jueves, 31 de agosto de 2006

Genes, emociones y comportamiento

En las últimas dos semanas he leído dos libros muy interesantes de sendos etólogos sobre la incidencia de la herencia genética en nuestros comportamientos. Como es sabido, todo ser vivo, en primera instancia (o en última, qué más da) está programado para transmitir sus genes. Mediante la selección natural algunos genes, los que menos éxito reproductivo tienen, van poco a poco desapareciendo mientras que otros, los contrarios, van dominando. Los genes, por otra parte, no son sino trocitos de ADN que podemos asimilar a “paquetes de información” con las instrucciones de funcionamiento del ser vivo, su vehículo de propagación (eso somos para los genes). Así, hay instrucciones para que los ojos salgan verdes o marrones (el típico ejemplo mendeliano) pero también para ser más o menos celoso, agresivo, etc.

Cuesta creer que las emociones y su expresión reactiva (el comportamiento) ante situaciones de la vida real estén “codificadas” genéticamente. Yo siempre las había achacado a condicionantes culturales que, mamados desde pequeñitos, se nos habían incrustado tan dentro como si “formaran parte” de nuestra propia naturaleza. Pues parece que es que sí forman efectivamente parte de nuestra propia naturaleza. Y, en realidad, es bastante lógico, porque la mayoría de nuestras emociones son innatas como resultado de respuestas adaptativas al objetivo de mejorar la transmisión de los genes. En función del entorno del ser humano, durante los millones de años de la especie, los genes han ido mutando para alcanzar su mayor éxito reproductivo. No importa que el objetivo de un ser humano concreto hoy en día poco o nada tenga que ver con transmitir sus genes; sus emociones (y por tanto, en gran medida su comportamiento) vienen condicionadas por genes que resultaron más eficaces que otros (que habrían codificado otras emociones) en sus respectivos éxitos reproductivos.

En estos libros se describen con bastante detalle muchos comportamientos arquetípicos del ser humano desde la óptica de su papel adaptativo. La monogamia y las relaciones afectivas basadas en los celos y la posesión, la infidelidad, los orgasmos, el enamoramiento, la atracción sexual y afectiva, los mecanismos de la violencia ... Y uno se queda impresionado. De todas maneras, a mi modo de ver, el que gran parte de nuestras emociones tengan un origen genético, no suprime la importancia de la cultura, del ambiente en el que crecemos. Lo curioso, en todo caso, es que la mayoría de los “valores” culturales aprendidos refuerzan los condicionantes genéticos adaptativos. Por ejemplo, la institucionalización cultural de la pareja monógama (si bien con la “aceptación implícita” de devaneos ocasionales) no hace sino reforzar lo que parece que ha sido la opción más eficaz de la evolución genética de nuestra especie. Al final, en gran cantidad de asuntos, natura y cultura van bastante de la manita y, sospecho, se apoyan mutuamente.

Así que, al final, quizás, para entender nuestros "desconciertos", no sea demasiado relevante si lo que sentimos es porque lo llevamos en los genes o porque lo hemos “mamado” ambientalmente. Porque es probable que ambos factores influyan. Lo importante, en mi opinión (y en esto coinciden bastantes autores), es que por mucho que nuestras emociones y, consecuentemente, nuestros comportamientos estén condicionados (sea genética o culturalmente), no estamos “determinados”; es decir no somos esclavos ni de los genes ni de los “valores” que hemos mamado desde pequeños. La mayor grandeza de nuestra especie (para mí) es precisamente que somos capaces de trascender de nuestras tendencias heredadas o aprendidas. Nótese que digo “somos capaces”; así que no es prueba en contrario que la mayoría de nuestros congéneres sientan y se comporten como cabe esperar que lo hagan dados sus condicionantes genéticos y culturales.

Ayer K me decía que no hay necesidad de cuestionarse todo, que las cosas son más sencillas. No estoy de acuerdo (y se lo dije). No es que haya que cuestionarse todo por el simple hecho de cuestionarlo; pero sí es bueno cuestionar la validez o la bondad de sentimientos, actitudes, comportamientos, emociones ... que inercialmente damos por buenos cuando nos surge la sospecha de que no son tan buenos (y uso el calificativo bueno en términos de eficacia en la consecución de nuestra felicidad interior). Y cuando se empieza a cuestionar un aspecto es bastante frecuente que se cuestionen otros, porque tiras del hilo de una madeja muy enmarañada.

Digo todo esto porque, efectivamente, me estoy cuestionando muchos de esos sentimientos, actitudes, comportamientos, emociones, valores. Y puedo llegar a la conclusión (de hecho llego) de que quiero cambiar muchos de ellos, de que quiero vivir con otros distintos. Además me convenzo íntimamente (no sólo desde el razonamiento intelectual) de que esos cambios son buenos (eficaces) para mi felicidad. Lo cual no quiere decir que no sigan en mí esos sentimientos, actitudes, comportamientos, emociones, valores ... porque los tengo muy dentro. No obstante, pienso que es posible desmontarlos y reconstruirlos hacia lo que quiero que sean ... Y, aunque no lo fuera, merece la pena intentarlo.


CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
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miércoles, 30 de agosto de 2006

Desbarrando sobre el tiempo

En una de esas conversaciones entre amigos en las que da por repasar lo divino y lo humano, hablando de cómo el tiempo se nos pasa cada vez más rápido, alguien atribuyó a Borges la tesis de que la percepción del paso del tiempo es proporcional al tiempo vivido. No creo que esa idea sea de Borges, ni siquiera que la haya usado. Tuve una época muy borgiana y, si la hubiera leído, me habría llamado la atención. He revisado los textos de Borges de que dispongo (además de algunas consultas en Internet) y no he encontrado nada parecido. Bien es verdad que el asunto del tiempo, incluso de la misma existencia del tiempo, era uno de los preferidos de Don Jorge Luis. La “Nueva Refutación del Tiempo” (de “Otras Inquisiciones”, 1952) es probablemente el texto más pertinente a este respecto. Pero nada que ver con lo de la proporcionalidad que dijo mi amigo; es un ejercicio de acrobacia filosófica montado sobre la cuasi-infinita erudición del genial argentino (por cierto, la erudición de Borges era tan amplia que abarcaba autores imaginarios).

Pero, aunque no fuera de Borges, la hipótesis nos animó a unas cuantas reflexiones absurdas, estimulantes para el ingenio. Sin complicarlo demasiado, lo que vendría a significar es que cada uno percibe el mismo periodo de tiempo (pongamos un año) como una fracción del tiempo vivido (o quizás del tiempo "percibido acumulativamente” en alguna suerte de reloj biológico). Es decir, para mí un año es 1/47 parte de mi vida, mientras que para mi hijo el mismo año corresponde a 1/21 parte de la suya. Así que, la percepción de ese mismo año es cuantitativamente muy distinta: para mi hijo ese año ha durado (según su percepción) más del doble que para mí (2,2381 veces más).

Eso explicaría, dijo alguien, que a medida que envejecemos el tiempo se nos pase más rápido, un mismo año nos dure menos. La disminución de esa “duración perceptiva” es muy pequeña para periodos cortos de tiempo, por lo que sólo se aprecia cuando uno recuerda lo largos que eran los años en la época de la universidad (y la de cosas que daba tiempo a hacer) en comparación con lo breves que se nos antojan ahora; y lo insoportablemente lejano que de niños nos parecía mañana o la semana siguiente, cuando hoy ...

Ejercicio aritmético 1: Calculo mi propia reducción progresiva del tiempo en el momento actual. Llevo vividos unos 17.200 días. La duración subjetiva de dos días consecutivos sería 1/17.200 y 1/17.201, respectivamente. El segundo día lo percibiría un 0,0058% más corto que el anterior; traducido a unidades absolutas equivale a que tendría 5 segundos menos. Es decir, entre un día y otro (a mi edad) la diferencia es inapreciable. Sin embargo, si con el mismo método comparo el día de mi vigésimo cumpleaños (7.300 días vividos) con el de hoy, resulta que ahora un día me dura apenas el 42% de lo que duraba entonces o, lo que viene a ser lo mismo, el tiempo que percibo que tarda en pasar un día equivale a solo un poco más de 10 horas de mis veinte años. Parece demasiado exagerado ... ¿o no?

Yo sí creo que es exagerado; pero no importa, asumamos el modelo de la proporcionalidad inversa a modo de divertimento. La consecuencia inmediata es que hay dos modos de medir el tiempo. Uno, el habitual, se basa en referencias externas a nosotros, sean astronómicas (el tiempo que tarda la tierra en dar la vuelta al sol) o la más precisa que se vincula al periodo de radiación de un isótopo del cesio. Pero el que nos interesa es el interno, que nos daría la duración subjetiva de un periodo de tiempo, la cual varía según el momento de la vida en que midamos (influyen también otros factores, pero no nos compliquemos).

Hagamos un segundo ejercicio práctico. Un tipo se muere a los 80 años (medición externa). Si cuenta los años que ha vivido por referencia al último de su vida, el resultado es 397; es decir, casi 5 veces más de la duración objetiva (obviamente un año de su infancia equivale a varios años de su senectud). Si, en cambio, cuenta la edad por referencia al primer año de su vida, apenas habría llegado a los 5 años; o sea, todo el tiempo vivido equivalió a cinco veces la duración de ese primer año. Por último, y para situarnos en un punto intermedio, si contáramos la edad por referencia a la duración de su cuadragésimo año, habría vivido casi 200 años como los percibía a los 40.

A mis 47 años, y suponiendo que llegue hasta los 80 (toco madera), lo que me queda por vivir equivale, perceptualmente, a más o menos el 12% de lo que ya he vivido; por más que midiéndolo objetivamente ese porcentaje sea del 70%. O, para decirlo de otro modo más dramático, “tardaré” en vivir estos próximos 33 años lo mismo que tardé en vivir los cuatro años que transcurrieron entre mi sexto y mi décimo cumpleaños (¡y menos de lo que “duró” mi primer año de vida!)

Y ya puestos a seguir desbarrando, otro amigo cuestionó las ventajas de una “deseable” vida eterna, ya que aventuró que la suma de las duraciones subjetivas de infinito número de años nunca superaría un valor fijo (asíntota). Nos quedamos un rato pensando hasta que alguien se percató de que no era así. La duración de los distintos años vividos se expresa como la sucesión 1, 1/2, 1/3, .... 1/n; se trata de la serie armónica que (como ya demostró Bernoulli en el siglo XVII) diverge. Eso quiere decir que la suma acumulada de los años vividos por un inmortal (medidos en su percepción subjetiva) tiende a infinito. Claro que también es verdad que con un tiempo que pasa a tantísima velocidad, a partir de edades contadas en siglos, el inmortal tendría demasiada dificultad en percibir el paso del tiempo. Así que todo sería una especie de presente indiferenciado ... Y siguiendo por ahí nos acercamos peligrosamente a las enseñanzas teológicas de la eternidad celestial que confirman (al menos a mí) que, si uno lo piensa, la eternidad puede resultar demasiado aburrida, si no es ontológicamente imposible (al menos, con nuestra concepción del tiempo). Por lo cual se alcanzó el consenso etílico de que la inmortalidad no merecía la pena.

Y hoy, a raíz de mi estado ligeramente melancólico, me he acordado de aquellas especulaciones absurdas, con nocturnidad y alevosía. Allegro, ma non troppo, porque por lo menos da para pensar un poquillo y para reírse también otro poquillo de uno mismo.


CATEGORÍA: Todavía no lo he decidido

martes, 29 de agosto de 2006

Un cierto desánimo (nada grave, no obstante)

Llevo unos días un tanto bajillo de ánimo. La noticia del cáncer de Luis me caló (ya he hablado de eso). Y luego está el tema del reparto de bienes que he de reconocer que no es precisamente algo para tirar cohetes.

Tras 16 años de vida en común (y economía absolutamente en común) se acumulan bastantes bienes. Parece ser que ha sido a mí a quien ha tocado hacer inventario; primer paso: saber lo que hay para repartirlo. Hasta ahora los temas materiales no se han tocado, pero es evidente que son colgaduras que hay que desprender. De hecho, también habrá que resolver los aspectos engorrosos de la separación económica. Todavía ahora, 15 meses después, seguimos con las cuentas compartidas (y los gastos e ingresos) y sin tener muy claro a nombre de quién está domiciliada cada cosa. ¡Qué coñazo!

Así que llevo un tiempillo aprovechando ratos libres para inventariar muebles, buscando en viejas contabilidades cuándo los compramos. Y eso supone recordar momentos de nuestra vida en pareja. El año 96, que pasamos tanto tiempo en Barcelona recorriendo tiendas y comprando la primera tacada para amoblar la casa nueva; los viajes de vacaciones en que nos sorprendíamos encontrando alguna pintura o cualquier otra cosa; los largos meses que pasamos hasta decidirnos a comprar la superbiblioteca de módulos correderos ... Cada mueble, cada cuadro, cada bobería tiene su pequeña historia; y al listarlo ésta me viene a la cabeza.

Y claro, me entra la melancolía tristona. No es nostalgia de mi relación de pareja; al menos, no es en absoluto deseo de retomarla (lo que, por otra parte, no dependería sólo de mí). Quiero andar por el camino que se inició tras la ruptura y sé además que es lo que debo hacer. Sé también que cuanto antes debemos ambos romper los débiles pero intrincados lazos que aún nos vinculan, porque sólo así cada uno podrá ser lo que debe ser. Incluso sólo así podremos recuperar entre nosotros una relación más sana, no como la de ahora en que seguimos con las heridas abiertas el uno ante el otro.

Creo que la tristeza blanda que me invade (que tampoco es demasiada, no se vaya a pensar) es porque estos recuerdos me retrotraen a un yo tan distinto del que ahora estoy siendo. Imagino que es que me noto viejo, que ha pasado el tiempo, que cada vez pasa más deprisa y se me va acabando. Es la tristeza de asistir a la muerte, la muerte de mí mismo, y es que, aunque ya no sea ese yo, he de reconocer que le tengo algo de cariño.

En fin, que no es más que eso. Y lo he de pasar, aunque evidentemente sin recrearme en pensamientos morbosos. Por mucho que uno vaya teniendo las ideas claras, en su interior siguen habitando, cual parásitos, algunos enanitos miedosos y nostálgicos.

He escrito este post porque hay una persona que me ha dicho que tengo que pensar en lo que me pasa, en mi desánimo, y sacarlo de mí. Y yo le he dicho que tampoco hay demasiado a lo que dar vueltas pero ... en fin.

CATEGORÍA: Mis estados de ánimo
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miércoles, 23 de agosto de 2006

Un amigo se despide

Luis ha llamado esta mañana para despedirse. Palabras textuales que han adquirido todo su radical significado. Tiene cáncer de pulmón muy avanzado, con metástasis en un riñón y en el cerebro. Hace mes y medio notó los primeros y hasta ahora únicos síntomas: tos molesta y persistente; hace quince días, unas primeras placas pedidas por el neumólogo mostraron el tumor pulmonar; hoy ha recibido los resultados de las restantes pruebas: las metástasis.

Ingresará mañana en un gran hospital para recibir quimio y radio en la cabeza. Dice que no quiere ver a nadie. Llamó con el móvil desde una terraza, mientras tomaba unas cañas. Se estaba despidiendo, dijo, del aire de fin de agosto, de los árboles cercanos a su casa, de los ruidos del tráfico urbano. No quiere ver a nadie, aunque su mujer quiere estar con él todo el tiempo.

Llevaba tiempo deprimido, atormentado. Hay quienes me han dicho que el cáncer deprime (antes de saber que se tiene); hay una amiga, en cambio, que piensa que la depresión invoca al cáncer. El cáncer, al fin y al cabo, somos nosotros mismos destruyéndonos. ¡Qué más da!

Conociéndole, creo que Luis quiere vivir consigo mismo su muerte, quiere averiguar algo, alcanzar algo (no me pregunten qué) antes de cerrar el kiosko. Está absolutamente seguro que va a morir en pocos meses; por eso se despide. Ahora me dicen que llevaba mucho tiempo sintiéndose triste, diciendo que intuía que moriría pronto.

Me parece terrible estar convencido de que en pocos meses vas a morir. Lo pienso pero no soy capaz de salir del plano hipotético. ¿Qué haría yo? No lo sé, no tengo la menor idea.

Pienso en él y me descubro asumiendo que no voy a volver a verlo. Así que la despedida me ha calado; la he creído con las tripas, que son las únicas creencias válidas. Y noto una pena densa que me llena por dentro ... Y resignación, resignación triste ... Y dolor, dolor de muerte que empiezas a reconocer como propio. No sé ni identificar lo que siento, ¿cómo pretendo describirlo?

CATEGORÍA: Personas y personajes
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martes, 22 de agosto de 2006

Lógica paradójica (una historieta absurda)

Los amantes de Teruel (tonta ella, tonto él) notaban que la rutina iba filtrándose en su amor. Diego, preocupado de que ese cáncer silencioso acabara con el romance que llenaba sus vidas, decide sorprender a Isabel.

- Amor mío -le dice- a partir de ahora dejaré de acudir a tu alcoba siempre el mismo día; lo haré cuando menos te lo esperes, de modo que la ansiedad de tu incertidumbre multiplique la emoción de nuestros encuentros.

- Pero Diego -objeta Isabel- habrás siempre de venir a las 3 de la tarde, que sabes que es la hora en que mi celoso padre disfruta de su siesta.

- Verdad dices, tesoro, pero no sabrás en cual día de la semana apareceré.

- Nunca podrá ser ni sábado ni domingo, mi bienintencionado galán, porque los fines de semana vuelve a casa mi hermano, más celoso aun que mi padre.

- De acuerdo palomita -admite él, un poco a regañadientes- pero te mantendré intrigada durante los cinco días laborables.

- ¿Vendrás acaso sólo un día? -pregunta Isabel.

- Así es, ángel mío, para que la larga ausencia avive nuestra hoguera.

- Entonces, cariño, no podrás sorprenderme -contesta la bella. Repara en que ese día no podrá ser el viernes, porque si no has venido antes, ya no podrías sorprenderme. Pero tampoco vale que vengas el jueves ya que, no habiendo venido antes, yo sabré que has de venir pues el viernes tú sabes que no puedes sorprenderme. Y claro, vida mía, por idéntica inducción no puedes sorprenderme el miércoles, pues estaría segura de tu llegada al saber que tú sabes que no puedes sorprenderme en los dos días siguientes. E imagino que no hace falta que te explique que no cabe la sorpresa el martes, porque ...

- No, no hace falta -interrumpe amoscado el joven-. ¡Vive Dios que no sé qué os enseñan hoy en día a las muchachas de buena familia!

Una nube negra oscureció por vez primera la plácida atmósfera del amor mutuo. Y Diego no fue a visitarla ningún día porque, sin entenderlo del todo, se convenció de que no podría sorprenderla. Así que aceptó el reto del noble padre de su enamorada y, para poder desposarla, marchó de Teruel a obtener fortuna. Lo logró pero cuando volvió ya era tarde.

E Isabel, por paradójica, se casó con quien no debía.


CATEGORÍA: Ficciones
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sábado, 19 de agosto de 2006

Maricarmen (relaciones frustradas 3)

Retomo mi serie sobre las "relaciones" vividas en los primeros meses tras mi ruptura (véanse Natalia y Adela). Procuraré mantener un tono objetivo; se trata de exponer los hechos y ver si logro entenderlos.

Con Maricarmen contacté a través de un portal de encuentros de Internet hacia finales del pasado septiembre. Ella me agregó al msn y en esa primera semana nos intercambiamos varios mails cortos (los míos no tanto, siempre me enrollo) y empezamos a chatear. Enseguida nos pusimos el uno/a al tanto de la vida y milagro del otro/a, nos intercambiamos bastantes fotos, hablamos de nuestros planes a corto plazo ... Ella es canaria pero vivía (¿sigue viviendo?) en Caracas desde muy jovencita. Separada y con una hija ya mayor (que vivía en Madrid) entendía que había culminado su etapa venezolana y quería liquidar sus asuntos allí y volver a su Isla.

En esos días yo estaba en la etapa de salida del "estupor tras la crisis" y, supongo que tanto por mi predisposición (y necesidad) como por su carácter (dulce, alegre, abierto, franco), encontré en ella una maravillosa receptora (y estimuladora) de mis confidencias. Así que, en muy poco tiempo me descubrí desnudándole mi intimidad, mostrándole mis desconciertos ... Y el hablar con ella se convirtió no sólo en un bálsamo maravilloso, sino también en una ayuda impagable para acelerar ese proceso que estaba iniciando de dejar salir mis emociones, de expresarlas y, sobre todo, expresármelas.

Durante el primer mes nuestra relación fue siempre por escrito (mails y chat). En esa época R estaba fuera de casa y yo todavía estaba digiriendo su abandono, descubriendo poco a poco la verdad (y las verdades) de lo que nos había pasado. Ciertamente, quizás por la inercia que seguía pese al desconcierto, confiaba en que lo nuestro podría arreglarse y de mi relación y sus posibles futuros era de lo que más tratábamos en nuestras conversaciones virtuales. A finales de octubre ocurrió de golpe (nunca olvidaré la llamada nocturna de mi hermano) la gravísima enfermedad de mi hermana, mi viaje a Madrid, la angustia y el pánico de que muriera. Esa terrible noche, R vino a casa y me mostró su cariño y su amor a mi familia. Y fue entonces, en ese momento, cuando descubrí que no deseaba estar con ella, que aunque la seguía queriendo no sentía deseos de volver; noté por primera vez que asumía la brecha que nos separaba y que eso, aunque me entristecía, ya no me parecía mal. Comprendí que me había puesto a andar un nuevo camino y que quería andarlo.

A mi vuelta de Madrid, hacia mediados de noviembre, la relación con Maricarmen se enriqueció mediante el teléfono (descubrimiento de las tarjetas telefónicas mediante las cuales llamar a Venezuela sale baratísimo). Empezamos a mantener largas conversaciones con bastante frecuencia y la intimidad entre nosotros fue aumentando. El asunto de mi pareja ya no era el monotema, y empezamos a hacer planes de vernos, comentábamos nuestras historias cotidianas, nos reíamos mucho ... En fin, que todo muy bonito y muy bien. Seguíamos, por supuesto, recurriendo a los mails, acompañados de regalos virtuales además de muchas fotos. Llegaron las navidades y nos hablamos y contamos lo que hacíamos. Llegó Enero y conocí a una hermana suya que iba a viajar a Caracas y a través de la cual le hice llegar algunos detalles.

En Febrero asistí un fin de semana a un curso de Reiki. Durante la "sintonización" logré un estado de relajación bastante alto (especialmente para mí) y viví unas sensaciones muy fuertes y desconocidas hasta entonces. No me apetece ahora describir lo que me pasó (es otro de mis desconciertos aun pendientes de entender); lo pertinente es sólo que esa especie de incipiente "viaje mental" apareció Maricarmen. La verdad es que me emocionó y la llamé al ratito (recuerdo que iba a salir hacia el aeropuerto a recoger a su hermana) y, al contárselo, ella también se emocionó.

Poco tiempo después, tras descubrir los blogs, inicié titubeante el mío. Maricarmen fue la única a quien se lo dije y por tanto la única lectora de los posts de febrero y marzo. En esos meses estaba con su hermana, de modo que su vida cotidiana era más divertida. Aun así, hablábamos y nos escribíamos con frecuencia, en un tono muy cariñoso por ambas partes.

El siete de marzo recibí un correo suyo en el que, tras decirme que era muy especial, que me quería mucho y que me deseaba que fuese feliz, añadía que iba a replantearse "esto" que vivía conmigo porque pensaba que yo había todavía de resolver mis conflictos y que ella podía ofuscarme. Me quedé un poco planchado, sin entender qué había pasado. Pensé que podía deberse al post de unos días antes que no era sino trascripción de lo escrito en el agosto pasado sobre mis sentimientos hacia R (así lo decía en el post). Le envié un mail diciéndole que no entendía nada y que lo único que sacaba en claro era que, por lo que fuera, no le estaba gustando el rumbo que tomaba nuestra relación. Le dije que le dejaba a ella cualquier iniciativa, quedando yo a la espera de que quisiera retomar el contacto.

Durante las tres siguientes semanas, todos los días le envié una flor virtual por mail (era algo que había empezado ya antes), sin recibir ninguna respuesta. De pronto, hacia finales de marzo, recibí un mensaje del servidor de hotmail diciéndome que la cuenta a la que remitía mis mensajes estaba llena. Por esas mismas fechas, me llega un correo del portal de encuentros de internet "sugiriéndome" personas que encajaban con mi perfil y, entre ellas, estaba Maricarmen, con otro apodo y una descripción algo distinta. Me apunté de nuevo al susodicho portal (pagando) y le envié un mensaje en el cual, tras contarle las cosas que habían pasado (no las he dicho todas), le decía que me había convencido de que no quería saber nada más de mí y que habría preferido que, en vez del silencio, me hubiera explicado lo que pasaba. Pero que, en fin, tampoco tenía yo ningún derecho a pedirle nada, así que me despedía con los mejores deseos, que ella ya sabía donde estaba y que cuando quisiese.

Días después dejó un comentario en el blog (lo borré, era demasiado personal) en el que insistía en que la razón de su "ruptura" inicial fue que pensaba que seguía enamorado de R y que para compartir las emociones que estábamos compartiendo ella necesitaba que fuera yo solo (y pensaba que necesitaba más tiempo para "llorar la pérdida y renacer limpio"). Por lo visto, a los pocos días se encontró con que su cuenta en hotmail había sido bloqueada y pensó que el culpable había sido yo, lo que le molestó muchísimo y le llevó a no querer contactar conmigo; ahora pensaba que estaba equivocada y me pedía disculpas. Aluciné bastante con ese mensaje; lo curioso es que en el blog dejó, como dirección de mail, la misma que supuestamente le habían bloqueado.

Le contesté (a la dirección vieja de mail y a través del portal de internet) y le volví a explicar los aparentes malentendidos, si bien ya no me sentía con muchas ganas de hacerlo. Le dije que la relación que había mantenido con ella era sobre todo ilusión, que había sentido la magia necesaria para que mi intimidad fluyera; que estaba muy contento de lo que había vivido con ella (desnudarse nunca es malo aunque uno luego se sienta a veces un poco ridículo) y que le agradecía haberme ayudado a abrirme, a emocionarme. También le decía que esa confianza mágica que le tenía se me había quebrado, pero que seguía aquí, siempre que ella tomase alguna iniciativa.

A ese último mensaje mío no hubo ninguna respuesta. No he vuelto a saber nada de ella y, la verdad (lo he comprobado mientras escribía este post), me da pena. En todo caso, otra historia de las vividas (seguramente la más bonita) cuyos mecanismos no termino de entender.

CATEGORÍA: Personas y personajes
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miércoles, 16 de agosto de 2006

Frank Zappa

Esta tarde la música que me ha acompañado en el gimnasio ha sido el Sheik Yerbouti de Frank Zappa (1979). Hacía bastante tiempo que no oía a Zappa; sus CDs estaban vetados por R durante mi vida en pareja (no soportaba la locura de su guitarra). Y hoy he comprobado que es un acompañamiento fantástico para correr en la cinta y machacarse con más ánimo los músculos.

Pero esta tarde, además, Zappa me ha evocado recuerdos de mis 19, 20, 21 años. El grupo de entonces, tan lejano en el tiempo (y en el espacio); la casona del XIX donde nos juntábamos a pasar tardes, noches y madrugadas; los tableros de cada uno en el perímetro de las paredes de la mitad de la gran sala y en la otra mitad un colchón desvencijado (donde caíamos cuando no aguantábamos más) y la mesa con el toca-cassette (y las peleas por la música que debía sonar en cada momento). Vicen nos abrumaba con Jethro Tull y Genesis, Carlos variaba entre bluesmen americanos, algo de jazz y rockeros simplones de los 60, Oscar se descolgaba con cursiladas que nos enervaban aunque fue el que "descubrió" a ese grupo nuevo llamado Queen (para las hermanitas de los que disfrutan con Led Zeppelin, dijo alguien), yo abusaba de Dylan, pero también de los Rolling y de los colegas británicos de entonces, Loren tenía quizás el abanico más amplio; y él fue quien nos presentó a Frankie.

Éramos todos tíos, cinco fijos y dos o tres que se añadieron los últimos años de la universidad, aunque nunca de forma permanente. Hubo algunas chicas, pero solo tres pasaron el filtro y se quedaron con continuidad: Mariña (que luego se casó con Loren), Dodó y Meche (que provocó alguno de mis patéticos poemas de entonces). Otras que pasaron por allí pretendieron poner sus músicas y fueron desterradas. Eran los años en que la moda era el Disco tras el furor de Saturday Night Fever. Y nosotros hacíamos cuestión de principios odiar a los Bee Gees y toda esa ralea (con los años he dejado de ser tan radical). Así, después de una canción dulzona propuesta por alguna de esas invitadas, poníamos el Purple Haze de Hendrix, el Misty Mountain Hop de los Zeppelin o cualquier solo de guitarra de Zappa ... Y este era el más efectivo para dejar claras las reglas de la Casona.

Pasaron los años, acabó la universidad y nos separamos; un océano entre ellos y yo. Hacia finales de los 80, creo recordar, Loren y yo coincidimos en Madrid y juntos, con otros amigos, acudimos a un concierto de Zappa. Lo recuerdo denso, casi sin concesiones (ni una de los temas "fáciles" como los del Sheik Yerbouti), abusando hasta la extenuación de la guitarra y fumando sin parar (y dejando de vez en cuando el cigarro entre las cuerdas). Loren ya estaba casado y tenía dos hijas pequeñitas, pero seguía igual. Ahora no estoy seguro si volví a verlo. Unos años después, creo que en el 95, fue el accidente aéreo y su terrible muerte a los treinta y pocos. Me dolió tanto que me paralicé por dentro; no recuerdo sin embargo haber llorado.

En fin, me pongo melancólico, pero es que esta tarde Zappa me ha recordado esa época. Ahora Frankie, como Loren, ya no está. Pero de él queda su sarcasmo y su virtuosismo con la guitarra y de Loren a mi me quedan muchas cosas que ahora no quiero escribir. Y recurriré al viejo rockero fallecido para burlarme de mis mismo: los corazones rotos son para gilipollas (tampoco es así, pero permítaseme la ironía).


Broken hearts are for assholes - Frank Zappa (Skeik Yerbouti, 1979)

CATEGORÍA: Recuerdos
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Escucha lo que NO te digo

El eneagrama es un sistema para el estudio de personalidad, basado en una clasificación de los caracteres en 9 tipos. Últimamente he estado leyendo algo sobre esto y parece interesante ... pero no van por ahí los tiros. Simplemente que, buscando material en internet sobre este asunto, caí en la web de una psicóloga y uno de sus links me llevó a un poema (no cita autor, por lo que imagino que es de ella misma) que me llamó la atención.

Lo copié y, como me parecía algo largo, me dediqué a transformarlo un poquillo; en fin, es plagio pero al menos con una mínima dosis de aportación personal. Creo que mi versión mantiene la esencia del mensaje pero, en todo caso, siempre se puede leer la original.

Aclaro que no es que me sienta del todo identificado con el enmascarado que habla ni con sus miedos. Pero imagino que todos, con matices (que el poema elude quizás al buscar una exageración lírica), andamos con las máscaras a cuestas incluso ante nosotros mismos. Bueno, que cada uno saque sus propias conclusiones.

Escucha lo que no te digo

No dejes que mis apariencias te engañen
porque no son más que máscaras;
mil máscaras quizás, que no sé arrancarme.

Me imaginas seguro por fuera y por dentro,
me crees la confianza y la calma,
ese que no tiene necesidad de nadie.

No lo creas, no te engañes;
mi yo verdadero tras la máscara escondido
tiembla en soledad, confusión y miedo.

Me aterra descubrirlo ante miradas ajenas
y sin embargo solo ellas han de salvarme
de las mentiras que me enmascaran.

Pero han de ser de aceptación y amor
las miradas que me liberen de las barreras
miradas que me hagan verme también así.

Pero no me atrevo a decirte esto,
temo tu juicio, y más tu desamor o tu rechazo.
Temo en el fondo no valer lo suficiente.

Por eso sigo en la mascarada absurda
viviendo de prestado, haciendo una ficción,
dejando que aflore solo lo que poco me importa.

Así que, no te dejes engañar por mis mentiras
y escucha bien lo que no digo;
lo que quiero y necesito decir, pero no puedo.

Ayúdame, aunque parezca que no lo deseo.
Tu amor y aceptación son los recursos necesarios
para arrancar las máscaras, derribar las barreras.

Sé paciente conmigo, no me ignores,
aunque me rebele contra tu presencia;
es la irracional resistencia del miedo.

¿Te preguntas quién soy? ¿Quién te requiere?
Un niño frágil encerrado a quien conoces.
Soy cada persona que te quiere.

Y, sobre todo, soy Tú mismo.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
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lunes, 14 de agosto de 2006

¿Escribiendo para uno mismo?

En muchos blogs personales he leído que su autor afirma escribir para él mismo, para poner por escrito lo que siente. Pero claro, al colgar el blog en la red, se está exponiendo a los ojos de otros; y esos otros interactúan y opinan. A medida que uno va escribiendo, por mucho que pretenda sacar fuera de sí lo que de verdad siente (y ya es difícil incluso distinguirlo), es inevitable que escriba con la consciencia de que otros le van a leer; incluso pensando en cada uno de esos otros concretos. De tal forma, lo quiera o no, los textos van siendo influidos por las reacciones que se imaginan de esos lectores concretos.

Este blog mío es continuación de una actividad escribidora bastante intensa que sucedió a mi crisis de pareja. En el segundo semestre del año pasado escribí mucho y bastante monotemáticamente; necesitaba entender y entenderme, sacar fuera mis emociones ... en fin, muchas cosas. Obviamente, como en anteriores periodos de tormenta interior, la escritura se convertía en una terapia. Sólo que era para mí, para poder leerme, en vano intento de fijar ideas y sentimientos que se me arremolinaban frenéticamente.

Ahora bien, el ser humano siente la necesidad de compartir su intimidad (y entiéndase esta palabra en su más amplia acepción). Parece que no valen del todo las autoterapias. De ahí los "efectos curativos del alma" de la confesión que la Iglesia Católica "tan bien" ha sabido aprovechar (pese a la infinita torpeza de la mayoría de los curas como psicólogos). Y más recientemente, por supuesto, las consultas con psicólogos y psiquiatras, siendo a mi juicio el mejor ejemplo las sesiones de psicoanálisis. En estas, el papel fundamental del profesional es mantener la continuidad del viaje de descubrimiento interior del paciente, interfiriendo lo mínimo y, desde luego, no juzgándolo.

Seguramente, ahí está la clave y el riesgo de la eficacia terapéutica de los blogs personales. Necesitamos que nos lean porque la lectura ajena (y los comentarios) se convierten en los estímulos de continuidad, a modo de las breves palabras del psicoanalista, para profundizar en nosotros mismos. Y necesitamos que sean anónimos para que los juicios no nos afecten; se trata de descubrir (más o menos) nuestra intimidad pero sin que ese descubrimiento tenga efectos significativos en nuestro entorno inmediato.

Supongo que la necesidad de impulsos ajenos para profundizar en nosotros mismos proviene de características tan humanas como la vanidad, la pereza, la soledad (en su más íntimo sentido). De otra parte, la necesidad del anonimato derivará, creo, de nuestros miedos e inseguridades. ¡Qué sé yo! En todo caso, como nada es sólo blanco y negro, habrá que pensar que cada uno se sitúa donde quiere (o puede) en un cuadrante imaginario cuyas coordenadas son la intensidad y honestidad del desnudamiento (eje horizontal) y el grado de anonimato.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
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sábado, 12 de agosto de 2006

Ciencia y creencia (por cierto, riman)

Hay quienes creen que todo lo que sucede se comporta según una ley, obedece a alguna regla, aunque todavía no se conozca. Naturalmente, quienes esto creen piensan que la ley que explica el comportamiento de cada acontecimiento es lógica, científica. La ciencia es pues el refugio de nuestra incomprensión, en donde encontramos las explicaciones, aunque haya que seguir profundizando en su conocimiento (progreso científico).

Con frecuencia, estas actitudes científicas se presentan enfrentadas a las llamadas "creencias" y, muy en especial, a todos los fenómenos denominados paranormales, espirituales, mágicos, esotéricos ... Sin embargo, en mi humilde opinión, no hay tal contradicción (al menos en el plano lógico-formal); simplemente son discursos paralelos, empeñados en no tocarse ni escucharse.

La lógica (y el método científico que en ella se apoya) es nuestro sistema operativo para entender el mundo. Por supuesto es una herramienta tremendamente práctica porque, entre otras cosas, nos permite predecir el devenir de los acontecimientos. Observamos fenómenos y buscamos su "lógica"; cuando "descubrimos" la ley que los rige, somos capaces de saber lo qué ha de ocurrir cuando se verifican las premisas correspondientes; incluso podemos hacer que ocurra.

Claro que a veces las reglas tienen excepciones. Es decir, hemos comprobado que dados A y B siempre se sigue C y establecemos la Ley A ^ B --> C, hasta que un día aparece D. Entonces, científicamente, hemos de revisar la Ley, porque puede que además de A y B se haya metido X que desvirtúa sus efectos, o que A y B no sean tan A y B como otras veces, o que siempre con A y B estaba Z y esta vez le ha dado por ausentarse ... O que la Ley esté mal.

Pero puede que la Ley no esté del todo mal; es decir, que sea "casi" siempre válida, porque en la mayoría de los casos no sale D sino C. Entonces se puede enunciar como que dados A y B casi siempre sigue C, aunque a veces, no sabemos todavía por qué, ocurre D (o E o F). Esto ha ocurrido con frecuencia en la Física y ha obligado a generalizar las teorías (cuando se ha logrado enunciar una teoría más general).

Afortunadamente para el progreso material de la humanidad, la mayoría de lo que conforma el "mundo exterior" tiende a comportarse de forma que, en algún momento, somos capaces de modelizar con una Ley. Pero eso no demuestra demasiado, ni siquiera demuestra la existencia autónoma de lo que creemos explicar.

Me apetece evocar ahora las ya tan viejas alucinaciones de la realidad como sueño pero, para actualizarlas algo, aludiré a Matrix (que viene a ser lo mismo). Supongamos pues que el mundo que vivimos es virtual, un sueño, un programa de simulación en el que estamos. Lógicamente, lo que ocurre en este entorno es muy lógico y nosotros, criaturas de esa lógica, jugamos a descubrir la lógica del sistema, superando niveles de dificultad.

Puestos a desbarrar, podría haber otros entornos con otros tipos de lógicas, incluso podría haber mundos exteriores no virtuales. En todo caso, ¿habría realmente diferencias entre virtual y real? Conste que esto de los universos paralelos no es una simple alucinación tras el canuto del sábado noche; hay algunos "locos", y pese a ellos físicos, que elucubran sobre teorías derivadas de la relatividad que transitan por estos parajes. Por supuesto, incomprobables empíricamente.

Lo cierto que la lógica (y el método científico) es una herramienta y vale para lo que vale (que es muchísimo). Toda herramienta sabe (desde el saber de su propia esencia) que hay cosas para las que no vale. La humildad necesaria consiste en asumir que no se es la medida de la realidad. Una hipótesis absolutamente lógica es que puede haber cosas que no sean lógicas, que no obedezcan a ninguna Ley. No que no conozcamos todavía la Ley a que obedecen, sino que no la tienen. (Aun así seguiremos buscándola porque, como el escorpión de la ranita, está en nuestra naturaleza, afortunadamente).

En algunas metafísicas (no me estoy refiriendo a los escritos esotéricos que en los últimos tiempos han dado en así llamarse, sino a la tradicional rama de la filosofía) se discutía sobre que la mera enunciación de la posibilidad implicaba la existencia. Luego venía todo el rollo de la potencialidad del ser y si derivábamos hacia la escolástica (con todos sus neos) se iniciaba casi siempre un sesgo hacia el concepto de Dios. En fin, no iré por ahí (entre otras cosas, porque me pierdo), pero sí apunto que la propia idea de Dios, a partir de los avances de la informática, podría replantearse en términos bastante sugerentes. Sí es más pertinente recordar que la reflexión sobre el alcance de la ciencia, sobre si ésta es capaz de conocer (y explicar) la realidad, es en sí misma una rama de la filosofía (y de la propia ciencia) nada desdeñable: la epistemología.

Y como he mencionado a Dios, aprovecharé para decir, a modo de ejemplo, que soy ateo; es decir, que creo que Dios no existe (¿y qué es Dios?). Sin embargo, he de admitir que es posible que Dios exista, a pesar de ser, a mi modo de ver la negación de cualquier Ley lógica (o justamente por eso, como diría el de Aquino). O sea que cabe tanto que Dios sea real como que también estemos en el universo informático de Matrix; y en ambos casos, hay una imposibilidad ontológica de conocerlo (y mucho menos explicarlo) desde nuestra amadísima lógica.

Y a pesar de la radical anti-lógica de Dios, este concepto (y especialmente sus múltiples derivadas religiosas) resulta bastante respetable en nuestro mundo tan científico. Confíamos en Dios (in God we trust) y también en la Ciencia. No así en otras creencias, al menos hasta que la lógica las haga respetables.

Concluyendo (hasta yo me aburro de lo que escribo), que creo que creer que las cosas ocurren obedeciendo leyes científicas (aunque todavía las desconozcamos) es también una creencia. Y que creo que creerlo cumple, al igual que en el caso de Dios, una función psicológica tranquilizante, porque nuestra psique está diseñada para necesitar explicaciones. No obstante, la ciencia, a diferencia de Dios, funciona en muchísimas más ocasiones y sobre todo (también a diferencia de Dios) resulta mucho más beneficiosa para la humanidad (no siempre).

Pero también creo que puede haber realidades no lógicas.


Aunque no venga demasiado a cuento, me apetecía poner esta imagen. Es que hace pocos días la contemplé restaurada (mi anterior visita tenía ya 12 años) apretujado entre una multitud.

Actualización 1 (Oren): Por supuesto que se me ha ocurrido. Las creencias están justamente para dar sentido al Todo (o, al menos, a la parte del Todo que para cada uno es Todo). Pero que algo (o todo) tenga sentido no quiere decir que sea Verdad, aunque para nosotros no pueda ser verdad lo que no tiene sentido. En todo caso, lo que quería decir, es que dudo mucho que seamos capaces de estar seguros de la Verdad, pero tampoco me parece un drama: conformémonos con nuestras verdades particulares y tengamos suficiente humildad para admitir (aunque sea a modo de hipótesis provisional, entre otras si queremos) que la Realidad puede no obedecer a nuestras exigencias lógicas. Por eso, en cuanto a las creencias (y uso este término en su más amplia acepción) no estaría mal quedarnos con la expresión italiana: non è vero, ma ben trovato.

Actualización 2 (Titobeno): Salvo con tu primera frase (todo sigue reglas) estoy de acuerdo con lo que dices. Cuando escribí lo de que a veces daba D en vez de C, estaba justamente pensando en el caso más obvio de las leyes de la gravedad, que tú citas, como ejemplo de la metodología (científica) de revisión y/o generalización de las teorías.

Pero aun así, la pretensión de que todo obedece a la lógica (tiene explicación científica) sigue siendo para mí un salto en el vacío, no es una conclusión lógica, por muchos éxitos que en ese esfuerzo obtengamos. Por eso digo que es una creencia; una creencia anhelada por nuestra necesidad de que haya un sentido lógico. Por supuesto, que sea una creencia no quiere decir que no sea verdad, simplemente que a través de la lógica no podemos demostrar que es verdad, no podemos asegurar que todo obedece a la lógica (explicar bien esta imposibilidad me resulta demasiado árido). Y, en todo caso, aunque yo no crea (al menos no del todo, como tú) que todo puede ser explicable, sí comparto que los humanos debemos actuar como si así fuera y, por ende, empeñarnos en buscar las explicaciones ... lo que no obsta para mantener una cierta reserva de humildad ante la posibilidad de que estemos en un sinsentido cósmico.

Ya sé que sobre este tema escribiste un post y, de hecho, lo publicaste, porque lo leí y fue el detonante para escribir este mío. Y para nada me pareció aburrido; la verdad es que muchos de tus posts me sugieren comentarios, despiertan reflexiones viejas que me agrada retomar.

Actualización 3 (Amaranta): Para mí, demostrar a través de la lógica la existencia (o la inexistencia) de Dios es en sí mismo un absurdo. O, si lo prefieres, puedes decir que Dios es la primera premisa de toda lógica (la causa primera, que decía Santo Tomás), lo que viene a ser lo mismo. Es decir, Dios, por su propia definición conceptual (exista o no) está al margen de la lógica. Por tanto, pienso que los debates en términos lógicos sobre Dios (y sobre muchas creencias) resultan inútiles.

Cosa distinta es que las creencias se refieran a aspectos muy concretos perfectamente encajables en el ámbito de la ciencia. Por ejemplo, la teorías creacionistas (Dios creó al hombre tal como somos en la actualidad; a la mierda Darwin y sus herejías) que se siguen defendiendo por muchas autoridades estadounidenses. Habría que distinguir entre creencias y creencias.

Yendo al terreno personal, mi ateismo proviene de que me cuesta creer en algo que resulta tan "útil" para explicarlo todo, para darle a todo sentido. Es tan útil que cuesta no pensar que nos lo hemos inventado para acallar nuestros miedos (a la muerte y la nada, sobre todo). También en mi caso hay una componente anticlerical conociendo el comportamiento de nuestra Iglesia Católica (aunque como dijo alguien, que mejor prueba de la existencia de Dios que la permanencia de la Iglesia).

Ahora, como yo también le tengo miedo a la nada tras la muerte (ojalá logre superarlo), me ocurre un poco lo que a Unamuno: que me gustaría creer que hay Dios (eso sí, revisando un poquillo su descripción cristiana), pero no puedo.

CATEGORÍA: Creencias y descreencias
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Errores de cálculo (más bien trampas del coco)

Cuando lees blogs personales, quieras o no (al menos yo), vas haciéndote una imagen sobre el autor; entre otras cosas le pones una edad. Me imagino que esta imagen uno se la va construyendo a partir de comparaciones, más intuitivas que sistemáticas, con recuerdos de la propia cronología verificados con referencias que el blog te aporta. Por ejemplo, llevaba unos días leyendo a ratos sueltos el blog de Titobeno y me había hecho la idea de que el autor debía andar por los 43 o 44 años. En su último post habla de un verano adolescente, con 15 o 16 años, y evoca una canción de 1979. Como yo estaba leyendo a un tipo de 43 o 44 años, su verano de 15 o 16 años podía ser el del año 1979 (simplemente se concretaban las edades: ahora tiene 43 años y en ese verano tenía 16).

Ahora bien, Titobeno decía que la canción de marras era muy anterior al verano del que hablaba. Como el dato no encajaba con mi imagen hipotética, deduje que el autor se equivocaba. Esta reacción mental (por supuesto poco consciente, casi automatizada) es una de las más usuales trampas que nos hace el cerebro. Ni siquiera creo que sea rasgo de soberbia o vanidad, más bien de pereza defensiva: ¿para qué pensar?¿para qué poner en cuestión las ideas que casi espontáneamente vamos colocando como bases de nuestro esquema mental?

Ayer leí un ratito más el blog citado y algunos datos que iban apareciendo comenzaron a erosionar (aunque no era consciente) la idea que me había hecho sobre la edad del caballero. Finalmente, no puede evitar darme cuenta de mi error cuando deja constancia de sus 39 años el 5 de enero de este año. ¡Vaya! Entonces el verano que recuerda en el post fue el del 82 o el del 83. Y, claro, la cancioncilla ya era rancia; quizás no "muy anterior", pero ya se sabe que las canciones se hacen antiguas a mucha velocidad, sobre todo cuando se es un adolescente. Por último, para cerrar la anécdota, Titobeno me confirma en respuesta a un comentario mío que, efectivamente, es un chavalín (que es de EGB y ni siquiera de los primeros).

Pero el asunto del que quería hablar en este post no es la edad de Titobeno; la edad de Titobeno es sólo la excusa (y también, para qué negarlo el catalizador que ha precipitado que la idea se me venga a la cabeza). De lo que quería hablar era de las generaciones, de cómo éstas se identifican mediante recuerdos contextuales compartidos. Y, por tanto, de las "brechas" generacionales; es decir, de las rupturas de los contextos que enmarcan esos recuerdos compartidos. Una de esas brechas puede que tenga que ver con los cambios de planes educativos; en mi caso, el cambio del Bachillerato al BUP. Claro que las brechas generacionales, a medida que pasa el tiempo (que nos hacemos mayores), no resultan ser tan brechas. No obstante, y a pesar de que pertenezco a la penúltima promoción del viejo Bachillerato (incluida la reválida de sexto antes de COU), me sigue quedando una sensación (bastante irracional, que no pasaría la más mínima verificación seria) de que algo de tipo cualitativo me separa de los que nacieron a partir del 61. Es una chorrada, ya lo sé.

De todas maneras, aunque era sobre esta tontería sobre lo que quería hablar, parece que el discurso tiene sus propias reglas. Y de lo que más he hablado ha sido de las trampas que nos hace el cerebro. Por ahora este tema me parece más interesante y, desde luego, me afecta mucho más que el otro. Porque, igual que vamos apresurando conclusiones erróneas, creo que también sentimos "erróneamente" (el adverbio es necesariamente metafórico) porque el sentimiento deriva de presupuestos (¿prejuicios?) que, a lo mejor, ni nos planteamos revisar. Ayer noche una mujer con la que cené me dio sobradas muestras de lo que estoy pensando.

En fin, el caso es que tampoco ahora voy a profundizar sobre este otro tema. Después de todo, a mí el blog me vale más para identificar los asuntos sobre los que me interesa pensar que para desarrollar las tesis. ¿No es así con todos?

CATEGORÍA: Literaturas
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viernes, 11 de agosto de 2006

Suite francesa

Estoy leyendo una novela que recomiendo: Suite Francesa, de Irène Némirovsky. La autora era una mujer ucraniana de 39 años, judía, de clase muy alta, que vivía en París (casada con dos hijas) y había sorprendido al mundo literario francés siendo veinteañera. En julio del 42, es detenida por la policía del gobierno colaboracionista de Vichy en el pueblecito borgoñón en el que se habían refugiado. En pocos días es deportada a Auschwitz, donde enseguida es gaseada. El marido fue arrestado poco después y también asesinado en Auschwitz.

La novela fue manuscrita, con letra minúscula, durante el poco más de un año que duró el exilio de Irène. Los papeles quedaron en una maleta que acompañó a las dos hijas, unas niñas entonces, por varias partes de Francia escondiéndose de los nazis. Las niñas lograron sobrevivir a la guerra y hacerse mayores; durante mucho tiempo no quisieron ver los papeles de su madre. Finalmente, la hermana mayor leyó los escritos descubriendo sorprendida que no se trataba de un diario, sino de una obra coral sobre el inicio de la guerra en Francia, el año inmediato a la muerte de su madre. La publicación de la novela en 2004 causó una conmoción en el mundo editorial francés.

Parece ser que la autora había concebido una composición en cinco piezas, de las que solo llegó a escribir las dos primeras. La primera (que ya he acabado) ocurre durante junio de 1940 y se centra en el éxodo de los parisinos ante la angustia de la inminente derrota. Son varios personajes, independientes unos de otros, que van protagonizando capítulos alternos. La narración es realista, objetiva, carente de implicación moral por parte del autor. Esa aparente frialdad contribuye mucho a intensificar la carga dramática de un relato sin concesiones, duro, muy duro. Es sin duda –como se escribe en la contraportada- un testimonio profundo y conmovedor de la condición humana.

El libro rezuma, por otra parte, una grandísima calidad literaria; y esta es tanto mayor cuanto está claramente al servicio de la narración. A mí me está impresionando profundamente, te hace ver con crudeza absoluta (y resultados nada halagüeños) lo que somos los humanos cuando se desmoronan las frágiles defensas del orden social. No me resisto (a sabiendas de que se alargará mucho este post) a transcribir unos párrafos, los finales del capítulo 25. Va primero una breve introducción. Uno de los personajes es un joven cura, el padre Phillipe Péricand, lleno de buena voluntad cristiana. Ante el desastre que se avecina en París se compromete a llevar a los adolescentes de una especie de orfanato-correccional a una casa en el campo. Van caminando todos y ya al atardecer llegan a un gran parque con un lago y una casa señorial cerrada. El cura propone a los chicos acampar junto al lago. En medio de la noche, Péricand descubre que unos chicos se escapan y corren hacia la casa. Los sigue y ve que rompen el cristal de una ventana y se cuelan dentro. El sigue detrás y sorprende al uno de ellos, uno de los mayores. Sigue el texto de la novela:

Oyó ruido a sus espaldas y se volvió; el otro chico estaba en la habitación, justo detrás de él. También aparentaba diecisiete o dieciocho años; en su demacrado rostro, los labios, apretados, tenían una expresión desdeñosa; era como si el animal alentara bajo su piel. Philippe estaba en guardia, pero eran demasiado rápidos para él; en un abrir y cerrar de ojos se le echaron encima y, mientras uno le ponía la zancadilla, el otro lo agarró del cuello. Pero Phillipe se debatía silenciosa, eficazmente. Consiguió atrapar a uno por el cuello de la camisa y lo sujetó con tanta firmeza que lo obligó a quedarse quieto. Pero, durante el forcejeo, algo se le cayó del bolsillo y rodó por el parquet. Era dinero.

-Felicidades, veo que no has perdido el tiempo –le dijo Phillipe sentado en el suelo, jadeando. Y pensó: “Sobre todo, no hagas un drama. Hazlos salir de aquí y te seguirán como corderillos. Mañana ya se verá”-. ¡Bueno, ya está bien, eh! Se acabaron las estupideces ... ¡Andando!

Apenas había acabado de hablar, cuando volvieron a abalanzarse sobre él con un salto silencioso, salvaje y desesperado. Uno de ellos lo mordió y le hizo sangre.

“Van a matarme”, se dijo Phillipe con una especie de estupor. Lo atacaban como dos lobos. No quería hacerles daño, pero no tuvo más remedio que defenderse; a puñetazos y patadas consiguió rechazarlos, pero ellos volvieron a la carga con redoblada saña, como locos, como bestias, como si hubieran perdido todo rasgo humano ... Pese a todo, Phillipe los habría dominado, pero se golpeó la cabeza contra un mueble, un velador con patas de bronce, y se desplomó. Mientras caía, oyó a uno de los chicos correr a la ventana y solatr un silbido. Del resto no vio nada: ni a los veintiocho adolescentes, súbitamente despiertos, cruzando el césped a la carrera y trepando por la ventana, ni la embestida contra los frágiles muebles para destrozarlos, volcarlos, arrojarlos por las ventanas ... Estaban enloquecidos, bailaban alrededor del sacerdote, que seguía inconsciente, cantaban, gritaban... Un renacuajo con cara de chica brincaba sobre un sofá cuyos viejos muelles rechinaban sin cesar. Los mayores encontraron un mueble bar y lo llevaron al salón dándole patadas, mas descubrieron que estaba vacío. Pero no necesitaban vino para emborracharse: les bastaba con la destrucción, que les proporcionaba una dicha espantosa. Llevaron a Phillipe hasta la ventana y lo dejaron caer pesadamente al césped. Luego siguieron arrastrándolo hasta el lago y, agarrándolo por los pies y las manos, lo levantaron en vilo y lo balancearon como a un pelele.

-¡Vamos! ¡Arriba! ¡Hay que matarlo! –chillaban con sus voces roncas, que en muchos casos conservaban el timbre infantil.

Pero, cuando cayó al agua, todavía estaba vivo. El instinto de conservación, o un resto de coraje, lo retuvo al borde de la muerte. Se aferró con las dos manos a la rama de un árbol y trató de mantener la cabeza fuera del agua. Su rostro, desfigurado por los puñetazos y las patadas, estaba ensangrentado, tumefacto, en un estado grotesco y terrible. Empezaron a apedrearlo. Al principio consiguió aguantar agarrado a la rama, que oscilaba, crujía, amenazaba con partirse. Trató de alcanzar la otra orilla, pero la lluvia de piedras arreció. Al fin, se tapó la cara con los brazos, y los chicos lo vieron hundirse a plomo en su negra sotana. Atrapado en el cieno, no se ahogó. Y así fue como murió, con el agua hasta la cintura, la cabeza echada atrás y un ojo reventado de una pedrada.

CATEGORÍA: Literaturas
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jueves, 10 de agosto de 2006

Me tengo que comprar un coche ... ¿o no?

Mi ex-mujer y yo tenemos un único coche y, como todavía varias cosas, seguimos compartiéndolo. En principio mi idea ya comentada con ella es que el coche se lo quede ella, ya que fue ella la que quiso comprarlo. Es un coche grande (demasiado grande), muy cómodo, de conducción tranquila y poca potencia. A mí me apetecería tener uno más pequeño; fantaseo con un deportivo biplaza descapotable, pero, salvo locura repentina, no me daré un capricho tan caro.

De otra parte, ni ella ni yo usamos apenas el coche. Tiene algo más de 4 años y no llega a los 20.000 km (y un tercio de ellos se hicieron en el primer verano viajando por Francia). Voy a trabajar andando o en autobús y así son también la mayoría de los desplazamientos por mi ciudad, complementados ocasionalmente con algún taxi. Usar el coche en la ciudad es algo que me repugna, tanto por convencimiento “ideológico” como por las incomodidades prácticas que supone (y que cada vez serán mayores, como debe ser).

Así que, en mi caso, la posesión de un coche es más tener la seguridad de que puedo disponer de él cuando quiera (salidas de fin de semana, excursiones, etc) que lo que realmente lo uso (y lo usaré, porque no es previsible que mis hábitos cambien mucho en este aspecto). ¿Y si renunciara a tener coche? En los movimientos urbanos o metropolitanos siempre puedo coger un taxi y, cuando quisiera conducir autónomamente, un coche de alquiler.

El tipo de coche que probablemente me compraría puede situarse (nuevo) en torno a los 25.000 euros. El alquiler de ese tipo de coche en mi área puede oscilar en torno a los 100 euros diarios, todo incluido. Es decir, que sólo el precio de compra equivale a unos 250 días de uso de un coche de alquiler. Y no cuento el seguro, la ITV, las revisiones, etc, etc; digamos que ese otro dinero lo reservo para taxis.

Si los 250 días los pongo en fines de semana (de viernes por la tarde a domingo por la tarde), me da para 125 alquileres; dos años y medios completos. Pero como dudo que alquilara más de 16 findes al año (que ya es bastante) el plazo se alarga hasta casi 8 años. Y cambiando de coche.

Naturalmente, alquilar un coche no es lo mismo que bajar a tu garaje y arrancar el propio. Hay una serie de molestias, no es tan inmediato. Sin embargo, cuando se ve en términos estrictamente económicos, la verdad es que es difícil defender las ventajas de tener coche (al menos para gente que lo usa lo que yo).

Sin embargo, a pesar de los análisis fríos, de mis propias convicciones sobre la maldad intrínseca del automóvil, de mi rechazo al simbolismo publicitario del coche (tan arraigado en la psique masculina), no consigo imaginarme sin coche, se me hace durísimo. ¡Qué poco consecuente soy!


CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas
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miércoles, 9 de agosto de 2006

Fuerte y seguro

Ayer me enganché a la escritura de Titobeno. Recuerdo haber caído por su blog al principio de descubrirlos, hará unos cinco meses. Pero fueron visitas fugaces; la verdad no sentí demasiada curiosidad. Lo cierto es que en estos meses me atraían mucho más los escritos de mujeres; quizás fuera por eso. No obstante, como he dicho, ayer lo redescubrí y empecé a leerlo de forma sistemática, cronológica. Apenas he devorado el primer mes accesible (noviembre 2005) y estoy gratamente sorprendido.

Una de las sorpresas radica en que no es fácil encontrar un hombre que aborde los temas de la forma que él lo hace, con una inteligente combinación de madurez y sensibilidad. Sin duda, el que me llame la atención obedece a que en esta etapa de mi vida me siento especialmente inclinado a pensar y a hablar (en la vida real, sólo con mujeres) sobre asuntos parecidos a los que toca Titobeno. Luego resulta que las actitudes que adopta (quiero creer que sinceras) se me antojan muy cercanas a las mías actuales. En fin, curioso ... y sugerente (para mí) porque me despierta las ganas de opinar al hilo de muchos (la mayoría) de sus posts.

Uno de esos posts (“Cuando estoy solo. ¿Soy yo?) es el motivo del presente. Cambiando obviamente las circunstancias concretas, también yo he sido, para los demás que me han ido rodeando, un tipo fuerte, una especie de referencia, el que tomaba las decisiones. Y supongo que he sido así para los demás porque desde muy joven he ido asumiendo de forma casi natural que era lo que me tocaba. Esa “naturalidad” seguro que se debe a que soy el mayor de varios hermanos (y para colmo, Leo) y al tipo de educación mamada (exacerbación del deber y la responsabilidad y represión de la emotividad).


Acabé la universidad muy muy joven (incluso en menos años de los que duraba) y empecé a trabajar enseguida (antes de acabarla). Muy pronto me descubrí eficiente en el mundo profesional y, por tanto, muy pronto alcancé el convencimiento íntimo de autosuficiencia material; es decir, estuve seguro (lo sigo estando) de que tenía (tengo) los suficientes recursos para ganarme los garbanzos. No obstante, nunca me ha importado demasiado el dinero: he tenido siempre el suficiente pero en ninguna época demasiado.

En cuanto a las decisiones, pues con la misma “naturalidad” he sido yo quien las he ido tomando, por mí y muchas veces por los otros. Cuando a finales de 2003 a mi mujer se le detectó un cáncer de mama, me puse inmediatamente a organizar las cosas, a poner en marcha todo, a mover los acontecimientos ... Este es quizás el ejemplo más reciente (y también el más dramático) pero hay muchos más. Me vale, en todo caso, como culminación de una actitud que había ido conformando mi carácter desde siempre.

Los demás me ven, desde luego, como un hombre fuerte, seguro. Y eso genera respeto, pero pocas veces proximidad afectiva. También genera (especialmente en otros hombres) competitividad (pese a que no soy nada competitivo, pero parece que lo parezco). A veces me sorprendo descubriendo en los demás hacia mí, miedo o rencor. No sé, es complicado y daría para escribir largo. En muchos ámbitos, me convierto en una especie de padre freudiano, al que se respeta y se odia, al que se admira pero no se puede amar, al que se necesita pero hay que matar. Los seres humanos somos muy complejos y contradictorios.

Como siempre me ocurre, tiendo a exagerar un poco, prescindo de los grises para ilustrar bien lo que quiero decir. Hay naturalmente excepciones, hay gente que me quiere, por supuesto después de conocerme, de ahondar un poco tras mi aparente fortaleza. Pero las excepciones no son el objeto de este post.

Por cierto, me acuerdo ahora de otra característica de los “fuertes”: se supone que soportan sin que les afecten todas las agresiones y, por tanto, los demás se sienten autorizados a infringírselas, sin concebir que puedan dolerles. Naturalmente, cuando alguno de esos demás (que no es “fuerte” sino sensible) es tratado sin las debidas precauciones en consideración a su sensibilidad se siente enormemente dolido. Las reglas del juego no tienen que ser justas.

El caso es que mi crisis de pareja (el abandono de mi mujer, para ser más precisos) hizo que me rompiera todito por dentro. Y empezaron a salir (a salirme) “cosas” que no encajaban demasiado con mi carácter fuerte y seguro. Coño, hasta yo me sorprendía. Mi propia mujer, la persona que mejor me conocía (o debía conocerme) me reveló hasta que punto su desazón, su hastío, su dolor reprimido, había distorsionado su visión (y sentimiento) de mí. Por supuesto que, con mi idiotez, mucho había contribuido a ese resultado.

Esos momentos han pasado. Pero veo ahora con absoluta lucidez que necesitaba que me rompieran y que, para ello, debían distorsionar la imagen de mi fortaleza, de mi seguridad; mostrarme amplificados hasta la caricatura sus efectos sobre los demás, sobre quienes amo. Ahora estoy aprendiendo cosas que no están muy relacionadas (al menos en el esquema social implícitamente aceptado) con la seguridad, con la fortaleza. Y, como he dicho en varios posts, creo que por ahí debo transitar.

Sigo siendo igual de fuerte, igual de seguro, que antes (o igual de débil e igual de inseguro). Sin embargo, cada vez me interesa menos actuar en los ámbitos en que esa fortaleza, esa seguridad se desenvolvían. Y puede que mi ventaja, a diferencia de Titobeno, es que puedo permitirme hacerlo.

PS. O, al menos, me gusta creer que puedo permitírmelo. Ya veremos.

CATEGORÍA: Reflexiones sobre emociones
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Quicio

Esta mañana, oyendo canciones aleatoriamente, apareció Victor Manuel y su abuelo picador allá en la mina. La canción empieza: "Sentado en el quicio de la puerta ..." Y de pronto, la palabra quicio me amartilleó el cerebro, disparando un montón de chispazos mentales, absurdos la mayor parte.


El abuelo Vítor - Víctor Manuel (Mucho más que dos, 1994)

Me pregunté, de entrada, si sabía lo que era el quicio. Pues no, la verdad es que con precisión no lo sabía. ¿El marco? Pero uno no se puede sentar en el marco. ¿Sería un tablón de madera que traba horizontalmente las puertas por abajo, a modo de escalón? Entonces no todas las puertas tienen quicio. No, no lo sabía.

Consulto el DRAE y resulta que el quicio es la parte de las puertas o ventanas en que entra el quicial y en que se mueve y gira; el quicial es el madero que asegura las puertas y ventanas, por medio de pernios y bisagras, para que girando se abran y cierren. Es decir, no andaba yo tan desencaminado, porque las hojas batientes de puertas y ventanas giran mediante bisagras que se ajustan al marco .. ¿o no?

Cuando una puerta se sale de quicio se cae ... Obviamente, de ahí viene la expresión "sacar de quicio" para indicar que algo te ha irritado tanto que te hace perder el equilibrio. Lo curioso es que esa expresión (que tanto usaba mi madre) apenas la oigo ya, especialmente en esta tierra. Desde luego, estoy convencido de que quicio, en su sentido literal, no lo he oído nunca en mi vida (me refiero en el lenguaje hablado).

Tras mis dudas semánticas, me quedé un ratillo enganchado con la fonética. Quicio, Kizio o Kisio, para la mayoría de los hispanohablantes. Suena raro, ¿verdad? Las dos sílabas se me repetían en la mente una y otra vez, incluso creo que las pronuncié en voz alta, por la mirada extrañada de un señor mayor que esperaba el autobús al lado mío. No sé, no suena demasiado a castellano; más quizás a japonés (no tengo ni idea de japonés): el señor Kizio, embajador de Japón. Bueno, tampoco, en japonés sería Kizío.

Parece ser (búsqueda ahora mismo en internet) que quicio nace hacia principios del siglo XV a partir de resquicio (y no al revés). Resquicio proviene de rescrieço y este término del verbo latino excrepitiare, derivado, a su vez, de crepare (estallar, reventar). Es decir, el resquicio es estalladura, hendidura; y el quicio lo que queda al otro lado de la rendija de la puerta. Poquillo retorcido, ¿no? Pero lo que me llama la atención es que la fuente es latina, a pesar de la sorpresa que me produjo su fonética. Pero bueno, no resulta tan anómalo partiendo de rescrieço --- resquiezo --- resquicio --- quicio.

Son bonitas las palabras de nuestra lengua. Y hay tantas. A veces me da pena que se sequen de no usarlas. Y de pronto, llega el Víctor y me dispara un ratillo de pajas mentales y otro más (ya esta noche) de curioseo internáutico. Así las cosas, ¿qué más da que el abuelo no estuviera sentado en el quicio de la puerta? Y aprovechándome de nuevo del asturiano: ¿Adonde irán las palabras que no usamos?


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domingo, 6 de agosto de 2006

Sexo y dimensión espiritual

Me pide Marguerite Gautier en un comentario a mi último post que amplíe un poco el tema sobre "sexo y dimensión espiritual" y, la verdad, me resulta difícil. Creo que la principal dificultad radica en poner en palabras sensaciones vividas en los últimos meses que han sido para mí tan nuevas e intensas y a la vez tan alejadas de mi habitual forma de percibir. 

He sido siempre (sigo siendo) una persona muy cerebral o quizás haya que decir muy mental. Hasta mi crisis de pareja (hace algo más de un año) mi mente se identificaba prácticamente al 100% con mi yo. Por supuesto yo era también mis emociones, pero incluso éstas eran vividas desde el reconocimiento de la mente, como un vigilante o guardián de mi personalidad.

Paréntesis: es complicado transmitir lo que quiero decir. Lo releo y me veo retratado como alguien frío y calculador, que dosificaba mis sentimientos. No es eso, para nada. Simplemente es que casi siempre mi actividad vital (ilusiones, deseos, sentimientos, sensaciones, etc ... todo ello está en el cerebro, al fin y al cabo) se desarrollaba desde la consciencia. Era consciente de lo que estaba viviendo "sobre la marcha"; a medida que lo vivía mi mente racional lo "procesaba".

No es que reniegue ahora de esta "cualidad" mía. Pero sí que creo que la conciencia mental (analítica casi) simultánea de lo que se está viviendo tiende a intervenir en las propias vivencias. Para ilustrar esto no me resisto a recurrir (a título de mera metáfora, no se me acuse de charlatanería pseudocientífica) al Principio de Heisenberg: no podemos conocer al mismo tiempo la velocidad y la ubicación de una partícula subatómica, ya que el observador influye en la posición o la velocidad del objeto observado por el simple hecho de medirlo; fenómeno que se puede describir diciendo que el observador modifica la realidad. Es decir que el simultanear la observación mental con las vivencias emotivas, por ejemplo, distorsiona la realidad de estas vivencias. O, como ya dije en mi anterior post, hay que acallar la mente para poder sentir en toda su intensidad determinadas vivencias.

El caso es que pienso que esta manera mía de ser "frenaba" mi sensibilidad; desde luego, coartaba la expresión de mi sensibilidad, de mi emotividad. Y es sabido que el algo y la expresión de ese algo están interrelacionados, se retroalimentan. Digamos que no sentía todo lo que podía sentir y, por tanto, no lo expresaba (no lo sacaba fuera de mí); y al no expresarlo, reforzaba mi incapacidad de sentirlo ... y así sucesivamente. Y aclaro que con locución "sacar fuera de mí" no sólo me refiero a expresarlo ante los demás sino, sobre todo, ante mí mismo, más allá de la barrera de la mente observadora consciente.

De hecho, uno de los primeros efectos de mi crisis (benditos efectos) fue que noté que se "rompían" diques interiores, que se abrían grifos. Y consecuentemente lo primero que descubrí (después del primer dolor paralizante) fue la necesidad de sacar fuera de mí. Así, en abstracto, porque ciertamente no conocía la naturaleza del algo que bullía dentro mío y quería expresarse. Ahora creo que lo que se inició hace unos meses no es tanto "expresión" cuanto "transformación", pero eso no contradice que empezara como una demolición. Por seguir con las metáforas (necesarias cuando uno se mete en temas tan poco concretos y desde el desconcierto personal), requiero romper corazas para reconstruirme.

En fin, intentando no andarme por las ramas e ir al meollo del post, el sexo es una de las actividades que más potencialidad tiene para sumergirte más intensamente en la sensibilidad, para permitirte vivir experiencias en las que la mente se acalla y uno alcanza una profundidad de encuentro consigo mismo. Ese encuentro, a falta de otras palabras, acépteseme que lo llame espiritual.

Los primeros meses de mi separación no tuve relaciones sexuales, ni las buscaba en absoluto. Creo que, en alguna medida, nació en mí un cierto rechazo a acostarme con una mujer. Supongo que ello obedecía a que en el cargadísimo cóctel de la crisis con mi ex pareja, uno de los ingredientes tenía que ver con el sexo. Imagino también que, como resultado, quedó dañada la parte de mi autoestima que dependía de esa máscara masculina que es la del amante eficiente. Únase eso a mis inseguridades de siempre, a mis represiones enquistadas (porque no basta con superarlas en el plano intelectual) que dificultaban la vivencia abierta y plena del sexo, etc, etc.

Pasadas las etapas que había de pasar (omito enrollarme sobre las mismas porque no es el tema y, además, no creo haber sido nada especial) apareció K. Nos acostamos sin que yo tuviera muy claro si quería hacer el amor, sin que yo le diera apenas vueltas al hecho de que nos fuéramos a mi habitación besándonos, nos acariciáramos, nos desnudáramos ... Parecerá una tontería, pero creo que esa casi (no del todo) ausencia de expectativas, de "prevención mental", fue un factor fundamental para que ocurriera lo que ocurrió. Y es que casi me atrevería a decir que nunca antes había llegado a la cama tan "limpio".

¿Y qué ocurrió? Pues que sentí la caricias de K esplendorosamente, intensísimamente, profundísimamente. Y el placer fue enorme y, sobre todo, total. Mi cuerpo entero se llenaba de placer; era la piel, por supuesto, pero sentía que desde la piel, desde cada trocito de piel, se me colaba hacia dentro, inundándome. Y ese placer no era sólo el placer físico, sexual (al menos el que hasta entonces yo reconocía como tal), sino algo que me estaba embargando y removiéndome todo por dentro. Las emociones se me arremolinaron como si estuvieran en ebullición, en una ebullición tan fuerte que no me permitía identificar sus componentes, no sabía qué sentía, pero sentía, y sentía mucho. Y entonces, sin ser consciente de lo que me pasaba, me puse a llorar.

No debería haber escrito me puse a llorar, porque esa expresión sugiere un acto emprendido desde la voluntad consciente. No me puse a llorar, lloré; me empezaron a salir lágrimas mientras me sentía enormemente feliz, mientras echado veía a K sobre mí acariciándome, mientras notaba una extraña paz. Todo ello mecido en un gran, muy gran placer que me sacaba fuera de mí, como si fuera una nave que me transportaba. Y, obvio es decirlo, sentía amor ... o lo que quiero llamar amor, algo que era mío, que estaba dentro mío y que fluía haciéndome feliz.

Hasta entonces, en casi treinta años de mantener relaciones sexuales, y descartando los que un amigo llamaba "polvetes terapéuticos", acostarme con una mujer era un paso más en un proceso de encariñamiento (acepto enamoramiento, aunque con reservas). Me gustaba una chica, me iba encariñando con ella, y ansiaba una mayor intimidad, lo que me pedía las caricias, el contacto sexual, como una forma (la mejor forma) de comunicarse en profundidad. En el fondo, creo ahora, buscaba que ella me diera algo que me faltaba, que rellenara vacíos, ansiedades propias. Esto me trae a la cabeza esas ideas tan "románticas" sobre el amor, la búsqueda de la "media naranja", la persona que te completa y, por tanto, necesitas. Pero mejor no divago, aunque todo esté relacionado.

Con K fue al revés. Acostarme con ella fue el medio mágico que permitió, que disparó, el amor. A veces se refunfuña cuando hablamos de la importancia del sexo en nuestra relación. Y creo que es porque tenemos en lo más hondo de nosotros estigmatizado el sexo, al que solo redimimos cuando "es por amor". Y, sin embargo, si nos reconciliamos con el sexo, si nos atrevemos a sentirlo plenamente sin condicionarlo, si dejamos que nos embargue ... entonces, creo yo, nos remueve todo por dentro y nos llena de amor, porque me parece que no puede ser de otra forma.

En fin, a partir de ahí iniciamos K y yo una relación en la que el sexo juega un papel importantísimo, que no tengo ningún reparo (por qué temerle a las palabras?) en calificar de protagonista. Y hacer el amor con K ha significado (está significando) embarcarme en viajes hacia mi propio interior para desde dentro (desde profundamente dentro) salir hacia afuera. Y ese afuera es mágico, alucinante ... Es como estar fuera del cuerpo, fuera del espacio. Es sentir lo que ella siente, sentirme en ella. Es vernos desde fuera flotando, como un único ser. Es una armonía completa; es no ser conciente de los movimientos del sexo: no nos movemos, somos absorbidos por una danza absolutamente sincronizada que nos lleva en ese viaje al que me refiero. 

Es también un placer continuado y siempre creciente, y a la vez lleno de matices. Y (esto para mí es significativo) no es un placer estrictamente genital, sino global. De hecho, en estas sesiones pierdo la conciencia de mi pene, no sabría decir en casi ningún momento si está o no en erección. Y no obstante, mi excitación es inmensa y no se agota. Se rompe el esquema clásico del comportamiento sexual masculino, ya que el placer no va ligado a la explosión última de la excitación. La excitación acompaña al placer y viceversa. Y la excitación muchas veces sigue después del orgasmo. Pero es que incluso el orgasmo (quizás otro orgasmo) no es el final, sino algo que te enlaza con más placer y, por tanto, con otro orgasmo. Así que ocurre que tengo orgasmos sin eyaculación, de lo cual había oído pero nunca experimentado.

Y mientras todo esto ocurre (algunas veces han sido tres, cuatro, cinco horas) la mente está acallada, como si la hubieran castigado al rincón, cesándola en su papel de protagonista del yo. Por eso, seguramente, siento con la intensidad que siento (y ahora no me estoy refiriendo específicamente al placer). Es decir, me dejo (mi mente me deja) sentir y ese sentir surge de un nivel más profundo de mí. Y ese yo que hay ahí me gusta, aunque no lo conozca todavía demasiado. Creo que es bueno (que soy bueno, jejeje). Por eso tengo que hablar de experiencia de conocimiento, de profundización en el ser, de transformación, de "dimensión espiritual".

Bueno, pues vale de momento. No sé, Marguerite, si todo este rollo te ilustrará respecto a lo que aludí en mi post anterior. La verdad, no soy capaz de expresarme muy bien, ni siquiera soy capaz de pasar al plano consciente (ya que en ese hemos de movernos para comunicarnos mediante la escritura) lo que estoy experimentando. Mientras escribo pienso en todo ello y, como no me lo sé explicar analíticamente, constato mi desconcierto (el que define mi blog y mi vida). Pero en este caso el desconcierto es un buen síntoma: significa que estoy aprendiendo cosas que era incapaz desde mi mente.

CATEGORÍA: Sexo, erotismo y etcéteras
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