miércoles, 31 de diciembre de 2008

Feliz año nuevo

Ayer estuvo lloviendo ininterrumpidamente desde primeras horas de la madrugada hasta el anochecer. Leo que en Santa Cruz se han medido 45 litros por metro cuadrado, lo que es mucho. El temporal venía además acompañado de fuertes vientos del suroeste (más de 80 kilómetros/hora) y, en La Laguna, de una espesa niebla que apenas te dejaba ver a unos metros. Pero no había de despedirse así el año, porque hoy ha amanecido un cielo casi despejado con un sol alto y brillante; el aire fresco y con olor a limpio. La ciudad, en las primeras horas de la mañana, estaba bastante vacía: parece que se ha generalizado que el 31 no se trabaje. Yo, en cambio, he subido a la oficina, a tener un par de reuniones y recoger algún material que tengo que rematar antes del fin de semana.

Este es el tercer año que se acaba desde que escribo en este blog. Compruebo que tanto el último día de 2006 como de 2007 publiqué el correspondiente post. Toca hoy pues hacer lo propio para ir consolidando, de tal guisa, una especie de tradición que, pasados unos años, lustros, décadas o incluso siglos (¿por qué no habían de continuar este blog mis herederos?), pudiese optar a ser reconocida como una muestra representativa del acervo cultural, mereciese la declaración de patrimonio de la humanidad (el post de nochevieja de Miroslav). Obviamente, en estas fechas, la entrada debe hacer (o, al menos, simular que hace) balance del año que acaba y también expresar los propósitos y/o anhelos para el venidero. Pues vamos a ello ...

Lamentablemente, lo cierto es que no me apetece nadita nada balancear el 2008 y, además, no tengo tiempo. En cuanto a mis propósitos para el 2009, no me atrevo ni a decirlos en voz alta. Sí comentaré que me acojona la velocidad a la que se escapa el puñetero tiempo: ¡2009: si ya estamos terminando la primera década del XXI! Y yo redondearé el medio siglo; ¡Mamma mia! Sé que es así y, sin embargo, no me lo creo; no me lo creo en las tripas, que es donde residen los verdaderos convencimientos. Creo que fue Borges quien dijo que el tiempo se mide por fracciones de nuestra edad; eso explicaría que cada vez nos resulte más breve. Como sea, el propósito (el anhelo) que se me impone es el exprimirlo al máximo, intentar vivirlo con la mayor intensidad posible (con la mayor felicidad).

Hay otros, por supuesto, pero, al fin y al cabo, son secundarios o, si se prefiere, quedan incluidos en el anterior. No obstante, la excesiva presión laboral a que he sido sometido en los últimos seis meses tampoco me ha dejado apenas tiempo para siquiera esbozar planes de futuro. O no más allá del próximo mes de enero, que ese sí que lo tengo tan previsto de actividades que no creo que me den los días. Hasta el quince, currar como un cabrón, pues la prórroga que ingenuamente deseé me fue concedida (desconfiemos de nuestros deseos; que razón tenía Buda). Luego, para celebrar eso y otro acontecimiento de mayor calado, una escapadita de fin de semana con destino todavía no completamente decidido. Seguirá una semana de planificación detallada del trabajo para el 2009 a fin de evitar que nos ocurra lo que nos ha ocurrido en estas fechas (supongo que no lo lograremos, pero en fin). Y hacia final de mes tengo un viaje "de trabajo" (ja ja ja) a México, que me ilusiona muchísimo; nunca he estado allí y, como saben quienes me leen, es un país que me atrae enormemente.

¿Los siguientes once meses? Pues imagino que trabajar mucho (demasiado) porque dentro justamente de un año deberemos estar entregando el Plan General para que sea aprobado inicialmente. Pero también espero que una buena planificación previa y una disciplinada gestión del tiempo y de los recursos me permita hacer algo más que trabajar y, sobre todo, que la presión de esta última etapa se relaje un tantito. En todo caso, confío en seguir escribiendo y en seguir leyendo a mis blogueros habituales (y a los nuevos que vaya a descubrir) que tanto me entretienen y enseñan. A todos los que me leen (que por estas fechas sé que son muy pocos) aprovecho para desearos, con cariño, el mejor año posible; que seáis todo lo felices que podais aguantar.


Nota: Estuve tentado de subir un video de algún concierto vienés de año nuevo (la Marcha Radetzky o algún vals de Strauss) por eso de afianzar la vocación tradicionalista de este post. Sin embargo, al final me he decidido por esta preciosa canción de los chicos irlandeses (de épocas en que me gustaban más) que también es alusiva a estas fechas (I will be with you again).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

sábado, 27 de diciembre de 2008

Coincidencias entre mi vida y una novela (y III)

Nada más irse sus padres, Jessica me tomó la mano y su apretón lo traduje como confirmación de mis calenturientas expectativas. Estábamos de pie en la sala, como dos estatuas indecisas, cuando apareció la empleada para anunciarnos que nos esperaba una merienda. La muchacha entró y salió, en una sensación de irrealidad teatral. Entonces, sin que me lo esperase en absoluto, Jessica se giró hacia mí y me besó; juntó su boca a la mía y disparó su lengua hacia adelante que, como un animal dotado de vida propia, se dedicó a explorar ansiosamente mis cavidades mientras yo apenas me desprendía de mi pasmada pasividad. También este incidente (aunque no exactamente en el mismo momento de la secuencia de los acontecimientos) aparece en la descripción de la cita entre Leslie y Stingo; cito de la página 293:

De pronto, su lengua se coló en mi boca. A decir verdad, yo no había dirigido ninguna invitación a aquel prodigio de lengua: sólo me había vuelto hacia Leslie para observarla, esperando que la expresión de deleite estético que pudiera descubrir en su rostro correspondiera a la que yo sentía en el mío. Pero no pude ni vislumbrar su cara, tal fue la increíble rapidez con que aquella lengua se me adelantó. Sumergida en mi boca abierta de sorpresa y retorciéndose en ella como un raro animal marino, casi me dejó sin resuello mientras parecía buscar un punto inalcanzable cerca de mi campanilla; se meneaba, pulsaba y se contorsionaba para barrer una y otra vez mi bóveda bucal; creo que, por lo menos una vez, dio la vuelta completa sobre sí misma. Resbaladiza como un delfín, menos húmeda que deliciosamente mucilaginosa y con sabor amontillado, tuvo por sí sola la fuerza suficiente para echarme hacia atrás, contra la jamba de una puerta, donde me mantuve apoyado, indefenso y con los ojos fuertemente cerrados, en espera de que terminara aquel éxtasis lingual. No sé lo que aquello duró, pero cuando por fin se me ocurrió corresponder, o intentar hacerlo, y comencé a desenvainar mi lengua con un sonido gutural sentí que la suya se encogía como una vejiga deshinchada y que su boca se separaba de la mía; apretó, sin embargo, su cara contra mi mejilla y me dijo en un tono agitado: –No podemos ahora.

Y Jessica, efectivamente, se separó de mí para, tirándome de la mano, llevarme hasta la amplia cocina donde nos esperaba una bandeja con refrescos y sandwiches. Yo estaba aturdido, tratando con dificultad de poner orden en la confusa y atropellada amalgama de mis pensamientos y sensaciones. Mi estado mental debía reflejárseme en una cara de pasmarote, porque Jessica me miraba con una media sonrisa, mientras hablaba despreocupadamente de sus futuros planes universitarios (quería hacer arquitectura) y luego me apuraba a que me diese prisa porque íbamos a llegar tarde a la película; ¿habíamos quedado para ir al cine? Y fuimos al cine, a ver Saturday Night Fever, que, en esa etapa de mi vida, simbolizaba la negación de todos mis principios estéticos y musicales. Puede que aquella fuera la primera ocasión en que comprobé (en mi propia persona) cómo los principios no tienen nada que hacer ante la lujuria. El caso es que me dispuse a sufrir los cánticos y contoneos del odioso Travolta, compensados por los dedos de Jessica entrelazados con los míos e intermitentes acercamientos de nuestras cabezas culminados en breves piquitos. Como cualquiera puede fácilmente imaginar, la situación suponía un progresivo enardecimiento de mis sentidos que se aproximaban peligrosamente a las temperaturas de ignición. Intenté, desde luego, otros acercamientos táctiles, tocamientos de partes inexploradas del cuerpo de Jessica que me tenían magnetizado. Llegué a palpar sus mullidos y abultados pechos, aunque apenas unos instantes, porque enseguida la mano de ella retiró suave pero firmemente la mía. El gesto denegatorio, sin embargo, lo acompañaba de un apretón cariñoso en mi otra mano y de una sonrisa dulce, signos, en fin, que yo traducía como confirmación de una promesa para cuyo inminente cumplimiento sólo me pedía un poco de paciencia. Por eso, como Stingo en el restaurante con Leslie, no me sentí desanimado sino que mi excitación se redobló y el deseo por esa preciosa chica terminó de invadir los pocos recovecos de mi ser que aún estuviesen indemnes a su hechizo.

El regreso del cine a la casa de Jessica fue en taxi, otra coincidencia con la aventura de Stingo. Al igual que en la novela, ese viaje fue un prolongado escarceo erótico. Ella, acurrucándose junto a mí volvió a asumir la iniciativa, besándome con desesperación ansiosa. De nuevo, más que buscar palabras propias, prefiero recurrir a las de Styron que, salvo en pequeñísimos detalles, reflejan fielmente lo que viví:

Nunca hubiera creído que esa manera de besar fuera tan descomunal, tan expansiva. Pero es obvio que ha llegado el momento de que yo ejecute mi papel, y así lo hago. Mientras bajamos por la calle Fulton le correspondo "dándole la lengua", cosa que visiblemente no le desagrada, pues responde con pequeños gemidos y estremecimientos. Al llegar a este punto, estoy tan caliente que hago algo que siempre quise hacer al besar a una chica, pero nunca me atreví por sus escandalosas connotaciones: mover lenta y rítmicamente la lengua hacia dentro y hacia fuera de su boca con largos y copulatorios movimientos. Esto hace gemir de nuevo a Leslie ... Es imposible describir mi estado en ese momento. Poseído de una especie de frenesí controlado, decido que ha llegado el instante de empezar a avanzar de veras. Así pues, con gran delicadez deslizo la mano hacia arriba de modo que me permita recoger en su oquedad la parte inferior de su delicioso pecho. Y en este instante, con una incredulidad casi total por mi parte, con una firmeza y una decisión por la de ella que vencen mi delicada cautela, coloca su brazo en una posición protectora que significa claramente: "No te propases". Su actitud es desconcertante, tanto que pienso que uno de nosotros ha cometido un error, que ha fallado nuestro sistema de señales, que ella ha querido gastarme una broma pesada, o algo por el estilo. Por lo tanto, poco después, con mi lengua todavía hurgando en su gaznate y sin que ella haya dejado de gemir, avanzo la mano hacia su otra teta. ¡Wham! Lo mismo de la otra vez: el súbito movimiento de protección, el brazo que baja, lanzado, como una de esas barreras de los pasos a nivel ferroviarios. "Prohibido el paso". Es realmente increíble.

La sucesión de nuestros forcejeos en el taxi no interrumpió un beso prolongado durante todo el viaje, tanto que parecía que cada uno quisiera beberse al otro. Mis sentimientos eran, como los de Stingo, de desconcierto ante la actitud recatada de Jessica pero no por ello disminuía un ápice mi convencimiento de que esa misma tarde iba a consumar con Jessica la pérdida de mi virginidad. Así, sus firmes rechazos a mis tocamientos los explicaba por la incomodidad del asiento del taxi o la presencia del chofer, inconvenientes que no existirían en el dormitorio de Jessica al que habíamos de llegar en poco tiempo. De otra parte, también hay que decir que el trayecto entre los distritos limeños de Miraflores y San Isidro probablemente fue más breve que el que hicieron Leslie y Stingo en Nueva York; insuficiente, en todo caso, para enturbiar en nada ni mi lujuria ni mis esperanzas.

Sin embargo, al llegar a casa de mi chica, recibí el primer aviso inequívoco de que el majestuoso palacio de mis deseos podía ser un mero castillo en el aire. En la puerta de entrada, antes de introducir la llave en la cerradura, Jessica se volvió hacia mí, me apretó ambas manos, me besó suavemente los labios y con voz tierna me dijo que lo había pasado muy bien, que muchas gracias y que buenas noches. ¿Cómo que buenas noches? De nuevo tuve un momento de desconcierto, el suficiente para que mi amiga abriese la puerta y se metiese dentro de su casa, dejándome afuera en estado de shock. Por suerte, reaccioné justo antes de que se cerrase totalmente el portón; espera, Jessi, grité, y debí poner tal tono de angustia en mi voz que la cara de ella, al volver a aparecer ante mi mirada, mostraba una expresión mezcla de preocupación, dolor y pena. De pronto, empecé a entender que esa noche no iban a consumarse mis expectativas; es más, como un relámpago devastador, por mi mente cruzó la intuición de que ni esa noche ni nunca me tocaría en suerte disfrutar de ese cuerpo tan voluptuoso que tenía delante. Ahí, en el umbral, los dos nos miramos con ojos tristes y, sin palabras, nos abrazamos. Ella se apretó contra mí y cuando sintió que le correspondía con un abrazo tan o más fuerte, pareció aflojarse y comenzó un llanto espasmódico. Ya no era la muchacha desvergonzadamente liberal, sino una chiquilla que temblaba entre mis brazos. Mi confusión se incrementaba; me venían las más diversas emociones a una velocidad demasiado vertiginosa para que mi cerebro pudiese procesarlas. ¿Qué estaba pasando?

La llevé abrazada hasta la sala y me senté con ella en un sofá. No dejaba de llorar, y a medida que transcurría el tiempo mi preocupación aumentaba. Por fin, entre hipidos y miradas de dolor, me contó que era virgen, que nunca había pasado de los besos y que, además, tenía pavor a ir más lejos. Se daba cuenta, me dijo, de que yo esperaba más de ella y eso no podía dármelo. Necesitaba, me explicó, cubrir antes unas etapas en su sexualidad, algo que yo debería entender. A medida que hablaba, mi lujuria iba transformándose en una mezcla, a partes iguales, de culpabilidad y sensación de haber sido estafado. Pensándolo tiempo después, me di cuenta de que hacerme sentir culpable (¿de qué?) era la estrategia que Jessica usaba para evitar que se volviese en su contra la indignación natural de un chaval a quien frustraba las expectativas que ella misma había alimentado. Y ese arma, desde luego, la usaba con maestría porque me encontré consolándola con palabras tiernas y haciéndole caricias absolutamente asexuadas. Al cabo de un rato me despedí con un casto beso, prometiéndole que la llamaría al día siguiente.

A Stingo vino a ocurrirle algo muy similar que no transcribo porque es demasiado largo y tiene varios detalles (la mayoría de ellos relacionados con referencias psicoanalíticas) que no se produjeron en mi historia. Digamos que mi desenlace fue más sencillo, carente de los matices intelectualoides de la novela, como, por otra parte, corresponde a las diferencias de edad entre las dos parejas (la de la novela y la mía). Pero esos matices diferenciales no anulan las coincidencias fundamentales y, para mí, sorprendentes. Como Stingo, yo tampoco volví a quedar con Jessica (a quien sin embargo sí volví a verla porque, meses después, ingresó en mi misma universidad para estudiar arquitectura). Fiel a mi palabra, la llamé al día siguiente, pero con alguna excusa eludió el que nos citáramos. Creo recordar que insistí alguna vez más, pero por diversos motivos no hubo más encuentros. Enseguida conocí a otra chica y con ella sí mantuve una relación bastante más "sana" y fructífera; un clavo saca otro clavo y, además, el clavo de Jessica ni siquiera había tenido tiempo de hundirse mucho. De hecho, seguro que esta historia habría permanecido en el recoveco olvidado de mi cerebro en el que estaba si su recuerdo no me hubiera sido devuelto gracias a la lectura de La decisión de Sophie.

CATEGORÍA: Literaturas y Recuerdos

martes, 23 de diciembre de 2008

Coincidencias entre mi vida y una novela (II)

En mi afán por resaltar las coincidencias, en el post anterior omití algunas notas diferenciales entre el grupo de chicos de Coney Island en el verano de 1947 y el que estaba (yo entre ellos) en el Club Regatas en 1977. La más significativa es que las edades diferían una media de cinco años, lapso más que importante cuando se es tan joven. Los estadounidenses eran graduados superiores, intelectuales, como deduce Stingo; en mi grupo había chavales recién ingresados a la universidad o, como Jessica, del último año de la secundaria. Así, aunque esa tarde en el Regatas se habló de orgasmos y de Freud, el nivel hubo de ser bastante más superficial que el de la novela, cuyos personajes tenían sobre la arena ejemplares de La Función del Orgasmo. Por aquellas fechas no es que no hubiera leído a Reich, sino que con toda seguridad desconocía su existencia. Tampoco, a diferencia de los de Brooklyn, los chavales limeños habíamos sido psicoanalizados, si bien creo recordar que Jessica contó que su madre estaba asistiendo a sesiones con un analista extraordinario. De hecho, me impactó que en esa conversación se ligaran dos términos para mí entonces tan ajenos como padres y sexualidad. No diría que Jessica afirmara algo tan provocativo como Leslie (Antes de empezar el psicoanálisis era completamente frígida, ¿os lo podéis imaginar? Ahora no pienso en otra cosa que en joder. Wilhelm Reich me ha convertido en una ninfómana. Me refiero a la sexualidad cerebral -página 222), pero aunque las voces de aquella tarde no estén frescas en mi memoria, sí creo que ese día me convencí, como Stingo, de que mi nueva amiga tenía toda la experiencia necesaria para ser la mejor maestra sexual que pudiera encontrar.

Así que, si he de describir mi estado al día siguiente, antes de salir hacia casa de Jessica, el siguiente párrafo de la novela resulta casi perfecto: Mientras yacía en la rosácea luz de mi habitación ( la luz probablemente no era rosácea, vale) y los minutos de la tarde se arrastraban con lentitud, se unió a mi enfermizo estado una incredulidad cercana a la demencia. Hay que recordar que mi castidad se hallaba casi intacta (en mi caso, usar el casi es casi pretencioso). No estaba sólo a punto de yacer mucho mejor que en aquel momento; me había embarcado en un viaje a Arcadia, a la Tierra Prometida, a las estrelladas regiones de terciopelo negro situadas más allá de las Pléyades. Traía de nuevo a mi memoria (¿cuántas veces había evocado su sonido?) las claras indecencias que Leslie había pronunciado y, mientras lo hacía, el visor de mi mente volvía a dar forma a cada hendedura de sus húmedos y suculentos labios, a la ortodóntica perfección de sus brillantes incisivos, incluso a una sutil mota de espuma en el borde del orificio bucal. Me parecía el más fabuloso de los sueños de un fumador de opio la casi seguridad de que, antes de que terminara aquella misma noche, aquella boca sería ...No podía permitirme tales pensamientos sobre aquella resbaladiza boca y sus inminentes empleos. (La boca de Jessica, ciertamente, me obsesionaba pero, aclaro, no era la única parte de su cuerpo que me mantenía en permanente desasosiego).

Luego, caminando las escasas cuadras entre mi casa y la de Jessica, me pregunté, cómo sería un hogar y una familia judía ya que, al igual que el narrador de La decisión de Sophie, nunca había conocido ninguna. Mi ignorancia era aún mayor que la de Stingo ya que, en la España franquista de la que provenía, judío era algo así como una categoría mítica respecto a la cual se mantenían de forma genérica leyendas muy parecidas a las de 1492. Por supuesto que yo no creía para entonces en conspiraciones judeo-masónicas (uno de los mantras favoritos del General) pero comprobé que carecía de la mínima información fiable con la que sustituir todas esas bazofias antisemitas. Por eso, a diferencia de Stingo, no me hice ninguna imagen mental previa de unas habitaciones sombrías revestidas de nogal, ni de una mesa con el Menorah u otra con el Talmud; tampoco pensé en que los padres pudieran ser inmigrantes centroeuropeos que hubiesen llegado al Perú escapando de las persecuciones nazis (¿o quizá los abuelos?) y que hablarían un castellano con acento rasposo, herencia de su idioma eslavo natal. Pero, aunque carente de imágenes, sí es cierto que iba con prevención, pensando que me metía en un mundo ajeno a mis referencias. Luego, como pasa en la novela, descubrí que la casa era de lo más normal (la normalidad propia de la clase medio-alta de San Isidro en aquellos años) y también de los más normal eran los padres de Jessica. Sin embargo, aunque por esos días no fui capaz de entenderlo en toda su dimensión, el judaísmo de Jessica (o más bien mi no judaísmo) fue uno de los factores (entre varios otros) que determinó que mi relación con Jessica no pasase de un simple amago.

Una empleada doméstica (no era negra como en la novela) me hizo pasar a la sala donde me recibió el padre de Jessica. Lo recuerdo como una persona encantadora, algo bajito y rechoncho, que hablaba con voz muy suave y me hacía infinidad de preguntas: sobre España, sobre mis padres, sobre la carrera de arquitectura, sobre todo ... Me ofreció una cerveza y cuando llevábamos un rato charlando, apareció la madre, que era lo más opuesto al marido que cabía imaginar; se trataba de una mujer enorme que, además, vestía de forma extremadamente barroca. Iban a salir a una cena, de forma que Jessica y yo tendríamos la casa entera a nuestra disposición. Es decir que se daban exactamente las mismas circunstancias que las que narra Styron en la novela. Asimismo, para describir la aparición de Jessica en la sala, justo en el momento en que sus padres se disponían a despedirse, me vale de sobra el siguiente párrafo:

Por fin apareció Leslie, hermosa y rubicunda (1), con un vestido negro de punto que se adhería y adaptaba a sus ondulantes redondeces de un modo dolorosamente atractivo (no me atrevería a jurar que el vestido fuera negro y de punto, pero sí que se adaptaba demasiado bien a las curvas de mi amiga). Me dio un húmedo beso en la mejilla, momento en que noté los efluvios de una inocente agua de tocador que olía a algo tan fresco como un narciso (tampoco lo aseguraría pero sí que no llevaba ninguno de esos perfumes agobiantes que tanto me desagradaban) y que, por alguna razón, la hacía tres veces más excitante que las calientapollas que había conocido en Tidewater, aquellas absurdas vírgenes empapadas de su almizcleño (2) perfume de odaliscas. Esto era clase, verdadera clase judía. Una chica con suficiente seguridad para vestir de aquella manera no podía ignorar lo que era la sexualidad.

Poco después, en la despedida, el padre de Jessica le dijo a su hija palabras muy similares a las que dice a Leslie su padre al dejarla sola con Stingo: Serás buena, ¿verdad, mi princesita? Podrán acusarme de mentiroso, pero me acuerdo perfectamente de que el padre de Jessica usó exactamente el vocativo princesita, con una mezcla de cariño protector y entonación admonitoria. Desde luego desconocía el arquetipo de la princesa judía, su modus vivendi y su significado en el orden de las cosas (Styron dixit) y, a diferencia de él, tampoco puedo decir que he llegado a conocerlo. Pero oír llamar princesita de su papá a la que en ese momento representaba el culmen de mis deseos eróticos tuvo un cierto efecto anticlímax. De hecho, a la vista de cómo transcurrió mi velada en las siguientes horas, creo que el término "princesa judía" se me ha grabado en el subconsciente y no precisamente como un refuerzo de mi libido. Por cierto, un par de años después, cuando Zappa sacó su fantástico Sheik Yerbouti, la audición de su Jewish Princess (quiero una guarrilla princesa judía, una pequeña princesa judía cachonda) me recordó inevitablemente a Jessica.

Y aquí paro esta segunda entrega, para que Alicia vuelva a quejarse (con razón) de que no llego a lo mejor (he dado más de una pista); habrá una tercera.



(1) Rubicunda es una palabra que siempre me ha sonado mal y, sin embargo, en este caso, tiene la virtud de que sus dos acepciones valen perfectamente para la imagen que conservo de Jessica: era rubia tirando a rojizo y tenía un estupendo color que denotaba completa salud.

(2) No sé identificar el olor almizcleño pero, atendiendo a la definición del DRAE (Sustancia grasa, untuosa, de olor intenso que algunos mamíferos segregan en glándulas situadas en el prepucio, en el periné o cerca del ano, y, por ext., la que segregan ciertas aves en la glándula debajo de la cola. Por su untuosidad y aroma, el almizcle es materia base de ciertos preparados cosméticos) puedo suponer que corresponde a esos perfumes que tanto me agobian.

CATEGORÍA: Literaturas y Recuerdos

sábado, 20 de diciembre de 2008

Coincidencias entre mi vida y una novela (I)

En la novela La decisión de Sophie, de William Styron, el narrador, Stingo es un joven sureño de Virginia que se ha mudado a Nueva York con la intención de convertirse en escritor. En el verano de 1947, recién despedido de una editorial en Manhattan, alquila una habitación en la casa de una señora judía, en Brooklyn. Allí traba amistad con Nathan, un culto y contradictorio judío, y Sophie, una bellísima polaca superviviente de Auschwitz. En una excursión de los tres a Coney Island, Nathan le presenta a Leslie Lapidus. La brevísima relación entre Stingo y Leslie parece un calco (salvo las diferencias propias de espacio y tiempo) de una experiencia que viví en 1977, treinta años después de la narrada en la novela y dos antes de que ésta se publicara. La cosa es que la semana pasada, leyendo esas páginas de los capítulos 5 y 7, reviví con sorprendente "realismo" las imágenes y sensaciones que creía olvidadas de aquella chica del último curso del León Pinelo, el colegio judío situado en el distrito de San Isidro de Lima. En esos párrafos me veía a mí mismo como el narrador y, en vez de Leslie, leía el nombre de Jessica, que era el nombre de mi amiga seguido de un apellido que delataba sin lugar a dudas su adscripción askenazi, con claras referencias geográficas a Polonia o su entorno. Como he dicho, tanto me han sorprendido las coincidencias que no me puedo resistir a transcribir algunos de esos párrafos de Styron y confrontarlos con las que fueron mis propias vivencias.

Imaginaos, pues, lo que sentí cuando, el primer día que vi a Leslie Lapidus, unas horas después de habernos conocido, extendió sus soberbias piernas sobre la arena como una joven leona y, clavándome en la cara sus almendrados ojos, sugirió con toda la silenciosa perversidad de una pagana ramera babilónica y usando los más increíbles y escabrosos términos, la aventura que me esperaba. Sería imposible exagerar mi conmoción, en la que el espanto, la incredulidad y una hormigueante incredulidad de delicias se mezclaron torrencialmente. Sólo el hecho de que era demasiado joven para una oclusión de coronaria salvó mi corazón que cesó de latir durante un número crítico de segundos.

Pero no fue tan sólo la sorprendente espontaneidad de Leslie lo que me enardeció. El aire que cabía en los límites del acotado triángulo de arena que ... el vigilante socorrista amigo de Nathan nos había reservado para aquella tarde de domingo como un santuario social privado, se llenó con las palabras más puercas que hubiese oído jamás en lo que pudiera denominarse reunión mixta. Pero había algo más serio y complejo que eso. Era su sofocante mirada, que contenía un desafío directo y la esperanza de la correspondiente aceptación, una mirada de desnuda invitación, como un lascivo lazo echado alrededor de mi cuello. Se refería llanamente a pura acción, sin paliativos. (página 215)

El escenario de mi primer encuentro con Jessica fue también una playa arenosa. Había ido al club Regatas con unos amigos recientes y uno de ellos, a su vez, era amigo del hermano de Jessica. Se hizo un grupo mixto, usando las palabras de Styron, en el que, sin duda, destacaba aquella chica de melena rubia y cuerpo con demasiadas curvas para una niña que como mucho andaría por los diecisiete. En la novela, Leslie se siente atraída por Stingo gracias al "exotismo" (para ella) de su origen sureño; también funcionó a mi favor la nota exótica, en este caso la de mi procedencia española. En ese rato grupal, además, pude decirle que estudiaba arquitectura y que escribía cuentos (desastrosos, por más que entonces no me lo parecieran), que debieron sumar motivos bastantes para que la preciosa judía se las ingeniase para apartarse conmigo y pasar el resto de la tarde a solas.

Supongo que no estaríamos juntos más de un par de horas, pero las recuerdo como una verdadera vorágine de sorpresas. Enseguida derivo una conversación literaria más o menos genérica (y poco comprometida) hacia el sexo. A diferencia de la Leslie ficiticia, Jessica no había ido al psicoanalista (quién sabe si luego lo haría, al fin y al cabo era muy joven por entonces); sin embargo, recuerdo que teorizó sobre lo malo que era la represión de la sexualidad en el desarrollo de la personalidad, usando una jerga vagamente freudiana. Confesaré que por aquellas fechas casi nada sabía de Freud y atendía estupefacto a las explicaciones sobre la libido que salían de unos labios demasiado tentadores, que me daba una mujercita en bikini cuyo cuerpo me mantenía en un desasosiego permanente. De hecho, mi primer interés hacia el psicoanálisis tiene la fecha de esa primera tarde con Jessica. Pero ahí no acaban las coincidencias porque, se me crea o no, también me habló de El amante de lady Chatterley que, como Leslie, había devorado en plan revelación trascendente. No puedo asegurar que me dijera las mismas palabras, pero al leerlas en la novela vi claramente a Jessica pronunciándolas:

¿Has leído El amante de lady Chatterley, de D.H. Lawrence? ... Léelo, léelo, por tu salvación. Una amiga mía pasó uno de matute al venir de Francia; te lo prestaré. Lawrence es la respuesta ... Ah, sabe tanto de eso del joder ... Dice que cuando jodes te trasladas al mundo de los dioses oscuros ... Ah, Stingo, te lo digo en serio: joder es trasladarse al mundo de los dioses oscuros. (página 300)

A diferencia de Stingo, yo sí había leído la famosa novela de Lawrence (la cogí a escondidas de la biblioteca de mis padres en el último año de bachillerato) y pude sumar algún punto más, aparentando conocimientos que distaba mucho de poseer. Porque, en lo que a experiencia sexual se refiere, estaba unos cuantos escalones más abajo que Stingo. La mía no era una virginidad técnica como la del virginiano, sino absoluta; y en lo que se refiere a escarceos con jovencitas "calientapollas" (lenguaje de Styron) tampoco había habido nada más allá de torpes besos de lengua y tocamientos sobre la ropa y demasiado superficiales para mis ansias. Diré en mi defensa que yo andaba por los dieciocho, mientras que el chaval de la novela tiene veintitrés.

Supongo que los setenta no fueron, en términos de represión sexual, tan duros como los cuarenta de la novela. Sin embargo, yo venía del tardofranquismo y una educación enfermizamente obsesionada con el sexto mandamiento y había caído en una sociedad tremendamente machista e hipócrita, en la que los niños de buenas familias podían desfogarse en burdeles pero habían de "respetar" a sus enamoradas. Dado que no me había atrevido a visitar ningún burdel y que para entonces sólo había tenido una enamorada que parecía considerar desagradable cualquier connotación sexual (no hablemos ya de actos concretos), no creo que mi situación anímica y mis perspectivas al respecto fueran muy distintas de las de Stingo. Lo cierto es que durante primera "cita" con Jessica, en la que aparenté una madurez y experiencia que distaba de poseer (al menos así me lo creí), recargué las baterías de mi libido tanto o más que Stingo en Coney Island y, como él, me despedí con la seguridad de que la próxima vez habría entre nosotros algo más que palabras.

Porque esa tarde en el Regatas sólo había habido un par de apretones de manos, casi como al descuido. No me pidió que le diera crema por la espalda, como hizo Leslie. Tampoco me dijo nada tan directo como que pensaba que yo podría producir un orgasmo de campeonato a cualquier chica (palabras de Leslie a Stingo), aunque sí recuerdo que también hablamos de orgamos. Pero hubo más que suficientes palabras, gestos, miradas, sonrisas y hasta vibraciones de energía sexual como para que me quedase meridianamente claro que algo había de pasar; que por fin ese algo me iba a pasar a mí y, para que el premio fuese el gordo, iba a ser con esa preciosidad rubia y voluptuosa. Durante la conversación ya habíamos comprobado que vivíamos muy cerca el uno del otro (al lado del Golf de San isidro) y, al despedirnos, Jessica me propuso, con naturalidad admirable, que fuera a visitarla al día siguiente. También Stingo se despidió seguro de que iba a tener plan y concretando una visita a la casa de Leslie, aunque él hubo de esperar unos días más que yo.

CATEGORÍA: Literaturas y Recuerdos

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Las castas coloniales

El sistema social de la América española se basaba en una compleja división en castas raciales. A partir de los tres "troncos" originarios -el europeo conquistador (español), el esclavo africano y el indio nativo- y gracias al mestizaje tan mitificado (en mi opinión demasiado superficialmente) como nota caracterizadora de la colonización hispana frente a la anglosajona, las Indias fueron poblándose de individuos con distinta proporción de genes de cada una de las "razas primarias". Lo realmente curioso -y yo diría (desde mi ignorancia) que sin parangón en otros sistemas sociales de segregación racial- es la enorme cantidad de castas o subdivisiones raciales que se identificaron y, consiguientemente, se cualificaron en cuanto a su encaje en la estratificada sociedad colonial. Esto del encaje no es moco de pavo, porque las Leyes de Indias regulaban muy detalladamente los diversos modos de integración de cada individuo en la colonia; a tales efectos, la partida de nacimiento y el consiguiente rastreo de los antecedentes raciales era uno de los factores más determinantes.

Es en el último periodo de la historia colonial (a partir del siglo XVIII, ya con la nueva dinastía borbónica en el trono español) cuando el afán taxonómico de los burócratas alcanzó sus máximas metas, en especial en las capitales de los dos principales virreynatos, el de Nueva España y el del Perú. Por mi historia personal, me habría gustado encontrar más referencias peruanas pero la mayor parte de las fuentes que internet me ha facilitado provienen de México. Parece que hacia mediados del XVIII existían en Nueva España hasta cincuenta términos para identificar a los resultados de los sucesivos cruces raciales. El primer listado con pretensiones de exhaustividad fue elaborado por Francisco de Ajofrín, un capuchino manchego que en 1763, con 44 años, viajó a México a recolectar fondos para las misiones de su orden en el Tíbet. Este fraile escribió su Diario del Viaje a la Nueva España y ahí anota su catálogo racial, recogiendo sin duda los términos usuales en el virreynato:

De español e india nace mestiza; de español y mestiza nace castiza; de español y castiza, española; de español y negra, mulato; de español y mulata, morisco; de español y morisca, alvina; de español y alvina, tornatrás; de español y tornatrás, tente en el aire; de indio y negra, nace cambujo; de cambujo e india, lovo; de lovo e india, alvarasado; de alvarasado y mestiza, barcino; de barcino e india, zambaigo; de mestizo y castiza, chamizo; de mestizo e india, coyote. Los lovos, cambujos y coyotes es gente fiera y de raras costumbres.

Advierto que esta clasificación no es única y, además, que tiene algunos errores. Pero no nos perdamos en pejiguerías y admirémonos de la fecundidad lingüística para distinguir matices raciales. Barcino, por ejemplo, ¿quién sabía que así se denominaba a los individuos que tenían una parte de negro, cuatro de español y once de indio (afinaban hasta la dieciseisava)? Barcino, por cierto, se dice de ciertos animales de pelo blanco y pardo y a veces rojizo, aunque en América hace alusión a los pelajes manchados o rayados. ¿Y qué me dicen de albarazado (siete octavos de indio y uno de negro)? Pues que en castellano significa manchado de blanco o de otro color (poca ayuda nos da). Hay, como ya he dicho, más términos para esos y otros cruces. El más notable es el de zambo que, en Perú, se refiere al hijo de negro e india (o viceversa); lo que en México sería el cambujo. Pero hay más términos de esta índole, aunque no sea cuestión de ponerse a relacionarlos todos.

Hace un mes, leyendo un estupendo post de Strika sobre la palabra cholo, me vino el recuerdo de unas pinturas que recordaba del Museo de América madrileño en las cuales se representaban las clasificaciones raciales del sistema de castas colonial. Desde entonces, he ido dedicando algunos ratillos muertos (que son escasos) a buscarlas en internet y a ir acopiando información sobre lo que fue todo un género pictórico en la última etapa de la América española. Pero la mejor sorpresa no estaba en la Red sino en uno de los libros que hace tiempo me regaló un amigo que vino de México y que o no había leído o no me acordaba. Hojeándolo descubrí un magnífico artículo de Elena Isabel Estrada de Gerlero (de quien me entero que es una de las voces más autorizadas en estos asuntos, profesora del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM), titulado Las pinturas de castas: imágenes de una sociedad variopinta; su lectura resulta tan apasionadamente sugerente que debo dejarla reposar antes de escribir tres o cuatro sandeces sobre esos curiosos cuadros y sus singulares artífices.

Pero también me gustaría hablar en otro momento de los motivos que explican esa obsesión enfermiza por la taxonomía racial. Intuyo que tiene que ver con el miedo de los criollos a un entorno hostil (miedo y odio, que son caras de la misma moneda) e intuyo también que tiene sus antecedentes en los siglos bajomedievales peninsulares que producirían el antisemitismo (y anti-morismo) y el nacimiento de la Inquisición española con la consiguiente obsesión por la limpieza de sangre. Pero, en todo caso, lo que en la metrópoli fue de una manera, siguió cursos algo diferentes al otro lado del charco; incluso me atrevería a decir (y a mi propia experiencia me remito) que ha marcado más persistentemente a las sociedades americanas que a la española. Como fuere, son sembrados para transitarlos con más tiempo y calma.

CATEGORÍA: Curiosidades dispersas

sábado, 13 de diciembre de 2008

La parábola de los ciegos

Un pintor que me ha gustado desde que lo descubrí en el bachillerato es Pieter Brueghel (1525-1569). Durante mis años jóvenes, lo tenía un poco opacado por el Bosco, con el que mantiene indudables rasgos comunes. Tenía que ser muy chaval cuando vi por primera vez el fantástico Triunfo de la Muerte en El Prado. Si ahora contemplo una reproducción de este óleo sé que he estado ante él y, sin embargo, no llego más que a un recuerdo difuso, incapaz de situarlo respecto a ninguna otra referencia. Pero al ver ese cuadro, en cambio, me viene a la cabeza el tríptico del Jardín de las Delicias e intuyo vagamente que no es sólo por las similitudes figurativas sino porque Brueghel se relacionaba en mis visitas con El Bosco.

La semana pasada, con motivo de leer sobre el pintor, pasé unos cuantos ratos repasando varios de sus cuadros. Hay muchos que me parecen extraordinarios, para quedarse abobado ante ellos durante tiempo y tiempo, recreándose en los detalles, intrigándose por los tantos misterios que se intuyen, disfrutando de ese abigarramiento de trucos y efectos, aprendiendo de cómo eran y vivían los flamencos del XVI ... Incluso los más conocidos por haber sido reproducidos como portadas o ilustraciones en multitud de ocasiones (por ejemplo, la Torre de Babel, los juegos de niños, o el paisaje invernal), si uno se detiene en ellos, descubren siempre nuevas sorpresas. Una maravilla.

Uno de los cuadros que en estos días me ha cautivado es La parábola de los ciegos. Se trata de un óleo de formato horizontal (86x154 cms) que está en la pinacoteca napolitana de Capodimonte (ya tengo otro motivo para visitar Nápoles). En la tabla se ve a seis ciegos que iban caminando en fila, cada uno apoyado en el anterior. En el instante representado, el primer ciego ya está caído de espaldas en una zanja, el segundo está cayendo, el tercero empieza a tambalearse hacia adelante, el cuarto percibe con miedo que pierde el apoyo de su antecesor, el quinto "olfatea" el peligro y el sexto y último todavía no se ha percatado de nada. Se trata de la última obra acabada del pintor y hay quienes ven en ella no sólo la madurez plena del artista sino una especie de testamento tanto pictórico como ético-ideológico. ¿Qué quiso decirnos este hombre del que se sabe relativamente poco con esa pintura? ¿Que los humanos somos ciegos guiados por otros ciegos y el desastre es nuestro trágico e inevitable destino? Quizá, tan cerca de la muerte, el pintor se reafirmaba en un pesimismo filosófico; no lo sé.

El tema del cuadro es una referencia directa al Evangelio. No es una parábola estilo cuentito con moraleja de las que tanto gustaba Jesús, sino una simple frase dedicada a los fariseos. Jesús está en plena actividad predicadora y milagrera. En el capítulo anterior (el 14), Mateo nos cuenta la multiplicación de los panes y los peces, la caminata sobre las aguas y la curación de multitud de enfermos por el simple acto de tocarle el manto. El de Nazaret estaba pues, por esos días, causando un revuelo lo suficientemente significativo como para que algunos fariseos se acercasen desde Jerusalén a conocerlo, haciendo más de cien kilómetros hasta las tierras de Galilea, pobladas de paletos bruscos e ignorantes. Aprovecho para mencionar que, por culpa del evangelio, los pobres fariseos han quedado marcados con toda suerte de tachas, especialmente la hipocresía. Sin embargo, entre las diversas facciones del judaísmo que coexistían en Palestina en los tiempos de Cristo, no eran ni mucho menos los peores (bastante más desagradables me parecen los saduceos, ya puestos). Pues nada, que llegan algunos fariseos con unos escribas y observan el comportamiento de ese grupo de harapientos. Entonces, según Mateo, le preguntan a Jesús que por qué sus discípulos quebrantaban la tradición de los ancianos no lavándose las manos cuando comían pan. Y va Jesús y se despacha a gusto contra estos individuos. Primero les acusa de que también ellos quebrantan el mandamiento divino e inmediatamente les llama hipócritas. Luego convoca a la multitud y les dice que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella. Ridiculizados en público, los fariseos se retiran muy ofendidos. Algunos discípulos que oyeron sus refunfuños se lo advirtieron a Jesús y ahí es cuando éste, para quitarles importancia, profiere la frase que inspirará a Brueghel: Dejadlos; son ciegos guías de ciegos; y si el ciego guiare al ciego, ambos caerán en el hoyo (Mateo 15:14).

En fin, la cosa es que me apetecía hacer un post contando la de cosas que me ha sugerido este cuadro; incluso tenía apuntadas algunas notas, muy orgulloso yo de mis cualidades como crítico de arte. Nada hay más audaz que la ignorancia, porque buscando un poquillo encontré un video dedicado precisamente a este cuadro. Ahí ya se dicen las tres o cuatro obviedades que tan inteligentes me habían parecido y muchas otras cosas más. A quien le interese la pintura y Brueghel en particular, no puedo sino recomedarle que disfrute del video.


CATEGORÍA: Personas y personajes

jueves, 11 de diciembre de 2008

Respeto / Juzgar y condenar

Recientemente he acabado el segundo tomo de las memorias de Elias Canetti (La antorcha al oído). De unos cuanto párrafos subrayados traigo dos a este post.


Allí ... aprendí a tratar de forma íntima con un ser pensante, trato que suponía no sólo escuchar cada palabra, sino también intentar comprenderla y evidenciar dicha comprensión replicando con exactitud y sin ningún tipo de distorsión. La primera prueba de respeto hacia los seres humanos consiste en no pasar por alto sus palabras.

Cuán de acuerdo estoy con estas afirmaciones y cuán poco vigentes me parecen. Respetar al otro sería, antes que cualquier otra cosa, esforzarse en atenderle y entenderle. Requiere, por tanto, de nuestra voluntad: tenemos que querer entenderle. Esa voluntad específica escasea; es poco frecuente que de verdad queramos entender a nuestros interlocutores, entre otros motivos, porque supone un esfuerzo y, también, porque puede afectarnos.

Llamamos respeto, en cambio, a una actitud de educada corrección diplomática que garantiza el fluir armónico de las conversaciones, siempre superficiales, siempre cómodas. Paradójicamente, intentar profundizar en la comprensión del otro, ahondar en sus pensamientos buscando que la comunicación sea algo más que la cháchara habitual, suele entenderse como falta de respeto.

Hasta haber leído las palabras de Canetti no se me habría ocurrido decir que uno de mis mayores anhelos es encontrar personas que me respeten; también, desde luego, profundizar en el ejercicio del respeto al otro. Y tampoco ahora lo diría, porque pocos entienden que el respeto, en primer lugar, es eso.


... cuando por fin me confesé que jamás, ni una sola vez, la había oído hablar bien de nadie ... me entró una súbita animosidad hacia ella y (abandoné) sus discursos burlones ... Aprendí asimismo algo que ... podía parecer más importante: lo deplorable que, como fin en sí mismo, era la manía de juzgarlo y condenarlo todo.

Refiere en este párrafo cómo, gracias al descubrimiento de Isaak Babel en Berlín, empieza el Elías de veintitres años a independizarse de Karl Kraus, cuya influencia le había absorbido durante los cuatro anteriores años en Viena. Sin duda, personajes como Kraus, crítico terrible y omnímodo, son necesarios; pero también es necesario superarlos, abandonarlos.

Sin embargo, es muy grande la tentación de la crítica permanente, de la iconoclastia por definición. Desarrollamos una capacidad tan aguda de darnos cuenta de los defectos de todo lo que nos rodea (y de todos quienes nos rodean) que, me temo, anulamos la no menos (si no más) importante habilidad de disfrutar con tantísimas maravillas que todos los días se nos cruzan.

Resultado: poco contribuimos a nuestra felicidad, que para mí es el primer imperativo ético, y poco contribuimos a la de los demás (que viene enlazada con la nuestra). Así que, esforzarse en mirar lo bueno y aprovecharme de ello; ese sería (también) un propósito de año nuevo.


Too many times I don't tell you / Too many things get in the way / And even though sometimes I hurt you / Still you show me in every way
Till the rivers all run dry / Till the sun falls from the sky / Till life on earth is through / I'll be needing you

CATEGORÍA
: Reflexiones sobre emociones

lunes, 8 de diciembre de 2008

Palabras afónicas

Hay ocasiones en las que las palabras no hablan. Por ejemplo, cuando sabes que serán armas de una batalla perdida de antemano. Son esas las palabras con las que se certifican las rendiciones, se constatan las condenas. Te piden que las digas y sabes que son inútiles, porque no pueden añadir ningún significado nuevo, porque su verdad, si acaso eres capaz de aportarla, no será percibida. Te las piden sin embargo, porque son los ingredientes del rito inculpatorio, son necesarias para ser vaciadas y transformadas, para, en el fondo, testificar la paradójica incomunicación.

Yo siempre he creído y sigo creyendo en las palabras. El idioma es la madre del pensamiento, no la sirvienta; es un aforismo de Karl Kraus con el que me he topado durante este largo fin de semana. Pero lo frecuente, lamentablemente, es que las palabras, el lenguaje, no nos valgan para parir pensamientos, para guiar nuestras vidas, para conocernos, sino para justificar prejuicios, para defender posiciones, para reforzar autoengaños. Qué hacer, entonces, cuando uno quiere creer en lo que dice, desea (es casi lo que más desea) que sus palabras sean verdad más allá de su forma sonora, que alcancen a ser vivas.

Sobre todo no usarlas en la discusión ritual de los desencuentros. Pueden ser las mismas palabras de hace tiempo pero han caducado sus sustancias y ahora sólo valen para ser dadas la vuelta, reflejadas en un espejo deformante, objeto de doloroso escarnio. Callar y conceder para que, si no es posible que las palabras lleven amor sin traicionarse, no sumen al menos más afrentas.

Por supuesto que sé que importa más el cómo que el qué. A tal respecto, me gustaría (he aquí un propósito de año nuevo) ser más cuidadoso con mis cómos. Pero, siendo eso muy importante, no resuelve el problema. Porque los qués existen y son lo que son; ojalá las palabras no los disfracen. Al final todo se reduce a aprender a hablarnos, a escucharnos con las tripas. La búsqueda del interlocutor, he ahí el verdadero respeto. Podrían, sin embargo, preferirse los equívocos, áreas de sombras que dejen salidas abiertas. Entonces no se querrán oír las palabras que son madres (Kraus dixit).

Entonces sólo te queda pedir perdón por haber hecho daño sin quererlo y por no haber sabido comunicarte. De todos modos, no se puede dar lo que no se tiene.


CATEGORÍA
: Reflexiones sobre emociones

sábado, 6 de diciembre de 2008

Universitarios

Era un día de fiesta, ahora no me acuerdo de la fecha exacta, pero lo era; la ciudad estaba vacía de tráfico y la cita era a las diez de la mañana en la facultad de Económicas. Llegué con unos minutos de retraso para descubrir que la verja estaba cerrada y en la garita del vigilante no había nadie. Al cabo de un rato, móvil mediante, apareció el compañero que había organizado el encuentro junto con cuatro ilustres catedráticos. Así estuvimos un buen rato, conversando a través de la alambrada, mientras esperábamos que apareciese el "señor de las llaves" y también, los dos también ilustres catedráticos que aún faltaban.

Hará de esto tres o cuatro meses. Entre los estudios monográficos que necesitábamos para el Plan General había uno que no sabíamos quién podría afrontarlo. Se trataba de evaluar la relevancia económica de una cierta concentración de lo que se ha dado en llamar "industria escaparate" y que, en realidad, de industria poco tiene; son negocios caracterizados por disponerse en naves de gran tamaño con frente a vías de bastante tráfico: concesionarias de automóviles, grandes almacenes de ferretería, de mobiliario, etc. El área en la que se localizan ha adquirido con los años una gran centralidad, poco acorde, en principio, con las actividades y la imagen de estas edificaciones. Pero, antes de plantear cualquier operación urbanística (de reconversión, erradicación o lo que fuera), convenía cuantificar los distintos efectos sobre la economía municipal.

Tras unos cuantos intentos infructuosos, uno de los compañeros de trabajo sugirió el nombre de uno de los catedráticos que, el año pasado, había participado en la elaboración del Plan estratégico de la capital tinerfeña; un documento que desconozco pero que, en palabras del preclaro alcalde de Santa Cruz, servirá de base al nuevo desarrollo de la ciudad. El caso es que, ante la ausencia de otras opciones, aparqué mis recelos hacia los universitarios y quedé con este compañero en que hiciera el contacto. Unos días después, me telefoneó para decirme que el ilustre catedrático le había citado ese día de fiesta en su despacho del departamento. Tal fue el primer error (tendríamos que haberle citado en nuestra oficina); la consecuencia: que no nos recibió solo, sino pertrechado por cinco colegas.

El caso es que con bastante retraso accedimos finalmente al despacho del departamento y tras las pertinentes cortesías de rigor me tocó explicar a mi académico auditorio lo que queríamos de ellos. Estuve hablando un rato largo, procurando concretar lo más posible el objeto del estudio, los plazos y las condiciones. Al acabar, uno a uno, los cinco ilustres profesores (todos menos el catedrático anfitrión con el que habíamos contactado) me brindaron educados rapapolvos, dándome a entender (o al menos así me lo pareció) que había demostrado una osadía inadmisible, atreviéndome siquiera a plantearles un trabajo así.

El primero me explicó que lo que nos interesaba no era lo que tenía que interesarnos; no habíamos de preocuparnos por un aspecto tan puntual y localizado de la economía municipal, sino indagar sobre la evolución general de ésta y afrontar un plan estratégico a partir de cuyas conclusiones tomar las pertinentes decisiones urbanísticas. Eso (el plan estratégico) sí que estarían dispuestos a hacerlo; en cambio no les parecía propio de sus saberes y experiencias dedicarse a un tema tan específico (no lo dijo así, pero dio a entender claramente que por ahí iban los tiros).

El segundo me hizo saber que el tiempo en el que yo necesitaba disponer del trabajo (apenas tres meses) era demasiado escaso. Ellos eran intelectuales y no podían trabajar bajo presión; lo que aportaban era, justamente, su capacidad reflexiva y la reflexión es sabido que no casa bien con las prisas. En todo caso, el plazo en que podrían acabar el trabajo (de aceptar el encargo, naturalmente), sería algo que ellos me dirían a mí después de cuantificar la información y recursos que tuvieran a su disposición (sospeché que estaba pensando en los alumnos a los que podría poner a currar).

Un tercero me contó que ellos estaban acostumbrados a tratar con políticos (como el alcalde de Santa Cruz, pensé) que tenían un estilo distinto al de los técnicos. Era una forma indirecta de decirme que les había molestado que hubiese sido excesivamente preciso al decir lo que quería. Parece ser que lo correcto al relacionarse con tan ilustres interlocutores es sugerirles vagamente lo que andamos buscando, para que sean ellos quienes decidan lo que van a hacer. Si uno sabe claramente lo que necesita, dirigirse a gente de tanta calidad intelectual era una falta de respeto, tal venía a ser el mensaje.

El cuarto, que por cierto era argentino, más que dirigirse a mí lo hizo al catedrático anfitrión al que, con muy buenas palabras, venía casi a recriminarle haberles puesto en esa situación tan incómoda. No se atrevía a descalificarme directamente (poco le faltó) pero, tras repetir brevemente casi todos los argumentos anteriores, insistió en que tenían que discutir entre ellos a solas, muy preocupado de que el jefe del departamento pudiera atreverse a contaminar su querida torre de marfil aceptando encargos tan inicuos como el que me había atrevido a presentarles.

El colofón lo puso el que había llegado más tarde porque había mucho tráfico (mentira cochina). Con un tonillo condescendiente nos confesó que ellos tenían la suerte de poder trabajar sólo en lo que les divertía y que ese privilegio era algo irrenunciable. Yo tenía que entender, me dijo, que para que colaborasen conmigo (para que me concediesen la impagable gracia de sus sabidurías) habían de estudiar bien lo que yo quería y revisarlo (cambiarlo) a fin de que el trabajo les divirtiese. Y no sólo en cuanto al tema, sino también en lo que se refería al plazo, precio y demás condiciones.

Entonces me tocó responder. Procuré mantener los modales más exquisitos aunque no daba crédito a lo que acababa de oír. Les dije que les agradecía que nos hubieran recibido, que entendía perfectamente sus posiciones y que yo, si estuviera en su lugar (es decir, bien apoltronado en mi cátedra e hinchado de vanidad), seguramente haría los mismo. Pero, lamentablemente (para mí) no estaba en su lugar sino en otro muy distinto: tenía la obligación de sacar un documento en un plazo determinado y, entre las cosas que necesitaba, estaba lo que les había pedido; no algo distinto que podría ser mucho más importante y divertido de hacer. Pero, en fin, que ya me dirían.

Pues sí, ya me dirían, concluyó el catedrático anfitrión; habían de discutirlo entre ellos y nos llamarían. Mi compañero y yo salimos del recinto universitario, sancta sanctorum del saber puro e inmaculado, y volvimos a la suciedad del mundo real. De más está añadir que ni siquiera llamaron para decir que no les interesaba el trabajo.

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

miércoles, 3 de diciembre de 2008

Empiezo ya a no tener edad

 A petición de Zafferano

A las trece horas de hoy, día tres de diciembre, festividad de San Francisco de Javier, del año dos mil ocho, terminé de teclear el último capítulo del Tomo V (Criterios y Objetivos) del Avance del Plan General de Ordenación del municipio de San Cristóbal de La Laguna, en la isla canaria de Tenerife. En total unas dos mil quinientas páginas A3 (si bien como un 30% son planos o imágenes) escritas en Times New Roman 12 puntos. El documento se presenta en una caja rígida conteniendo once tomos y en un CD que, al introducirse en el ordenador, abre un visor de PDFs que, mediante el correspondiente índice, permite ir abriendo el capítulo deseado (la dimensión informática se cuantifica en 600 megas).

Se trata de un trabajo colectivo en el que han participado, con diversos grados de implicación, esfuerzo y continuidad, del orden del centenar de personas. A mí me ha tocado, durante los últimos seis meses, la coordinación y dirección técnica de las tareas. Cuando empecé, el primero de junio, me encontré con una serie de documentos sueltos elaborados por diversos equipos profesionales, muy distintos entre sí, tanto en sus estilos como en los aspectos que cubrían. En cualquier caso, ese material cubría los análisis, diagnósticos y propuestas sobre los barrios urbanos del municipio; al margen de sus variables calidades, lo que era evidente es que faltaban los aspectos propios del municipio en su conjunto, justamente los más relevantes en una fase de Avance. Pero cuan poco hubiera o cuan mucho faltase no fue argumento suficiente para convencer a los responsables municipales de que se nos concediese un plazo más holgado.










Así que en seis meses, y más concretamente en los tres últimos, hemos montado el Avance del Plan General del segundo municipio de la Isla en población y el primero en complejidad. Además, lo hemos hecho defendiendo un planteamiento metodológico que no es el usual y que supone una apuesta cuyo éxito está todavía por verse. La tiránica dictadura del plazo ha impedido que haya habido tiempo ni de corregir ni de discutir muchos de los contenidos. Yo mismo he estado terminando de escribir los últimos párrafos ya casi sin saber lo que ponía, apurado porque en el estudio de unos amigos ya se estaban imprimiendo las partes acabadas del documento. Por eso, aunque ante mí tengo casi treinta kilos de papel y un CD, aunque al hojear el documento o verlo en pantalla parece algo serio y riguroso, no puedo evitar la sensación de que adolece de inconsistencia, que tiene demasiadas vías de agua, que faltan muchas cosas y que las que están no han sido bien armadas.

Lo que pienso es que ahora que está el documento aparentemente completo es cuando deberíamos darnos al menos un mes o mes y medio de plazo para revisarlo, cuestionarlo, corregirlo, completarlo ... Sólo hechas estas tareas habríamos de entregarlo para su aprobación municipal y posterior sometimiento al preceptivo periodo de participación ciudadana. Algo similar le contaré mañana al alcalde cuando, con el tocho sobre su mesa, le vaya explicando lo que contiene y también lo que falta; lo primero el insuficiente control que el director técnico tiene sobre el propio documento. Pero me temo (podría apostar) que no me concederán ninguna prórroga. Según las reglas de juego de la política municipal la prioridad fundamental es el cumplimiento de los plazos; en ese marco es muchísimo más importante anunciar que, como se había prometido, se dispone del Avance que entrar a valorar la calidad del documento. No quiero decir que no importe la calidad del trabajo, pero ésta empieza a contar a partir de que se han cumplido los requisitos y el primero es entregar en la fecha establecida.

Aunque me ha costado asumir de verdad estas reglas de juego y aunque mi deformación profesional perfeccionista me sigue atormentando, la verdad es que casi me voy a alegrar de que no nos den más tiempo y haya de verme obligado a dar por cerrada esta primera etapa. Porque eso significará que puedo descansar hasta después de navidades (si no irme de vacaciones la primera semana, sí al menos bajar tanto el ritmo que me va a parecer que no estoy trabajando). Y la verdad que lo necesito. Porque estos últimos meses han sido excesivamente intensos y estresantes. Jornadas laborales de doce horas seguidas incluyendo muchos fines de semana; pero más que el número de horas la sensación continua de que vas atrasado, de que no llegas, de que te falta demasiado. Y, como digo en el título de este post, ya empiezo a tener una edad que no es para darse estas palizas. Con lo bien que vivía yo de funcionario ...

Lo malo es que la cosa no ha hecho más que empezar, porque al ritmo que se han planteado los trabajos (el objetivo es aprobar el Plan General antes de que acabe la legislatura, algo que significaría un record absoluto con apenas antecedentes yo diría que en toda España) me temo que los dos próximos años voy a estar permanentemente bajo presión. Aun así, como propósito de año nuevo, me he empeñado en ser capaz de introducir algunas correcciones a esta forma de trabajo. En las primeras semanas de enero me pondré con algunos compañeros a organizar lo más detalladamente posible el programa, contenido y estilo de los diversos trabajos a realizar hasta la siguiente entrega. Si se supone que planificamos el espacio, también habríamos de ser capaces de planificar el tiempo, digo yo.


PS: Si bien me quejo mucho, la experiencia de estos seis últimos meses, aunque agotadora, ha sido también tremendamente enriquecedora, tanto en el plano profesional como en el personal. Coordinar a tantas personas (y a tantos egos) es una fuente caudalosa de enseñanzas (un master en psicología estoy haciendo, oiga).

CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Les Luthiers

Descubrí a Les Luthiers por el 78, hace ya treinta años. Mis padres volvieron de un viaje de Buenos Aires entusiasmados tras una actuación del grupo y con el que entonces era el último de sus discos (vinilos, of course): Mastropiero que nunca. Fue amor a primer oído y, durante unos años, me dediqué con algunos amigos a conseguir la discografía disponible, grabar sus temas en cassette y escucharlas cuando apagábamos el rock y nos apetecía reírnos. Unos años después, calculo que hacia el 82-83, los vi por primera vez; fue en Madrid, creo que en el Teatro Alcalá.

Luego he vuelto a sus espectáculos tres veces más y esta noche, en el auditorio de Tenerife, ha sido la quinta. Las entradas, caras y hube de estar atento para comprarlas apenas se pusieron a la venta porque, como ocurre siempre con ellos en esta isla, se agotaron en pocos días (y eso que están una semana). Todo el repertorio lo conformaban temas viejos (Las Obras de Ayer, se llamaba), bien conocidos por mí salvo uno. Y aun así, valió la pena. Como siempre, me desternillé hasta el dolor de pecho y las lágrimas. Pasé un rato delicioso durante el cual me olvidé de que en apenas unos días he de entregar y vamos atrasadísimos; Les Luthiers lograron lo que ni siquiera el sueño consigue.

Quería acompañar este breve post de algún video de la Cantata del adelantado Don Rodrigo Díaz de Carreras, de sus hazañas en tierras de Indias, de los singulares acontecimientos en que se vio envuelto y de cómo se desenvolvió, interpretada esta noche en una versión algo más corta de lo que recordaba (y me hubiera gustado) y que, además, pertenece a ese disco que para mí fue el primero de Les Luthiers. Pero las versiones que he encontrado en Internet no tienen buena calidad. Así que, a cambio, enlazo la tarantela litúrgica de San Ictícola de los Peces, justamente el único de todos los temas de esta noche que desconocía. 


CATEGORÍA: Irrelevantes peripecias cotidianas

domingo, 23 de noviembre de 2008

Fútbol para los marcianos

Los marcianos eran enormes; no puedo precisarte mucho pero digamos que la talla media era como mil veces la de un hombre adulto normal. Con esas dimensiones, es fácil comprender que la tierra no les interesara: les parecía muy pequeña. Sin embargo, desde sus inmensas plataformas espaciales les divertía observarnos y, desde hace unos décadas (en nuestra escala temporal), usarnos como juguetes con los que entretenerse.

Por ejemplo, organizaban campeonatos de fútbol de baja densidad, por llamar de alguna manera a ese juego extraño que les habíamos inspirado. En cualquier región que fuera suficientemente plana y poco poblada delimitaban un rectángulo inmenso, de cincuenta por cien kilómetros aproximadamente. Sí, ya sé que piensas que ese sería el tamaño de una cancha a su escala, pero el caso es que ellos no bajaban a jugar, sino que ponían a humanos dispersos por ese interminable pampón para que, cuando les cayera la pelota, avanzaran hacia adelante en un intento casi siempre inútil de encontrar la remota portería y marcar gol.

A mí me tocó en el campo del Sahara Occidental, sería porque era el que quedaba más cerca de Canarias. Estaba algo al sur de Villa Cisneros, ciudad que siempre había tenido curiosidad por visitar pero, claro, mientras durara el partido ni siquiera podía planteármelo. Pasé mucho tiempo avanzando hacia el sur, sin toparme con otros jugadores y mucho menos con la pelota. Era algo frustrante; a veces uno sentía que hacía el tonto, dudaba de que realmente el partido estuviera en juego. En otros momentos, te preguntabas que por qué habías de deslomarte corriendo para divertir a esos extraterrestres. Pero no vayas a creer que fueran esos los pensamientos más frecuentes. No, lo normal es que uno apenas pensase nada; sólo corriese hacia adelante, buscando desmarcarse para recibir la pelota en posición correcta y poder hacer una buena jugada.

Sí, los partidos se jugaban en sueños. O, quién sabe, a lo mejor lo que llamamos nuestras vidas era lo que soñábamos cuando caíamos rendidos y dormíamos unas horas en esas inhóspitas canchas de fútbol. Durante una temporada esta cuestión me preocupó y traté de dilucidarla sin éxito. Le preguntaba a mis amigos sobre sus sueños pero no sacaba nada en claro. Dejé de hacerlo cuando me di cuenta de sus miradas astutas y comprendí que con esas dudas estaba perdiendo posiciones en el campo. Además, pasada la etapa adolescente, comprendí que carecía de relevancia saber cuál era la realidad. Lo único importante era marcar un gol; ese acto daría sentido a la existencia, justificaría todos los esfuerzos, me haría acreedor de las más excelsas recompensas.

Pero, por lo mismo que la esperanza del gol (o, más modestamente, de una mínimamente buena jugada) me enardecía y estimulaba, el miedo a situarme en fuera de juego generaba una angustia paralizante. Y por eso, mientras corría hacia el sur, hundiéndome en la arena y soportando el abrasador sol del desierto, buscaba ansiosamente jugadores rivales que me permitieran trazar la línea imaginaria de la defensa y confiaba en verlos justo cuando me llegara el pase largo que haría un desconocido centrocampista de mi equipo; justo antes de parar con el pecho esa pelota, bajarla al pie y acelerar mi carrera hacia delante.

Si hubiese calculado las probabilidades que tenía de cruzarme con cualquiera de los otros veintiún jugadores que, como yo, corrían en un rectángulo desértico, quizá no me hubiese desalentado. Si hubiese meditado sobre la tremenda desproporción entre nuestras dimensiones y las de los marcianos, quizá hubiese comprendido que lo que para mí era un mes entero para ellos apenas alcanzaba los cuarenta y cinco minutos que dura una parte del partido. Lo cierto es que, pese al afán tan grande por marcar gol (o, más modestamente, por protagonizar alguna jugada mínimamente buena) e incluso pese al angustioso miedo existencial al fuera de juego, me rendí al desfallecimiento y me dejé caer entre las dunas, pidiendo el cambio.

Me cambiaron, sí, y ahora estoy aquí en este banquillo galáctico, uno más de los minúsculos muñequitos de juguete entre las gigantescas manos de los marcianos. Ahora sueño que veo el partido del Sahara en una inmensa pantalla dispuesta a modo de parabrisas de esta plataforma espacial. Hace unos días, apenas unos minutos, vi a mi sustituto recibiendo un balón largo casi al borde del fuera de juego, bajándolo al pie y avanzando raudo hacia la portería, que distaba sólo unos diez kilómetros. Sentí una gran pena, una melancolía pastosa que me llenaba entero. Esa tristeza también la llevo en mi otra vida, la que transcurre en Canarias, sea cual sea la real. Me queda, sin embargo, la esperanza de que en próximo partido sea titular; por aquí se comenta que toca un campo cercano a la bahía de Hudson, vecino a Ivujivik. Frío, brumas, nieve; será un cambio.


Espinoza soñó con el cuadro del desierto. En el sueño Espinoza se erguía hasta quedar sentado en la cama y desde allí, como si viera la tele en una pantalla de más de un metro y medio por un metro y medio, podía contemplar el desierto estático y luminoso, de un amarillo solar que hacía daño en los ojos, y a las figuras montadas a caballo, suyos movimientos, los de los jinetes y los de los caballos, eran apenas perceptibles, como si habitaran en un mundo diferente del nuestro, en donde la velocidad era distinta ... (página 153). Por dentro, se rió. Esas palabras chilenas. Esas trizaduras en la psique. Esa pista de hockey sobre hielo del tamaño de la provincia de Atacama en donde los jugadores nunca veían a un jugador contrario y muy de vez en cuando a un jugador de su mismo equipo ... (página 259). Roberto Bolaño, 2666. Anagrama, marzo 2008.

CATEGORÍA: Ficciones

jueves, 20 de noviembre de 2008

Entre plataneras

El primer año de mi estancia en Tenerife, a mediados de los ochenta, lo pasé en una urbanización turística del sur. Pasados los primeros meses de soledad, entablé amistad con algunos de los esquivos y extraños "aborígenes". La verdad es que esos primeros amigos y yo parecíamos pertenecer a universos distintos de tan poco que teníamos en común. Ellos, chicos y chicas más jóvenes incluso de lo que yo lo era, iniciaban su vida laboral en empresas vinculadas al negocio turístico (inmobiliarias, agencias, hoteles) pero sus referentes seguían siendo los propios del mundo agrario de la que provenían. Yo, en cambio, llegaba del Madrid de los años de la "movida", de una cultura exageradamente urbanita, de una incultura tremenda sobre casi todo lo que era verdaderamente real ...

Juani era una preciosidad. Diecinueve años, pelo larguísimo del negro más negro y más brillante que hasta entonces había visto, unos ojos grandes como piscinas en las que burbujeaba la risa, unos labios que me enloquecían de ganas de besarlos. Me la presentó una compañera de oficina que, inexplicablemente, se empeñó en enrollarnos; más inexplicable todavía fue que a Juani, una de las niñas más deseadas de esos barrios, le gustara el godo raro y soso que yo era y casi me obligara a besarla una noche apoyados en el muro de una platanera. Juani vivía en una casita de un grupo de cuatro o cinco construidas en el interior de una finca de plátanos y allí la acababa de dejar a la vuelta de una discoteca de Playa de Las Américas.

Juani era tinerfeña, pero sus padres habían venido muy jóvenes de La Gomera a trabajar a esa finca. Hacia principios de los sesenta, el terrateniente de las plataneras andaba escaso de mano de obra y pidió a un cuñado suyo, dueño de otras en la costa de Hermigua, que le enviase braceros jóvenes. Acompañando a dos de sus hermanos, llegó Mari, una muchacha en la quincena. Ella misma, una preciosa mujer de unos cuarenta años cuando la conocí, me contó sonriente varias anécdotas de aquellos sus primeros tiempos tinerfeños, sirviendo en la casa de los dueños y soportando trabajos duros y más de un desprecio. Unos años después, en otra remesa de inmigración agraria interinsular, llegaría Chano; se enamorarían, se casarían, se mudarían a la vivienda de los medianeros, ella dejaría la casa grande pero Chano seguiría trabajando los plátanos, nacerían Manuel, Juani, Vero ... Los hijos habían acabado el instituto, durante los últimos años habían aparecido nuevas opciones laborales: ellos no trabajarían en la platanera; los tiempos habían cambiado.


Juani y yo salimos cuatro o cinco meses; diversos acontecimientos que ahora no vienen al caso hicieron que nuestra relación acabara abrupta y no demasiado cordialmente. Al poco, dejé el sur y me mudé a Santa Cruz, la capital de la isla. Pasé varios años alejado de las plataneras y, desde luego, no he vuelto a hacer el amor bajo piñas de plátanos verdes. Tampoco he vuelto a saber nada de Juani. Pero un día, hace tres o cuatro años, volví a recordarla. Vino a vernos al Cabildo el propietario de unos terrenos agrícolas del sur. Pretendía que parte de su finca se incluyese en una operación urbanística que se estaba planificando, de forma que resultase beneficiario del correspondiente aprovechamiento urbanístico. Para apoyar sus pretensiones argüía que la crisis del plátano le había obligado a abandonar los cultivos en la parte más cercana a la carretera, justamente la que proponía reclasificar. Este hombre, de una de las familias "influyentes" de la Isla, convenció a uno de "mis" políticos para que fuese con "sus" técnicos a visitar los terrenos; de esa forma, dijo, nos daríamos cuenta de la conveniencia de que se urbanizasen.

Así que un viernes hacia mediodía bajamos al sur. Aunque yo sabía perfectamente cuál era la localización de la finca, nunca viéndola en los planos se me había ocurrido pensar que podía tratarse de la platanera que había frecuentado veinte años atrás. Al meternos con el coche oficial por los caminos rectos, estrechos y flanqueados por aquellos muros tan característicos, me vinieron de golpe un tropel de recuerdos. En efecto, las fincas más cercanas a la carretera estaban abandonadas, las plantas secas, dejándose morir (pocos paisajes son más desoladores que el de una platanera abandonada). Mientras paseábamos, al doblar un recodo, atisbé el grupito de casas en el que había vivido Juani con sus padres y hermanos; parecían también abandonadas y medio ruinosas, pero no quise (¿no pude?) preguntar nada.

Al cabo de un rato, como tácitamente estaba previsto, el terrateniente nos invitó a comer pescado en un famoso restaurante de un cercano pueblo costero (una sama a la espalda que estaba deliciosa). La comida fue larga y demasiado regada, tanto que pasadas más de dos horas los cuatro comensales estábamos despatarrados contándonos historias como si fuéramos íntimos y careciésemos de vergüenza. Quien más hablaba era el anfitrión, empeñado en rememorar su infancia y juventud en la finca de plátanos (a la que iba ocasionalmente, porque en realidad se había criado en la capital) y en revivir para nosotros (especialmente para mí, el godo) unas condiciones de vida y unas relaciones sociales hoy ya desaparecidas. Contó multitud de anécdotas de su padre, que el viejo sí que era un cabronazo de los de antes, dueño y señor de sus tierras y de quienes en ellas moraban. Con tono levemente admirativo evocó los años en que era un viudo casi sesentón, allá hacia principios de los sesenta, pero todavía fuerte y con ganas de marcha; nos contó que cuando el cuerpo le pedía la guerra cogía su coche americano y se venía para la finca a beneficiarse a alguna de sus medianeras. Me acuerdo, añadió de pronto, de que por esas fechas al viejo le dio fuerte con una chiquilla recién llegada de la Gomera, de los medianeros de mi tío. Pero le cabreaba que la niña, aunque se dejaba hacer (faltaría más), se comportara como distraída, como si no fuera con ella. Tanto que una vez, mientras follaban en la platanera, le dijo (y le gustó tanto su propia frase que la repitió a varios amigos en el casino de Santa Cruz): Mari, coño, amor no te pido; pero por lo menos pon atención.


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