viernes, 12 de enero de 2018

Los otros himnos autonómicos (4)

Aunque no tanta como Madrid, Extremadura también se apuró en promulgar una Ley para oficializar sus símbolos: la 4/1985, de 3 de junio, del Escudo, Himno y día de Extremadura. Previamente, esa primera Junta había convocado un concurso para componer la letra, que ganó José Rodríguez Pinilla, un profesor extremeño que, según declaró en una entrevista veinte años después, la escribió buscando la unidad de toda la Región; unir en un texto todos los sentimientos de los extremeños, contando las vivencias, cultura, historia comunes. Seleccionada la letra, se encarga la composición de la música a Miguel del Barco Gallego, organista y uno de los profesionales extremeños más reconocidos del momento (catedrático de Conservatorio, acababa de cesar a petición propia como Director del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid. El 8 de septiembre –festividad de la Virgen de Guadalupe y Día de Extremadura– de 1985 se presentó públicamente el nuevo himno en el Teatro Romano de Mérida, lleno a rebosar. Lo cantaron más de setecientas voces de todas las corales extremeñas y al final, en un ambiente de mucha emoción “patriótica”, salieron al escenario los dos autores llevando la bandera verde, blanca y negra que pro primera vez lucía el escudo recién aprobado. A mí, la verdad, la letra me parece demasiado tópica y además bastante inspirada en la del himno andaluz. Básicamente, no es sino la combinación de lugares comunes: banderas a mogollón (nuestros cielos se llenan de banderas, de banderas verde, blanca y negra), invocaciones a la manifestación grupal de los sentimientos de pertenencia (nuestras voces se alzan, gritemos todos en libertad, cantemos todos) y las inevitables loas a la Tierra (Extremadura tierra de paz, Extremadura vida llena, Extremadura patria de glorias, Extremadura suelo de historias). Un himno pues cuya letra no aporta gran cosa, colocándose en la más previsible ortodoxia de lo que son (y para lo que son) estas piezas musicales; ahora bien, ni una sola nota agresiva o excluyente, desde luego.


La historia jurídica de la oficialización del himno de Navarra es cuando menos rocambolesca. Como es sabido, Navarra accedió a un régimen preautonómico casi inmediatamente aprobada la Constitución, con la creación del Parlamento Foral. Esa cámara, tras varias reuniones negociadoras con el Gobierno central, aprobó en marzo de 1982 el Amejoramiento del Fuero, ley orgánica equivalente a su Estatuto de Autonomía. El artículo 7 de esa Ley definía escudo y bandera navarros, pero nada decía del himno. Durante el primer gobierno del socialista Urralburu –por entonces un joven de 33 años que acababa de dejar el sacerdocio pero que una década después se revelaría como un político corrupto envuelto en la trama Roldán– se aprobó la Ley Foral 7/1986 reguladora de los símbolos de Navarra, que oficializaba como himno el conocido como Himno de las Cortes. Casi dos décadas después, en 2003 y bajo el gobierno de Miguel Sanz de UPN, se sustituye la Ley vigente por otra con el mismo título, con la finalidad explícita de dotar a la Comunidad Autónoma de herramientas jurídicas para luchar contra los que no respetaban la simbología oficial navarra; en concreto –casi no hace falta aclararlo– para poder sancionar a las instituciones (ayuntamientos, sobre todo) que ondearan la ikurriña. El acceso al gobierno foral de la actual presidenta Uxue Barkos Berruezo, de Geroa Bai, con el apoyo de EH Bildu y Podemos, ha traído la derogación el pasado abril de 2017 de esa Ley, con el argumento de que “la exclusión y la prohibición de otros símbolos distintos a los oficialmente establecidos como navarros no soluciona nada. Por el contrario, se ha terminado apostando por una regulación legal que ha contribuido a un camino de enfrentamiento y prohibición de símbolos que eran mayoritariamente aceptados por distintas entidades locales junto a los símbolos oficiales”. La Disposición Transitoria de esta Ley 3/2017 reza que hasta que no se apruebe una nueva Ley foral de Símbolos, se mantendrá como himno de Navarra el denominado de Las Cortes. En fin, he contado la historieta como muestra de que los símbolos distan mucho, en algunas zonas, de ser pacíficos. Pero, en cualquier caso, que yo sepa estas broncas no afectaron nunca al himno, que es lo que ahora importa.

El himno navarro tiene su origen en una composición musical denominada Marcha y Minueto para la entrada del Reyno, que debió gestarse en la catedral de Pamplona como un pasaclaustros barroco, uno más de los que se tocaban para acompañamientos de cortejos entre los siglos XVII y XVIII. A lo largo del XIX, la pieza fue adquiriendo preeminencia entre las que se interpretaban en las grandes solemnidades y, aún sin declararse oficial, se convirtió de facto en el himno de la Región. Durante las primeras décadas del pasado siglo se hicieron varias armonizaciones y arreglos, hasta que la Institución Príncipe de Viana encargó al escritor Manuel Iribarren Paternáin (1902-1973) la redacción de una letra. Hecha ésta, el himno se presentó al público en 1971 en el pabellón Anaitasuna pamplonés, interpretado por coros de Navarra y en versión musical de Aurelio Sagaseta para coro, instrumentos de metal y timbales. En esas fechas, Iribarren era ya un hombre mayor, con copiosa y popular obra literaria a sus espaldas; de hecho, recuerdo que en la biblioteca de mis padres había algún libro suyo. Según leo por ahí, fue bastante celebrado y su estilo bebía del realismo, del tradicionalismo e incluso del regionalismo. Por supuesto, pertenecía al bando de los vencedores de la Guerra y en sus inicios literarios formó parte del grupo que se reunía en Pamplona en torno a Jerarquía, la revista negra de Falange. La letra que compuso, no obstante, poco tiene de falangista, aunque sí de tradicionalista (recuérdese que los carlistas navarros se pusieron del lado de los insurgentes en el 36). Es un texto corto, de solo catorce versos (pero no un soneto), en el que se elogia la bravura y nobleza de Navarra, se magnifican los fueros tradicionales y se proclama que la región es la raíz de España libre. Lo curioso es que, al año siguiente de que la Ley Foral 7/1986 oficializara el himno se convocó un concurso para su armonización musical, aportando la partitura original y –atención– una adaptación de la letra escrita por Iribarren. Esa “adaptación” se concreta en pequeños pero significativos cambios; en concreto, la expresión “raíz de España libre” pasa a ser “pueblo de alma libre”, y en vez de “con foral tesón” se dice “con leal tesón”. Según supone Patxi Mendiburu en su blog, el cambiazo provino del gabinete del Presidente. Parece que ya hace 30 años, la palabra España era políticamente incorrecta para los socialistas navarros (y también, sorprendentemente, las alusiones al régimen foral).


En la primera legislatura aragonesa (1984-1987), con mayoría del PSOE, se aprobó una Ley sobre el uso de la bandera y el escudo, pero quedó pendiente dotar de himno a la Comunidad Autónoma. En la siguiente legislatura, aunque los socialistas volvieron a ser los más votados, el gobierno pasó al Partido Aragonés Regionalista gracias al apoyo de Alianza Popular y la abstención del CDS. Hacia la mitad del periodo parlamentario, el 20 de abril de 1989, la práctica totalidad de los grupos parlamentarios a excepción del PAR presentó una proposición de Ley del Himno, procedimiento de urgencia y lectura única (lo que impedía presentar enmiendas). La composición que se proponía era obra del músico turolense Antón García Abril con letra de cuatro poetas aragoneses (Ildefonso Manuel Gil, Ángel Guinda, Rosendo Tello y Manuel Vilas). Al PAR no le gustó nada la propuesta ni, mucho menos, la forma de tramitarla, y su portavoz se quejó, diciendo que habrían querido que Aragón tuviera como himno el Canto a la Libertad de Labordeta. Desconozco las razones de tan poco elegante procedimiento, máxime en un asunto que no parece de altísima importancia. El portavoz de Izquierda Unida insinuó irónicamente que todo obedecía a que Antón García Abril era amigo o protegido del presidente del Parlamento, del CDS. El caso es que se aprobó, como estaba cantado, y al día siguiente, el 22 de abril, se interpretó solemnemente en el Patio de Santa Isabel de la Aljafería (sede de las Cortes aragonesas), lo que lleva a suponer que la orquesta y el coro lo habían ensayado con antelación. Por cierto, ese primer acto de presentación oficial se celebró antes de que la Ley entrara en vigor, porque no se publico hasta el 5 de mayo. En fin, todo muy raro.



La letra del himno aragonés es larguita (quizá porque tuvo demasiados escritores y todos querrían dejar sus versos) y se aprecia un esfuerzo por renovar las palabras de los tópicos de siempre; no tanto huir de ellos sino expresarlos de modo original. Sin duda, el leit motiv predominante en el texto es el paisaje aragonés (cierzo, nubes, cumbres, campos, llanos rojos, piedra, manantial), pero también se insiste en la historia, el tiempo pasado que nos ha traído (al confín de los sueños) y nos proyecta a un futuro esperanzador (¡Aragón, vivirás!). Aceptando, por así decirlo, los canones de lo que ha de ser un himno ortodoxo, hay que reconocer que tiene una letra trabajada, muy correcta. De otra parte, todo es buen rollito, nada de meterse con los foráneos ni reclamar acciones violentas o militantes; está claro que se compuso en una época más reciente, con otras coordenadas. Ahora bien, pese a que el himno ya tiene sus treinta añitos largos, por lo que veo en internet, tampoco es unánimemente apreciado (aunque sin llegar al límite del de Madrid). Parece que a los aragoneses (y a mí también) les pone más el ya citado Canto a la Libertad, compuesta en 1975. Si ya cuando la aprobación de la Ley del Himno, el PAR propuso el tema de Labordeta, desde la muerte del cantautor se han redoblado las campañas para que se convierta en la música oficial de Aragón. En la pasada legislatura, la correspondiente proposición de Ley de iniciativa popular fue rechazada con los votos del PP (lógico) y del PAR (sí, el mismo partido que la quería en 1989). En esta legislatura parece haber los votos suficientes para que por fin se logre este anhelo popular; no sé por qué aún no ha ocurrido. Si por fin sucede creo que será un merecido homenaje a un aragonés que fue una excelente persona. Además, se trata de un canto motivador, carente de cualquier referencia geográfica (lo que equivaldría a que Aragón quiere convertirse en esa “tierra que ponga libertad”). Un himno, por tanto, desinfectado de todo nacionalismo.


miércoles, 10 de enero de 2018

Los otros himnos autonómicos (3)

Toca ya el himno de La Rioja, una de las comunidades uniprovinciales españolas. He de reconocer que poco la he visitado y poco sé de ella. En mis tiempos escolares, la entonces llamada provincia de Logroño era una de las ocho de la región de Castilla La Vieja. De esa región –creada con la división provincial de 1833–, se han desgajado dos provincias para formar sendas comunidades autónomas (las actuales Cantabria y La Rioja) y las seis restantes se han sumado a las tres de la antigua región de León (León, Zamora y Salamanca) para formar Castilla-León. En estas recomposiciones político-administrativas (que suelen interesarme) nunca me llamó la atención esta provincia discreta de los siete ríos (y valles) que desaguan al Ebro. Sin embargo, según leo para escribir este post, los habitantes de este antiguo Reino de Nájera desde (casi) siempre han reclamado su personalidad propia, frente a los intentos –sobre todo a partir de los Borbones– de indiferenciarlo en el seno castellano. De hecho, la conformación de esas tierras como una de las nuevas provincias españolas fue uno de los primeros éxitos de las aspiraciones riojanas. Más recientemente, tras la muerte de Franco, ante el rechazo de sus habitantes de integrarse en cualquier otra comunidad autónoma, no hubo más remedio que aceptar las reivindicaciones mayoritarias de erigirse como una propia. Así que me cuidaré muy mucho de menospreciar las ínfulas identitarias de La Rioja, aunque sus habitantes no tengan por costumbre hacer alharacas con ellas.

Esta conciencia identitaria se puede verificar en la trayectoria, en pleno franquismo, de la Diputación Provincial de Logroño. Así, en 1957 se empeñan en que la provincia debe tener su propio escudo, que se diseña a partir de la memoria presentada por José María Lope Toledo (1914-1973), quien ya entonces ostentaba el cargo de Cronista Oficial de La Rioja (no voy a entretenerme en la explicación del escudo, que tiene su gracia, porque me desviaría en exceso del asunto). Pocos años después, en 1965, la Diputación decide que la provincia, además de escudo, ha de tener himno, así que encarga al ya citado Lope que compusiera una letra. Escrita ésta se la pasan a Eliseo Pinedo López (1909-1969) para que componga la música (Pinedo era el músico riojano de mayor prestigio de la época, que compaginaba su dedicación a la Zarzuela con las investigaciones sobre el folclore local y la actividad promotora y pedagógica musical). El 7 de septiembre de ese 1965, durante los juegos florales en la víspera de la festividad de la Vega, se estrena el himno en el teatro Bretón de Haro; dicen que gustó tanto que se repitió seis veces. Ya con régimen autonómico, mediante la Ley 4/1985, reguladora de signos de la identidad riojana, se aprueba que el himno oficial sea “la composición musical titulada "La Rioja", del maestro Pinedo, cuya interpretación en actos oficiales ha sido habitual, si bien se propone que se realice, a través del Instituto de Estudios Riojanos, la redacción de la letra y la conveniente adaptación musical, en sintonía con la sensibilidad riojana. O sea, que los políticos democráticos riojanos no consideraron adecuada la letra de Lope Toledo.

Dado que hasta la fecha el Instituto de Estudios Riojanos no ha redactado la letra o, si lo ha hecho (que seguro que sí, y varias) no ha encontrado el necesario interés por parte de los regidores autonómicos, lo cierto es que la Comunidad Autónoma tiene un himno sin letra, como el País Vasco y como el propio Estado español. Por tanto, quizá debería haber hablado del himno riojano en el primer post de esta serie, inmediatamente después del de Euskadi. Si no lo hice fue porque, como ya he contado, cuando nació como himno tenía letra y de lo que se trata es de valorar los mensajes de las letras, aunque, como en este caso, no sea oficial. ¿Y de qué va la letra? Pues fundamentalmente es un repaso poético de la geografía riojana, que acaba con invocaciones a la Virgen de Valvanera, patrona de la región y cuya leyenda merece la pena ser conocida. Un texto bucólico preñado de amor a la tierra (nada anómalo en un himno) y sin la más mínima nota de agresividad o negatividad hacia nadie. Tampoco la letra no oficial del de La Rioja conecta en nada con la de Els Segadors.

El de La Rioja es el único himno autonómico compuesto durante el franquismo, así que los cinco que quedan nacieron durante el actual periodo democrático encargados expresamente por los dirigentes locales. Y el primero de ellos es el de Madrid, y la cosa no deja de tener su gracia, porque el primer presidente se dio mucha prisa para dotar a la nueva Comunidad de su himno oficial: adviértase que Joaquín Leguina formó gobierno en junio del 83 y el día de navidad de ese año entró en vigor la Ley 2/1983 de la Bandera, Escudo e Himno de la Comunidad de Madrid. Sorprende que, solo unos días después de la primera Ley madrileña –la de Gobierno y Administración de la Comunidad– se promulgara esta de los símbolos. Se diría que a Leguina y su equipo le importaba mucho este tema. Sin embargo, hay que aclarar que esa importancia de lo simbólico presentaba un enfoque nuevo al que venía siendo habitual en las otras comunidades autónomas (téngase en cuenta que Madrid fue la última en constituirse). Para aclarar lo que quiero decir, prefiero citar textualmente el párrafo final de la Exposición de Motivos de la citada Ley: “El himno de la Autónomía madrileña no podría ser ni meramente casticista, por la pluralidad y riqueza de origen de nuestro pueblo, ni tradicional, entendiendo como tal aquellos que exaltan cualquier forma de exclusión o agresividad. Debía ser, y es, un himno nuevo”. No tengo dudas de que eso que dice la Ley era la intención personal de Leguina, y que también tuvo que ser voluntad suya encargar la composición a dos personajes singulares, ambos rebeldes y heterodoxos (y ambos de izquierdas): el músico Pablo Sorozábal Serrano (1934-2007) y el filólogo (y muchas cosas más) Agustín García Calvo (1926-2012).

Lo cierto es que el himno nunca ha logrado calar entre los madrileños. Hay, por supuesto –y los hubo desde el principio–, no pocos entusiastas, muy en especial de la singular letra. El primero de todos –no es de extrañar– el propio Leguina, quien al presentarlo públicamente en el otoño del 83 dijo que era un “himno-pasacalles-marcha musicalmente hermoso” y, sobre la letra, que es “un poema indudablemente bello, donde late la ironía de esta vieja tierra castellana. No es exaltante, ni falta que hace; es simplemente un himno de hoy para un Madrid de mañana”. Pero sus elogios no convencieron a la oposición ni a la mayoría de las voces que por entonces opinaron, abundando críticas tremendamente agresivas. Que yo sepa, pocas veces se interpreta, ni siquiera en actos oficiales de las instituciones madrileñas, y en unas cuantas ocasiones –sobre todo a partir de que la Comunidad de Madrid pasara a manos del PP– se han oído propuestas para abolirlo y sustituirlo por algo menos “extravagante”. Ahora bien, es justamente esa “extravagancia”, que más habría que calificar en positivo como alejamiento consciente e irónico de los sobados tópicos, lo que hace que yo me sume a los forofos del himno madrileño, al menos de su letra (la música he de confesar que no termina de emocionarme). Son tres estrofas que merece la pena leer y disfrutar despacio. La primera es una desternillante justificación de la constitución de la provincia en Autonomía, rematada con moraleja filosófica: “las vueltas que da el mundo para estarse quieto”. La segunda viene a ser un mapa de situación entre geográfico y cartográfico y de nuevo el remate burlón: “solo por ser algo soy madrileño” (afirmación por supuesto inconcebible en boca de un nacionalista). La última estrofa, una definición de Madrid desde el caos: “yo soy todos y nadie … y ese es mi anhelo, que por algo se dice: de Madrid al cielo”. Así que, a mi modo de ver, es una pena que un himno que cabría denominar de antinacionalista no goce de más popularidad. Será que nos ponen más los golpes de hoz.

domingo, 7 de enero de 2018

Los otros himnos autonómicos (2)

Fijémonos ahora en un grupito de tres himnos, los tres compuestos para serlo en el siglo pasado y antes de la Guerra Civil: los de Valencia (1909), Cantabria (1926) y Andalucía (1936). El primero fue creado con motivo de la Exposición Regional Valenciana de 1909, muestra comercial e industrial al estilo de las de la época que aportó a la capital levantina una abundante colección de arquitectura modernista (por ejemplo, el conocido como palacio municipal de la exposición). El impulsor principal de este evento, el influyente potentado de la época Tomás Trenor, gastó casi toda su fortuna en el empeño de promocionar la región (y, ya de paso, a sí mismo, obteniendo de Alfonso XIII el premio del marquesado del Turia) y entre las muchas actuaciones se cuenta el encargo de la música al compositor (de zarzuelas, sobre todo) José Serrano, quien pidió la colaboración para escribir la letra a Maximiliano Thous, periodista y político regionalista. En 1925, los alcaldes de las tres capitales de provincia acordaron convertirlo en el himno del antiguo Reino de Valencia. El texto incurre en los cargantes tópicos tan propios de los himnos de las glorificaciones patrioteras (la Región avanza en marcha triunfal, despertemos, valencianos) y apuntes un tanto cursilones sobre las bondades de la tierra. Sin embargo, desde el primer verso (“Para ofrendar nuevas glorias a España”), los compositores quisieron dejar claro que negaban cualquier veleidad soberanista. De hecho, ese verso fue objeto de no pocas polémicas, ya en su momento con los blasquistas y más recientemente con los movimientos nacionalistas valencianos. Incluso se llegó a retocar la letra oficial para darle un carácter más autónomo, sin mención ninguna a España (el verso inicial fue sustituido por “Todos bajo los pliegues de nuestra bandera”). En cualquier caso, ni siquiera esta versión (y mucho menos, claro, la oficial) incurre en agresividades comparables a las del himno catalán.



El Himno a la Montaña también es resultado de un encargo, hecho en 1926 por la Diputación Provincial de Santander al maestro Juan Guerrero Urresti que, a pesar de su juventud por aquellas fechas (tenía solo veinticinco años), desde su Agrupación Artística Reinosana había conseguido un merecido prestigio como folklorista, especialmente de la comarca de Campoo. Leo en una breve biografía de Guerrero que la letra se basa en un poema de José del Río Sanz, conocido como Pick que era su seudónimo periodístico (fue este un hombre polifacético, omnipresente en la cultura cántabra de la primera mitad del pasado siglo). Por cierto, los arreglos que se hicieron a la composición cuando en 1987, al final de la primera legislatura autonómica, la Asamblea cántabra decidió adoptarla como himno oficial fueron obra también de un José del Río, pero Gatoo de segundo apellido. La coincidencia del nombre llevó a los poco cuidadosos legisladores cántabros a sentar en la Exposición de Motivos que Pick era el autor de los arreglos, cuando para entonces llevaba ya más de veinte años muerto. La letra es un ejemplo de cursilería empalagosa, preñada de referencias amorosas: “es muy grande mi amor a la tierra en que nací”, “es mi cántico amoroso cual arrullo maternal en que todos veneramos la Cantabria fraternal”, “un beso puro de amor y lleno de emoción siempre he de ofrecer”. La música, por otra parte, se me antoja monótona (espero que Vanbrugh me aclare la tonalidad en que está compuesta) tendiendo a soporífera. En fin, que no me gusta mucho, pero desde luego, no contiene el mínimo ápice de rechazo hacia nadie; nada que ver con Els Segadors.


Parece que el himno cántabro no ha conseguido el aprecio general, y de hecho hay por ahí circulando una petición al Parlamento de esa Comunidad para que se adopte como tal la canción Vientos del Norte, publicada en 2006 por el cantautor de Torrelavega, Nando Agüeros. A pesar de que el tema tiene ya más de diez años, ha sido en los dos o tres últimos cuando ha empezado a calar entre la gente, tanto que, según se asegura en la petición citada, “logra movilizar entre quienes la escuchan sus más profundos sentimientos y emociones”. Pero quien más ha impulsado para que Vientos del Norte supla al Himno a la Montaña es el verborreico presidente Miguel Ángel Revilla, quien durante 2016 en algunos programas de las cadenas nacionales se dedicó con entusiasmo a publicitar su propuesta –a título personal, aclaraba–. Lo cierto es que la canción de Agüeros me gusta bastante más que el himno oficial. La música se inserta en las melodías de esa tierra, pero también de Asturias (me recuerda alguno de los temas primerizos de Victor Manuel quien –fíjate– ha interpretado la canción con los hermanos Agüero). Y la letra es de bastante más calidad literaria, centrada en la naturaleza norteña pero sin concesiones cursilonas. Lo curioso es que no se menciona el nombre de Cantabria, de modo que, si finalmente se adoptara, sería un himno original, alejado de cualquier veleidad nacionalista. Ya veremos qué pasa.


El himno de Andalucía proviene de un canto religioso popular –el Santo Dios– que entonaban durante la siega los campesinos. Siendo ya notario de Cantillana, municipio sevillano, Blas Infante le puso letra y se la pasó a José del Castillo Díaz, director de la banda del Ayuntamiento de Sevilla para que la armonizara. La nueva composición se registró en 1933 por la Junta Liberalista, la organización que se había fundado en 1931 heredera de los antiguos Centros Andaluces que había impulsado el propio Blas Infante y habían sido cerrados durante la Dictadura de Primo de Rivera. La Junta Liberalista abogaba naturalmente por la autonomía andaluza, entendida como una necesidad para la “redención” regional (hay que revisar, a este respecto, las ideas de Blas Infante, motivadas sobre todo por el problema de la tierra). Durante la II República se van produciendo actuaciones en orden a conseguir la constitución autonómica, y tras las elecciones de febrero del 36, parece que el ansiado objetivo está muy cerca de lograrse. En julio, se constituye una Junta Ejecutiva Regional, nombrando a Infante como presidente de honor, además de “Padre de la Patria Andaluza”. Estaba previsto que el 27 de septiembre se aprobara el Estatuto de Autonomía definitivo para que fuera luego ratificado mediante referéndum y elevado a las Cortes. Nada de eso ocurrió, claro, debido a la insurrección del 18 de julio. El 2 de agosto, un grupo de falangistas apresó a Blas Infante en su casa y lo encerraron en la prisión improvisada del cine Jáuregui de Sevilla; en la madrugada del 11 de agosto fue fusilado al borde de una cuneta de la carretera a Carmona, tenía cincuenta y un años.


La letra es breve y nada pretenciosa. Empieza con una invocación a la bandera blanca y verde (qué manía con las banderas, pero es que, más aún que los himnos, son las señas inevitables de cualquier patriotismo) que vuelve a “decir paz y esperanza bajo el sol de nuestra tierra”; es, evidentemente, una promesa de cambio, de redención. Luego el estribillo, instando a los andaluces a levantarse para pedir tierra y libertad (traducido: reforma agraria y autonomía). Desde luego, a los “dueños” de Andalucía en aquellos tiempos no les gustaría nada; por eso, alineados con los golpistas del 36, se ocuparon durante una larga etapa de ahogar esas palabras. La segunda y última estrofa (sin contar la repetición final del estribillo) es una referencia nostálgica al pasado andaluz que se quiere recuperar: volver a ser “hombres de luz, que a los hombres, alma de hombres les dimos”. Son, sin duda, los versos más logrados de toda la composición y expresan una hermosa y generosa –aunque difícil– empresa; a mí esos versos hasta me emocionan (y conste que nada tengo de andaluz). En fin, bonito texto que, al contrario que Els Segadors, carece de toda agresividad, no presenta el país enfrentado a ningún enemigo sino abierto a la humanidad.

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Pues bien, hemos repasado ya los cinco himnos con letra anterior a la Guerra Civil (Galicia, Asturias, Valencia, Cantabria y Andalucía) para compararlos con el catalán. Recuerdo que mi intención –en respuesta a un comentario de Lansky– era verificar si la agresividad de éste era la norma o la excepción. De momento coincidiremos en que es excepcional. Pero aún me falta repasar, en orden cronológico de sus letras, los de La Rioja, Madrid, Extremadura, Navarra, Aragón y Canarias. Continuaré pues.

sábado, 6 de enero de 2018

Mi desengaño con los Reyes Magos

Celebro hoy el quincuagésimo aniversario de mi más decepcionado día de Reyes. Pocos días antes de las vacaciones de navidad del curso académico 1967-68, un compañerito de colegio, el mayor de mi clase y algo abusón –se llamaba Dionisio y, desde entonces, tiendo a desconfiar de quienes llevan ese nombre– me había revelado burlonamente que los reyes magos no existían, que eran los padres. Yo tenía ocho años y estaba en tercero de primaria pero aquél era mi primer curso en un colegio (no cuento el jardín de infancia cuando vivimos en el barrio del Niño Jesús) porque mi madre había decidido ocuparse personalmente de mi educación; supongo que las autoridades educativas de aquella época no eran muy diligentes. De modo que era un niño tímido y poco ducho en el trato social que, tras solo tres meses de haber sido arrojado en medio de un grupo de alborotadores chiquillos que ya se conocían todos, estaba todavía, como cualquier novato, aprendiendo las reglas de la convivencia (¡y supervivencia!) infantil. Pues en uno de los últimos recreos de ese trimestre final de 1967, tres o cuatro críos estábamos compartiendo nuestras esperanzas sobre los regalos navideños que íbamos a pedir en las correspondientes cartas a los Magos de Oriente –yo quería el Tiburón Citroen Payá, un súper coche a pilas y con mando–, cuando se acercó el Dioni al corrito y, al enterarse de lo que hablábamos, soltó una carcajada y nos espetó la terrible noticia.

Tras esa declaración se hizo el silencio. Me pareció que el de mis amigos era un silencio triste, que a punto estaba de tornar en llanto. En cambio, lo que yo sentí fue rabia, una tremenda oleada de rabia que me empapaba todo por dentro y me revolvía. Y esa rabia salió de golpe hacia fuera y me impulsó contra Dionisio. Salté, casi volé, tan violentamente que los dos caímos al suelo del patio. Ahí tirados los dos, él bocabajo, yo encima, estuve durante unos momentos golpeándole con los puños en el pecho y en la cara, mientras él, supongo que más aturdido que dolorido, trataba de protegerse de mis embestidas. No duró mucho el incidente, porque enseguida apareció un profesor y nos separó con sendos bofetones. A mí aún me duraba la rabia, un calor intenso en todo el cuerpo, la cara la notaba encendida y seguía con ganas de pegar al blasfemo, sin importarme que fuera mayor y más fuerte que yo, sin que me estuvieran afectando nada los insultos y amenazas que me profería mientras el profesor nos llevaba a empujones a Dirección. Me ha asombrado durante muchos años ese arranque de ira irrefrenable y he llegado a la conclusión de que mi cerebro infantil supo inmediatamente que lo que decía Dionisio era verdad porque probablemente ya lo barruntaba en sus rincones recónditos, ocultos a la consciencia. Así que la rabia obedecía a que ese compañero fanfarrón había forzado los tiempos que yo mismo, aún sin saberlo, me había marcado; había hecho brotar brutal y desconsideradamente lo que, si se hubiese callado, habría asomado en breve de forma suave, benéfica, agradable.

El resto del día lo pasé enfurruñado, encerrado en un mutismo hosco. Mi estado de ánimo no pasó inadvertido a mi madre que me preguntó varias veces qué me pasaba, pero yo me negaba a responderle. Cuando por la noche llegó mi padre –ya habíamos cenado y los niños estábamos retirados en nuestros cuartos– fui llamado al salón. Delante de ambos progenitores hube de confesar la causa de mi enfado, que un chico del colegio de había dicho que los reyes magos no existían. Era la primera vez que lo decía en voz alta y, al mismo tiempo que me sonaba a sacrilegio, me terminaba de convencer de que era verdad; no obstante acabé la frase con puntos suspensivos, callé esperando que mis padres deshicieran ese entuerto moral que me habían infligido. Los dos se miraron entre sí y el silencio duró un rato demasiado largo. Al cabo, mi padre se agachó hacia mí y me dijo, muy serio, que los reyes magos sí existían, que fueron a llevar sus presentes al Hijo de Dios y que ahora están en el Cielo con Él. Y que para conmemorar aquella visita de la Antigüedad, en nombre de ellos, ahora son los padres los que dan regalos a sus hijos. Como es obvio, mi traducción inmediata fue algo así como: “vale, menos rollos, los reyes magos no existen, son los padres”. Tuve que reprimir alguna lágrima y simular ante mis padres que entendía y aceptaba lo que me contaban, así como prometer que no revelaría esta desagradable verdad a mis hermanos menores. Pero lo cierto es que este primer desengaño infantil me hizo daño (tendría que someterme a un largo periodo de psicoanálisis para que aflorasen los profundos traumas que me hubo de producir), pasé esas vacaciones navideñas un tanto amargado, y ni siquiera el magnífico Tiburón Citroen Payá que me trajeron los Reyes (o sea, mis padres) consiguió desvanecer por completo mi malhumor.

miércoles, 3 de enero de 2018

Los otros himnos autonómicos (1)

A propósito del anterior post sobre Els Segadors Lansky comentaba que pocos, puede que ninguno, himnos se salvan cuando se analizan sus letras. Parece obligado, desde luego, que el himno de un lugar (sea nación, nacionalidad, comunidad autónoma, provincia, ciudad o caserío) se deshaga en elogios al sitio procurando inflamar de amor y orgullo patrios a quienes lo escuchen. De eso se trata, es cierto, y por tanto las probabilidades de caer en la cursilería babosa o en el pacatismo nacionalista son muy altas. Sin embargo, lo que pretendía destacar de la letra de Els Segadors no era eso, sino su agresividad; loa a Cataluña, es verdad, pero sobre todo amenazando a sus supuestos enemigos. Sin duda, hay otros ejemplos de himnos agresivos, incluso más violentos como el más conocido de todos, que es La Marsellesa (no sé a qué esperan los gabachos para cambiar el texto por otro más acorde con los tiempos, manteniendo, eso sí, la magnífica música). En todo caso, hay que decir que el himno francés fue compuesto para enardecer a las tropas que iban a la batalla contra los prusianos, mientras que el catalán surge en un contexto de paz. Por cierto, es recomendable leer la historia de la creación del himno francés narrada por Stefan Zweig en el capítulo “El genio de una noche, La Marsellesa, 25 de abril de 1792”, de su libro “Momentos estelares de la humanidad”.



Pero centrémonos en los himnos de esta nación de naciones que nos ha tocado habitar, revisemos los himnos de las otras comunidades autónomas para compararlos con el catalán. Digamos, de entrada, que de las 17 comunidades, hay cuatro que aún carecen de himno oficial y son las dos Castillas, Murcia y Baleares. No significa que en estas tierras no cuenten con piezas musicales que sean consideradas popularmente las que representan la región (por ejemplo, en Murcia muchos creen que el himno es un tema de una zarzuela), pero no se ha aprobado la pertinente Ley autonómica que establece cuál es el himno, fijando su letra y melodía. Si observamos las fechas de las quince leyes autonómicas que nos interesan encontramos algunas sorpresas. Las dos primeras son Andalucía y el País Vasco, lo cual no extraña demasiado máxime cuando en ambos casos se adoptan composiciones ya existentes de fuerte carga “nacional” (luego volveré sobre ello). Pero la tercera comunidad resulta ser Madrid, que aprueba su ley apenas dos meses después de constituirse como Comunidad Autónoma (ya veremos luego que tanto la iniciativa –de Leguina– como el resultado –de García Calvo– no dejan de ser un ejercicio de ironía nada nacionalista). Luego, en 1984, se aprueban las leyes de los himnos de Galicia, Asturias, los tres incorporando también piezas ya existentes con fuerte reconocimiento popular. En lo que quedaba de la década de los ochenta se aprobaron, por este orden, los de La Rioja, Extremadura, Navarra, Cantabria y Aragón. Curiosamente, Els Segadors no se oficializa hasta 1993, de modo que Cataluña pasa a ser la penúltima autonomía que a la fecha cuenta con himno oficial. La última es la mía, Canarias,que aprobó su Ley en 2003. Ha pasado una década y media y ninguna de las comunidades huérfanas de himno se ha animado a oficializar ninguno. Y no pasa nada, por cierto.

Pasemos ya a fijarnos en las letras y empezaremos después de descartar el vasco porque no la tiene. El Eusko Abendaren Ereserkia, una melodía popular de autor desconocido que se interpretaba antes del inicio de la danza, le puso letra Sabino Arana para crear el Gora ta gora (Arriba y arriba) que se convirtió en el himno del Partido Nacionalista Vasco. Pese a su carácter partidista, el Gobierno Vasco de la República –de breve duración– adoptó este tema como himno de Euskadi, aunque sin la letras. El primer parlamento vasco después de Franco aprobó esta melodía como himno oficial en 1983, no sin polémica. De hecho, antes de que el Gobierno de Garaicoechea presentara la proposición de Ley, ya se había interpretado la pieza con carácter oficial, por ejemplo, en una visita al País Vasco de Adolfo Suárez, lo que motivó una airada interpelación en el parlamento del socialista Ricardo García Damborenea, quien poco después se implicaría en los GAL, sería condenado y expulsado del PSOE. Luego, en los debates, la oposición (especialmente Euskadiko Ezkerra) propuso que el himno de la Comunidad Autónoma fuera el Gernikako Arbola, porque ése era que que había “identificado a todos los vascos, independientemente de las ideologías, reflejado simbólicamente nuestra personalidad, unidad y libertad”; además, decía José Luis Lizundia, el Árbol de Guernica “es un canto a la universalidad, uno de los pocos himnos que en Europa hablan de la universalidad y no plantean nacionalismos chauvinistas”. Con no poca lógica, la oposición al Eusko Abendaren Ereserkia se basaba en el carácter partidista de ese himno, aunque no se incorporara la letra de Arana. No obstante el PNV se salió con la suya, gracias al apoyo del CDS que le permitía alcanzar por los pelos la mayoría absoluta (al fin y al cabo, también la ikurriña es obra del prolífico fundador del PNV). A los efectos de lo que nos interesa, se comprueba que no es necesario que haya textos para que un himno sea acusado de nacionalista. Hay que decir, por cierto, que la letra del Gora ta gora no es más que una ramplona loa al más rancio tradicionalismo vasco de los fueros y Dios.



Comencemos a leer letras de himnos y primero las más antiguas. Hay tres que se datan en la última década del siglo XIX: el gallego, el asturiano y el catalán (la música del canario es incluso anterior, de la década de 1880, porque pertenece a la obra Cantos Canarios de Teobaldo Power; pero la letra fue compuesta en los 2000 por Benito Cabrera para oficializar el tema como himno regional). El himno gallego es el resultado de la colaboración entre Pascual Veiga, músico, y Eduardo Pondal, poeta –ambos vinculados al Rexurdimento– con la intención de presentar la composición a un certamen organizado por el Orfeón de La Coruña para elegir la mejor marcha regional gallega. Sin embargo, donde terminó de cuajar el himno fue en Cuba, ya que, a partir de 1907, el Centro Gallego de La Habana se encargó de promoverlo como símbolo de la tierra lejana. Luego, durante la dictadura de Primo, se prohibió lo que vino a significar el espaldarazo definitivo que culminó con su reconocimiento oficial en la Segunda República. La letra (que comprende las primeras estrofas del poema Os Pinos) es una loa al paisaje gallego que después deriva a una invocación al despertar de la nación (del hogar de Breogán) porque son llegados los tiempos de la redención. Nada original, sin duda, porque recurre a los obligados tópicos de cualquier nacionalismo. Sin embargo, no se detectar agresividad en la letra; tan solo una alusión ambigua a “los ignorantes y débiles y duros, imbéciles y oscuros (que) no nos entienden”. En todo caso, mucho más light a este respecto que Els Segadors, pese a que son composiciones de la misma época que se enmarcan en movimientos culturales nacionalistas análogos.


El otro himno de letra ochocentista es el archiconocido Asturias, patria querida. Si bien hay quienes sostienen que la melodía proviene de una que cantaban los mineros de Silesia que fueron a trabajar a las minas asturianas a principios del XX y la letra fue compuesta por un cubano en los años veinte en homenaje a su padre asturiano, me creo más la protesta de José Ignacio Lájara que, en carta de octubre de 2009 al periódico La Nueva España, sostiene convincentemente que el APQ comparte rasgos melódicos-rítmicos con no pocas canciones tradicionales asturianas, y que la mayoría de los versos se repiten también en el cancionero popular de esa tierra (e incluso de la cántabra y leonesa). Por tanto, considerémosla como una creación popular a la que se le pueden aplicar los conocidos versos de Machado (“Hasta que el pueblo las canta,/ las coplas, coplas no son,/ y cuando las canta el pueblo,/ ya nadie sabe el autor”). La letra, que casi todos hemos cantado más de una vez, carece del más mínimo asomo de agresividad, ni siquiera puede tildarse de nacionalista, pues lo único que se acerca es la declaración de amor a Asturias y el anhelo de estar allí “en todas las ocasiones” (deseo que, por cierto, me parece muy comprensible y que más de un lector de este blog sin duda comparte). A mí he de reconocer que me encanta –diría que hasta me emociona– que el himno de una Comunidad Autónoma hable de subir a un árbol, coger una flor y dársela a la novia para que la ponga en el balcón. Cantando letras así no se puede ser nacionalista.


Seguiré con los otros himnos en un próximo post.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Tradición obliga

Vivimos en un país de tradiciones. De hecho, que algo sea tradicional, que se lleve repitiendo el suficiente tiempo, es motivo bastante para sacralizarlo y, si nos apuran, declararlo patrimonio intangible de la humanidad. Yo, a mi modesta escala, llevo ya once años consecutivos publicando un post el 31 de diciembre en el que pretendo hacer un escueto balance personal del año que acaba. Por tanto –qué remedio–, hoy estoy obligado a seguir la tradición en la que yo mismo me he entrampado y publicar la preceptiva entrada de cierre del año en curso y bienvenida al que viene, el sexagésimo por el que transcurriré.

Pero la verdad –y no es el primer año que me ocurre– es que no me apetece nada y, si estoy escribiendo este post, es sencillamente porque me siento obligado a hacerlo. Me pregunto que por qué no, sencillamente, paso de esta regla autoimpuesta y no encuentro una respuesta convincente. Una posible es el encanto de las series, cuanto más largas mejor. Dentro de un rato habré publicado una docena consecutiva de posts de fin de año y estaré en condiciones de prolongar la serie a trece, catorce, veinte … En cambio, si cedo a mis apetencias de hoy y rompo la serie impido que esa potencialidad sea acto. Por supuesto, con cada una de nuestras acciones abortamos una infinidad de sucesos potenciales, así que este argumento no deja de ser una tontería. Pero, no sé, no es lo mismo impedir lo que desconocemos que algo que ya hemos iniciado.

Si he de ser sincero, supongo que obedecer este imperativo mucho tiene que ver con factores supersticiosos. Desde pequeñito me iba poniendo pruebas mentales a las que condicionaba la consecución de ya ni recuerdo qué objetivos. Por ejemplo, si acierto al árbol de la plazoleta con tres pedradas seguidas, ocurrirá cualquier acontecimiento que deseaba. Me da la impresión de que tengo imbuidos algunos mecanismos irracionales que me impelen a cumplir ciertas normas secretas, casi mágicas, cuya infracción me ha de traer perjuicios. Naturalmente, sobra decir que no soy supersticioso, que sé que todo eso son tonterías absurdas, pero eso no quita que –ya lo conté en un post– todos los días de mi vida (al menos desde que, como se decía antes, tengo “uso de razón”) sea siempre el pie derecho el primero que apoye al levantarme de la cama, independientemente del lado de ésta en que duerma.

Así que, probablemente, si publico hoy este post es porque algún pepito grillo interior me insinúa que puede ser de mal fario no hacerlo. Unas cuantas veces en estos días me he planteado romper mi tradición (y publicar en cambio otro post que tengo casi acabado y que sigue con el asunto de los himnos), y al imaginarlo he sentido un confuso desasosiego. Vaya tontería, me digo, pero, al fin y al cabo, escribir estas líneas tampoco es tan dificultoso y así sigo la serie … ¡Y ya van doce! No obstante, me irrita un tanto la idea de ser esclavo de mi propia estupidez (aunque siempre sea mejor que serlo de la de otros) y me propongo, no la rebeldía de despreciar radicalmente la tradición, pero sí al menos una pequeña transgresión testimonial (¿de qué?); es decir, se trata de pactar una solución que armonice mi derecho soberano a hacer lo que me dé la gana (o a no hacer lo que no me apetece, en este caso) con el respeto supersticioso a la tradición propia de publicar un post de fin de año.

Y la solución a tan complejo enigma es sencilla: publico hoy, 31 de diciembre de 2017, el duodécimo post de fin de año de una serie que no interrumpo; pero, en este post no hago ningún balance del año que acaba, sino que me dedico a poner por escrito las boberías que ya han podido leer hasta aquí. ¡Problema resuelto! Lo que sí no puedo dejar de hacer es felicitar a los pocos (pero fieles) que se acercan por aquí. Ciertamente, la moda de los blogs ya ha pasado, y no debemos ser muchos los que seguimos publicando asiduamente después de casi doce años. Aunque lo hago porque me divierte y no para acumular lectores, eso no quita que esté agradecido a quienes me leen y más si cabe a los muy pocos que todavía comentan. En todo caso, para ellos y para todos, que el 2018 nos trate lo mejor posible y a ver si dentro de un año, el próximo 31 de diciembre, escribo un post que contenga un espectacular balance.


jueves, 28 de diciembre de 2017

Els Segadors

Imagino que la mayoría de quienes no son catalanes desconocen la letra de Els Segadors, el himno de esa Comunidad Autónoma. Yo la conocí hace ya algunos años, motivado por uno de mis frecuentes arrebatos de curiosidad, esa vez enfocado a las canciones patrióticas para tratar de descubrir los denominadores comunes de sus letras. Cuando la leí me causó una desagradable desazón por su nacionalismo agresivo. Otros himnos ensalzan los valores, bellezas o cualesquiera otros aspectos positivos de la patria. Éste, sin embargo, es una proclama amenazadora contra los enemigos, a los que anima a expulsar para que Cataluña, triunfante, vuelva a ser rica y plena. Pero, como no quiero que nadie se base solo en mi opinión, en el audio que adjunto a continuación puede leerse la transcripción de la letra y su traducción.


Los segadores de los que habla el himno son los que el 7 de junio de 1640, día del Corpus entraron en Barcelona y protagonizaron la revuelta conocida como del Corpus de Sang que tuvo aterrorizada a la capital catalana durante tres días. Como trataré en un próximo post, a mi modo de ver, ese episodio histórico no es precisamente algo de lo que deberían sentirse orgullosos los nacionalistas, aunque no pocos de sus historiadores lo consideran uno de los hitos constitutivos de la nación. En todo caso, la historia del himno es –como la de  casi todos los símbolos nacionalistas– una reconstrucción relativamente moderna, cuyos elementos están hechos en su mayor parte de pastiches falsificados. Parece que el texto original fue un romance compuesto contemporáneamente a la revuelta para dar noticia de los sucesos y llamar al pueblo catalán a que se alzara en armas al inicio de la guerra dels segadors. Ese romance, de mediados del XVII, se fue transmitiendo de forma oral hasta que el eminente filólogo Manuel Milà i Fontanals (1818-1884) lo transcribió en su Romancerillo catalán (1882). Si ese romance era originalmente cantado se desconoce cuál era la melodía. En cuanto a la letra, la original era bastante distinta que la que se canta en la actualidad, mucho más larga, con varias alusiones religiosas y bastante menos “patriótica”.

En 1891, Francesc Alió, uno de los impulsores del “catalanismo musical”, publica Cançons populars catalanes, donde recoge veintitrés canciones con acompañamiento de piano, compuestas al objeto de ser interpretadas en los salones de la floreciente burguesía finisecular. Entre esos temas se encuentra la musicalización de Els Segadors –el texto de Milà–. Parece que la melodía provenía de otra canción campesina, ésta de corte erotico, que entonaban los payeses en las tareas agrícolas. Incluso, en los últimos años, se ha apuntado que la música que adoptó Alió de la canción festiva podría a su vez derivar del himno hebreo Ein K'Eloheinu ("No hay nadie como nuestro dios") que se entonaba como plegaria al final del shacharit, la oración matinal judía. Esta melodía parece datar del siglo XV, es decir dos centurias anterior a los sucesos del Corpus de Sang. En fin, lo importante es que en la última década del XIX, en el ambiente de la Renaixença y los enfervorizados inicios del catalanismo, aparece un primer himno que enseguida será interpretado por L'Orfeó Català, la sociedad coral creada por las mismas fechas con la intención de instaurar e impulsar un movimiento musical propio de Cataluña.

A partir de entonces, la canción se empezó a popularizar en ambientes catalanistas. Por lo visto, a su difusión contribuyó mucho la letra belicosa y, en cierta medida, antiespañola; parece que los más radicales de los catalanistas de aquella primera ola solían silbar la melodía en las estaciones de tren, especialmente cuando llegaban o se iban ministros de la monarquía alfonsina. Sin embargo, el texto de Milá, como ya he dicho, no era del todo adecuado para alcanzar el éxito completo. Probablemente por eso, el 10 de junio de 1899, la Unión Catalanista convocó, a través de las páginas de la revista La Nación Catalana, un concurso para premiar «la mejor composición en verso que, simbolizando en valientes estrofas las aspiraciones nacionalistas de Cataluña, se adapte bien a la melodía popular conocida con el nombre de Els Segadors», transmitiendo «los deseos que siente Cataluña de reconquistar su personalidad perdida y que con su esfuerzo la libren del yugo que hoy sufre». El propio enunciado del concurso deja bastante claras las intenciones de los promotores, así como que el sentimiento de los catalanes (de algunos, al menos) de estar oprimidos no es nada nuevo. El texto ganador –que es el del actual himno oficial de Cataluña– fue obra de Emili Guanyavents, un tipógrafo muy singular porque, además de catalanista, era anarquista (recuérdese que el movimiento anarquista español tuvo en Cataluña su foco más importante y activo). Este Guanyavents, nacido en 1860 y por tanto aún joven cuando obtuvo el premio, tuvo larga y fecunda carrera en la vida cultural catalana (murió en 1941 en Barcelona, su ciudad natal, así que le dio tiempo de verla derrotada y ocupada por el franquismo).

La composición de Guanyavents no gustó a todos, desde luego. Incluso no pocas voces del ámbito del catalanismo manifestaron su desagrado con el tono agresivo de la canción –entre ellos, nada menos que Valentí Almirall, quien calificó el himno de “canto de odio y fanatismo”–. De hecho, hasta la Guerra Civil había otras canciones que quizá fueran más estimadas por los dirigentes catalanistas, pero es verdad que Els Segadors, precisamente por su letra amenazadora contra quienes “encadenan” a Cataluña, era de las preferidas por el pueblo. Es ilustrativo comparar el texto del vigente himno con el del Cant de la senyera, del poeta Joan Maragall, uno de los que con más insistencia fue propuesto en aquellos años como alternativa. Mientras Maragall enarbola la bandera como señal de hermandad y libertad, Guanyavents la convierte en hoz con la que segar cadenas y expulsar a “esta gente tan ifana y tan soberbia”. El caso es que, por las razones que sean (yo apuesto por la agresividad de la letra), durante el Tardofranquismo y los inicios de la Transición, Els Segadors se convirtió de facto en la canción de quienes reclamaban la recuperación de la autonomía catalana. En la multitudinaria Diada de 1977 (la segunda que pudo ser celebrada tras la muerte de Franco) se confirmó su primacía. Aún así, habría de esperarse al 25 de febrero de 1993, fecha en que por Ley del Parlament, Els Segadors fue declarado himno oficial de Cataluña (eran aún los tiempos de Pujol).

lunes, 25 de diciembre de 2017

Ranita hervida

Lo leo en Facebook; una historieta montada en video a medio camino entre la fábula moralizante y la divulgación naturalística. Cuenta que se mete una rana en un caldero con agua y se pone al fuego. A medida que el agua se va calentando, la rana va cambiando su temperatura corporal para adaptarse. Pero llega un momento en que ya no es capaz de seguir haciéndolo por lo que intenta salir del caldero. Sin embargo, como el proceso de variación térmica le ha consumido casi toda su energía, no tiene fuerzas para saltar y muere achicharrada en el agua hirviendo. Moraleja: no hay que adaptarse permanentemente a las presiones exteriores, bastante antes de que sean excesivas hay que saltar, rebelarse, porque de no hacerlo acabaremos sojuzgados e infelices, si no "muertos".

Que yo recuerde de mi bachillerato, las ranas son animales de sangre fría y, por tanto, no son capaces de mantener su temperatura corporal más o menos constante. Pero, en todo caso, no importa demasiado la mayor o menor exactitud del dato de partida porque el 99% de quienes lean el cuentito quedarán inmediatamente convencidos de que es una verdad científica. A la vista de los comentarios que había a ese video, sorprende la unanimidad admirativa (muchos "me gusta") y la absoluta ausencia de dudas. Y eso que en un relato tan corto había multitud de aspectos para despertar el escepticismo. Por ejemplo, ¿qué significa que cambia su temperatura para adaptarse? ¿Que el metabolismo de la rana puede funcionar en márgenes térmicos internos muy amplios? Suena raro. De otra parte, la temperatura interna de un cuerpo tiende naturalmente a igualarse a la externa. Es justamente para evitarlo, para mantener la temperatura interna más o menos contante, que se gasta energía. Entonces, ¿a qué viene eso de que la ranita ha quedado agotada por ese inexistente esfuerzo? Además, no es para nada creíble que se haya hecho un experimento tan burdo e idiota. Y, de haberse hecho, la conclusión lógica es que la rana murió achicharrada no porque hubiera consumido sus energías, sino porque flotando en el agua no tenía apoyos para saltar fuera del caldero.

En resumen, que asombra el grado de aceptación acrítica de la inmensa mayoría de los usuarios de internet (o, al menos, de los de Facebook). Pero otra cosa que me admira –y ésta es anterior a las redes– es el gusto de nuestra especie por sacar conclusiones morales del comportamiento animal. Vamos a ver, el consejo de manual de autoayuda de no soportar presiones o maltrato indefinidamente es obviamente correcto; lo es en sí mismo, sin necesidad de deducirlo de lo que presumiblemente le ocurre a una pobre ranita a la que un sádico ha puesto a hervir con "fines científicos". Pero es que, la deducción es incorrecta desde la lógica más elemental. De lo que le ha ocurrido a la ranita no se deduce la moraleja. De la misma manera que tampoco es lógicamente válida la moraleja de ninguna fábula. Las fábulas, ciertamente, se vienen componiendo y contando desde la antigüedad (ay, Esopo), y no será yo quien desmerezca su utilidad didáctica para impartir enseñanzas morales a los niños. Cuestión distinta es que los ya no tan niños sigan usando como método de aprendizaje y convicción el de las metáforas animales.

No obstante, hay que reconocer que las fábulas siguen siendo el formato más eficaz para todas esas disciplinas que podemos agruparlas bajo el amplio manto de la comunicación, el convencimiento, etc. Después de haber escrito los párrafos anteriores, busco un poquito en internet y descubro que la historieta esta de la rana en el caldero se repite en múltiples contextos. Por lo visto, según aclara Pablo Tovar (un executive coaching), "se trata esta de una conocidísima fábula para mostrar nuestra dificultad de adaptación a los cambios incrementales; aquellos que no son súbitos. Incluso se dice muchas veces que está basada en probados experimentos" (naturalmente, no refiere cuáles son esos experimentos). En el video que adjunto a continuación se vuelve a la metáfora de la rana pero en esta ocasión para advertir del peligro de los cambios graduales que hacen que nos adaptemos casi sin darnos cuenta hasta un punto en que ya es demasiado tarde para revertir la situación. Será que me queda poco del niño que fui, pero yo lo entiendo mucho mejor y me convence mucho más eficazmente la historia cuando se refiere directamente a la sociedad humana; me sobra la fábula de la ranita.

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Paseo madrileño

Camino por Madrid. Esta ciudad, si no vives, mejor dicho, si no trabajas en ella, es fantástica para pasear y tropezarte incesantemente con descubrimientos o redescubrimientos (es decir, que ya conocías pero has olvidado y, por tanto, no esperabas encontrarlos). Esta mañana he salido de casa de mi hermana (cerca del barrio de San Juan Bautista, entre la M30 y Arturo Soria), he cruzado la autovía circunvaladora y he bajado todo López de Hoyos hasta la Castellana. Pretendía llegar al Museo del Romanticismo, en la calle San Mateo, con previa parada en la Fundación Mapfre del Paseo de Recoletos; o sea, combinar caminata con disfrute artístico. Sin embargo, al pasar por Colón me apeteció echar un vistazo a la muestra homenaje al recientemente fallecido Basilio Martín Patino, que hay en el Centro Cultural de la Villa. La exposición se titula "Madrid, rompeolas de todas las Españas", tomado de unos versos que Antonio Machado escribió en noviembre de 1937, en una ciudad cercada ("Madrid, Madrid, ¡qué bien tu nombre suena / rompeolas de todas las Españas! / La tierra se desgarra, el cielo truena, / tú sonríes con plomo en las entrañas"). Desde luego, me alegro de haber entrado y dedicar una hora y media a repasar, mediante fotos y fragmentos de sus películas, la historia de Madrid: República, Guerra Civil, Posguerra, Transición, Movida y los años mäs recientes (los indignados de Sol). Hacia el final, veo una intervención del cineasta en aquel magnífico programa de TVE que fue "La Clave" (¿concebiríamos hoy un programa donde los tertulianos dejaran hablar y, además, argumentaran con sentido e inteligencia?) y, como un destello, me viene a la memoria una tarde de mi adolescencia (calculo que sería hacia 1972) en la que Basilio con su hermano José María, que era amigo de mi padre, estuvieron en nuestra casa (José María, jesuita, fue secretario del cardenal Tarancón durante la Transición). Como niño bien educado que era saludé a aquellos señores quienes por entonces no me interesaban en absoluto. Creo que no me acordaría si no fuera porque unos años después, cuando por fin se autorizó la exhibición de "Canciones para después de una guerra" –yo acababa de entrar en la universidad–, mi padre me contó que de esa película habían hablado aquella tarde en nuestra casa. Luego, sobre todo en los ochenta, vi dos o tres filmes más de Martín Patino, pero he de reconocer que no lo he seguido apenas; es más, ni siquiera me enteré de que había muerto este pasado agosto. La visita de hoy me ha incentivado a repasar su obra; otro propósito de año nuevo.


Salgo del Centro Cultural de la Villa, cruzo Jorge Juan y me digo: "ya puestos, veamos que exhiben en la Biblioteca Nacional". Pues nada menos que "Cartografías de lo desconocido", con un montón de mapas que guarda la Institución. Tentación demasiado grande, ya que mapas y especímenes emparentados son desde hace mucho asuntos de mi interés. Veo algunas cosas curiosas, aunque en conjunto la muestra se me hace un poco pesada, quizá porque había más gente de la deseable para una experiencia más placentera. En fin, que cuando emerjo al exterior es ya la una y media, y había quedado a las 14:30 con un amigo en la boca de metro de Alfonso XIII. Obviamente, había de renunciar a Zuolaga en el París de la Belle Époque (Fundación Mapfre) y a la inmersión en el Romanticismo decimonónico. No pasa nada, pienso, aún tengo días en Madrid y no quiero dejar de hacer una docenita de kilómetros cada día. Entre paréntesis: se trata de un ensayo del más importante de mis propósitos para el dieciocho. A mí me gusta mucho andar pero lo cierto es que últimamente lo hago con poca frecuencia, postergándolo por múltiples urgencias cotidianas. El resultado de mi sedentarismo, junto con otros factores, ha sido una continuada subida de peso que ha llegado ya a cotas inadmisibles. Dieta y ejercicio, no queda otra.


Pues nada, que comienzo el camino de regreso atravesando el Barrio de Salamanca en zigzag y comprobando el fervor patriótico de los madrileños de bien mostrado en no pocas enseñas rojigualdas en ventanas y balcones ( ni una señera estelada, oiga); desde luego, en Tenerife no ha habido ni de lejos tanto entusiasmo banderil en respuesta al "desafío catalán". Así, paso a paso, llegué al cruce de Francisco Silvela y Avenida de América, paso por detrás del Intercambiador y enfilo por la calle Mataelpino porque quería seguir por Clara del Rey. Y es entonces cuando surge el "redescubrimiento" del día, tal como explicaba antes: veo un edificio de magnífica arquitectura y pienso "esto yo lo conozco", pero tardo un rato en acordarme. Se trata del bloque de 45 viviendas en dúplex que conforma la IV fase de la Colonia de la Virgen del Pilar. Corroboro luego en casa de mi hermana que, en efecto, fue una de las realizaciones más importantes de la ObraSindical del Hogar durante los cuarenta, en unos años en que había unas discusiones enconadas sobre arquitectura y urbanismo entre los "pasionales" de Falange y los adscritos a las otras familias de aquel franquismo primerizo, mucho más pragmáticos (algún día he de escribir sobre este asunto). Lo cierto es que en esas administraciones del Régimen había un buen puñado de arquitectos jóvenes y de altísima calidad profesional. Uno de ellos era Francisco de Asís Cabrero (1912-2005), cuya obra más conocida es la Casa Sindical en el Paseo del Prado, actualmente el Ministerio de Sanidad. Este edificio de viviendas sociales refleja externamente su estructura constructiva, consistente en una serie de muros medianeros Con contrafuertes de arriostramiento en ambos extremos. Son seis plantas que corresponden a tres filas de 15 viviendas dúplex, cuya unidad formal se define mediante bóvedas de doble tabica; la planta inferior tiene una terraza cubierta a doble altura, lo que provoca un juego acusado de sombras que confieren un carácter espectacular a la fachada de ladrillo.


Bueno, para ser sinceros, hay que advertir que la altísima calidad compositiva de la fachada ha quedado brutalmente devaluada porque en un gran número de las viviendas sus propietarios se han dedicado a tapar el magnífico vano de doble altura con una espantosa carpintería de aluminio blanco. Una pena, qué duda cabe, la falta de sensibilidad de unos propietarios que, para ganar unos escasos metros cuadrados habitables, destrozan una obra arquitectónica y, por ende, empeoran el entorno urbano. Habrá quienes opinen que los propietarios tienen todo el derecho a alterar la fachada de su vivienda. Es un debate viejo en el que no voy a entrar ahora. Diré tan solo que niego ese presunto derecho, que hay un interés público que limita las facultades privadas. Pero en fin, de lo que se trataba era de dejar constancia de este reencuentro mío, una inesperada y agradable sorpresa.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Palabras de muerte

La palabra es la fuente de todo poder –en el principio era el Verbo y el Verbo era Dios–. Hablar y que tus palabras sean escuchadas, temidas y, sobre todo, que se hagan acto. Mío es el Poder, y también ha de ser la Gloria. Reconozco que aún no termino de acostumbrarme y casi llevo un año en el cargo. Pero no basta ocuparlo –cuántos lo han hecho antes que yo–, ha de extraerse la fuerza potencial, hay que encontrar las palabras –el Verbo – que, a modo de conjuro arcano, convierta la energía latente en acto creador. Poco a poco, gracias a ensayos precisos, voy imbuyéndome de ese poder divino, haciéndolo mío. Hace unos días ejercí la última prueba hasta hoy: una simple conferencia de prensa desde la Casa Blanca. Sin que nadie lo esperara anuncié mi voluntad de trasladar la embajada estadounidense de Tel-Aviv a Jerusalén y afirmé que ésta es la capital de Israel. Sabía lo que había de ocurrir y ocurrió. Pero es que ahí radica la auténtica talla de quien merece el atributo divino del verbo creador: no acobardarse ante las consecuencias terribles de la Palabra, conocerlas de antemano y, sin embargo, hablar. Sé que ha habido muertos y heridos, tenía que haberlos, era necesario que los hubiera; justamente tal es la muestra del Poder. Esos palestinos habían de morir, así era obligado por el proceso de la Historia. Si un poseedor del Verbo dejara de ejercerlo por nimias vidas humanas, no merecería ostentar ese Poder, no cumpliría la sagrada misión creadora de activar la Historia.

Muhammad no tenía más que dieciocho años y en su corta vida era odio de lo que más disponía. Vivía conmigo, su padre y sus tres hermanos en Beitunia, una pequeña ciudad a solo tres kilómetros al Oeste de Ramala. El fuego de su odio se avivó salvajemente cuando supimos que el maldito presidente de los Estados Unidos reconocía el derecho judío sobre Jerusalén. Ismael Hanniya nos pidió un viernes de la ira, una protesta contra los hebreos. Lloré toda la noche previa, intentando conmover con mis súplicas a Muhammad y a su hermano, convencerlos de que no fueran a Ramala. No me hicieron caso, pero –Al·lahu-àkbar– regresaron, aunque Khalil, su hermano mayor, con golpes en todo el cuerpo y dos costillas rotas. Volví a llorar ante su cama una semana después, de nuevo infructuosamente. Este viernes han matado a mi hijo menor. Lo han matado los soldados israelíes, pero es como si lo hubiera matado ese maldito servidor del diablo. Me pregunto cómo alguien puede mostrar tan cruel indiferencia hacia la vida de miles de inocentes. Ese hijo de Satán sabía con seguridad absoluta que las declaraciones que hizo traerían muertes y desolación; y, sin embargo, las hizo. Me pregunto cómo alguien así puede dormir por la noche y sólo puedo responderme que no pertenece a la comunidad de los hombres. Te maldigo con toda la inmensa rabia de mi sufrimiento.


El viernes 15 de diciembre, un chaval palestino de dieciocho años, Muhammad Amin Aqel, se acerca corriendo a los soldados del puesto de control de Beit El, en la ciudad cisjordana de Ramala, la sede principal de la Autoridad Nacional Palestina (ANP). Parece que llevaba una navaja y también parece que con ella llega a herir a un soldado israelí en el hombro. Enseguida, el chico comienza a retroceder a saltos, de cara a los soldados (se ven cinco o seis que cargan sus armas y le apuntan). Suena un disparo, el chico se encorva pero sigue brincando en su marcha atrás. Otro disparo y esta vez el chico cae sentado sobre la calzada (están en una glorieta con una especie de monolito blanco en el centro). Un tercer disparo y el chaval queda tendido, se pone boca abajo, se oyen sirenas de una ambulancia, los soldados israelíes se acercan, siguen apuntándole. El muchacho está dando la vuelta sobre sí mismo, por un instante queda boca arriba y queda a la vista lo que parece un cinturón de explosivos, inmediatamente los militares retroceden. Entre tanto, las ambulancia han llegado, son de la ANP, bajan dos sanitarios y llegan hasta el caído. Siguen oyéndose disparos y luego gritos y aspavientos de los soldados que pareciera que quieren impedir que recojan al herido; pero se forma un corro de personas en torno a él (varios con el chaleco azul de prensa) y lo introducen en la ambulancia. Pasa bastante tiempo, las ambulancias no arrancan, hay un gran revuelo entre todos los que están ahí, de pronto se oyen más disparos y bombas de humo. Al final, los paramédicos sacan a Aquel de la ambulancia y lo meten en un vehículo privado. Horas más tarde, moría en el hospital. Ese mismo día, murieron tres palestinos más (y cuatrocientos fueron heridos) por disparos de soldados israelíes en las protestas convocadas contra la decisión de Trump.

jueves, 14 de diciembre de 2017

El ciclo catalán

Helmut G. Koenigsberger, un historiador británico de origen alemán, acuñó el término «Estado compuesto» para referirse a la estructura de la mayoría de los reinos europeos en la Edad Moderna. Esos que desde la visión actual y con inevitable anacronismo consideramos Estados –España, entre ellos– eran, básicamente, un conglomerado de entidades políticas diferenciadas, aunque sometidas a un monarca común. Cada una de ellas podía tener su lengua propia, sus “señas identitarias particulares”, y sobre todo unas instituciones, leyes y regímenes fiscales y económicos propios y exclusivos. Los naturales de esos territorios (en particular, los pertenecientes a las minorías acomodadas) exigían el reconocimiento de esas diferencias, las que llamaban sus “libertades” y de hecho, la aceptación del poder real se entendía condicionada a un pacto entre el monarca y las instituciones locales. Así, durante los siglos XVI y XVII, estaba bastante asentada la idea de que España –como otros reinos europeos– era una unión de entidades aeque principaliter (de igual importancia). El Principado de Cataluña era, desde luego, una de esas entidades; es más, era una de las más celosa de sus “privilegios”. En todo caso, no se debe perder de vista que esas instituciones, derechos y libertades provenían siempre del feudalismo, no eran sino privilegios de los señores frente al monarca (y para nada beneficiaban al pueblo, más bien al contrario). Una de las notas de la transición de la Edad Media a la Edad Moderna consistió precisamente en el esfuerzo de los monarcas de construir los nuevos Estados y, para ello, les era necesario abolir o al menos debilitar los contrapoderes nobiliarios. Fue, claro está, un proceso largo (no en vano existieron esos Estados compuestos durante tanto tiempo) y violento. Pero, sobre todo, no fue igual en todos los territorios. En Cataluña, por ejemplo, Fernando II (sí, el de Isabel), que por algo fue el modelo del Príncipe de Maquiavelo, optó por la estrategia del pactismo moderado que culminó con la Constitució de l’Observança (1481) que pacificaba un país convulso y arrasado tras la Guerra Civil. En Castilla, por la misma época, su cónyuge consiguió arreglárselas bastante bien con los altivos y desobedientes señores de la época. Pero probablemente fue a principios del reinado de su nieto cuando, con el aplastamiento de los Comuneros, se sofocaron para siempre las veleidades “separatistas” (en el sentido de insumisión a la Corona) de los pueblos de lo que era ya el gran reino de Castilla. Es natural, por tanto, que los monarcas de la casa de Austria se sintieran mucho más cómodos en el lado castellano (y, por cierto, exprimieran mucho más a sus habitantes que a los aragoneses, valencianos, catalanes, baleares y navarros).

En fin, el término «Estado compuesto», aunque sea de invención reciente (data de 1975), me parece que es bastante adecuado para sintetizar la naturaleza de esos conglomerados de naciones, señoríos o como quiera llamárselos regidos por un Monarca con vocación de absoluto pero, aún así, obligado a “pactar” o “hacer concesiones” a las distintas piezas del mosaico. En el caso español, lo cierto es que todos los Austrias se movieron en un equilibrio inestable entre los intentos de homogeneizar y unificar la monarquía y contentar, mediante concesiones, las reivindicaciones que venían, sobre todo, de Cataluña. Este conflicto siempre latente y con periódicas explosiones violentas (aunque hoy los catalanes se proclaman gent de pau) es valorado de muy distinta forma según las tendencias ideológicas de los historiadores (por ejemplo, Joaquim Nadal i Farreras (el que fuera conseller con Pasqual Maragall) afirma que el sistema pactista que serviría de pauta para la articulación de toda la monarquía hispánica sería puesto duramente a prueba por el “agresivo nacionalismo castellano”). Lo cierto es que hubo no pocos incidentes que pueden interpretarse como muestras de que Cataluña distaba de estar bien encajada en lo que sería el Estado, y unos cuantos tenían motivaciones de carácter económico. O sea, que aunque estemos mirando a una época muy distintas en términos políticos (los factores en juego eran muy otros y, desde luego, no contaban para nada cosas como democracia o derechos humanos), llama la atención que desde los orígenes de la unión dinástica haya existido, salvando las distancias, un “problema catalán”. Y por tanto la Historia parece atestiguar que algo particular tendrían los catalanes (los notables catalanes) porque, a diferencia de los otros pueblos de la Península, incluyendo los que también formaban parte de la Corona de Aragón, mantuvieron con más continuidad y constancia un afán de reclamar sus singularidades y exigir privilegios y cotas de autogobierno.

Habrá quien piense que, aún admitiendo una mayor belicosidad de los catalanes (una menor disposición a integrarse o a renunciar a sus peculiaridades), la monarquía hispánica no fue capaz de aplastar el molesto catalanismo (permítaseme este otro anacronismo) como, por ejemplo, si supieron hacer los reyes franceses y, después de ellos, los revolucionarios republicanos. No sé si ello hubiera sido posible ejerciendo más mano dura, pero de lo que no cabe duda es que desde Felipe II hasta el siglo pasado ha habido un buen número de “pacificaciones” de Cataluña, que hacen que no sea demasiado exagerada la frase atribuida a Espartero: “Hay que bombardear Barcelona cada 50 años para mantenerla a raya”. Es decir, que llevamos ya más de cuatrocientos años con una pauta que se repite sin fin: aumento de la desafección en Cataluña respecto del resto de España (dan un poco igual los motivos concretos), explosión y enfrentamiento con el Estado, represión más o menos violenta que derrota al “catalanismo”, aparente pacificación y vuelta al redil a lo que siempre han contribuido concesiones desde el Estado (el catalanismo es especialista en obtener beneficios tras las derrotas), y progresivo aumento de la desafección reiniciando el ciclo eterno. A ver si saco tiempo para repasar la historia catalana (y española) desde la óptica de este conflicto, cuya evolución parece responder a una función sinusoidal. Pendiente de ello, creo que puede admitirse, al menos de forma provisional, que a lo largo de los últimos cinco siglos nunca se ha alcanzado una situación de equilibrio estable en lo que se refiere a la integración de Cataluña en el conjunto del Estado. Los catalanes (la minoría dirigente, pero cada vez mas la población en general) siempre han reclamado y obtenido cotas de autogobierno notablemente mayores que el resto de entidades territoriales del Estado, y pareciera que nunca han sido suficientes. Mas creo que es justo señalar también el contrapunto: los castellanos (simbolizando en ellos las minorías que han ido construyendo –con no demasiado éxito– el Estado) siempre han recelado de esas pretensiones de autonomía catalanas, no han querido entenderlas (casi ni conocerlas) y en numerosas ocasiones han procurado menoscabarlas si no suprimirlas.

Que a estas alturas, después de tanto tiempo, la versión actual del conflicto se siga planteando en acusaciones mutuas entre ambas partes, sin la más mínima empatía, no es, a mi juicio, sino una elocuente demostración del carácter estructural del problema. Ojalá no existieran los nacionalismos, ojalá los seres humanos no tuvieran ese afán –que a mí me parece enfermizo– de exaltar sus peculiaridades que, para colmo, son nimiedades ridículas frente a las mucho más importantes características comunes (es como lo de ver la paja pero no la viga). Pero la realidad es como es y no como a uno le gustaría que fuera. Por eso, si llevamos quinientos años con esta película cansina, ¿es razonable pensar que algún día podremos llegar a una estructura de Estado (de reparto competencial, de integración solidaria, etc) en la que catalanes y resto de españoles nos sintamos a gusto unos con otros? Me consta que, tanto desde Cataluña como desde “Castilla”, hay muchos que piensan que la solución “pactista” no puede sino parchear el problema, incluso que para que el parche aguante un mínimo de años el pacto sería inadmisible. Entonces, ¿qué queda? Porque hoy en día, bombardear Barcelona tiene difícil venta.