martes, 23 de mayo de 2017

Paul Bunyan (2)

Después de haber indagado en multitud de páginas web sobre Paul Bunyan, he dado con un libro que me parece la investigación más completa y definitiva sobre el personaje. Se títula Out of the Northwoods: The Many Lives of Paul Bunyan (“Fuera de los bosques del Norte: las muchas vidas de Paul Bunyan”), escrito por Michael Edmonds y publicado por la Wisconsin Historical Society en 2009. Con buenos argumentos y abundantes fuentes, Edmonds viene a sostener que pese a la enorme popularidad que tiene en los USA Paul Bunyan (“millones de americanos reconocen inmediatamente el nombre y la cara de Paul Bunyan”) y al mucho interés que su figura ha despertado entre los investigadores del folklore, gran parte de las afirmaciones que se dan por ciertas son erróneas. Así que seguiré hablando de Paul Bunyan pero basándome fundamentalmente en lo que se cuenta en este libro.

Edmonds descarta que haya habido un Paul Bunyan real que originara posteriormente el personaje o, al menos, niega verosimilitud histórica a las teorías al repecto, en particular las dos que conté en el post anterior. La tesis de un soldado de Quebec que combatió a los británicos en la década de 1830 sido cuestionada por exhaustivas investigaciones en los archivos de la época en los que no ha aparecido rastro alguno de ningún Bunyan, Bonjean o algo parecido. Que Fabian Fournier, el leñador franco-canadiense asesinado en la bahía de Saginaw, sea la base del personaje fue propuesto en 1993 por el escritor D. Laurence Rogers con argumentos que ya comenté que me parecían poco convincentes; Edmonds los debilita aún más. Concluyamos pues, aunque nunca pueda hacerse de modo categórico, que Bunyan es un personaje inventado, no la mitificación de un leñador (o soldado) que hubiera existido realmente. Estudiando los cuentos del personaje, en especial los más primitivos escuchados entre los leñadores, se comprueba que los motivos de la mayoría de ellos provienen del folklore de Nueva Inglaterra (e incluso de Europa) o bien de anécdotas que expresaban aspectos remarcables de las vidas en los bosques. El personaje de Paul Bunyan parece surgir con la función de dar unidad y congruencia a esas fuentes dispersas. En todo caso, dando por buena esta interpretación, lo de menos es si el nombre o el carácter del que estaba llamado a ser un héroe popular estadounidense se basó o o no, aunque fuera mínimamente, en alguien real; además, probablemente nunca podamos saberlo.

También este libro desmonta otra de las afirmaciones que suele darse por cierta y que tiene mucho que ver con la estatua gigantesca que tengo delante de mis ojos: que Bunjan –al menos el personaje ficticio– procede de Maine. Tiene sentido porque la industria forestal en Norteamérica comenzó en este Estado (y en las vecinas provincias canadienses de Quebec y New Brunswick) pero a partir de la década de los treinta empezó a extenderse hacia el Oeste, primero a la parte alta del Estado de Nueva York y luego saltó los Grandes Lagos y empezó a expandirse por Michigan, Wisconsin y Minnesota. En estos Estados del Medio Oeste la actividad creció rápidamente a partir de mitad del siglo, tras firmarse varios acuerdos de cesión de tierras con los indios (acuerdos no demasiado libres, por cierto) y, acabada la Guerra de Secesión (1865), el negocio maderero mostraba una voracidad insaciable, comiéndose los bosques a toda velocidad para satisfacer una demanda que parecía infinita, dar trabajo a multitud de leñadores y hacer muy ricos a unos cuantos “barones”. Tanto es así que en la década de los ochenta los inmensos bosques de pino blanco comenzaron a ralear y las grandes compañías siguieron su ruta hacia el Oeste hasta alcanzar la costa del Pacífico. Pues bien, en los años cuarenta un investigador del foklore americano de la Universidad de Indiana, rastreando meticulosamente los orígenes de Paul Bunyan, comprobó que no había ninguna mención a Paul Bunyan en documentos locales de Maine durante los siglos XVIII y XIX. Con anterioridad, Esther Shephard, una profesora del San Jose State College que coleccionó historias de Bunyan entrevistando a leñadores en los campos de tala del Noroeste, verificó con sorpresa que los que provenían de Nueva Inglaterra no sabían nada de Bunyan, mientras que éste era ampliamente entre los de Michigan o Wisconsin. La conclusión de Edmonds es clara: Maine aportó profesionales, experiencia, equipo y capital a la industria maderera de los Grandes Lagos, pero no a Paul Bunyan; éste nació allí.

Sentado pues que Bunyan tiene su origen en el Medio Oeste (Edmonds va más allá y afirma que en los campos de tala de Wisconsin, pero él es de Wisconsin) tampoco creo pertinente seguir ahondando sobre esta cuestión; más interesante me parece bosquejar un breve recorrido de la evolución del personaje porque, dado que se trata de un héroe popular –puede que el más popular entre los yanquis– ha personificado valores y deseos de los norteamericanos, de modo que, viendo los cambios de Bunyan, vemos cómo han ido cambiando los ideales de los estadounidenses durante casi siglo y medio. Pero la evolución del personaje ilustra también cómo la cultura popular actual es un producto del capitalismo, cómo el mito ha sido manipulado y transformado por los intereses comerciales. En palabras de Edmonds, el primigenio rudo héroe protector de los leñadores se ha convertido en un dibujo animado blandengue y sentimental para entretener a los niños. Durante ese proceso se han perdido (y no pocos dirían que prostituido) muchas cosas; pero, incluso así, algo queda de Bunyan, aunque sólo sean fibras deshilvanadas que en todo caso permiten reconstruir lo que fue. Quizá si el capitalismo no se hubiera apropiado del mito, si no se les hubiera encontrado valor comercial a los cuentos de unos leñadores de bosques remotos, Bunyan se habría desvanecido completamente en el olvido. En fin, es un dilema omnipresente en la cultura popular, cuya pervivencia pareciera exigir, en nuestro sistema socioeconómico, la comercialización, con todo lo que ello implica de falseamiento.

Probablemente Paul Bunyan fue inventado en la década de 1880, cuando se incorporaron a los campos de tala de los Grandes Lagos contingentes muy numerosos de leñadores. Es probable que los veteranos, para impresionar a los jóvenes novatos empezaran a inventar historias sobre los “viejos tiempos”, cuando las cosas eran realmente duras. Así algunos asegurarían haber trabajado con un capataz de corpulencia, fuerza e inteligencia extraordinarias, que había realizado varias hazañas ayudando a sus hombres a resolver problemas o evitar catástrofes. Los primeros cuentos orales de Bunyan de los cuales se tiene noticia cierta los narró un tal Bill Mulhollen en el valle alto del río Wisconsin, al Norte de Tomahawk, durante el invierno de 1885-86. Por esa zona, un par de inviernos antes, estuvo Gene Shepard, un conductor de troncos que aseguró años después que él había sido el creador de Bunyan. Pero Shepard era famoso por inventarse las más disparatadas patrañas, entre ellas, por ejemplo, la de que había capturado un hodag cerca de Rhinelander, Wisconsin. El hodag es un ánimal fantástico de la tradición americana (la cabeza de rana, el rostro sonriente de un elefante gigante, gruesas piernas cortas con garras enormes, la espalda de un dinosaurio y una larga cola con lanzas al final). Así que un tipo con este historial no es una fuente muy fiable. Tampoco importa mucho: sabemos que durante los últimos quince años del XIX las historias protagonizadas por Paul se creaban y contaban en Wisconsin, Michigan y Minnesota. En 1904 aparece la primera mención impresa a Paul Bunyan en un editorial sin firma del Duluth News Tribune (el principal periódico de la ciudad natal de Dylan). En él se deja constancia de que en los campos de tala de Minnesota los leñadores se contaban imaginativas historias de Paul Bunyan. O sea, en la primera década del siglo pasado tenían que existir ya varios cuentos que se repetían a lo largo de todas las áreas madereras de los Grandes Lagos, pero fuera de esos ambientes acotados de leñadores Bunyan era un completo desconocido.

Estos cuentos, que cabe denominar de “primera generación” y corresponden a los que se contaban en voz alta por las noches en los campamentos desde 1885 hasta los primeros años del siglo XX, han sido recogidos por algunos investigadores. El primero fue el antropólogo de Wisconsin Charles E. Brown, quien en la década de 1890 oyó por primera vez algunos cuentos y empezó luego a recopilarlos (aunque apenas publicó nada y sus trabajos han sido casi siempre ignorados). En febrero de 1910, una revista de naturaleza de Milwaukee (Wisconsin) llamada Outer’s Book publicó la primera colección de historias de Bunyan destinadas a una audiencia general; habían sido recogidas directamente de los leñadores por el periodista James Rockwell. Entre 1914 y 1916, la estudiante de la Universidad de Wisconsin Bernice Stewart y su profesor de inglés Homer Watt viajaron a través de los campos de leñadores de Wisconsin recopilando historias de Bunyan; fueron los primeros académicos que intentaron sistemáticamente recolectar estas historias (no obstante, no han sido objeto de suficiente atención). Antes, en 1906, James MacGillivray, que había trabajado en campos tala y escuchado historias de Bunyan, publicó en The Press, rotativo del pequeño pueblo de Oscoda, en Michigan, que editaba su hermano, el cuento The Round River (“El río redondo”). El mismo MacGillivray publicaría en 1910 una nueva versión del cuento de Bunyan en el Detroit News (ya con una tirada relevante) y cuatro años después otra en verso (gracias a la ayuda del poeta Douglas Malloch) en la revista American Lumberman. En ese mismo año, 1914, ejecutivo de la empresa maderera Red River Lumber Company publicaría un panfleto titulado Introducing Mr. Paul Bunyan of Westwood, California (“Presentación de Paul Bunyan de Westwood”) con descarada intención publicitaria. A partir de aquí las cosas empiezan a cambiar: Paul Bunyan va a dejar de pertenecer a los leñadores, a sus creadores originarios.

lunes, 22 de mayo de 2017

Paul Bunyan (1)

Lo que veo es una estatua de unos diez metros erigida sobre una peana de bloques de piedra de unos dos metros de alto. Un hombre corpulento y atlético de pie, las piernas abiertas hasta el ancho de los hombros, en la posición más estable, el brazo derecho alzado para sujetar, por casi el extremo del mango, un hacha que apoya en el hombro, con el izquierdo, doblado un poco por encima de la cintura, sujeta un bichero cuya punta metálica apoya en el pedestal, entre los pies. La cara, con una media sonrisa que muestra la dentadura superior, luce barba y bigote negros, como las pobladas cejas y el pelo, peinado hacia atrás, frente amplia, ojos claros. Calza botas marrones de montaña, pantalones verdes que se ajustan a las botas con unas tobilleras blancas, chaqueta a cuadros rojos y negros abotonada con cuatro pares de presillas y ceñida con cinturón negro de hebilla dorada, y un gorro blanco con banda roja y pompón también rojo en la punta, caída hacia atrás. No cabe duda de que la estatua, que habría que adscribir no sé si al kitsch o al pop art, representa a un leñador y de inmediato doy por supuesto que es un homenaje a los protagonistas del glorioso pasado de Bangor, a los hombres que talaban árboles en los inmensos bosques del Norte, los serraban y transportaban río abajo hasta esta ciudad. De ahí las dos herramientas que porta, una en cada mano: el hacha para cortar madera, el bichero (asta de madera que en su extremo lleva una punta metálica y un garfio) para controlar el descenso fluvial de los troncos. Un leñador pues, pero lo que desconocía es que no es un leñador cualquiera; se trata, nada menos, que de Paul Bunyan, uno de los héroes míticos del folklore americano.

Sin embargo, parece que los orígenes de Bunyan no son estadounidenses sino francocanadienses. Una primera hipótesis nos remonta a las primeras décadas del XIX, al Quebec –entonces llamado Bajo Canadá– que pertenecía a los británicos tras la derrota francesa en la Guerra de los Siete Años (1763). A pesar de que Londres había reconocido oficialmente los derechos de los franceses de Quebec (la lengua, la religión y el sistema jurídico, principalmente), éstos desde el principio mostraron su animadversión hacia el dominio británico y con frecuencia se producían broncas. En los años treinta, una gran mayoría de la población de la Provincia simpatizaba con el Partido Patriota que buscaba la independencia y que impulsaría en 1837 la Rebelión del Bajo Canadá, también conocida como Guerra de los Patriotas, que fue aplastada por los ingleses (esa revuelta ocupa lugar prominente en la mitología del actual independentismo quebecois). Pero lo que nos interesa es que durante aquellos años se empezó a hablar de un gigantón francocanadiense protagonista de numerosas hazañas contra los odiados ingleses. Este soldado “patriota”, según la tradición (al menos, así se asegura en un libro de 1925), se llamaba Paul Bonjean, apellido este no inusual en francés que, además, remite a un personaje bonachón, protector. Posteriormente el apellido se americanizaría convirtiéndose en Bunyan.

Una segunda teoría sostiene que hubo un Paul Bunyan real, nacido en Quebec hacia 1845 y que se llamó Fabian Fournier (muy posterior pues a las rebeliones contra los británicos). El escenario de esta historia es la bahía de Saginaw, un entrante del lago Hurón en la península de Michigan; la época: inmediatamente después de la Guerra de Secesión estadounidense (o sea, hacia 1865). Por esos años la región empezaba a conformarse como una de las principales para el abastecimiento de madera a la aceleradamente creciente demanda del país, gracias a sus inmensos bosques de pino blanco y al caudaloso sistema fluvial del Saginaw y sus tributarios (previamente su economía se había basado en el comercio de pieles). De modo que muchos leñadores se trasladaron a la zona, entre ellos Fournier, motivado porque en Michigan se pagaban mejores salarios que en Canadá. Fabian Fournier era muy solicitado, debido a su excepcional envergadura y asombrosa fortaleza. Bastante más alto que la media, con unas manos enormes y –eso se decía– dobles filas de dientes, que le permitían cortar a mordiscos trozos de madera, se hizo muy popular con el podo Joe Saginaw. Pero además de sus proezas en el oficio, a Fournier le gustaba beber y armar broncas en su tiempo libre, siendo muy conocido en los muchos locales de entretenimiento (los conocidos “salones” de las pelis del Oeste) que había en el área de la Bahía. El 7 de noviembre de 1875, fue de juerga a Bay City con un grupo de colegas. Ya era de noche cuando decidieron regresar. Fabian, muy borracho, se tambaleaba por la pasarela del muelle de la calle Tercera intentando llegar al vapor que los llevaría de vuelta. Uno de sus compañeros de francachela se le acercó por la espalda y le golpeó en la cabeza con un mazo. El golpe fracturó el cráneo por encima del oído izquierdo y Fourier murió en el acto. Tenía unos treinta años, mujer y dos niños pequeños. Al asesino lo detuvieron al día siguiente y el 28 de enero de 1876 fue declarado no culpable en el juicio correspondiente; parece que el veredicto obedeció a que Fabian Fournier era muy odiado en el área de Saginaw.

Que la base real del personaje (ficticio) de Paul Bunyan es este leñador franco-canadiense es la tesis que desarrolla D. Laurence Rogers en su libro de 1994 How a Terrible Timber Feller Became a Legend, aunque no termina de demostrarla. Fabian Fournier fue un leñador corpulento y excepcionalmente diestro en su oficio, pero sin duda no fue el único, durante esos años del XIX seguro que hubo otras figuras legendarias en el oficio y en distintas áreas geográficas. Pero lo que más me llama la atención es que un personaje claramente benéfico provenga de un tipo que debió ser bastante desagradable y al que mataron con toda probabilidad porque era muy odiado. Pero, en fin, con todas las reservas que se quiera, Fournier ha pasado a estar vinculado a uno de los mitos del folklore yanqui, aunque algunos consideran que este caso debería calificarse mejor de fakelore (de fake, falso). De otra parte, si ése es el origen de Paul Bunyan poco tendría que ver con Bangor que reclama ser la patria (natal o adoptiva) del héroe. No obstante, descubro con sorpresa que Fabian Fournier vivió en otro Bangor, un pueblecito de la Bahía de Saginaw mucho más pequeño que este de Maine en el que estoy. O sea que ahora descubro que en los Estados Unidos hay más localidades con el mismo nombre (de hecho, según la Wikipedia;, del orden de la docena) y eso que el nombre me parecía original. Habría que saber si los orígenes del nombre de cada una de ellas está claro; a lo mejor alguna se llama así en honor de su homónima de Maine.

Haya o no base real del personaje, y aunque se desconozca cuál fue, lo cierto es que la mayoría de los estudiosos de las tradiciones y costumbres norteamericanas coinciden en que hacia finales de la década de 1880 o principios de la de 1890, las historias de Paul Bunyan se habían extendido por la mayoría de las áreas madereras del país. La vida de los leñadores, sobre todo tras la caída del sol, era bastante aburrida; el mayor entretenimiento, si no el único, en los campamentos alrededor de la fogata era contarse historias unos a otros. Puede que los cuentos al principio hablaran de las hazañas guerreras de un tal Bonjean apaleando británicos en el Canadá; poco a poco se irían modificando y exagerando, el personaje pasaría de militar a leñador porque, al fin y al cabo, tenía que ser un héroe del oficio. Quizá más tarde los relatos incorporarían proezas de tala atribuidas a Fabian Fourier (y por qué no a algún otro leñador famoso de la época). Si hubiéramos de trazar la cartografía de la construcción de la leyenda resulta verosímil que en los Estados Unidos fueran los bosques de Maine, en contacto con los canadienses, donde por primera vez se hablara de Paul Bunyan; luego seguirían los Estados de Michigan, Wisconsin, Minnesota … Pero, si bien hacia el cambio de siglo la figura de Paul Bunyan era ampliamente conocida entre los madereros del Norte de los USA, apenas tenía eco fuera de ese mundo concreto, entre el público en general. La difusión del personaje y su conversión en mito requirió pasar de la tradición oral a textos escritos. Lo contaré en el próximo post.

sábado, 20 de mayo de 2017

Bangor Waterfront


Nada más pasar bajo el puente de Union St. se me abre un panorama totalmente distinto. Estoy en la ribera del Penobscot, unos terrenos que –hasta que Bangor perdió su pujanza económica basada en el comercio de la madera– fueron soporte de una frenética actividad: marineros, leñadores, ferroviarios (y también truhanes, pícaros y prostitutas) se movían por un ámbito donde la trama urbana se difuminaba y mezclaba con las vías del ferrocarril, los espacios de servicio a las embarcaciones, los almacenes desordenados … Ahora esta área se denomina el Bangor Waterfront; ya no es el “medio acre del diablo” con tugurios de mala muerte. Waterfront significa frente costero, que remite en principio al mar pero también es aplicable a las riberas de los ríos o lagos; pero en el inglés norteamericano me parece que suele referirse al borde litoral en el que se dispone un muelle, en todo caso, un espacio destinado a usos de interrelación tierra-agua. Este espacio, en especial a partir del cierre del servicio ferroviario a Bangor, sufrió un acelerado proceso de degradación convirtiéndose en terrenos de nadie donde había tanques de combustible, talleres abandonados, naves para carbón, infraestructuras ferroviarias en desuso y algunas edificaciones en las que sobrevivían a duras penas pequeños negocios. En algún momento hacia finales del siglo pasado, la municipalidad de Bangor adquirió casi toda esta área, con la intención de revertir el proceso de degradación. Evidentemente, era un “espacio de oportunidad”, en la jerga de las operaciones urbanísticas impulsadas a partir de los noventa. Cualquier frente litoral, bien tratado y bien situado en relación al centro urbano (como es el caso), se convierte sin duda en un generador de altísimas rentas urbanas, capaz por tanto de atraer las actividades más lucrativos. Muy en la línea estadounidense –no muy diferente de la seguida en Europa en tiempos recientes–, el Ayuntamiento se propuso convertir esta zona en un centro de equipamientos y espacios libres públicos para la población obteniendo financiación del sector privado a cambio de permitir la implantación de negocios particulares (usos terciarios y residenciales, básicamente). Del proyecto me había hablado en Tenerife mi amigo Julio, el que en 2005 vino a participar en el Kenduskeag Canoe Race y conoció a la que hoy es su mujer. Por lo visto, algunos compañeros de Harvard le hablaron de la iniciativa urbanística e incluso llegó a colaborar puntualmente con el equipo profesional que remató el master plan. El caso es que antes de este viaje había curioseado un poco sobre el asunto y me apetecía conocer los resultados sobre el terreno. Año arriba o abajo, el diseño y ejecución de esta operación es más o menos contemporáneo de la de “Madrid-Río” que, a partir del soterramiento de un amplio tramo de la M-30, se planteó recuperar el espacio ribereño e incorporar el Manzanares a su entorno urbano. Pero, aparte de que ambas son operaciones waterfront (fluviales), llaman más la atención las diferencias que las similitudes. No obstante, tengo la referencia en la cabeza, probablemente porque hace poco que paseé por primera vez por el nuevo parque urbano madrileño, desde el Puente de Toledo al Paseo de las Delicias. Para que quienes conozcan la operación madrileña se hagan una idea: la superficie de Madrid-Río ronda las 60 hectáreas, más o menos el doble que la del Bangor Waterfront (son medidas hechas por mí en Google Earth) y, claro, Madrid es una ciudad inmensamente mas grande que Bangor. Por el contrario, el Penobscot es un río bastante más caudaloso y potente que el castizo Manzanares, afluente de un afluente.

El Proyecto ha tardado bastante tiempo en ejecutarse y aún no está del todo acabado. Por ejemplo, la primera cuadra tras pasar el puente de Union St no puede decirse que esté muy fashion. Una calzada de asfalto avejentado, un área de aparcamiento en batería y, a ambos lados, edificios que llevan ahí bastantes años. El de la izquierda parece una antigua nave reformada para convertirla en un pub cervecero y local de banquetes y conferencias, Sea Dog se llama. Superado ese local se llega al cruce con May St. y la calle a partir de aquí deja de ser Broad para pasar a llamarse Front y enseguida se nota una mejora en su aspecto: un pavimento de mejor calidad, aceras bien tratadas, cuidados elementos de mobiliario (farolas, bancos, papeleras), la vía del tren integrada sobre un lecho de piedrecitas y, sobre todo, abundantes praderas y árboles. Por lo visto, el acondicionamiento de Front Street y la creación del gran parque que hay un poco más adelante, fueron las dos primeras actuaciones que se ejecutaron, allá por 2003. Inmediatamente después –hacia 2005– se llevó a cabo la limpieza de la plataforma que se abre al Penobscot y en la que había naves y depósitos obsoletos. Giro a la izquierda por la primera entrada (un área de aparcamiento entre árboles) para llegar hasta la orilla del Penobscot y caminar junto a ella. Llego a un pantalán de madera conectado al camino ribereño de gravilla por una liviana pasarela. No hay ningún barco pero sí un letrero que anuncia cruceros por el Penobscot. Al poco de construirse estos sencillos muelles, el propietario de una compañía de cruceros de excursión con base en Bar Harbor (localidad de veraneo en la isla de Mt. Desert, junto a la costa de Maine, a unos 75 kilómetros de Bangor) se animó a llegar hasta aquí ofreciendo recorridos por el río hasta Belfast y regreso. El barco era una réplica de un ferry a vapor del XIX, el Patience, la excursión costaba en torno a los 30 dólares por adulto y ofrecía música en vivo en los atardeceres de viernes y sábados; además, creo que te contaban algunas historias sobre el Penobscot de antaño. Pero el negocio no debió ir bien porque parece que ya no hay ningún servicio. Una pena, estas aguas que acogieron tantísimos barcos en otra época están ahora casi vacías. En todo caso, la municipalidad cuenta con una autoridad portuaria y unas ordenanzas que regulan detalladamente el uso de los muelles y de la navegación por el Penobscot. En fin, la verdad es que el coqueto y pequeño puerto no ha quedado mal, pero no han conseguido darle actividad marinera suficiente. Fijándome en el master plan compruebo que esta plataforma asomada al río hay reservadas parcelas edificables probablemente para usos recreativos privados. Pero, pese a la docena de años pasados desde que se urbanizó, siguen vacantes; supongo que no han encontrado a nadie con ganas de poner un negocio (y eso que parece un sitio fantástico para un restaurante, por ejemplo).

Doy la espalda al río y vuelvo a Front St. a través del sendero que atraviesa entre las dos supuestas parcelas vacías (unas praderas magníficas, lo que me hace pensar que se ha descartado la idea de edificarlas). Estoy en el punto en que la calle Front gira hacia adentro y pasa a llamarse Railroad Street. A mi derecha un complejo mezcla de antiguo y moderno. El edificio original es una mole de ladrillo de cinco plantas, característico de la arquitectura comercial / industrial de Bangor, con ventanas en arco; está ocupado por una consultora empresarial que lo ha ampliado más o menos imitando el estilo original aunque con dudosos resultados. Enfrente y hacia la izquierda se extiende la gran manzana destinada a equipamientos al aire libre de acuerdo al master plan; está vallada y el acceso cerrado sin nadie a la vista. Aquí se dispone el Darling’s Waterfront Pavilion, un anfiteatro al aire libre con capacidad para 16.000 personas que se inauguró en 2010. En él se celebran los conciertos más multitudinarios de la ciudad (nótese que cabe la mitad del censo municipal) pero sobre todo tiene fama por acoger el American Folk Festival, cuatro días de música hacia finales de agosto. En Estados Unidos, desde 1934, se celebra el National Folk Festival, que va cambiando de localidad después de estar uno o algunos años en un lugar. Lo organiza el National Council for the Traditional Arts, una institución sin ánimo de lucro, que promueve todos tipo de manifestaciones artísticas tradicionales. The National (como es conocido el festival itinerante) es de hecho el más antiguo en su género y el que, por su marcado carácter multicultural, más ha contribuido a abrir al público americano a muchos tipos de música. Durante este largo periodo que cubre nueve décadas, el Festival se ha celebrado en veintiséis localidades; la primera fue St. Louis, Missouri, y la última en Greensboro, Carolina del Norte. Pero tres años seguidos –2002, 2003 y 2004– tuvo lugar en Bangor, también en el Waterfront, aunque todavía no estaba casi acondicionado ni mucho menos construido el actual recinto. El caso es que, como ya había ocurrido en otras ciudades por las que pasó el festival, los bangorianos quedaron entusiasmados con la experiencia y decidieron crear uno propio que empezó en 2005 y desde 2010 se celebra en el auditorio abierto al que hoy no puedo acceder. Lástima que no estemos en la última semana de agosto y poder asistir a alguno de los muchos conciertos que aquí se celebran (con entrada gratuita). Reviso el programa de 2016 y la variedad musical es sorprendente: celta, fados portugueses, salsa, góspel a cappella, big-bands, blues de Chicago, cajun, bluegrass, bailes y canciones etíopes y de Sri-Lanka, jazz & swing y muchos más estilos. Pero en fin, como no es agosto ni parece que pueda entrar al recinto, sigo caminando río abajo, por el último tramo de parque, entre la ribera y la curva de la vía férrea. Como se ve en el masterplan, en la parte alta de esta zona, con frente a Main Street, se reservan parcelas edificables, pero de momento están libres e integradas en la pradera arbolada del parque público. Va a resultar que los munícipes de Bangor son malos gestores inmobiliarios, pues no logran colocar a inversores privadores los solares previstos con tal fin.


Con el Penobscot a la izquierda paso delante de una parcela con varios tanques gigantescos que tienen pinta de instalaciones de depuración (pero no lo tengo nada claro) y enseguida se acaba el parque; sigue un estrecho camino entre árboles pero que ya no forma parte del proyecto del Waterfront, así que decido girar a la derecha e iniciar el regreso. La calle por la que subo se llama Dutton St. y empieza bajo la antigua ferrovía con un aspecto de camino rural. Pero avanzados pocos metros aparece la pared de un edificio inmenso que, casi llegando a la esquina con Main Street, descubro que es el Hollywood Casino Hotel & Raceway Bangor. Por lo visto se trata del primer casino que se autorizó en Maine (sólo hay otro más, en Oxford), pero lo que me llama la atención es que también tiene la consideración de racino, algo de lo que no había oído hablar hasta ahora. Los racinos son una combinación de casinos y pistas para carreras (caballos, principalmente, pero pueden ser de otros tipos). Naturalmente, el común denominador es el juego: el cliente puede pasar el rato en las maquinitas tragaperras (slot machines), en las mesas de juegos (blackjack, poker o ruleta) o bien apostar en la pista de carreras (race track, de ahí el nombre). Este establecimiento forma parte de una cadena de varios casinos y racinos a lo largo del país (operados por la Penn National Gaming) y tiene la particularidad de que la pista de carreras no está en la misma parcela, sino en el cercano Bass Park. Allí, entre mayo y noviembre (en temporada invernal hay carreras de motos de nieve) se celebran competiciones de trote, una modalidad hípica poco habitual en España; en ellas los caballos corren tirando de un pequeño carro de dos ruedas en el que va sentado el jinete. Me vienen ganas de asistir a alguna de esas carreras (nunca he visto ninguna), pero justo entonces, según camino por Main St. hacia la entrada principal del hotel, veo enfrente algo que me deja sin aliento, epatado.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Estevan Gomez y un poco sobre estructura urbana

De vuelta en Broad St, camino hacia el Sur. A mi derecha, un feo edificio hexagonal de dos plantas; al principio pienso que es una cafetería (estoy empezando a notar el ligero cosquilleo del hambre) pero acercándome un poco compruebo que se trata de una sucursal bancaria. A mi izquierda, entre la calle y la boca del Kenduskeag, discurre un recoleto parque, sin nada especial en su diseño, pero pleno de encanto gracias a sus magníficos árboles. Hacia la mitad de la cuadra hay una sendero adoquinado (el mismo pavimento que la acera de Broad St.) que lleva hacia una pequeña rotonda con un cuadrado en su centro. En el cuadrado, combinando piedritas negras (fondo) y blancas (figura), se forma un mosaico que representa una rosa náutica y siguiendo la mitad inferior del círculo aparece el nombre de Estevan Gomez. ¿Quién era este Estevan Gomez? Pues un navegante portugués al servicio de la corona castellana que en 1518 fue nombrado piloto por la sevillana Casa de Contratación y participó como capitán de una de las naves en la expedición de circunnavegación de Magallanes. Pero antes de llegar al estrecho de Magallanes, en noviembre de 1520, desertó y regresó a España. Tras pasar por juicio y cárcel, el regreso de los supervivientes al mando de Elcano facilitó que fuera liberado. El portugués debía tener no poca labia porque convenció a Carlos V para que financiara una expedición hacia el Atlántico Norte, tratando de encontrar otro paso hacia el Pacífico. Conocida la insaciable hambre de recursos económicos del Emperador (para enterrarlos en sus políticas cesáreas en Europa) sorprende que invirtiera en tan arriesgada empresa. La explicación puede estar en abrir otra ruta hacia las Islas de las especias (archipiélago de las Molucas, Indonesia); tal había sido la principal motivación de la expedición de Magallanes pero había sufrido tantas penalidades que supongo que se acogería favorablemente la búsqueda de caminos alternativas (recuérdese la importancia económica de las especias en los siglos XV y XVI, que sirvió de inspiración a Carlo Cipolla para escribir el desopilante primer ensayo de su genial Allegro ma non troppo). 

Así que Gomez, con su carabela La Anunciada llegó al estrecho de Cabot, entre Terranova y la Isla de Cabo Bretón en la actual Nueva Escocia, y en esta última decidió pasar el invierno. Al llegar la primavera de 1525, en lugar de enfilar hacia el Norte (y descubrir el Paso del Noroeste, junto a la Bahía de Hudson) prefirió poner rumbo Sur; seguro que estaban hartos del frío y querían latitudes algo más cálidas. De modo que costeó el actual Maine y, al llegar a la desembocadura del Penobscot, decidió remontarlo para ver si a través de río encontraba un paso hacia el otro océano. La verdad es que, por más que esa fuera la explicación que dio a su vuelta, no parece creíble que un piloto experimentado pudiera creer que cursando un río aguas arriba pudiera alcanzarse el mar; más bien se me antoja que lo que le apetecía era explorar las nuevas tierras pero tenía que buscarse una excusa. Así llegaría a donde muchos años después se asentarían colonos de Nueva Inglaterra para dar origen a lo que hoy es Bangor, de modo que es bastante probable que fuera el primer europeo que pasó por estas tierras. Naturalmente, en algún momento daría la vuelta, salió al Atlántico y siguió hacia el Sur, pasando por Nueva York (también remontó el Hudson) y a la península de Florida, desde donde, en agosto de 1525, decidió regresar a España. No encontró ningún paso ni mucho menos llegó a las islas de las especias, pero gracias a sus anotaciones Diogo Ribeiro, cartógrafo portugués también al servicio del emperador, pudo delinear la costa de Norteamérica con excepcional precisión. Durante bastante tiempo, la mitad norte de los actuales USA fue denominada “Tierra de Estevan Gomez”. En una esquina del cuadrado con la rosa náutica, se erige el monumento de poco más de un metro de altura sobre lo que parece el casquete polar: es una especie de cruz teutónica (no exactamente) que en el centro tiene lo que parece un escudo, en el cual está escrito el nombre del navegante y el año en que pasó por aquí. Por lo visto, fue un regalo que hizo a la ciudad de Bangor la colonia portuguesa de New Bedford, en Massachussetts; se inauguró el Columbus Day (12 de octubre) de 1999 y es obra de un tal Julio Vasconcelos, un portugués-americano del cual no sé nada.

Broad St. acaba unos metros más adelante al pasar bajo el tramo elevado de Union St. que cruza el Penobscot hacia Brewer. El puente de Union Street para enlazar con Wilson Street en el vecino municipio de Brewer es una obra de la posguerra (no aparece en el plano de 1946 y sí en el de 1955). Hasta que se construyó, la única conexión entre ambas orillas a estas alturas del río era el puente cubierto que enlazaba las calles Oak (Bangor) y State (Brewer) construido en 1832 (por supuesto del primitivo ya no queda rastro, pero el actual sigue su mismo trazado). Por cierto, Wilson Street, la calle de Brewer que es continuación del puente que tengo ante la vista, tiene la consideración de ramal de la carretera federal 1 (U.S. Highway 1) que recorre todo el litoral atlántico estadounidense desde Cayo Oeste (Key West) en Florida hasta Fort Kent, en la frontera entre Maine y Nuevo Brunswick, Canadá; nada menos que 3.813 kilómetros. En otro momento hablaré del sistema norteamericano de carreteras porque tiene su interés. De momento, señalo que la red de carreteras federales y estatales (excluyó a propósito las autopistas interestatales, las más modernas) es muy relevante para analizar la lógica de las tramas de los núcleos urbanos. En el caso de Bangor, se ve muy claramente que su estructura urbana básica viene conformada por tres ejes que confluyen en el Kenduskeag. En primer lugar, Main Street (que vendría a significar “calle principal”) que discurre hacia el Sur más o menos paralela al Penobscot y, por tanto, hubo de ser el viario articulador de los núcleos vinculados al río y de acceso al litoral; en la actualidad Main St. y su continuación es el ramal 1ª hasta enlazar, en el pueblo de Stockton Springs, con la carretera federal 1. La segunda calle estructurante es Hammond St. que corre hacia el Oeste y cuyo trazado original fue interrumpido (y desviado) por la pista del aeropuerto; este eje forma parte de la carretera Federal 2, que viene desde Everett, en el Estado de Washington, en el Pacífico. Esta U.S. Highway 2 continua hacia el Este a través del tercer viario estructurante de la malla urbana de Bangor, que es State St., que sigue más o menos por el borde del Penobscot durante un largo tercho para en su último tramo abandonarlo y rematarse en la carretera federal 1, a la altura de Houlton. En el plano que adjunto se entiende fácilmente lo que acabo de escribir identificando las tres calles señaladas y verificando cómo éstas definen la estructura urbana básica. Ciertamente, para acabar de describirla es necesario hacer referencia a los dos ríos (que por sí solos explican el emplazamiento de Bangor) y a algunos otros viarios que la completan (especialmente, Broadway y Union St., justamente las dos con puentes sobre el Penobscot). Pero en el plano también se aprecia el muy distinto carácter de las autopistas interestales en cuanto a su relación con la estructura urbana. En Bangor está la 95 y su ramal, la 395. Nótese que por sus condiciones de trazado y de impermeabilidad respecto de el resto de viarios, se convierten no en ejes estructurantes de la trama sino en barreras superpuestas a ésta que, de algún modo, señalan los límites del perímetro urbano (aunque se sobrepasen).


Pero dejo de enrollarme porque, si no, me pierdo; además, quiero pasar por debajo del puente y salir ya de Broad Street. Aunque me permito un último “por cierto” antes de considerarme en la orilla del Penobscot y comenzar mi paseo por el Waterfront (el frente fluvial). Broad significa ancha, amplia y, sin embargo, Broad Street no es una calle particularmente ancha. Probablemente, la Broad Street más conocida entre las innumerables que hay sea la del distrito financiero de Manhattan que precisamente se caracteriza por ser bastante estrecha. Mucho más antigua es la Old Broad Street londinense, muy cerca del Banco de Inglaterra y dentro de la trama medieval de la capital británica. También se trata de un viario bastante estrecho pero, según leo en un libro de principios del XIX dedicado a recopilar curiosidades, el nombre se debe a que antes del Gran Incendio de 1666 era una de las calles más anchas de la ciudad. Ahora bien, broad en el argot americano de finales del XIX y principios del XX se usaba como sustantivo para referirse a “mujeres de moral liviana” o, directamente, prostitutas. La Broad Street de Bangor ya tenía ese nombre antes de que la palabra adquiriera tal acepción, de modo que no hay ninguna relación causa-efecto. Pero no deja de ser curioso que este tramo de la calle en el que estoy fuera el centro neurálgico del Devil’s Half Acre (“El medio acre del diablo”), la zona roja de la ciudad durante los años del boom maderero. Pero de eso, otro día.

martes, 16 de mayo de 2017

A Bangor ya no se llega en tren

Doy la espalda al feo garaje-aparcamiento de Pickering Square; a mi derecha, el edificio de un banco, otra fea mole de ladrillo, con escasa sensibilidad ante lo que se llamaba el genius loci. Estoy en Washington Street, la última calle que cruza el Kenduskeag antes de que sus aguas se viertan al Penobscot. Hasta bien entrado el siglo XX, la calle Washington acababa en Exchange St., al otro lado del Kenduskeag, que se cruzaba más arriba, en los tres puentes en torno a los cuales se configura el núcleo urbano originario (y también aún más arriba, a través del puente cubierto de la empresa Morse, al cual me referí en otro post). El puente de Washington St. se debió construir entre 1920 y 1945 (lo he comprobado en planos históricos de la ciudad), así que es anterior al estrechamiento del Kenduskeag en el marco del programa de renovación urbana. Aún así, sería en su momento una obra importante, motivada por la necesidad de mejorar la comunicación entre las dos orillas de Bangor, justificando así demoliciones de los edificios que cerraban Exchange St. hacia el río. Pero, si bien hasta que se hizo este puente no había calles que cruzaran el tramo final del Kenduskeag, sí había un puente desde la primera mitad del XIX, pero destinado al ferrocarril. Justo antes de la desembocadura, con unos cien metros de ancho (y un islote artificial en el centro), el Kenduskeag es cruzado por la línea férrea, cubierta parcialmente por dos casetas. La explanada que había al otro lado, antes de llegar al puente sobre el Penobscot que unía (y une) Bangor con Brewer (también un puente cubierto) era, en los momentos álgidos de la ciudad como capital de la madera, uno de los puntos de mayor concentración de barcos mercantes (veleros y vapores), encargados de llevar a otros puertos las pilas de madera. En la preciosa bird’s eye de 1875 que adjunto (clik para ampliarla) puede entenderse lo que estoy contando mucho mejor que con mis palabras. Para quien haya seguido la lectura hasta aquí no debe serle difícil identificar la manzana junto al cruce entre Main St. y Hammond St. en la que en la actualidad se erige el Charles Inn, el hotel en que dormiré esta noche. También puede verse el espacio libre triangular que hoy es Pickering Square; digamos que la trama urbana no ha cambiado demasiado, aunque sí los edificios, demolidos en su mayoría como ya conté en el post anterior. También puede apreciarse el puente ferroviario sobre el Kenduskeag (con sus dos casetas de cubrición) y la ausencia del que ahora da continuidad a la calle Washington. En este plano “a vista de pájaro” se nota claramente que el tramo inferior del afluente, hasta el puente de State St. (sí, desde el que tiraron a Charlie Howard), está completamente flanqueado de edificios, y también de veleros de pequeño tamaño “aparcados” junto a éstos (probablemente, la gran mayoría de esos inmuebles tenían almacenes dando al canal, para posibilitar la carga y descarga hacia los barcos). Pero quiero llamar la atención especialmente sobre el Penobscot, que parece una atestada autopista fluvial. Nótese que aguas arriba, hasta la altura del puente entre Bangor y Brewer, el cauce está lleno de troncos flotantes, que van apilándose en las orillas de ambos municipios. En la margen de Bangor hay dos espacios importantes para el fondeado de barcos y carga de madera, uno a cada lado del Kenduskeag. El más solicitado, si hemos de dar fiabilidad al dibujo, es al que ya me he referido, el que está hacia arriba antes de llegar al puente. En 1875 todavía no existía, pero ahí se construyó la estación ferroviaria principal de Bangor. Aunque mi intención es caminar hacia el Sur, siguiendo la corriente del Penobscot, opto por desviarme un momento y cruzar el Kenduskeag por el puente de Washington St. para mirar hacia el río y comprobar los cambios del último siglo y medio.

La primera línea interurbana de ferrocarril fue la que unió Liverpool y Manchester, inaugurada el 15 de septiembre de 1830. Ese mismo año se inauguró la primera línea estadounidense, la que iba del puerto de Baltimore hasta Ellicott City, en el Estado de Maryland (luego se prolongaría hasta Ohio). La primera que se construyó en Nueva Inglaterra fue la que enlazaba Boston y Lowell, en 1835. Y al año siguiente se puso en servicio la segunda, entre Bangor y Old Town. Esta ciudad queda unos 20 kilómetros aguas arriba del Penebscot (el asentamiento original se emplazó en la isla Marsh, en el centro del río) y fue probablemente el primer asentamiento europeo en lo que hoy es Maine, pues allí los jesuitas franceses fundaron una misión en la década de 1680. En fin, lo que me importa destacar es que Bangor fue de las ciudades pioneras en apuntarse al revolucionario (en el XIX) medio de transporte y que hacia finales de aquel siglo era un nodo ferroviario fuertemente conectado con el resto del Estado y también con otros, incluyendo las provincias canadienses de Quebec y Nueva Brunswick. En 1845, la compañía Maine Central Railroad enlazó ferroviariamente Bangor con las ciudades principales del Sur del Estado (Augusta, la capital, y Portland, la más poblada) y de ahí hacia los Estados más meridionales. De otra parte, hacia finales del XIX se formó la Bangor and Aroostook Railroad que enlazaba Bangor con las partes más septentrionales del Estado e incluso con conexiones a las líneas férreas canadienses. De modo que, a principios del pasado siglo, se hizo necesario construir una estación amplia y digna, a cargo de ambas compañías ferroviarias. La Bangor Union Station se emplazó en la explanada que he descrito, donde tantos barcos atracaban en 1875. El edificio era desde luego ecléctico a más no poder, con una imagen que no evoca la que por estos lares tenemos de las estaciones ferroviarias (sin embargo, no debía ser tan extraña en Maine porque se asemeja a algunas otras que he visto). Fachadas de ladrillo, dos cuerpos bajos con tejados a dos aguas y en medio una torre con reloj coronada por un chapitel cobre una especie de mirador octogonal con arquería de medio punto. Los interiores, según leo, eran adecuadamente majestuosos, con suelos de mármol y amplios espacios (un cuarto para mujeres en un ala y uno de fumar para hombres en la otra). La imagen de la izquierda que incorporo bajo este párrafo es una fotografía del verano de 1960, un año antes de que se pusiera fin al servicio ferroviario en Bangor, se vendiera la estación, se demoliera y se construyera un espantoso centro comercial, el Penobscot Plaza que es el que diviso ahora desde el puente de la calle Washington. Para ser justos, no podemos imputar al programa de renovación urbana que empezaba por esas fechas la pérdida de calidad arquitectónica que supuso la demolición / sustitución de la antigua estación (que, con todo su pastichismo estilístico era bastante más interesante y agradable de ver que el mal actual); al fin y al cabo, lo que pasó es que el tren dejó de ser rentable. Pero quizá sí que algo de culpa ha de echarse a las autoridades de entonces, imbuidas de la ideología dominante de la modernidad a todo coste. Por ejemplo, que el transporte por ferrocarril, tanto de pasajeros como de mercancías, se hundiera en Bangor (como en muchos otros sitios) algo tendría que ver con el inconsciente fomento del automóvil, tanto a la fabricación de vehículos como con la inversión pública en carreteras. Y también podemos pensar que, si en esos tiempos hubieran tenido otras sensibilidades, tal vez, aún desapareciendo el servicio, se hubiera decidido proteger la vieja estación y reconvertirla a otro uso sin demolerla. De hecho, no deja de ser irónico que en 2010 los propietarios del centro comercial contrataran a una empresa de ingeniería para que les hiciera un tuneado del edificio de modo que recuperara la imagen de la antigua Union Station. El dibujo de la derecha bajo este párrafo es la propuesta de los profesionales, aunque de momento no se ha hecho.


Acodado sobre la baranda del puente de la calle Washington trato de imaginarme que el feo centro comercial a mi izquierda fuera aún la estación de tren y que hoy hubiera llegado aquí directamente desde la vieja Penn Station. Pero no es posible; desde Nueva York, Amtrak te permite llegar hasta Portland, vía Boston, un viaje de algo más de seis horas siguiendo la costa atlántica de Nueva Inglaterra. Me cuesta entender que no se haya recuperado el servicio ferroviario que, sin duda, contribuiría a reconectar Bangor con el resto de Maine y de los Estados vecinos, en especial con Boston. Ya puestos también parece de sentido común reforzar con el tren las históricas relaciones con Nuevo Brunswick y, ya puestos, con Quebec, recuperando las antiguas líneas de la Bangor and Aroostook Railroad, que permitirían acercar a los visitantes a las áreas interiores del Estado (siguiendo los pasos de Thoreau). Me da la sensación de que tanto esta ciudad como el interior del Estado merecerían ser más visitados y la recuperación de servicios ferroviarios debería ser un buen instrumento para su desarrollo. De hecho, me consta que hay no pocas voces que reclaman que Bangor vuelva a tener estación de tren, que vuelva a estar conectado con el mundo. Pero de momento, la única manera de llegar aquí con transporte público terrestre es en autobús (la estación es un feo edificio por la zona del aeropuerto). Miro hacia el río: ningún baro a la vista. Qué diferente de la actividad que bulliría en esta agua en la época dorada de la madera. También me pregunto por qué no sacan más partido al río. Vuelvo sobre mis pasos, en dirección Sur. Quiero caminar un trecho por el frente fluvial.

Vista de Bangor desde Brewer en la segunda década del XX. En el centro, la antigua Union Station y a la izquierda el puente ferroviario (aún no está el de la calle Washington). Nótese los apilamientos de madera y los veleros de carga.

domingo, 14 de mayo de 2017

Renovación urbana

He descansado un rato en el hotel, pero quiero dar una vuelta antes de que se ponga el sol (son las cinco y media de la tarde, así que calculo que aún me quedan unas dos horas de luz). Salgo a la calle con la idea de patear el downtown, la zona en que estoy que también se corresponde con el bussiness district de Bangor; también aprovecharé para cenar algo, de modo que pueda acostarme no demasiado tarde. Al lado del hotel hay tres locales de copas, aunque veo que también sirven comida (en el Blaze ofrecen hamburguesas y pizzas, por ejemplo). Ya hay algunos comiendo, demasiado tempraneros incluso para los horarios norteamericanos, bastante más tempraneros que en España. En todo caso, se nota que la clientela es mayoritariamente veinteañera y jaranera, y hoy no me apetece ese tipo de ambientes. Así que empiezo a caminar por Broad Street (en la acera de enfrente hay también dos restaurantes) y doblo a la derecha por Merchants Plaza. En la esquina Este se sitúa el edificio blanco del Bangor Daily News, el principal periódico de la ciudad y el que más extensión cubre del Estado de Maine (en especial las áreas rurales del interior). En el hotel he podido hojear el ejemplar de hoy. Era la primera vez que lo tenía en las manos; sin embargo, ya había leído bastantes artículos del periódico a través de Internet pues suele sacar con regularidad reportajes bastante interesantes sobre la historia de la ciudad y del Estado. En cualquier caso, el edificio institucional no tiene apenas interés: un bloque cúbico de siete plantas en hormigón. Fue construido a principios de los setenta para ofrecer oficinas en alquiler y en las tres plantas inferiores albergar la sede del Merchants Nacional Bank, banco que dejó de existir con ese nombre a principios de los ochenta. Me doy cuenta enseguida de que estoy en una zona que, por más que corresponda a la parte más antigua de la ciudad, ha sufrido los efectos de la fiebre de los sesenta que fueron las “renovaciones urbanas”. Y si el edificio del BDN es un buen ejemplo de arquitectura anodina que ha suplantado a la original (sin duda de mayor valor y carácter), el que hay un poco más abajo, en la siguiente manzana a mano izquierda, entre Broad Street y el tramo final del Kenduskeag, ése alcanza ya la categoría de emblemático. Porque se trata de un espantoso edificio de hormigón y ladrillo de cinco plantas destinado a aparcamiento. Por eso lo califico de emblemático, porque uno de los motivos fundamentales –si no el más- de los muchos programas de renovación urbana financiados con fondos federales durante esa década era justamente adecuar las ciudades norteamericanas a las tiránicas exigencias del coche. Y el precio que hubo que pagar fue alto, demasiado alto. Este garaje público fue una de las primeras actuaciones de los gestores municipales de Bangor a principios de los sesenta. Para hacerlo se estrechó a menos de la mitad el cauce del Kenduskeag en su último tramo (desde el puente de State Street, en el que estuve hace un rato recordando a Charlie Howard, hasta su desembocadura en el Penebscot). Pero hay otro ejemplo quizá más trágico: el antiguo Ayuntamiento, con su alta torre del reloj visible desde muchos puntos del Centro, fue demolido para construir otro espantoso edificio de aparcamientos. Véase el antes y el después en las fotos adjuntas.


A finales de los cincuenta se juntaron el hambre y las ganas de comer. De un lado, por esos años el mantra urbanístico en los USA se expresaba en dos palabras: urban renewal, o sea renovar las estrechas tramas de los centros urbanos y, sobre todo, las edificaciones obsoletas (ese “paradigma”, como dicen los pedantes, no tardaría en ser exportado a todo el mundo, incluyendo nuestro país en el que los tecnócratas del segundo franquismo relevaban del poder a los falangistas). Del otro lado, las “fuerzas vivas” (otra pedantería, aunque ésta de distintos ámbito) de Bangor sentían que la ciudad languidecía y no querían que eso ocurriera, querían estar a la vanguardia de las urbes norteamericanas. Y es que ya no corrían los tiempos en que Bangor era el más importante distribuidor de madera de los bosques del Norte del Estado, y más tarde de pulpa y papel; tampoco ostentaba un puesto relevante como centro financiero y comercial. La ciudad se había ido extendiendo en la margen derecha del Penobscot, mayoritariamente con viviendas unifamiliares (algunas verdaderos palacetes de la época de esplendor de la madera), pero el centro urbano, a ambos lados del tramo final del Kenduskeag es verdad que se había deteriorado. En una pequeña área (no más de 20 hectáreas) coexistían edificios institucionales, viviendas de trabajadores de bastante baja calidad e inmuebles industriales y mayoristas. Esa mezcla no gustaba mucho a los ideólogos del urbanismo (todavía dominaba otro mantra: el del zoning). Además, por entonces nadie –o casi nadie– se planteaba rehabilitar los viejos edificios (faltaban un par de décadas); uno nuevo siempre será mejor que el viejo, por mucho que lo arregles, así podría resumirse el pensamiento dominante. Pero también había motivos más sustanciosos: la actividad económica declinaba y se entendía, probablemente no sin motivo, que era debido en gran parte a la obsolescencia física del centro urbano. De hecho, por esas fechas se abrió el primer gran centro comercial de Bangor, muy a las afueras (a unos tres kilómetros del downtown), un enorme edificio con amplísima playa de estacionamiento, y sus efectos se notaron casi inmediatamente sobre el negocio de los pequeños comercios tradicionales. Había pues un sentimiento general sobre la necesidad de modernizar la ciudad que se desbordó ostensiblemente durante la celebración en 1959 del 125 aniversario de la incorporación de Bangor como city. El gobernador de Maine, en alguno de esos actos festivos, se dirigió a la multitud para reconocer admirativamente que en Bangor las cosas se hacían a lo grande. Pues sí, los líderes ciudadanos, tanto en la administración municipal como en el sector privado, estaban dispuestos a renovar la urbe a lo grande. Y lo hicieron: más de un centenar de edificios, una proporción muy sustancial del patrimonio arquitectónico de Bangor, fue demolido. La renovación urbana fue más destructiva que el Gran Incendio de 1911 (una parte importante de los edificios arrasados por aquel incendio fueron rápidamente reconstruidos, con asesoramiento de una comisión de grandes arquitectos de Boston y Nueva York; pero los tiempos habían cambiado).

Cargarse los centros urbanos con el pretexto de la modernización (expresada en términos de mejoras funcionales) es algo que también tenemos muy visto por estos lares. La que puede ser la nota distintiva del proceso en los USA, o al menos en Bangor, es que todo ello se hizo previos debates y consultas ciudadanas. Primero, en 1958, se votó constituir una “Autoridad de Renovación Urbana” (URA por sus siglas en inglés), la cual, por cierto, ha seguido existiendo formalmente hasta hoy aunque carece de funciones desde finales de los ochenta. La URA, controlada desde el Ayuntamiento, contrató un equipo de planificadores jóvenes y enérgicos, deseosos de conseguir en poco tiempo cambios notorios en la ciudad. Así, promovieron un nuevo polígono industrial y buscaron empresas que quisieran instalarse ahí (la primera, una fábrica de papas fritas), obtuvieron una fuerte subvención federal que les permitió iniciar un proyecto de viviendas al noreste del núcleo urbano e hicieron un referéndum para aprobar el ya mencionado estrechamiento del Kenduskeag. Enseguida, en los inicios de los sesenta, se planteó el asunto clave, la renovación del centro urbano. A diferencia de otras iniciativas de la URA, ésta no era apoyada claramente por una gran mayoría de los habitantes de Bangor. En junio de 1964 se celebró una acalorada asamblea ciudadana en el antiguo auditorio con la asistencia de casi un millar de vecinos (para una ciudad de algo más de 30.000 es una cifra de participación muy alta, que refleja el interés y preocupación que generaba el proyecto de renovación urbana). Por supuesto, los dirigentes municipales y de la URA hablaron maravillas sobre las ventajas del plan y prometieron que en cinco años el agonizante downtown habría florecido con pujante dinamismo; previamente se imprimieron y repartieron muchos folletos publicitarios. Esa noche, en el auditorio, se comprobó que la ciudad estaba dividida en dos y cada parte muy radicalizada. Una semana después se celebró la votación; el resultado fue de 4.044 a favor y 3.568 en contra. Se acordó democráticamente que el centro de Bangor habría de ser moderno; hoy hay una práctica unanimidad en la ciudad en que se equivocaron desastrosamente. Algunos dirán que la experiencia de Bangor muestra la inutilidad de la participación en la toma de decisiones urbanísticas. No obstante, los resultados no son distintos de los que se produjeron en ciudades españolas bajo un régimen autoritario. No, el error radicó en las carencias de la consulta, fueran de buena (incapacidad y/o desconocimiento) o mala fe (manipulaciones tramposas). En esos momentos, a los bangorianos se les presentó la que ahora sabemos que es un falso dilema: o se demuelen los edificios antiguos o el centro urbano seguirá degradándose. Para poder elegir se ha de contar con la información completa.

En fin, lo cierto es que los habitantes de Bangor, mayoritariamente seducidos por los mantras publicitarios de la época, autorizaron a la URA a acometer la renovación urbana del viejo downtown. Y los chicos de este organismo se lanzaron con entusiasmo a su tarea. Así que ahora yo no puedo ver muchos de los edificios que se construyeron en la época gloriosa de esta ciudad, durante las últimas décadas del XIX. No obstante, algunos sectores del centro urbano, casi como piezas aisladas, conservan aún el encanto propio de Bangor, en medio de un paisaje urbano y arquitectónico bastante anodino. Conviene saber (a los que piensan que los Estados Unidos es el paradigma del “libre mercado”) que las actuaciones enmarcadas en el plan de renovación urbana que acometió la URA fueron una muestra canónica de intervencionismo, aunque ese intervencionismo fuera para favorecer intereses privados. Se adquirían propiedades, se demolían y luego se ofertaban a nuevas empresas que se suponía que inyectarían actividad económica en el Centro. No obstante, los resultados no fueron nada satisfactorios: las demoliciones se realizaron, sí, pero no se consiguió tan rápidamente que aparecieran nuevos negocios (muchas de las ideas vendidas a la ciudadanía, como un lujoso hotel sobre el Kenduskeag, nunca se materializaron), lo solares permanecieron baldíos largos años y el downtown siguió declinando. Parece que sólo a partir de los noventa, cuando ya las ideas que subyacían en la renovación urbana se habían abandonado (incluso denostado), este núcleo central y originario de Bangor volvió a recuperar el protagonismo, a convertirse en un espacio atractivo. (la imagen que encabeza este párrafo es una postal de Market Square, la plaza a la que da frente mi hotel, en 1946, cuando todavía no se pensaba en renovaciones urbanas).

miércoles, 10 de mayo de 2017

En el hotel leo sobre el nombre de la ciudad

Son ya las cuatro de la tarde y justo ahora empieza a lloviznar. Mientras caminaba el cielo se fue nublando y la temperatura bajando ligeramente (veo en un reloj-termómetro digital que estamos a 54 grados Fahrenheit, unos 12ºC). Así que no es cuestión de seguir remoloneando, sino tomar posesión cuanto antes de la habitación que he reservado. El hotel –el Charles Inn– está aquí al lado, a poco más de cien metros: salir del puente y seguir por Hammond para enseguida doblar a la izquierda por Main Street y ahí es, una pequeña manzana formada por un conjunto de seis señoriales edificios adosados con la fachada abierta al ensanchamiento triangular de Broad Street. El edificio es de ladrillo, enfoscado en gris con una tonalidad vagamente verdosa. Sobre la planta baja, con revestimiento de madera pintada en verde al estilo de los pubs británicos enmarcando los amplios vanos acristalados, se levantan tres pisos, todos cubiertos con ventanales verticales iguales, aunque distintos entre cada una de las plantas. Estas distinciones, que se concretan en la altura de las ventanas y el friso ornamental que bordea sus caras superiores, recuerdan los signos de estratificación social de la arquitectura burguesa de los primeros inmuebles de vivienda colectiva: la primera planta es la principal o noble y la calidad va descendiendo a la segunda y luego a la tercera. El espacio donde ahora se levanta este conjunto de edificios (que está catalogado desde 1979 como Historic place) fue hasta las primeras décadas del XIX la plaza abierta del mercado de Bangor (luego se haría una segunda al otro lado del Kenduskeag por lo que ésta pasó a llamarse West Market Square). Entre 1840 y 1870 se construyeron los edificios que conforman la manzana, todos muestras de la arquitectura comercial victoriana en sus distintas variantes eclécticas. En el remate superior de la fachada de mi hotel aparece grabado el nombre original –Phenix Block– así como la fecha de su construcción: 1873. Desde sus orígenes estos inmuebles tuvieron destino comercial, aprovechando la tradición y centralidad del emplazamiento. El más representativos es el Wheelwright Block, el que hace esquina con Hammond Street. Lo construyó la firma de vendedores de ropa Wheelwright & Clark y cuando abrieron, en 1859, fue el gran almacén más moderno del Estado, entusiasmando a los residentes de Bangor (como cuando se inauguró el primer Corte Inglés, supongo). En los restantes edificios se localizaron los negocios de más caché de la ciudad. El Phenix, por ejemplo, no era un hotel en sus orígenes. No he sido capaz de reconstruir sus diversas vicisitudes funcionales, pero sí he encontrado que en los años 60 albergaba la Viner’s Music Co, la tienda de discos más surtida de Bangor, siempre al día con los último de los rockeros que entonces empezaban. Pero dejo de enrollarme y entro de una vez al hotel, que me apetece descansar un rato.

Cumplidos los trámites del check in, estoy acostado sobre la cama King size de la habitación dedicada a Hannibal Hamlin, vicepresidente de Abraham Lincoln (1861-1865) y vecino de Bangor. Todo muy vintage, para transportarme al entorno de Hamlin, hace siglo y medio; no puedo (ni quiero) juzgar el rigor histórico de la decoración, así que acepto lúdicamente este viaje en el tiempo. Me siento en una preciosa mecedora y me balanceo mirando la chimenea que parece una portada neoclásica, una bonita y sobria cómoda de madera con encimera de mármol blanco, un espejo oval enmarcado en barrocas hojas de laurel doradas y el empapelado un tanto pretenciosamente elegante de tres de las paredes de la estancia. En fin, la habitación tiene su gracia. Cojo una revista de lujosa encuadernación, me echo en la cama y empiezo a hojearla. Es una publicación con motivo del 175 aniversario de Bangor, que según compruebo se celebró con bastante fanfarria en 2009. Hay que aclarar que lo que se conmemoraba era la “incorporación” legal de Bangor como ciudad (city), pero previamente ya había obtenido la categoría de town, que no me parece adecuado traducir como pueblo. Y es que, por lo visto, estos dos términos –city y town– tienen contenidos legales precisos en los Estados Unidos que, de momento, no distingo con precisión y que me apunto mentalmente para investigar en otro momento. Porque ahora lo que me ha llamado la atención es un artículo sobre el origen del nombre de Bangor que, como ya comenté en el aeropuerto, me producía una cierta extrañeza.

Empieza el artículo refiriendo que, como ya sabía, hay dos Bangor previos, uno en Irlanda del Norte, y otro en Gales. Nótese que ambos están en áreas lingüísticas célticas (aunque pertenezcan a grupos distintos), lo que sugeriría que los significados originarios de los nombres fueran parecidos si no iguales. El Bangor irlandés proviene de la palabra Beannchor, una de cuyas acepciones es la de cercado. Por su parte, Bangor en galés vendría a significar algo así como espacio acotado, o sea, que más o menos coinciden. Ahora bien, seguro que el Bangor de Maine no adoptó su nombre por lo que significa en una lengua céltica que desconocerían sus habitantes del siglo XVIII. Como mucho, podría ser en honor a alguna de esas dos ciudades que era lo que yo pensaba. Me inclinaba por la irlandesa, de más empaque que la galesa (no sólo por tamaño sino también por contar con una famosa abadía desde el siglo VI), debido fundamentalmente a que muy cerca del Bangor en el que estoy, en la desembocadura del Penebscot, se ubica una localidad denominada Belfast, que fue bautizada con ese nombre en la década de los setenta del XVIII (por supuesto, en referencia a la capital norirlandesa), o sea, antes de que la entonces llamada Plantación Kenduskeag adquiriese su actual nombre. Por eso, suena plausible que algunos descendientes de irlandeses quisieran honrar a una ciudad de la tierra de sus ancestros, del mismo modo que ya lo habían hecho los vecinos de aguas abajo (además así se trasladaría al Nuevo Mundo el apareamiento de las dos ciudades, que en Irlanda están muy cercanas entre sí).

Pero lo que cuenta la tradición bangoriana es distinto. Hay que traer aquí aun tal Seth Noble, nacido en Westfield, Massachusetts, en 1743. En 1770, se ordenó como clérigo protestante (de la iglesia congregacionalista, que corresponden según tengo entendido a los puritanos, los separatistas británicos que emigraron en el Mayflower). En 1774 ya había emigrado a la frontera Norte de Nueva Inglaterra porque en Boston y su entorno exigían ministros religiosos con formación académica, de la que Noble carecía. Así estuvo en Nueva Brunswick y Nueva Escocia (hoy Canadá, pero en aquellos tiempos colonias británicas) compaginando su actividad pastoral con acciones a favor de los rebeldes por la independencia de los Estados Unidos. Después de declarada ésta, en 1786, recibió la oferta de mudarse a la Plantación Kenduskeag, para convertirse en su primer pastor residente. Allí residiría hasta 1797, cuando fue poco menos que expulsado debido, según cuentan las malas lenguas, a que era demasiado aficionado a la bebida y no se concentraba en los asuntos espirituales con la seriedad que exigían sus feligreses. Pero antes de llegar a esa fea situación, los vecinos de Bangor, deseosos de que su caserío adquiriera el carácter legal de town (que, entre otras cosas, conllevaba la definición de un territorio propio, lo que en España sería el término municipal), decidieron enviar a Noble a Boston para que presentara sus requerimientos a la Massachusetts General Court. Supongo que los bangorianos confiarían en que los antecedentes independentistas de su cura –parece que tenía cierta amistad con Washington– serían buenos avales para conseguir que los capitostes de Boston aceptaran sus pretensiones (recuérdese que Maine aún no era un Estado sino que pertenecía a Massachusetts). Los vecinos de Bangor habían acordado que su futuro municipio se llamara Sunbury. Hay una población, hoy integrada en el área metropolitana de Londres, que se denomina Sunbury-on-Thames, así que imagino que de ahí vendría el nombre.

Resulta que Noble era un gran aficionado –también– a la música y cantaba con frecuencia, con una voz clara y agradable. Se adscribía a la llamada “Primera Escuela de Nueva Inglaterra” (o american classical music), movimiento musical de las colonias norteamericanas, muy influido por la tradición clásica británica, que se manifestaba principalmente en los servicios religiosos. Nuestro reverendo tenía predilección por los salmos, que los músicos protestantes componían abundantemente. Pues bien, cuenta la leyenda que mientras Noble esperaba a que le atendiera un empleado de la administración del Estado (hay que pensar que ya habría resuelto las gestiones políticas y estaba ahora pendiente de rematar las inevitables burocráticas) se puso a silbar uno de sus himnos favoritos. Entonces salió el funcionario con los papeles y le preguntó que cómo querían que se llamara la flamante nueva ciudad. Noble estaba tan ensimismado en su interpretación que entendió que le preguntaban por el nombre del himno que tan melodiosamente silbaba y contestó que Bangor. Hay en efecto un himno con ese nombre, cuya música es obra de William Tans’ur (1706-1783) un músico inglés (ni galés ni irlandés) especializado en componer himnos religiosos. El autor del artículo hace referencia a que hay quien opina que este Tans’ur se inspiró en el Antifonario de Bangor, un códice del siglo VI proveniente de la ya citada abadía de Bangor y que contiene varios cánticos litúrgicos. Si esto fuera verdad, por vía de carambola, volveríamos a enlazar esta ciudad con la de Irlanda del Norte, pero parece que no hay ninguna prueba seria. Pongo a continuación una interpretación de este himno que he encontrado en Youtube, para que nos hagamos una idea de los gustos de Noble (a mí me parece un poco aburrido, indicado más para servicios fúnebres que para esperas en oficinas administrativas).


El cuento es gracioso, sin duda. Resultaría que esta ciudad se llama como se llama por un malentendido sucedido hace más de dos siglos. Naturalmente, como toda leyenda, no cuenta con apoyos documentales que le den una mínima fiabilidad pero, a pesar de ello, parece que es la versión más aceptadas por la gente de Bangor, quizá porque les exime de deber su nombre a otra localidad preexistente, haciéndoles sentirse así más importantes. A mí, la verdad, me parece poco creíble: ¿cómo es que Seth Noble, al recibir los papeles de la incorporación de la Plantación Kenduskeag como town no protestó al ver que no la habían bautizado con el nombre elegido por sus vecinos? ¿O cómo no se cabrearon éstos cuando regresó y vieron el nombre no solicitado? A lo mejor hasta les gustó o pensaron que no merecía la pena gastar más perras en volver a enviar a su reverendo a Boston (puede que temieran que volviera con un tercer nombre todavía peor). Ni idea pero insisto, no termino de creerme la leyenda, aunque me parezca simpática. El autor del artículo que estoy leyendo lo concluye negando terminantemente la veracidad del mito. Asegura que en el mapa que elaboraron los colonos para delimitar el futuro término municipal ya aparecía el nombre de Bangor. O sea, que nada de un error, probablemente tampoco el reverendo estuviera silbando. Sencillamente, los vecinos del asentamiento eligieron el nombre que fue el que finalmente tuvo y sigue teniendo esta ciudad; y si fue así, habrá que volver a pensar que por referencia a alguna de las dos Bangor célticas (y vuelvo a inclinarme por la norirlandesa). En la revista que estoy leyendo se reproduce un mapa de límites urbanos y divisiones prediales en el que, en efecto, aparece escrito el nombre de Bangor. El problema es que la fecha que consta en ese mapa es 1798, cuando ya la localidad estaba incorporada oficialmente como town y ya Seth Noble había sido expulsado de ésta. Así que respecto de este asunto me quedo como estaba, en la duda.


lunes, 8 de mayo de 2017

Charlie Howard

Recorro el Norumbega Parkway hacia el Sureste y salgo al Puente de State Street. Estoy en el escenario de uno de los más trágicamente célebres crímenes homófobos –crimen de odio– de los Estados Unidos; ocurrió el 7 de julio de 1984.

Charlie Howard nació en Portsmouth, New Hampshire, en enero de 1961. Desde muy pequeño, a causa de su afeminamiento, fue maltratado y acosado; de hecho, no asistió a su propia graduación en la high school para evitar que sus familiares fueran testigos de los insultos y burlas que le inferían sus compañeros. No fue a la universidad pero se mudó desde su localidad natal a Maine, primero a Ellsworth y luego, al romper con su pareja, a Bangor; era enero de 1984. En la ciudad encontró algunos jóvenes que lo ayudaron y, sobre todo, se integró en el grupo de la Iglesia Unitaria de Union Street, prácticamente el único lugar de Bangor en el que los homosexuales se podían sentir libres de presiones, intercambiar abiertamente sus pensamientos y emociones. Hay que darse cuenta de que en esos tiempos (no tan lejanos, en realidad) muy pocos eran los homosexuales que se atrevían a declarar su condición, la gran mayoría la ocultaba, conscientes de que “salir del armario” les traería graves problemas. Charlie, sin embargo, mostraba abiertamente que era gay, incluso comportándose de modo extravagante (y escandaloso) para la época: se maquillaba, se ponía adornos femeninos, le encantaba cantar temas reivindicativos (como el conocido “I am what I am” que en esos días era uno de los éxitos del musical La cage aux folles de Broadway). Así que en los pocos meses que llevaba en Bangor, Charlie se había hecho conocido y sufrido unos cuantos incidentes desagradables: que le expulsaran de un club por bailar con un hombre, que una señora lo abordara en el mercado para espetarle que era un pervertido, que los chavales de un instituto le gritaran insultos (maricón, sobre todo). Pero, sin duda, lo más terrible hasta ese día había sido que estrangularan a su gato. En fin, ése era el ambiente de intolerancia que se vivía en Bangor (y probablemente en casi todos los Estados Unidos: eran los años del inicio del sida, una enfermedad que se creía reservada a los homosexuales, como castigo divino por sus depravaciones; ni siquiera Rock Hudson había aún reconocido su naturaleza) y desde luego Charlie lo sabía. Imagino que tendría miedo, pero no por ello se negó a sí mismo.

  
I am what I am - Gloria Gaynor (I am Gloria Gaynor, 1984)

Vamos a ese sábado 7 de julio del 84. Bangor estaba de fiesta, la ciudad celebraba su 150 aniversario con varios espectáculos. Charlie había asistido a una cena en la Iglesia Unitaria; hacia las diez y media de la noche salió con su amigo Roy Ogden; iban caminando cogidos del brazo hacia el edificio federal Margaret Chase Smith en Harlow Street para recoger el correo de Howard en su buzón postal. Llegan al puente de Hammond Street (o de State Street que es la continuación) y empiezan a cruzar el Kenduskeag. Y en este punto me pregunto por qué los chicos eligieron esa ruta. Si nos fijamos en el plano que adjunto, para ir desde la Iglesia Unitaria al Margaret Chase, lo más directo habría sido subir por las calles Columbia y Franklin (cruzando el río por el puente de esta última) y doblar a la izquierda en Harlow Street: 800 metros y 11 minutos, según el Google Maps. Tampoco habría sido muy ilógico que subieran por las calles Main y Central (cruzando el Kenduskeag por ésta) y de nuevo doblar a la izquierda al llegar a Harlow: el recorrido son 100 metros y un minuto de más, pero bueno. Lo que no parece tener mucho sentido es que al llegar al cruce de las calles Main y State, doblara a la derecha por ésta en vez de seguir por Central Steet. Obviamente tenían que saber que de esa manera alargaban el recorrido. Quizá ero eso lo que buscaban los dos amigos, demorar el disfrute de esa noche de verano; o, a lo mejor, alguno de ellos tenía especial preferencia por State Street. Lo cierto es que si hubieran escogido la ruta más corta, probablemente no habrían tenido el nefasto encuentro y a lo mejor Charlie sería hoy un cincuentón vivito y coleando. Pero basta, elucubrar sobre lo que pudo haber sido y no fue sólo conduce a la melancolía.



Tres chavales de instituto – Daniel Ness de 17 años, Shawn Mabry de 16, y James Francis Baines de 15– llevaban toda la tarde de fiesta en fiesta y bebiendo como cosacos. Iban en el coche de Mabry con dos chicas, buscando algún conocido mayor de edad para que les comprara más cerveza. Entraron al puente de la State Street. Si en 1984 el sentido del tráfico era como lo es ahora, vendrían del Oeste y, por lo tanto, verían a los chicos de espalda. Pero puede que hace treinta y tres años los sentidos del tráfico fueran otros, el coche viniera del Este y se los toparan de frente. Como fuera, los críos reconocieron a Charlie: Mirad, el mariconazo aquél, diría alguno, vamos a darle un escarmiento. Según confesaron luego a la policía, ya tenían cierta experiencia en agredir homosexuales, era seguramente una práctica varonil, de la cual fardar luego con los colegas. Mabry detuvo el coche y los tres saltaron a toda prisa al puente, dirigiéndose a los amigos. Eh, les gritaron, ¿sois maricas? No hubo mucha “conversación”, Charlie y Roy se asustaron (parece que el primero reconoció el coche de un incidente anterior) y corrieron hacia State Street. Roy logró cruzar el puente pero Charlie tropezó y cayó; trató de levantarse pero estaba sin aliento (sufría de asma). Los tres chavales se le echaron encima y empezaron a darle puñetazos y patadas. Tirémoslo al Kenduskeag, propuso alguien; y dos de ellos lo agarraron y lo izaron por encima de la baranda. Charlie estaba aterrado, se aferraba desesperadamente a la barandilla, suplicaba por su vida gritando que no sabía nadar. Pero les dio igual, riendo lo arrojaron al río, una caída de cuatro metros y luego hundirse en el agua. Los tres mata-maricones ni se molestaron en ver qué pasaba con su víctima; carcajeándose se metieron en el coche y arrancaron. Roy Ogden, que lo vio todo desde unos metros más allá, tiró de una alarma de incendios cercana. En poco tiempo llegaron bomberos que empezaron a buscar a Charlie; su cuerpo fue recuperado unos metros más abajo: había muerto ahogado, sufriendo en la agonía un ataque agudo de asma.

Los tres críos fueron arrestados el domingo. Se les acusó de asesinato pero se les juzgó como menores. En octubre, después de que los tres se declararan culpables de homicidio, se les condenó a ser recluidos en el Centro de la Juventud de Maine por un periodo que no pasara del 28 de febrero de 1988. Los tres fueron liberados tras cumplir en torno a dos años de prisión. Como es natural, la el castigo tan suave enfureció a mucha gente pero, al margen de ello, lo cierto es que la indignación ante este cruel crimen homófobo actuó como catalizador para que en Bangor y en todo el Estado empezaran a cambiar las cosas. Fue, en todo caso, un proceso lento. De hecho, no pocas personas decían que el propio Charlie se lo había buscado por no ocultar su homosexualidad. Sin embargo, superando graves contratiempos y derrotas puntuales, unos cuantos se esforzaron y consiguieron cambiar las cosas. Los primeros en promoverlos se agruparon en la Iglesia Unitaria de Bangor, de la que Charlie había sido miembro. Unos doscientos de ellos, por ejemplo, la noche siguiente al asesinato se manifestaron con velas encendidas frente a la comisaría de Bangor y luego, tras un servicio religioso conmemorativo en la iglesia, marcharon hasta el puente de State Street para arrojar flores al agua dedicándoselas al amigo muerto (este ritual se repite cada año desde entonces). Así, poco a poco, han ido logrando que se aprueben leyes contra la intolerancia (no sólo hacia los homosexuales) pero, sobre todo, modificando ese forma de pensar tan generalizada hace tres décadas (que la homosexualidad es una enfermedad, que es depravación, que debe ocultarse), hasta el punto que Maine ha sido el primer Estado en tener un gobernador abiertamente homosexual y en aprobar una ley de matrimonio entre personas del mismo sexo (aunque creo que fue posteriormente anulada por la Corte Federal). Desde luego, para alcanzar una sociedad más justa y más tolerante no debería ser necesario que haya asesinados, pero la historia se empeña en desmentir estos buenos deseos. Parece que sólo sabemos desprendernos de nuestra obcecada y estúpida maldad tras recibir golpes dolorosos, lo suficientemente fuertes como para remecer nuestras apáticas conciencias. Mucho mejor habría sido que Charlie no hubiera sido asesinado, claro, pero visto con la distancia del tiempo tiene algo de consolador que su muerte haya contribuido a mejorar el mundo (al menos espero que eso haya consolado a quienes lo querían). Todos los 7 de julio, mientras nosotros festejamos San Fermín (algunos corriendo delante de toros), en Bargon se celebra el día de la tolerancia. Cerca del puente desde donde fue arrojado a la muerte está el discreto monumento conmemorativo, junto al cual me detengo unos momentos.

También a propósito de Charlie Howard he de traer a colación al más célebre vecino de Bangor. Varias de sus novelas se localizan en el pueblo imaginario de Derry, por el que pasa el no imaginario Kenduskeag. Así es en It, la más vendida de sus obras (más de cien millones de ejemplares), en la que el capítulo II –Después del Festival– narra el asesinato de un homosexual que caminaba acompañado de su amigo en julio de 1984 por tres adolescentes que lo arrojan al río Kendusleag. Transcribo parcialmente el primer epígrafe de este capítulo, en el que un policía está tomando declaración al amigo superviviente: “Harold Gardener (el policía) aceptaba como reales el dolor y el luto de Don Hagarty (el amigo), pero al mismo tiempo le resultaba imposible tomarlos en serio. Ese hombre, si hombre podía llamársele, tenía los ojos pintados y llevaba unos pantalones de satén tan ajustados que casi se le notaban las arrugas de la polla. Con luto o sin él, con dolor o sin dolor, era, después de todo, un simple marica. Igual que su amigo, el difunto Adrian Mellon. —Empecemos otra vez. Vosotros salisteis del «Falcon» y caminasteis hacia el canal. ¿Qué pasó entonces? —¿Cuántas veces tengo que repetirlo, pedazo de idiotas? ¡Lo mataron! ¡Lo empujaron al canal! ¡Para ellos sólo ha sido otra aventura en Macholandia! Don Hagarty se echó a llorar”. It se publicó en 1986, sólo dos años después del crimen, y la inclusión ficcionalizada del mismo fue para el escritor una manera de rendir homenaje a Charlie y reconocer el impacto que su muerte le produjo. En 2014 King declaró que “después de la muerte de ese joven inofensivo, la comunidad experimentó un período de autoexamen que todavía no ha terminado”. Y añadió que, cuando mira atrás aún seguía “sobrepasado por sentimientos de tristeza y vergüenza”.

  
Soy lo que soy - Sandra Mihanovich (Soy lo que soy, 1984)