado de mano varias veces, sobre todo entre los benimerines (bereberes) y los nazaríes del reino de Granada. Instalados los portugueses en Ceuta –bajo cuya soberanía estuvo hasta que en 1668, éstos la ceden a España como precio por la independencia lusa)– descubrieron que la ciudad era un importante punto final de rutas transaharianas de esclavos: les contaron que numerosas caravanas de comerciantes moros cruzaban el desierto y llegaban hasta Timboctú, a orillas del Níger, y a Cantor, a orillas del Gambia, y allí cambiaban a los reyes africanos las cuentas de vidirio de colores con las habían cargado sus camellos por esclavos y oro. Además, durante las batallas, Enrique quedó impresionado por las proezas de un esclavo guineano que luchaba entre los defensores de la ciudad. En cualquier caso, parece que a partir de esa campaña al infante portugués se le metió entre ceja y ceja llegar hasta Guinea, tanto por el oro como por los hombres, que mucho mejor que a moros era que pertenecieran a cristianos, y así convertirlos a la verdadera fe. Tenía claro que habría de ir por mar y por eso estableció su cuartel general en Sagres, el extremo sudoeste de Portugal, donde construyó un palacio, una capilla y un observatorio, y mandó llamar a expertos cartógrafos y navegantes; además, amplió el cercano puerto de Lagos, y allí mandó construir nuevos y modernos barcos (las carabelas).

Desde el Algarve Enrique emprendió sus expediciones exploradoras. A mediados de la década de los veinte, descubre y toma posesión para Portugal de Madeira, primero, y de las Azores después, islas deshabitadas a diferencia de las Canarias. Madeira y Azores, aunque no daban hombres, sí permitieron el acceso a varios recursos económicamente muy rentables, como la resina llamada “sangre de dragón”, ordina, cera y miel y, obviamente, madera. Cuando su hermano Eduardo accede al trono lusitano, le concede beneficios comerciales en las zonas a explorar y el derecho exclusivo al Sur del cabo Bojador. Este punto geográfico (en la costa Norte del Sahara Occidental, al Sur de las Canarias) era el límite psicológico de los navegantes ya que, más allá, empezaba el “verde mar de las tinieblas”, donde el sol despedía llamas líquidas, las aguas se embravecían en corrientes malignas y los blancos se volvían negros. En 1434, cuando la conquista de Canarias estaba a medias pero ya bajo la corona castellana (lo que molestaba grandemente a los portugueses), Enrique encarga a Gil Eanes, uno de sus hombres más cercanos, que doble el cabo maldito (desde 1424 había enviado quince expediciones, todas infructuosas). Eanes tuvo éxito (regresó con un ramito de romero recogido en la costa meridional del Cabo) y a ésa siguieron otras expediciones, cada vez más al Sur, y en los años siguientes reconocieron todo el tramo litoral del actual Sahara Occidental, hasta Cabo Blanco, en el límite Norte de Mauritania (una estrecha península en la que está la ciudad de Nuadibú y la antigua española de La Agüera). En 1441, en otro viaje, marinos portugueses llegaron a un puesto de mercado al Sur de Cabo Blanco administrado por comerciantes musulmanes de raza negra. Además de obtener una pequeña cantidad de polvo de oro y huevos de avestruz, capturaron doce africanos que llevaron a Portugal como obsequio para Enrique. El infante se alegró mucho, según cuenta el cronista Zurara, por la esperanza de que muchos otros habrían de conseguirse en el futuro. Piénsese que para el príncipe portugués la empresa era doblemente beneficiosa, tanto en lo económico como en lo espiritual.

Así, tras algunos viajes más de tanteo, en 1444 se funda la primera compañía esclavista europea, a la cual, gracias al infante Enrique, se le concede el monopolio del comercio de negros africanos. Ya el primer viaje, el ya citado de Lanzarote de Freitas, se salda con nada menos que 235 cautivos, un muy significativo aumento respecto de las anteriores expediciones que apenas pasaban de una decena. Curiosamente, esta primera operación esclavista a gran escala no se saldó con negros, pues la mayoría de los apresados eran azanaghis, bereberes de la familia de los tuareg, oscuros pero no negros; de hecho, a esta etnia pertenecieron los crueles almorávides que dominaron parte de la Península, incluyendo el Algarve, así que –como comenta Thomas– no sería descabellado pensar que algunos de los portugueses que acudieron curiosos ese 8 de agosto de 1444 tuvieran lejanos parentescos con esos pobres desgraciados que eran desembarcados por la fuerza en el muelle de Lagos. El cronista Zurera, que también asistió, nos describe la escena: “Pues algunos bajaban la cabeza y con la cara bañada en lágrimas se miraban los unos a los otros. Otros gruñían con gran dolor, miraban hacia las alturas del cielo, con la vista clavada en él, gritaban, como pidiendo ayuda del Padre de la naturaleza; otros se golpeaban el rostro con la palma de las manos, echándose cuan largos eran en el suelo; mientras que otros se lamentaban al modo de un canto fúnebre, según las costumbres de su país”. Pero lo peor fue presenciar la desesperación de las madres africanas cuando las separaban de sus hijos, que se abrazaban a ellos, tirándose al suelo y cubriéndolos, sin importarles que las hiriesen. Por más que Zurera asegura que los portugueses trataban con amabilidad a los esclavos, que se les enseñaban oficios y se les convertía al cristianismo, no puede evitar escribir una frase que delata con rotundidad cómo, ya en los inicios de la trata atlántica, la humanidad de cualquiera se rebelaba contra ella: “¿Qué corazón podría ser tan duro que no se sintiera traspasado por la lástima al ver a esa gente?”. Sin embargo, la compasión sería acallada por las exigencias del negocio durante los siguientes cuatro siglos.

viernes, 14 de julio de 2017

Esclavitud en Canarias

A principios del siglo XIV, Lancelotto Malocello, marino de la entonces pujante República de Génova, “redescubrió” Canarias. Todo descubrimiento es siempre desde el punto de vista del “descubridor” y un “redescubrimiento” es descubrir algo que ya estaba descubierto pero que se había olvidado (o casi). La existencia de las islas Canarias fue conocida por los cartagineses y, desde luego, por los romanos, época en que ya estaban pobladas. De hecho, durante el primer siglo de nuestra era, las campañas romanas contra los bereberes y la ocupación del Magreb pudo suponer saltos migratorios al Archipiélago de nuevos contingentes. En todo caso, a partir del dominio mahometano del Norte de África, Canarias empezó a olvidarse por la Europa cristiana, que pasan a un universo mítico, territorios legendarios (las Hespérides, por ejemplo). En el siglo XIV, Europa ha acumulado capital y desarrollo tecnológico que impulsa su expansión, la exploración de nuevas rutas hacia el Oriente. Los precursores en aventurarse por el Atlántico (sin separarse demasiado de la costa, claro) son los tres pueblos de mayor empujer mercantil de la época: italianos (sobre todo genoveses), catalano-mallorquines y portugueses. El citado Lancellotto capitaneó una expedición en 1312 para buscar a otra también genovesa desaparecida 20 años antes (la de los hermanos Vivaldi). El caso es que este hombre se topó con la isla de Lanzarote y debió de gustarle porque parece que se quedó allí nada menos que veinte años. Las aventuras (no del todo confirmadas históricamente, claro) del genovés y sus chicos entre los aborígenes conejeros merecen ser objeto de un próximo post; de momento me basta con dejar constancia de que fue él quien volvió a poner las Canarias en la geografía conocida de los europeos bajomedievales. La prueba está en el cartulano que en 1339 dibujó el mallorquín Angelino Dulcert, en el que por primera vez aparece esta isla (junto con la de Fuerteventura) con la denominación de Insula de Lanzarotus Marocelus, dibujada sobre fondo de plata y dentro la cruz de gules, escudo de Génova.

En 1341, con la financiación de la corona portuguesa y la dirección técnica de los genoveses, llega una segunda expedición a Canarias. Esta vez fue un viaje de ida y vuelta (entre julio y noviembre), con la finalidad de conocer lo que ahí había y lo que se podía aprovechar. Nicoloso da Recco, el piloto, describió las islas en un texto cuya autoría se atribuye al mismo Giovanni Boccaccio. Las conclusiones fueron claras: no había oro ni plata, ni tampoco loas otras mercancías que ansiaban los europeos de la época (especias, sobre todo). Pero estaban pobladas y sus habitantes parecían presas apetecibles; de hecho, volvieron a Lisboa con cuatro hombres, los primeros canarios que trajeron al continente. Poco después aparece en escena un tipo curioso, Luis de la Cerda, nieto del primogénito de Alfonso X, y que por tanto habría sido rey de Castilla si su abuelo no hubiera muerto sin llegar a cumplir los veinte de modo que al monarca sabio le sucedió Sancho, su segundo hijo. Este Luis, en todo caso, con sangre de la más alta calidad andaba sobrado de pretensiones reales. Su padre Alfonso, que había reclamado el trono castellano, tuvo que establecerse en Francia, donde se casó y nacieron sus hijos. Así que Luis entró al servicio de Felipe VI de Valois, recibiendo no pocos títulos y honores galos y amasando una fortuna considerable. Al acceder al pontificado Clemente VI, don Luis se instala en Aviñón, como embajador del rey francés. Por esos días se propagan en noticias fantasiosas del redescubierto archipiélago (también Petrarca escribe sobre estas islas) y De la Cerda ve su oportunidad de ceñirse al fin una corona, para lo que solicita al Papa que lo nombre príncipe soberano de esas Islas Afortunadas, lo que éste concede en 1344 mediante la bula Tue devotionis sinceritas. Eso sí, le pone como condición que vaya allí y evangelice a los que habrían de ser sus súbditos, lo que nuestro hombre jamás hizo. Así que la primera iniciativa de configuración política de Canarias quedó en nada. Bien es verdad que difícilmente esta exhibición de poderío papal (erigiéndose en dador de reinos) no podría haber llegado muy lejos. Tanto Castilla como Portugal, cuando el Pontífice les pidió que apoyaran al futuro soberano, se negaron a hacerlo. Ambos reinos empezaban ya a disputarse el dominio de las Islas.

Hacia mediados del XIV entran en el juego marineros catalanes y mallorquines quienes, con relativa frecuencia, emprenden viajes mercantiles por el Atlántico que llegan hasta más allá del Cabo Bojador. Las paradas en Canarias permitían recoger orchilla (para tinturas) y apresar indígenas para venderlos como esclavos en Palma o Barcelona. Además de las prioritarias motivaciones comerciales, han de sumarse a estas expediciones las evangelizadoras. Es probable que su iniciativa fuera del propio Luis de la Cerda, intentando cumplir los requisitos papales, aunque moriría en 1348. En todo caso, en mayo de 1351, Clemente VI aprueba un primer proyecto misionero promovido por los mallorquines Juan Doria y Jaime Segarra, que viajan al archipiélago con clérigos y frailes y llevando consigo doce indígenas canarios, capturados en expediciones anteriores, que habían sido bautizados y liberados de la esclavitud (al menos formalmente, que dudo mucho que fueran plenamente libres). Solo seis meses después, el mismo Pontífice, mediante la bula Coelestis rex regum, nombró al fraile carmelita mallorquín Bernardo Font obispo de Canarias con sede en Telde, ya uno de los principales núcleos aborígenes de Gran Canaria (este Font es casi seguro que nunca vino a Canarias). Durante las siguientes cuatro décadas, y mayormente bajo el amparo de la corona aragonesa, fueron llegando a las Islas, sobre todo a Gran Canaria, varios misioneros. No sé cuánto éxito alcanzó esta primera y efímera etapa evangelizadora. Los nativos debían sentirse bastante confundidos porque entre esos extranjeros que los visitaban unos los trataban afectuosamente engatusándolos con sus historias religiosas mientras otros los raptaban y se los llevaban en sus barcos. A medida que fueron abundando las acciones violentas (a los catalano-mallorquines empezaron a sumarse andaluces, vascos y portugueses), los naturales dejaron de creer en las prédicas pacíficas de los frailes. En 1393 el vaso de la paciencia indígena se desbordó y en una revuelta mataron a todos los mallorquines que había en Gran Canarias; a los trece frailes misioneros, en señal de respeto, en vez de degollarlos los arrojaron a la sima de Jinámar (desde ese mismo lugar, más de quinientos años después, despeñarían los falangistas a jornaleros y sindicalistas).

En esa última década del XIV los mercaderes catalanes y baleares abandonan las rutas atlánticas (consecuencia de una crisis demográfica y económica de la corona de Aragón). El relevo lo toman los castellanos, y en particular los andaluces quienes, desde Sevilla y Cádiz, paso obligado de las expediciones de los levantinos hacia el Atlántico, ya habían tenido ocasión de interesarse por las Canarias. En esos años finales, y hasta la llegada de Jean de Bethencourt (1403), hubieron de organizarse unas cuantas razzias al archipiélago con el objetivo de apresar esclavos (hay constancia de una de ellas en la que atacaron Lanzarote y se llevaron centenar y medio de aborígenes). El siglo XV, como es sabido, corresponde al dilatado proceso de conquista de las siete islas, iniciado por los normandos (reconociendo pleitesía a Enrique III de Castilla) y que llega hasta 1496 con el definitivo dominio sobre Tenerife. Durante este largo periodo, la población indígena, que rondaría los setenta mil en todo el archipiélago, fue brutalmente diezmada: probablemente los aborígenes a finales del XV serían menos de la mitad de los que había al empezar la conquista. Naturalmente, muchos murieron a causaen las batallas y, sobre todo, en ejecuciones punitivas de los conquistadores (porque a varios, como Pedro de Vera en Gran Canaria, Hernán Peraza en La Gomera o el propio Adelantado Alonso Fernández de Lugo en Tenerife no les temblaba el ánimo en ordenar terribles y crueles castigos). Pero también tuvo su relevancia en el despoblamiento aborigen la esclavización de muchos y su envío a la península, por más que las instrucciones de los monarcas castellanos (en especial de los Católicos) era que debían ser evangelizados y bautizados, y como súbditos cristianos de sus majestades no deberían ser privados de libertad. Pero, como ocurriría pocos años después en América, esas leyes bienintencionadas se eludieron no pocas veces.

Ya a partir del siglo XVI la situación se va normalizando en las nuevas posesiones castellanas y cesan los actos esclavizadores de indígenas, no sólo porque estaban prohibidos sino también –y sobre todo– porque eran necesarios para las labores colonizadoras. Recientemente, con la excusa de unos cuadros historicistas que hay en el Parlamento de Canarias (pintados en 1906 por el palmero Manuel González Méndez), ha vuelto a discutirse acaloradamente sobre las “atrocidades” (o no tanto) de los conquistadores sobre los distintos pueblos canarios prehispánicos, oyéndose reiteradamente la calificación de genocidio, aunque otros más moderados prefieren hablar de etnocidio, ya que lo que se produjo, más que la supresión de los individuos, fue la desaparición de sus culturas mediante la imposición de la castellana. En todo caso, lo que es incuestionable es que hubo unos cuantos miles de guanches (uso el término abarcando erróneamente a los de todas las islas) que fueron esclavizados; que las Canarias, aunque fuera por un periodo acotado y no llegue a tener excesiva importancia cuantitativa en las cifras globales, fue también “granero” de esclavos para los acaudalados de los reinos penínsulares. No era la esclavitud pues, ajena a los españoles que cruzaron el Atlántico para colonizar ese inmenso Nuevo Mundo.

martes, 11 de julio de 2017

Esclavitud en la España medieval

Todos sabemos que en Estados Unidos hubo esclavitud, que este asunto dividió al país desde los primeros tiempos de su independencia hasta llevarlo a una guerra civil de cuatro terribles años que acabó con la victoria del Norte y la abolición. También es sobradamente sabido que el presidente que dirigió la Guerra contra los secesionistas fue Abraham Lincoln, aunque menos se conoce a Hannibal Hamlin, el político de Maine que fue su vicepresidente (y a cuyo recuerdo este hotel le ha dedicado una habitación en la cual he de pasar la noche). Así que da la impresión que, puestos a imputar el baldón de esclavista, siempre pensamos en los yanquis, como si fueran quienes con mayor empeño, con más intensidad y durante más tiempo han ejercido estas infames prácticas. Y, sin embargo, no es así. De hecho, las colonias británicas en Norteamérica empezaron su andadura sin esclavitud, mientras en las cercanas españolas, portuguesas e incluso francesas (todas anteriores) se importaban y explotan esclavos negros. Pero es que la cosa venía de atrás, desde la Edad Media.

En España, por ejemplo (para evitar connotaciones nacionalistas anacrónicas: en el territorio de la Península Ibérica), durante la época visigoda (siglos VI y VII, sobre todo) existía la esclavitud; incluso puede decirse que había una amplísima variedad de tipos de esclavos, entre estos los eclesiásticos, que eran propiedad de los clérigos (sí, la Iglesia Católica también fue esclavista). Estos esclavos no eran “racialmente” diferentes, como ocurrió siglos después; ni siquiera tenían que ser extranjeros que se apresaban en campañas bélicas. No, eran gente del país, los de las clases más bajas de una sociedad fuertemente estratificada; desde luego, no hacía falta que fueran judíos o paganos. Con la islamización de la Península, el esclavismo se fortaleció y amplió, pasando a convertirse en un sector comercial relevante. Como el Corán prohíbe la esclavitud de los musulmanes (que tampoco es que se cumpliera a rajatabla), los estados islámicos empezaron a capturar negros animistas en el Africa subsahariana, inventando un negocio que copiarían sin escrúpulos los cristianos.

El caso es que, a medida que se consolidaban las monarquías hispánicas y en especial al llegar a la Baja Edad Media, se va rechazando que los católicos puedan ser esclavos de modo que la pervivencia de la esclavitud pasa a depender mayoritariamente de la violencia, ya sea –como en España– con los sarracenos derrotados, ya mediante expediciones de captura a concretas zonas geográficas. Esta última situación se desarrolló a partir del siglo XII en el ámbito mediterráneo, inicialmente y de modo intensivo por los genoveses. Éstos hicieron de la captura y comercio de esclavos en el oriente europeo una de las bases económicas de su floreciente república (les imitaron muy pronto los venecianos). De hecho, parece que el término esclavo proviene de que eran eslavos (del Sur) muchos de los apresados para luego ser vendidos, la mayoría, por cierto, mujeres para el servicio doméstico de las familias acomodadas. Esta práctica se extendió hasta el siglo XV y a ella se apuntaron, además de genoveses y venecianos, otros estados de Italia, pero también ciudades de la Francia meridional y también muy ávidamente los reinos costeros de la Corona de Aragón: Barcelona, en especial, desde el XIV se convirtió en una de las ciudades más importantes de la trata y consumo esclavista, sobre todo de personas provenientes del área del Egeo.

En el resto de la Península, mientras duraron las campañas contra los moros, la intensidad de la esclavitud era bastante inferior que en Cataluña o Valencia. Se esclavizaban, eso sí, algunos sarracenos derrotados (cuando no se evitaba mediante las oportunas capitulaciones previas a la rendición del lugar) pero la importación de esclavos de espacios lejanos era poco relevante. La cosa empezó a cambiar cuando los portugueses, acabadas sus tareas reconquistadoras (a mediados del XIII), iniciaron sus atrevidas expediciones marítimas por las costas africanas, una de cuyas principales motivaciones era la captura de esclavos. Así, lo primero que hicieron fue conquistar Ceuta (1415) y convertir esa ciudad en un centro corsario internacional de primer orden, en el que se concentraban los esclavos sarracenos apresados para ser desde ahí exportados. Poco después, amplían sus actividades predatorias a la costa atlántica africana, cada vez más al Sur. Portugal, a partir del XV, pone en marcha progresivamente un comercio regular que desde el “granero africano” abastece (ya sin necesidad de la intermediación sarracena) a esa gran zona de consumo esclavista que era la Europa mediterránea y, en menor medida, su prolongación en los reinos interiores de la Península Ibérica.

Así pues, al final de la Edad Media, a las puertas del inicio dela increíble etapa histórica de la colonización de un Nuevo Mundo, se mantenía una tradición esclavista en los países del Occidente mediterráneo pero no era así en la Europa septentrional. Ni en Francia, ni en los estados germánicos, ni entre los británicos había esclavitud (al menos, no de forma abierta). Tampoco vayamos a pensar que estos países eran más compasivos o que sus habitantes albergaban sentimientos más humanitarios; probablemente, la progresiva desaparición de la esclavitud hacia el siglo XII se debió, sobre todo, a motivos económicos: mucho más rentable que mantener esclavos era el sistema de servidumbre feudal (también ocurrió los mismo en Italia o Cataluña, pero fue compatibles con la posesión de esclavos). De modo que cuando los Reyes Católicos se encuentran con la empresa americana, la tentación de la esclavitud está muy presente, en especial por la vecindad portuguesa. Pero antes, en este asunto como en muchos otros, la conquista de las Canarias por la corona castellana fue banco de pruebas para lo que ocurriría en América.

lunes, 10 de julio de 2017

Acabo el paseo de mi primer día en Bangor

He llegado a las últimas manzanas de Main Street o, mejor dicho, a las dos primeras porque vengo caminando contra la numeración, hacia el centro urbano. Cruzo Middle St y a mi izquierda tengo un edificio decimonónico de notable calidad arquitectónica. Se trata del Adams-Pickering Block, construido en 1873 con aire inequívocamente parisino (de hecho, se adscribe al estilo Segundo Imperio, el predominante en las grandes reformas de la capital francesa durante Napoleón III). Tiene cuatro plantas: la baja de grandes escaparates de vidrio enmarcados entre pilastras; la primera y segunda, aplacadas en granito con ventanas rectangulares con el lado superior curvado; y la última bajo la cubierta (muy inclinada, casi vertical) de pizarra negra, con cuatro mansardas, cada una en doble arco con reminiscencias góticas. A primera vista la fachada parece responder a una clásica composición simétrica pero la impresión es engañosa. En realidad, el edificio está dividido en dos bloques adosados, con la separación más marcada en la planta de cubierta y menos en las inferiores. La parte más meridional (la que hace esquina con Middle St) tiene seis ventanas en las dos plantas principales agrupadas en dos grupos de tres separados por una hilera ornamental en el granito de la fachada; la planta baja está compuesta con dos puertas en ambos extremos y cuatro ventanales intermedios. La otra parte del edificio tiene siete ventanas en las plantas primera y segunda, dispuestas en secuencia tres, una central y otras tres; la central, separada de los dos grupos de tres mediante la misma hilera vertical de granito, se prolonga en la planta baja con la única puerta de esta parte del inmueble, la cual tiene a cada uno de sus lados tres escaparates. La explicación a esta sutil ruptura de la simetría (resuelta con admirable elegancia) estriba en que el edificio se diseñó para albergar dos firmas comerciales distintas: la de Pickering en la parte Sur y la de Adams en la Norte. El primero, George W. Pickering (1799-1876) fue uno de los más importantes empresarios del Bangor del XIX, presidente de un banco, vicepresidente del seminario teológico y hasta alcalde de la ciudad; de Adams, el otro promotor del inmueble, no he podido averiguar nada. En todo caso, es un edificio magnífico, que con razón está incluido en el National Register of Historic Places; una de las mejores obras del arquitecto local George W. Orff (1835-1908).

Sigo andando, ya falta muy poco para llegar al hotel. Pasado el Adams Pickering Block viene un edificio de ladrillo con un restaurante de burritos que parece bastante animado. En la otra acera está el Maine Discovery Museum, un museo destinado a los niños. Está cerrado, claro, pero parece que es una de las grandes atracciones de la ciudad y una institución de la que los bangorianos están muy orgullosos. Al cruzar Cross St, miro hacia mi izquierda y veo la fachada de la Iglesia baptista de Columbia St. Me digo que, después de instruirme sobre los unitarianos, ahora debería leer la historia de los baptistas pero, la verdad, de momento me produce bastante pereza. Además, en lo que a los baptistas se refiere algo sé, no estoy en la misma profunda ignorancia que tenía sobre los unitarianos. También un movimiento disidente inglés del XVII (derivado de los anabaptistas alemanes del XVI), de corte congregacionalista, que ha florecido especialmente en el Sur de los Estados Unidos y que alberga en su seno corrientes fundamentalistas cristianas. El templo que estoy mirando fue construido en 1854 por una congregación que unos años antes, bajo la dirección del pastor Charles G. Porter, se había separado de la First Baptist Church para evangelizar al lumpen impío que proliferaba en esa época por la parte baja de la ciudad, en los aledaños del río (leñadores, marineros, tahúres, prostitutas). Es un edificio de factura bastante simplona: un cuerpo central con cubierta a dos aguas flanqueado por dos torres rematadas con sendos campanarios; no merece la pena.

Ya estoy en la última (o primera, para ser más exactos) manzana de Main, flanqueada a ambos lados por edificaciones de ladrillo, algunas antiguas y recientes otras, imitando el estilo más característico de Bangor. Cruzo la calle a la altura de un edificio con fachada de vidrio para entrar por Broad Street a la West Market Place, donde está el Charles Inn. Hotel dulce hotel, por fin; son casi las diez de la noche y estoy cansado. Recojo la llave en recepción y subo a mi habitación, la que está dedicada a Hannibal Hamlin. Sobre la encimera de mármol de la cómoda veo un libro que juraría que no estaba hace unas horas, cuando pasé un rato descansando y leyendo sobre el origen del nombre de Bangor. Es un volumen de tapas duras, con papel de calidad; se titula “Hannibal Hamlin y su época”. Debe ser que la dirección del hotel considera conveniente que, si voy a dormir en la estancia que honra al más ilustre de los vecinos de Bangor, conozca algo de su vida y milagros. No puedo rechazar tan discreta sugerencia y, tras desvestirme y darme una reparadora ducha, me tumbo en la cama y comienzo a hojear el libro, deteniéndome de vez en cuando a leer con más atención. La lectura logró engancharme así que pase un largo rato sumergiéndome en el país de la primera mitad del XIX y, sobre todo, las discusiones sobre la esclavitud que desembocarían en la Guerra Civil de la década de los sesenta. Me dormí pensando en Hamlin y sus tiempos y ello sin duda influyó en los agitados sueños (o presencias fantasmales) que me visitaron durante la noche. Pero de ello hablaré en la próxima entrega.

Con la excusa de haber acabado el cuento de mi primera jornada como turista en la ciudad reina de Maine, me entretengo dibujando sobre el Google Earth mi recorrido a través de sus calles. En amarillo el trayecto a bordo del coche de Shawna (unos dos kilómetros y medio), y en verde el pateado (unos ocho kilómetros y medio). No es demasiado para las poco más de nueve horas que han pasado desde que aterricé en Bangor; sin embargo, tengo la sensación de que llevo mucho más tiempo relacionándome con esta ciudad, conociendo sus historias y –también– divagando a partir de ellas. De hecho, la experiencia va siendo fructífera, ya que me ha dado para escribir más de cincuenta mil palabras (serían unas 85 páginas impresas en A4). En el mapa se aquí arriba he marcado los principales hitos a los que me he ido refiriendo a lo largo de treinta posts; si se clika sobre la imagen se agranda y, aunque con dificultades, se puede leer cada etiqueta.

sábado, 8 de julio de 2017

La antigua Ópera de Bangor

Dejo atrás la iglesia de ladrillo, cruzo Union St. y avanzo por Main camino del hotel. Enseguida, en esta acera de la izquierda, me deslumbran las bombillas de la marquesina del Penobscot Theatre (ya estaba avisado; recuérdese que lo comenté en un post anterior, apenas hace veinte minutos). Se trata de un edificio de fachada de ladrillo beige y composición clasicista propia del art dèco con algunos toques discretamente art noveau. El proyecto es de 1919, obra de un arquitecto llamado Edward J. Bolen, de quien nada he averiguado salvo que era de Boston. Por esas fechas el art deco estaba muy en sus inicios, de modo que hay que considerar este edificio –que, por cierto, me gusta mucho– uno de los primeros ejemplos del movimiento arquitectónico que proliferaría por todo el mundo entre los veinte y los cuarenta con muchas obras maestras (el rascacielos Chrysler neoyorkino, por citar solo una). Desde 1997 este inmueble pertenece a la Penobscot Theatre Company, pero tiene una larga historia que se inicia incluso antes de su existencia, en el XIX.

Los bangorianos han sido desde siempre muy aficionados a las artes escénicas de modo que muy pronto se dotaron de edificios destinados a tales fines. Así, el primer teatro se erigió en la calle Franklin, casi a la orilla Norte del Kenduskeag, en fecha tan temprana como 1836, solo dos años después de que adquiriera la categoría de ciudad. A finales de los cincuenta sería víctima del recurrente mal de la arquitectura de Bangor: un incendio. En ese mismo lugar se reconstruiría en 1861 un nuevo teatro al cual bautizarían como el Franklin Athenaeum, pero pocos años después también éste se quemaría. Antes, en 1855, se había inaugurado el Norumbega Hall, monumental edificio neoclásico al que ya me he referido y que desapareció en el Gran Incendio de 1911. Antes de ese fatídico día, en 1882, en esta parcela que tengo delante, se construyó la primera Opera House, la antecesora de la que actualmente subsiste. Fue diseñada por Arthur Vinal, un arquitecto de Boston, a quien le encantaba el neorrománico, uno de esos estilos “pastiche” o eclécticos surgidos al hilo del historicismo de finales del XIX. Esta primera Opera de Bangor, con capacidad para 1.100 espectadores, era en efecto de estilo neorrománico, muy del gusto de los bangorianos de entonces (yo, la verdad, creo que han ganado con el cambio, pero juzgue cada uno por sí mismo).

Como todo lector habrá adivinado, esta primera Opera House también fue víctima de otro de los innumerables incendios bangorianos; en este caso fue en 1914, tres años después del Grande, el incendio por antonomasia en esta ciudad. Era la noche del 15 de enero, una noche que, por fortuna no hubo función; de haberla habido habría sido una terrible tragedia. Parece que el incendio comenzó en una caldera que estaba justo debajo del piso de madera del auditorio, cerca de la fachada. En pocos minutos, las llamas crecieron desenfrenadas, como si estuvieran en erupción, asomándose al exterior a través del techo. El resplandor rojo del cielo se veía desde bastante lejos y muchos pensaron que se iba a repetir el drama de tres años antes. Los bomberos llegaron enseguida, pero tuvieron problemas con las mangueras y las bocas de incendios, lo que supuso fuerte retraso en las labores de extinción. Éstas duraron varias horas y durante las mismas dos bomberos murieron (el muro de la parte trasera del edificio se derrumbó sobre ellos) y otros cuantos resultaron heridos. Al día siguiente, apagado el fuego, las ruinas de la Ópera ofrecían un espectáculo de gran belleza pero también muy triste: parecía un palacio de hielo, una estructura recubierta de cientos de carámbanos (el agua congelada por las bajas temperaturas del invierno) que, con los rayos del sol de la mañana, reflejaban los colores del arco iris. Resultó –cruel ironía– que esa noche estaba en Bangor un destacado director teatral de Boston que había venido con la intención de convertir el edificio de la Ópera en la sede estable de una nueva compañía artística. No fue posible, claro; por el contrario, se abrió un largo periodo de seis años de incertidumbre sobre el futuro. Mientras tanto, los otros teatros que había en la ciudad (sobre todo el Bijou y el Star) recibían gran asistencia de público, mostrando que persistía una vigorosa demanda de obras dramáticas.

En 1919, Joseph P. Bass, uno de los magnates de la época y benefactor de la ciudad a la que donó su fortuna (ya me he referido a él al hablar de los auditorios de Bangor), compró la parcela y encargó el proyecto a Bolen, como ya se ha dicho. El nuevo edificio se inauguró el Memorial Day (Día de los Caídos) de 1920, que fue en el último fin de semana de mayo. En ese momento se convirtió en el octavo teatro de Bangor, que por entonces tenía unos 25.000 habitantes, lo que da una idea de la afición ciudadana. Pero las cosas cambian y a lo largo de las décadas, con ayuda de los incendios y finalmente de la agresiva renovación urbana, fueron desapareciendo los otros siete inmuebles y en la década de los sesenta esta antigua Opera House era la única superviviente de los días de grandeza (también el auditorio, claro). Ahora bien, no se piense que había seguido siendo un teatro. En esos años fue cambiando varias veces de dueño y también de uso. En 1966 se convirtió en el Bangor Cinema; luego, por un breve periodo, acogió los conciertos de la Bangor Symphony Orchestra. Lamentablemente, el edificio no recibió los cuidados que merecía. Las preciosas puertas y ventanas originales de la fachada principal fueron sustituidas por espantosas carpinterías de aluminio. La fachada empezó a deteriorarse, con algunos desprendimientos. Por fin, en 1997, la Penobscot Theatre Company, que hasta entonces operaba en la sacristía de la Iglesia unitariana (el bonito edificio que ahora es una sucursal bancaria y del cual ya he hablado), adquirió la antigua Ópera para convertirla en su sede estable tras la necesaria –y muy acertada– restauración.

La Penobscot Theatre Company tiene su origen en la Acadia Repertory Theatre, fundada en 1973 y que todavía, durante la temporada estival, ofrece sus producciones dramáticas en la Masonic Hall de Somesville, en la isla de Mt. Desert, en la costa de Maine. En 1983, se creó la compañía en Bangor, bajo la dirección artística de George Vafiadis; la primera obra que produjo fue “La escuela de las mujeres”, comedia de Moliére. Durante el cuarto de siglo largo que llevan operando se han convertido en la más prestigiosa compañía teatral del Noreste estadounidense. No solamente han producido un gran número de obras sino que desarrollan muchas otras actividades, destacando entre ellas diversas de formación. En estos días, en la antigua Opera House la compañía está representando The Full Monty, una adaptación musical del éxito británico de finales de los noventa. Mañana es el último día; creo que no vendré a verla.

miércoles, 5 de julio de 2017

La iglesia de ladrillo

Sigo aquí, en la esquina entre Union St. y Main, espacio de césped que permite una buena panorámica del lateral de la nave de ladrillo de la que fue, hasta 1995, la Iglesia unitariana de Bangor. Ahora, al escribir, puedo sostener la ficción de que estas dos semanas que he dedicado a enterarme de qué es y cómo ha evolucionado esta curiosa religión no han pasado, que sigo en el primer día de mi llegada a la Queen city de Maine, que son casi las nueve de la noche (ya ha oscurecido) y que debo llegar de una vez a mi hotel para descansar de una jornada más que suficientemente rica en vivencias. Pero puestos a ejercer este derecho omnímodo del narrador, detengo nuevamente el tiempo para conocer y contar la historia de este edificio y de paso la del unitarianismo (y del universalismo) en esta ciudad.

El unitarianismo llegó a Bangor poco después de la bronca de los trinitarios contra los liberales liderados por Channing. Hacia 1818 se fundó en Bangor –siguiendo la estela de los que estaba ocurriendo en varias localidades de Massachusetts (téngase en cuenta que Maine aún no era un estado independiente)– la Sociedad Congregacional Independiente que, sin llamarse aún unitariana, defendía las posturas liberales de la época, que ya he contado. De esos primeros años hay que destacar que en 1834 fue ministro de esa iglesia nada menos que Ralph Waldo Emerson, la figura clave en la creación del trascendentalismo que tanta importancia tendría en la evolución del unitarianismo durante la segunda mitad del XIX. A Emerson le sucedió en el púlpito (entre 1835 y 1850) un buen amigo de Harvard que también fue otro personaje de peso en la historia cultural estadounidense, Frederick Henry Hedge, quien durante su largo ministerio colocó la sede unitariana de Bangor entre las más prestigiosas de Nueva Inglaterra. Debió ser en los últimos tiempos de Hedge o quizá en los primeros de su sucesor, Joseph Henry Allen, cuando en respuesta a un apasionado sermón antiesclavista, fue incendiada la iglesia que previamente existía en esta misma parcela (no sé si existía previa al cisma o fue erigida por los pre-unitarianos); ciertamente, desde el principio, los ministros y feligreses de la nueva religión tenían entre sus objetivos la lucha contra la esclavitud, aunque ello supusiera no pocos disgustos. Así que hubo que construir un nuevo templo (el que tengo ante mí) que fue inaugurado en 1853. El edificio, de estilo ecléctico italianizante, fue proyectado por el arquitecto bostoniano John D. Towle, que hizo un buen número de iglesias (tenía oficio, desde luego, pero no puede decirse que sea un nombre relevante en la historia de la arquitectura).

De otra parte, unos años después de que el cristianismo unitariano empezara a expandirse en Bangor, hacia los treinta del XIX, se fundó en la ciudad The First Universalist Society. El universalismo era otra corriente más o menos liberal que se escindía de metodistas y baptistas (que, a su vez, eran también escisiones del calvinismo). Pero no voy ahora, después del ejercicio de autoaprendizaje con el unitarianismo, a repetirlo para el universalismo, que ya no me quedan ganas (ni tampoco quiero ahuyentar definitivamente a mis pocos lectores). Digamos simplemente que esta gente, bajo la guía del reverendo Amory Battles, un apasionado defensor del abolicionismo (se cuenta que acabó siendo cesado porque se negaba a aceptar la constitución americana que permitía la esclavitud), llevó una vida tranquila reuniéndose en diversos lugares hasta que, en 1852, pudieron inaugurar su propia iglesia en Park Street. La segunda mitad del XIX permitió la consolidación de esta corriente religiosa –aunque siempre minoritaria– gracias, entre otras razones, a la protección de Samuel Hersey, un importante comerciante de la madera en los años dorados de este negocio. Hersey es una de las figuras importantes de Bangor, tanto por lo que hizo en vida como por donar su fortuna a la ciudad, gracias a la cual se construyó la Biblioteca Pública, otro de los edificios de valor arquitectónico que sucumbió víctima de la fiebre renovadora de los sesenta. Antes, en el Gran Incendio de 1911 al cual me he referido ya en más de una ocasión, se destruyó la iglesia universalista.

Tengo la impresión que hacia inicios del pasado siglo los feligreses de las iglesias uniatariana y universalista de Bangor (y de otros sitios) tenían que sentirse bastante cercanos, tanto en la doctrina (laxa a más no poder) como, sobre todo, en sus objetivos prácticos, lo que los movilizaba como comunidades religiosas. Lo cierto es que en los dos años que tardaron los universalistas en reconstruir su templo celebraron los oficios en esta iglesia de ladrillo de los unitarianos. Esa confluencia casi inevitable se confirmó en 1961 cuando la American Unitarian Association se fusionó con la Universalist Church of America. Sin embargo, todavía pasarían algunas décadas durante las cuales ambas denominaciones (y congregaciones locales) siguieron existiendo con relativa independencia. En Bangor la unión completa y definitiva se llevó a cabo en 1995, cuando ambas comunidades decidieron quedarse juntas en la iglesia de Park St., que de ser la universalista pasó a ser (y lo sigue siendo) la sede de la Unitarian UniversalistSociety of Bangor. La vieja iglesia de ladrillo quedó vacía a partir de esa fecha y fue puesta a la venta.

En 1998 la compró por 125.000 dólares Leland Witting, quien en esa fecha todavía era un estudiante en el Seminario Teológico de Bangor. Pero este Witting no era un chaval universitario sino ya un hombre mayor que, con una vida a las espaldas (estuvo en Vietnam entre otras aventuras) y cuando la mayoría está pensando en la jubilación, decidió dedicarse al oficio de ministro religioso de su propia corriente cristiana. Eso explica que pudiera adquirir nada menos que toda una iglesia, aunque bien es verdad que el precio me parece un chollo (a lo mejor los unitarianos se la vendieron barata porque les gustó su propuesta apostólica). Witting convirtió enseguida esta iglesia en un espacio para la expresión y experimentación artística: versiones libres de la Pasión, recitales de poesía, actuaciones de rock, representaciones teatrales, danza ... También realiza oficios religiosos y pronuncia sermones, pero desde luego, esto no es lo relevante. El pastor Lee, como gusta que lo llamen, entiende que la iglesia debe tener como cometido ayudar a los feligreses a desarrollar todos sus potenciales. Por lo visto, el original planteamiento de Witting supuso una pequeña revolución en el ambiente religioso de esta ciudad (la verdad, a mí me parece un paso evolutivo lógico para un templo unitariano). Ahora bien, no sé si todavía esta iglesia que ahora está cerrada (ya es de noche) sigue funcionando. He consultado la web de The Union Street Brick Church y las últimas actividades que constan se remontan a 2012, lo cual es sospechoso. Además, el pastor Witting debe ser ya un hombre bastante anciano. A ver si durante mi estancia en la ciudad averiguo algo más sobre esta iglesia de ladrillo.